62. Como un rey sin corona
Como un rey sin corona
En Roma no sonaban los vendedores, ni los pregoneros, ni siquiera los perros callejeros se atrevían a ladrar.
El aire estaba tan quieto como si la ciudad entera contuviera la respiración Porque una noticia había corrido como fuego sobre aceite: El duque de Alba estaba a las puertas dispuesto como la espada de Felipe de España entrando en corazón del enemigo.
Los romanos se asomaban a las ventanas con un miedo hereditario, un miedo que venía del recuerdo de treinta años atrás, el día del saco de Roma, cuando los lansquenetes habían convertido Roma en un infierno.
Nadie sabía qué iba a hacer Alba. Nadie sabía si habría saqueo.
Nadie sabía si el Papa viviría para ver otro amanecer.
Y sin embargo, cuando el ejército español entró por Porta San Giovanni, la sorprendente verdad fue esta: no hubo un solo saqueo, ni una violación, ni un rehén raptado, ni una ventana rota.
Porque Alba, rígido sobre su caballo oscuro, avanzaba con la disciplina de un verdugo que no necesita gritar para que todos entiendan que la sentencia ya estaba escrita.
Los romanos vieron aparecer los estandartes de los tercios, portando los pendones con la cruz de Borgoña, desgastados por campañas que habían dejado medio siglo de cadáveres detrás.
Tras ellos marchaba la infantería, silenciosa, sin las fanfarrias francesas, sin los colores llamativos de las tropas pontificias.
Eran pocos, pero caminaban como si fueran suficientes.
Alba avanzaba delante de todos, lucia una armadura negra como la ceniza y la capa recogida sobre el hombro para no arrastrar polvo. El caballo avanzaba despacio, marcando cada paso como un desafío.
Un fraile susurró:
—Ese hombre ha venido a derrocar al Papa.
Un anciano, más sabio, respondió:
—Ese hombre ha venido a enseñarle qué es un Papa de verdad.
En el Vaticano, Pablo IV golpeaba el suelo con su bastón.
—¿Ese español entra en Roma sin mi permiso? —gruñó—. ¡Es una afrenta! ¡Una herejía! ¡Una invasión! ¡Un insulto al trono de San Pedro!
Carlo Carafa, su sobrino, el verdadero responsable de haber empujado al papado a la guerra, se mantenía apartado, pálido, comprendiendo que estaba a punto de pagar sus intrigas italianas.
—Santidad —se atrevió a decir—, los españoles prometen disciplina. No habrá saqueo.
Pablo IV lo miró con un odio que quemaba.
—Promesas de españoles —escupió—. Son peor que el veneno.
Los cardenales se reunieron apresurados. Algunos pedían resistir, otros, negociar y no pocos huir. El Papa los escuchó a todos con la impaciencia de un anciano que ha vivido demasiado.
—Si ese hombre pisa el Vaticano armado —dijo Pablo IV—, será excomulgado.
Un cardenal extranjero murmuró:
—Santidad… si entra armado, la excomunión será lo de menos.
Carafa intentó templar la situación:
—Mi tío… el duque exige un encuentro. Solo quiere una entrevista.
—Entonces que entre. —respondió el Papa—. Pero que recuerde que está hablando con el vicario de Cristo.
Un silencio recorrió la sala. Todos pensaban lo mismo, pero ninguno se atrevió a decirlo: Ese castellano no iba a hablar con Cristo ni con su vicario. Iba a hablar con un hombre. Y los hombres siempre pueden caer.
Alba desmontó frente al Vaticano sin prisa en un movimiento lento, digno, casi desafiante. Los soldados esperaron órdenes, pero el viejo general no miró atrás y subió los escalones uno a uno, sin apresurarse.
Un guardia suizo quiso detenerlo. Alba lo miró con una calma tan absoluta que el guardia dio un paso atrás.
Entró en la sala apostólica sin quitarse los guantes. Pablo IV lo esperaba de pie, envuelto en blanco, aunque el blanco parecía sucio por la tensión. El anciano papa había endurecido aún más su rostro, como si la guerra lo hubiese cincelado.
Los dos hombres se miraron. No hubo ni saludo ni reverencia. Solo dos voluntades chocando antes de la primera palabra.
—Duque de Alba… Entráis en mi ciudad como si fuese vuestra.
Alba respondió sin doblar la espalda:
—Entré para evitar que otros la hicieran arder.
El Papa entornó los ojos.
—¿Venís a amenazarme?
Alba sostuvo la mirada, firme como un muro español.
—Vengo a deciros que vuestra guerra se acabó, Santidad. Francia está derrotada. Y el reino de Nápoles permanece entero para mi rey.
Carafa dio un paso adelante, indignado.
—¡Mi tío es el Papa!
Alba ni lo miró.
—Y yo sirvo al Rey Católico.
El anciano pontífice tembló de ira.
—¡Soy el sucesor de San Pedro! ¡La cabeza de la Cristiandad! ¡Vos no sois nadie para dictarme condiciones!
Alba se mantuvo impertérrito.
—Soy el hombre que tiene diez mil soldados fuera de vuestra puerta.
El silencio se volvió una cuerda tirante y Carafa tragó saliva. Pablo IV respiró hondo, intentando dominar la furia.
—Decid lo que queréis —gruñó.
Alba avanzó un paso. No era solo una negociación.
Era un ajusticiamiento político.
—Lo que mi rey, Felipe de Habsburgo, exige es sencillo: paz. El fin de vuestra alianza con Francia. La expulsión de los Carafa de los cargos militares. Y garantías de que Roma dejará de armar enemigos en Italia.
Pablo IV estuvo a punto de escupir pero se contuvo. El anciano comprendió que estaba acorralado.
—¿Y si me niego?
Alba se encogió de hombros, con un gesto totalmente castellano.
—Vuestra Santidad decidirá si Roma duerme esta noche en paz… o si quiere revivir lo que pasó hace treinta años en esta misma ciudad.
La amenaza cayó limpia, como una espada sobre mármol. El Papa cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecía diez años más viejo.
—Roma tendrá paz.
La entrevista duró más de una hora. Pablo IV firmó lo que tenía que firmar. Retiró a sus sobrinos del poder, aceptó la paz, y mantuvo la dignidad de la única forma posible: acusando a todos los demás.
—Me engañaron —dijo al final, mirando a Carafa—. Me empujaron a la guerra.
—Santidad… España no ha venido a destruir Roma.
Sólo a corregirla.
—Iros, duque. —El Papa alzó la barbilla—. Y llevad vuestra espada lejos de mi ciudad.
Alba se giró sin responder.
Porque a veces, la única manera de ganar es no decir una palabra más.
Alba salió del Vaticano igual que había entrado: recto, digno, silencioso. Roma seguía intacta sin ninguna calle saqueada y sin ninguna iglesia ultrajada. Los romanos lo vieron pasar con una mezcla de temor y alivio.
Alba montó a caballo y miró una última vez la ciudad eterna.
—Volvemos a Nápoles —ordenó.
El ejército obedeció y le siguió con el paso de un solo gigante.
Y mientras se alejaban, un cardenal desde una ventana del Vaticano susurró las palabras que Roma recordaría durante décadas:
—Ese no era un general. Ese era un rey sin corona.