Carlos V. Trilogía Completa 61. El consuelo en la derrota
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61. El consuelo en la derrota

El consuelo en la derrota

En el palacio del Louvre, la sala del consejo estaba llena, pero reinaba un silencio que parecía imposible en una corte francesa. No era el silencio solemne de una ceremonia. Ni el silencio del respeto. Era uno más denso, más peligroso. Era el silencio del miedo.

Todos los ojos se habían vuelto hacia la doble puerta labrada que daba acceso al salón del trono del Louvre. Todos esperaban la llegada del rey y todos temían lo mismo: Enrique II iba a estallar.

Había recibido la noticia la noche anterior.

El mensajero, empapado de sudor, exhausto, había entregado la carta temblando: se trataba de una derrota total, humillante, irreversible.

La peor desde Pavía, decían. La peor en una generación.

San Quintín había sido un desastre que se resumía en Montmorency, el condestable, capturado, la nobleza francesa, despedazada, el ejército, deshonrado y la frontera norte, abierta como una herida sangrante.

Y lo que era peor todavía: es que todo había sido obra del hijo del emperador Carlos, un rey joven.

Felipe de España al que Francia había despreciado.

Catalina de Médici estaba allí, de pie junto al trono.

Aquel día portaba un vestido negro entallado, perlas discretas, manos cruzadas sobre el regazo.

Sus ojos, sin embargo, decían más que su rostro.

Se podría decir que parecían medirlo todo, por eso los consejeros evitaban mirarla.

Sabían que Catalina observaba cada respiración, cada gesto, cada sombra que se movía en aquella sala.

Sabían que su silencio valía más que las palabras de todos los presentes.

Y entonces, por fin, la puerta se abrió.

Y Enrique II entró como entra un hombre que ha sido traicionado por su propio destino, dejando tras de sí un portazo.

Llevaba el rostro rojo de ira contenida, la barba revuelta y el jubón a medio abrochar, como si no hubiese tenido paciencia para explicar a un criado cómo debía vestirse.

Con un movimiento brusco se arrancó el guante derecho y lo arrojó al suelo. Un paje corrió a recogerlo. El rey no lo vio ni le importó. Se plantó frente al trono, dio media vuelta hacia la sala… y habló con una voz que cortaba el aire como un sable:

—¿Quién me explicará esto?

Un silencio más profundo cayó sobre el consejo. El canciller Olivier dio un paso adelante. Tenía la voz entrenada para la diplomacia, pero allí, frente al rey embravecido, sonaba temblorosa.

—Majestad… el condestable Montmorency cayó en la batalla. Los españoles… los españoles de Felipe—corregido—, dirigidos por Saboya, maniobraron con una precisión…

Enrique levantó una mano y Olivier calló al instante.

—No quiero explicaciones —dijo el rey—. Quiero saber cómo demonios hemos llegado a sufrir un desastre peor que el de Pavía ¿Dónde estaba Guisa? ¿Dónde estaban nuestros refuerzos? ¿Dónde estaba Francia cuando España se permitió humillarnos?

No había respuesta posible porque Enrique lo sabía: habían estado donde él los había mandado… en todas partes y en ninguna.

Y entonces se giró hacia la única persona que no bajaba la mirada. Catalina.

Catalina lo observó sin pestañear. No había miedo en su rostro.

Solo un análisis frío, profundo, casi clínico.

Sabía que Enrique buscaba un rostro sobre el que descargar la impotencia.

Sabía que cada derrota francesa era una victoria para la influencia de Diana de Poitiers, y una derrota para ella.

Y sabía que su marido la había humillado desde el primer día, relegándola a un rincón mientras elevaba a su amante a alturas indecentes para una cortesana.

Pero Catalina había aprendido de Maquiavelo y no del resentimiento.

Cuando Enrique la miró, ella inclinó levemente la cabeza.

—Sire —dijo Catalina—, Francia no ha sido vencida hoy. Solo uno de nuestros ejércitos. Lo que debéis decidir es cómo responderá Francia mañana.

Enrique la sostuvo la mirada y luego la apartó.

—He oído lo suficiente —dijo, con la voz afilada—. ¿Si el emperador retirado puede levantar un hijo que destroza mis ejércitos… en que lugar nos deja eso? ¿Tan incompetentes somos por no poder hacer frente a un enemigo moribundo.

Tras esas palabras caminó hacia la puerta con furia contenida. Catalina lo siguió con los ojos. Pudo prever su siguiente movimiento antes incluso de que lo decidiese, porque Enrique II, en momentos de gloria, de ira o de vergüenza, nunca buscaba el consejo de su esposa…sino la cama de su amante.

El pasillo hacia los aposentos de Diana de Poitiers estaba iluminado por candelabros altos, la llama temblando contra las piedras blancas. Enrique avanzaba a grandes zancadas. Al llegar, no golpeó. Abrió la puerta de par en par. Diana estaba allí, como siempre. Perfectamente arreglada y serena.

En su rostro maduro había una belleza tranquila, casi escultórica, que contrastaba con la rabia del rey. Ella lo vio entrar, vio su expresión devastada y abrió los brazos. Ahí el rey derrotado, en sus labios y su cuerpo, encontraba la paz y la victoria que la historia le negaba.

—Enrique…

El rey se dejó caer contra ella como un soldado al caer herido. Ella lo sostuvo, lo besó en la frente, lo acunó como se acuna a un niño tras una pesadilla.

—Te ha traicionado la fortuna. No te preocupes. Yo estoy aquí y te daré todo lo que necesitas.

Aquellas palabras eran exactamente lo que él necesitaba oír. Diana sabía hablar al corazón del rey como Catalina jamás quiso —o jamás necesitó— hacerlo.

Mientras tanto, Catalina recogía a sus hijos en los apartamentos reales. La reina caminaba por el pasillo opuesto con paso firme. Tras ella iban: Francisco, el heredero, un muchacho frágil y de salud incierta; Carlos y Enrique, sus otros hijos; y las pequeñas: Claudia, Isabel, Margarita.

Catalina cerró la puerta de los aposentos detrás de todos ellos sin mostrarse frágil en ningún momento. Miró a sus hijos y habló con la voz de una mujer que había sobrevivido a todo:

—Recordad bien este día. Hoy Francia ha caído ante España. Y vuestro padre ha corrido a refugiarse no en su consejo, ni en su reina… sino en su amante.

Ningún niño contestó. Ninguno se atrevía.

Catalina se volvió hacia la ventana y apartó la cortina. A lo lejos, las luces de París titilaban como si fuesen estrellas a punto de apagarse.

—Algún día —dijo, en un murmullo helado—, uno de vosotros reinará. Y cuando llegue ese día, recordad que la fuerza de un rey no está en sus pasiones.

Sus hijos la miraban sin comprender del todo. Catalina sonrió apenas. Una sonrisa que no era de consuelo… sino de resolución.

La derrota era de Enrique. La humillación, de Francia.

Pero el silencio calculador que se extendía en los aposentos de la reina significaba algo mucho más grande: Catalina de Médici acababa de comprender que el futuro de Francia no dependería nunca más de su marido…

sino de ella. Y por ello se propuso a preparar a auténticos reyes.

Campamento del duque de Guisa en Italia.

Un mensajero francés, deshecho, con la cara quemada por el sol y los ojos enrojecidos, encontró el campamento de Guisa.

¿Dónde está… donde está el duque? — preguntaba a todo soldado que encontraba a su paso.

Fue Guisa quien lo encontró a él.

—¿Qué es tan urgente?

Las palabras le salieron al mensajero a trompicones:

—Monseigneur… el rey… Francia…

Guisa lo agarró por los hombros.

—¡Habla y deja de farfullar!

—San Quintín… El ejército… El condestable… prisionero… Felipe… Saboya… Ha sido un desastre.

El silencio cayó sobre la tienda como un derrumbe.

San Quintín no era solo una derrota. Era un mensaje.

Francia sangraba en el norte mientras jugaba a guerra en Italia. La prioridad cambió en un latido.

Carafa, que estaba presente, palideció:

—Si Francia se rompe… mi tío se queda solo —murmuró—. Y Roma no puede contra Alba sin vosotros.

Guisa supo, en aquel momento, que la campaña ya no era suya. Italia quedaba en segundo plano. Lo necesitaban al norte, en la verdadera herida.

El rey Enrique pedía a gritos generales, y Guisa era el mejor que tenía. Le doliera o no, había que recogerse.

—Nos retiramos —dijo al fin.

Las palabras le supieron a ceniza.

—¿Retirada, señor? —preguntó uno de sus oficiales, incrédulo.

Guisa asientió

—No es cobardía. Es lógica. Francia se está desangrando. No podemos salvar a Italia de los españoles si Francia muere.

Civitella seguía en pie. Las montañas, también. Pero el orgullo francés algo menos.

Campamento de Alba.

Un mensajero llevó la noticia a la tienda del duque.

—Excelencia. Guisa se retira hacia el norte. Francia ha sido destrozada en San Quintín.

Alba se recostó un poco en la silla. Le dolían todas las batallas pasadas, pero trataba de disimularlo.

—Entonces —dijo—, es hora de visitar al Papa.