Caras Descubiertas Capítulo 12 — La voz de nadie
57%

Capítulo 12 — La voz de nadie

Hay personas a las que les roban la voz frente a millones.A otras se la quitan sin que nadie note el silencio.

La voz que recibió a Lía en Marea era la de Vera Montes.

—Bienvenida. Piso cuarenta y dos. La reunión está lista.

Salió de los parlantes del ascensor con una claridad suave, ligeramente más joven que la mujer que Lía había visto en entrevistas.

No tenía la neutralidad completa de las voces automáticas.

Había una respiración pequeña antes de cada instrucción y una calidez casi maternal en las palabras importantes.

Lía miró el panel.

—¿Vera?

—Puedes llamarme Mare —respondió la voz—. Soy el sistema de orientación de Marea.

Las puertas se abrieron.

Vera esperaba al otro lado.

—No es un chiste —dijo.

Lía salió del ascensor.

—No pensé que lo fuera.

—Todos lo piensan la primera vez.

Vera llevaba pantalón negro, camisa blanca y el pelo recogido. En persona no parecía una mujer dedicada a fabricar versiones de otros. Parecía la directora de un colegio caro o una médica que estaba a punto de explicar un diagnóstico sin dramatizarlo.

La condujo por un corredor sin pantallas. A través de paredes de vidrio se veían salas llenas de ellas: rostros cambiando de edad, voces convertidas en curvas, equipos comparando reacciones de audiencias, personajes sintéticos leyendo el mismo texto con emociones distintas.

En una sala, una niña que no existía probaba seis formas de pedirle perdón a su mamá.

En otra, un hombre generado envejecía treinta años en menos de un minuto para una campaña de pensiones.

Lía se detuvo.

—¿Todo esto tiene autorización?

—Depende de qué llames autorización.

—Empezamos bien.

Vera siguió caminando.

—Los rostros son compuestos. Las voces vienen de bancos licenciados. Las emociones no tienen propietario todavía.

—Qué alivio.

—No vine a tranquilizarte.

Entraron a la misma sala sin pantallas donde Vera había hablado con Santiago. Había dos vasos de agua y una caja pequeña de madera sobre la mesa.

—Tu hermano cree que quiero venderte algo —dijo Vera.

—Mi hermano cree que todo termina siendo una venta. Es una de las cosas que más odia de sí mismo.

—Y una de las razones por las que sigue vivo.

Lía se sentó.

—¿Qué sabes de la canción?

Vera no abrió la caja.

—El modelo principal se entrenó con material público y con un paquete privado de archivos de estudio. Ciento veintisiete fragmentos. Demos, respiraciones aisladas, repeticiones de una misma línea, pruebas de micrófono y conversaciones entre canciones.

Lía sintió que el cuarto se alejaba medio metro.

—¿De dónde salieron?

—Un repositorio de una productora que cerró hace seis años. Sus activos digitales fueron vendidos dentro de un paquete de entrenamiento sonoro. El contrato original hablaba de archivo, restauración y usos derivados.

—No de copiar mi voz.

—La gente que escribió esos contratos tampoco sabía que eso sería posible.

—¿Quién compró el paquete?

—Una empresa llamada Varia Audio. Después lo revendió a dos laboratorios. Uno desapareció. El otro está detrás de la primera versión de la canción.

Vera deslizó una carpeta de papel.

Lía no la abrió.

—¿Por qué me das esto?

—Porque tu voz no me sirve como rehén. Es demasiado público.

—¿Y qué te sirve?

—Que entiendas lo que viene después.

Lía apoyó las manos sobre la mesa.

—No vine por una lección.

—Nadie viene por una lección. Igual se las lleva.

Vera abrió la caja de madera. Dentro había un dispositivo antiguo, rectangular, con una pantalla pequeña y un botón físico de reproducción. Parecía una grabadora de periodista de otro tiempo.

—¿Sabes cuál fue la primera voz sintética de uso masivo en Aurelia? —preguntó.

—No.

Vera presionó el botón.

Una voz femenina llenó el cuarto.

—Continúe derecho durante trescientos metros. En la próxima intersección, manténgase a la derecha.

Lía reconoció el tono. Lo había escuchado de niña en carros, buses y teléfonos. Durante años había sido la voz de los mapas públicos de Aurelia. Su mamá la imitaba cuando alguien se perdía.

—Eras tú.

—Era yo a los veintisiete.

La grabación continuó:

—Ha llegado a su destino.

Vera la detuvo.

—Grabé treinta y ocho horas de indicaciones para una empresa de navegación. Calles, números, tonos, fonemas, variaciones. Me pagaron bien. Firmé un contrato de uso para productos presentes y futuros.

—¿Y te copiaron?

—Primero me editaron. Después dejaron de llamarme. Dos años más tarde mi voz podía pronunciar cualquier dirección de la ciudad. Luego empezó a leer mensajes, vender medicamentos, cobrar deudas, anunciar estaciones. Nadie necesitó volver a contratarme.

Lo contó sin cambiar de postura.

Lía miró la grabadora.

—¿Demandaste?

—Sí.

—¿Ganaste?

—Ganamos el derecho a que una línea en los términos dijera “voz sintética basada en intérpretes licenciados”.

—Eso no es ganar.

—A los abogados les pareció suficiente para cobrar.

Vera sacó de la caja una tarjeta de memoria.

—Grabé un video. Bastante parecido al tuyo, aunque la luz era mejor. Expliqué que la voz era mía, que no había autorizado esos usos, que una persona debía poder decidir qué decía incluso después de grabar los sonidos por separado.

—¿Qué pasó?

—Mil ochocientas reproducciones. Cuarenta y tres comentarios. Diecisiete eran de personas preguntando si podía grabar el saludo de sus buzones de voz.

Lía no sonrió.

—La diferencia entre tú y yo —continuó Vera— es que a ti el mundo te miró. A mí me reemplazaron sin molestarse en hacerlo.

—¿Y por eso haces lo mismo?

—No hago lo mismo.

—Fabricas personas.

—Fabrico productos que usan identidades con contratos mejores que el mío.

—También usas voces de gente real.

—Con licencia.

—Acabas de explicarme que una licencia puede ser una forma elegante de no entender lo que uno está entregando.

Vera asintió.

—Bien.

La aprobación irritó más a Lía que una defensa.

—No me digas bien.

—Es una buena objeción.

—Es tu vida.

—Fue mi vida. Ahora es infraestructura.

Desde fuera de la sala llegó la voz del ascensor, joven, paciente:

—Puertas cerrando.

Lía miró hacia el corredor.

—¿Por qué sigues usándola?

—Es eficiente.

—No te pregunté eso.

Por primera vez, Vera tardó un poco.

—Porque envejeció mejor que yo.

Lo dijo con una sonrisa breve. No parecía triste. Eso hizo que la frase pesara más.

—Cuando necesito grabar una presentación —continuó—, uso el modelo. No se cansa, no se equivoca, no tiene congestión, no necesita repetir porque un cliente cambió una palabra. A veces escucho la voz y recuerdo haber sido esa mujer. Otras veces no.

Lía tocó la carpeta con los datos de su canción.

—¿Nunca quieres recuperarla?

—¿Para hacer qué? ¿Cobrar cada vez que alguien gira a la derecha?

—Para que sea tuya.

Vera cerró la caja.

—Esa palabra te importa porque todavía crees que poseer algo evita que te transforme.

—Y a ti no te importa porque necesitas creer que no tenías otra opción.

El silencio cambió.

Vera no se movió, pero algo en su cara perdió la comodidad profesional. No fue dolor. Fue atención completa.

Lía entendió que había tocado el punto correcto antes de saber cuál era.

—Mi hermano te contó lo de la licencia —dijo.

—No necesitaba hacerlo.

—Quieres Resonancia para demostrar que cualquier herramienta termina sirviendo a lo mismo.

—Quiero Resonancia porque puede evitar daños y porque sería rentable.

—También quieres que él firme.

—Naturalmente.

—No. Lo necesitas.

Vera la observó.

Lía siguió:

—Si Santiago logra construir algo que no se convierta en esto, entonces tú no te adaptaste. Te rendiste.

La palabra quedó sobre la mesa.

Vera tomó el vaso de agua, bebió y lo devolvió exactamente al mismo lugar.

—Tu hermano ya entregó a un muchacho para salvar a una mujer —dijo—. No necesito imaginar qué hará. Solo necesito esperar.

—Eso no responde.

—No todo silencio es una confesión, Lía. A veces es cortesía.

—¿Cortesía con quién?

—Con la persona que todavía cree que su forma de perder será moralmente superior a la de los demás.

Lía abrió la carpeta. Encontró contratos, fechas, nombres de empresas, rutas de venta y fragmentos identificados por código. En una página aparecían títulos de archivos que conocía.

LIA_VOZ_PRUEBA_04.wav

LIA_DEMO_NOCHE_SIN_MEZCLA.wav

LIA_STUDIO_TALK_02.wav

Recordó una tarde en un estudio pequeño, ocho años atrás. Había hablado durante veinte minutos sobre su miedo a que la voz no le durara. El productor la había dejado grabando sin darse cuenta. O eso dijo.

—¿Esto basta para demandar? —preguntó.

—Basta para empezar. No para borrar la canción.

—¿Qué quieres a cambio?

—Nada de ti.

—No te creo.

—Quiero que cuando Santiago te pregunte si debe firmar, no le respondas como artista. Respóndele como alguien que ya entendió que el código no conserva intenciones.

Lía cerró la carpeta.

—¿Y qué respuesta quieres?

—La verdadera.

—La tuya.

—Para mí son la misma.

Vera se levantó. La reunión había terminado sin que lo anunciara.

En el ascensor, la voz joven dijo:

—Seleccione su destino.

Lía no tocó el panel.

—¿Sabes que esa eres tú? —preguntó.

—No tengo capacidad de autoconciencia —respondió Mare.

—No fue lo que pregunté.

La voz guardó silencio durante un segundo, quizás porque el sistema buscaba una intención reconocible.

—Soy una interfaz de orientación construida a partir de un modelo de voz autorizado.

Lía seleccionó el primer piso.

Antes de que se cerraran las puertas, Vera habló desde el corredor:

—Tu concierto se va a transmitir por VisNet.

Lía la miró.

—Sí.

—Y autorizaste clips.

—Con revisión.

—Por supuesto.

No hubo burla en su voz.

—La diferencia entre nosotras no es que tú no negocies —dijo Vera—. Es que todavía puedes elegir qué negociación contar como victoria.

Las puertas se cerraron.

Durante el descenso, Lía escuchó su respiración junto a la voz joven de Vera anunciando cada piso.

Al llegar al lobby, Mare dijo:

—Ha llegado a su destino.

Lía salió sin responder.