Caras Descubiertas Capítulo 11 — El día veintidós
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Capítulo 11 — El día veintidós

Las crisis terminaban para la audiencia mucho antes que para las personas.

Veintidós días después de que la canción falsa apareciera, Lía todavía se despertaba antes de la alarma.

Ya no era su voz atravesando la pared. El vecino había dejado de escucharla después de una semana, cuando otra canción ocupó el primer lugar de VisNet y la ciudad encontró algo nuevo que repetir.

Tampoco eran las notificaciones. Había aprendido a dormir con el teléfono en la sala y a desconectar la pantalla de la nevera antes de acostarse.

Lo que la despertaba era el silencio.

No un silencio completo. En Aurelia nunca había uno. Siempre quedaba el zumbido del edificio, una moto en la avenida, la alarma de un carro, la voz automática del ascensor anunciando pisos a través de la pared. Pero a las cinco y media de la mañana esos ruidos todavía no le pedían nada.

Lía se levantó, puso agua a calentar y abrió las cortinas.

La pantalla del edificio de enfrente ya no mostraba su cara. Anunciaba una serie sobre una mujer que descubría que toda su familia había sido generada para observarla. El tráiler duraba ocho segundos y repetía tres veces el rostro de la protagonista llorando.

En la parte inferior apareció una etiqueta:

BASADA EN UNA EMOCIÓN REAL.

Lía preparó café.

Su video seguía arriba.

Eso era lo que no había dicho cuando todos celebraron que hubiera recuperado la voz.

No lo había bajado. Tampoco había desactivado la monetización automática que VisNet activó después de superar diez millones de vistas.

Martina le había escrito para advertirle, usando la palabra advertir con una cortesía que escondía una pregunta.

La monetización quedó activa por defecto. Si quieres la quitamos.

Lía había leído el mensaje durante varios minutos.

Después respondió:

Déjala. El video es mío.

No se lo había contado a Santiago.

No porque pensara que fuera incorrecto. Eso era lo incómodo.

Había pagado abogados, peritos de voz, una auditoría de archivos y tres semanas sin trabajar.

El video era suyo. La rabia era suya. El cuarto desordenado era suyo.

Si VisNet iba a ganar dinero con todo eso, no veía por qué ella debía renunciar a su parte para demostrar pureza.

Aun así, cada mañana abría el panel de ingresos antes de prepararse el café.

Esa semana había ganado más con el video sobre la canción que con las regalías de su último disco en seis meses.

Cerró la aplicación.

El agua empezó a hervir.

A las siete tenía ensayo. Martina había conseguido una presentación pequeña en el Teatro del Río, anunciada como Lía Abril: una noche sin versiones.

A Lía no le gustaba el nombre. Parecía construido para aprovechar la crisis, porque lo estaba.

Había propuesto llamarlo simplemente concierto.

Martina le mostró dos proyecciones de venta.

Concierto: 41 % de ocupación estimada.

Una noche sin versiones: 96 %.

—No estamos mintiendo —había dicho Martina—. Vas a cantar tú.

Lía aceptó.

La boletería se agotó en once minutos.

En el ensayo, Julián había eliminado las pistas pregrabadas y reducido el equipo a cuatro músicos. La escenografía consistía en una cortina gris, tres lámparas de pie y la sala vieja de su apartamento reconstruida con demasiado cuidado para parecer casual.

Lía entró al teatro y vio una taza igual a la que había sostenido el celular durante el video.

—No —dijo.

Martina estaba en la platea revisando el montaje.

—¿Qué?

Lía señaló la taza.

—Eso no.

—Es utilería.

—Es mi taza.

—No es la misma. La compraron ayer.

—Precisamente.

Martina bajó del escenario.

—La idea era conservar la intimidad del video.

—La intimidad no se conserva reconstruyéndola para vender entradas.

—No estamos vendiendo tu intimidad.

Lía la miró.

Martina levantó las manos.

—Listo. Quitamos la taza.

Un técnico se acercó, recogió el objeto y preguntó dónde debía ponerlo. Nadie respondió enseguida. Terminó dejándolo detrás de una caja de sonido.

El resto del ensayo salió bien. Lía cantó las canciones del disco y una pieza nueva que había escrito durante esos días.

Se llamaba La puerta. No mencionaba voces sintéticas ni algoritmos.

Hablaba de alguien que regresaba a su casa y encontraba las cosas en el mismo lugar, pero ya no sabía cuál de ellas le pertenecía.

Cuando terminó, Martina se quedó en silencio.

—Esa —dijo después—. Esa tiene que cerrar.

—No quiero publicarla todavía.

—No dije publicar.

Lía esperó.

—Pero la gente va a grabarla —añadió Martina.

—Ya sé.

—Y van a subirla.

—Ya sé.

—Podemos adelantarnos y grabar una versión oficial en vivo.

Lía se bajó del escenario.

—No.

—Está bien.

Martina lo dijo con demasiada rapidez. Había aprendido a no discutir de frente. Ahora dejaba las opciones sobre la mesa y esperaba a que el miedo hiciera su parte.

En el camerino, Lía encontró un paquete enviado por VisNet Creators. Dentro había una placa transparente con la cifra 50 MILLONES y una carta impresa.

Gracias por iniciar una conversación necesaria sobre autenticidad y propiedad de la voz. Tu valentía ayudó a nuestra comunidad a avanzar.

En una esquina, casi invisible:

Este reconocimiento no implica aceptación de responsabilidad por contenidos creados por terceros.

Lía dejó la placa boca abajo.

A las diez y veinte recibió una llamada de Santiago.

—¿Estás ocupada?

—Ensayando.

—¿Para el concierto sin versiones?

Lía escuchó la sonrisa en la voz.

—No empieces.

—No dije nada.

—Lo dijiste completo.

Santiago guardó silencio. Últimamente hablaban con cuidado, como si cada conversación atravesara un cuarto lleno de objetos rotos.

—Necesito pedirte algo —dijo él.

—No.

—Todavía no sabes qué es.

—Me gusta empezar desde una posición clara.

—Vera quiere hablar contigo.

Lía se sentó frente al espejo del camerino.

—¿Por qué?

—Dice que tiene información sobre la voz.

—Que te la entregue a ti.

—No quiere.

—Entonces no es información. Es una reunión de ventas.

—Probablemente es las dos cosas.

Lía miró la placa boca abajo.

—¿Firmaste?

—No.

La respuesta llegó con una pausa demasiado pequeña para ser duda y demasiado grande para ser natural.

—¿Pero?

—Estamos revisando un piloto limitado.

—Santiago.

—No hemos aceptado nada.

—Eso no fue lo que te pregunté.

Él exhaló.

—Elías congeló la siguiente inversión. Perdimos dos clientes después de lo de Tomás y tenemos cuatro meses de caja. Marea ofrece financiar un módulo de prevención de daño sintético sin acceso a identidades.

Lía apoyó el teléfono sobre el hombro mientras se quitaba un arete.

—¿Y para eso necesita hablar conmigo?

—Vera dice que no. Dice que quiere hablar contigo porque eres la única persona de esta historia a la que todavía no ha mirado de frente.

—Qué detalle.

—Puedes decir que no.

Lía pensó en la canción falsa, en los archivos que podían haber usado para construirla, en demos que había enviado años atrás, sesiones de estudio guardadas en nubes de productores, entrevistas de radio, ensayos grabados por personas que ya no recordaba.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—Voy sola.

—No me parece buena idea.

—Entonces es perfecta.

Colgó.

Martina apareció en la puerta.

—¿Todo bien?

—Vera Montes quiere verme.

El nombre produjo un cambio pequeño en su cara.

—¿La de Marea?

—La misma.

—No vayas sola.

—Todo el mundo me dice eso cuando quiere estar en el cuarto.

Martina entró y cerró la puerta.

—No quiero estar en el cuarto. Quiero que no te usen.

Lía miró su reflejo. Había vuelto a maquillarse para los ensayos, aunque menos. Al principio había creído que no hacerlo era una decisión propia. Después entendió que también estaba obedeciendo a la versión auténtica que VisNet había convertido en formato.

Tomó una toalla y se limpió parte de la base de la mejilla.

—Ya me están usando —dijo—. La diferencia es que esta vez estoy cobrando.

Martina no preguntó a qué se refería.

Quizás lo sabía.

Esa tarde, Lía recibió el primer pago del video. Lo transfirió a la cuenta con la que estaba pagando a los abogados.

Después abrió el panel del concierto y aceptó una opción que había rechazado tres veces:

TRANSMISIÓN GLOBAL EN VISNET — REPARTO DE INGRESOS 70/30.

La plataforma le mostró una advertencia:

Para maximizar alcance, autoriza generación automática de clips promocionales.

Lía desmarcó la casilla.

El botón de continuar quedó gris.

Leyó los términos. La autorización podía limitarse a treinta segundos, con revisión previa del equipo del artista. Era mejor que antes. No era buena.

Pensó en la sala llena, en las personas fuera de Aurelia que habían escrito queriendo escucharla, en lo que costaba montar el concierto, en el dinero que entraría, en la posibilidad de cantar La puerta antes de que alguien más la convirtiera en otra cosa.

Marcó la casilla.

El botón se encendió.

Lía cerró los ojos y presionó continuar.

No sintió que estuviera traicionándose.

Eso habría sido más fácil.

Sintió que estaba tomando una decisión razonable.