Caras Descubiertas Capítulo 1 — La canción que Lía no escribió #3
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Capítulo 1 — La canción que Lía no escribió #3

Esta vez fue ella quien marcó.

Él contestó al primer tono.

—Lía.

No dijo “¿estás bien?”. Se lo agradeció en silencio.

—¿La viste? —preguntó ella.

—Sí.

La voz de Santiago sonaba rara. No dormida. No sorprendida. Más bien como si algo que llevaba meses temiendo hubiera llegado por la puerta equivocada.

—¿Puedes tumbarla? —preguntó Lía.

—Puedo intentarlo.

—No te pregunté eso.

Santiago respiró hondo.

—No sé.

Lía miró el techo.

La humedad sobre la pintura formaba una mancha pequeña, parecida a un país sin nombre.

—Está en todas partes, ¿no?

—Sí.

—¿Y Resonancia?

—Justo por eso te estaba escribiendo ayer.

—Explícame.

Al otro lado hubo un silencio que Lía conocía bien. El silencio de Santiago cuando elegía entre decir una verdad completa o una verdad útil.

—No fue orgánico —dijo él.

—¿Qué significa eso?

—Que la canción no simplemente pegó.

—Santi.

—Hubo empuje artificial en los primeros cuarenta minutos. Cuentas recién creadas, duetos automatizados, comentarios coordinados, tráfico raro desde granjas de interacción. Después sí entró gente real. Mucha. Demasiada.

Lía se quedó quieta.

—¿Quién hizo eso?

—No lo sé todavía.

—Pero puedes saberlo.

Santiago no respondió de inmediato.

—Podría acercarme.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única honesta.

Lía se levantó y empezó a caminar por el cuarto sin dirección. Pisó una hoja con una letra incompleta. La levantó. Decía:

No quiero ser la casa donde otros vienen a mirarse.

No recordaba haberla escrito.

—¿Qué es Resonancia, Santi?

—Ya te he contado.

—No. Me has contado lo que dices en reuniones. Quiero saber qué es de verdad.

Santiago soltó una risa baja, sin humor.

—Qué buen momento elegiste.

—Qué buen mundo elegiste tú para emprender.

Esa vez él sí se quedó callado.

Lía se arrepintió apenas lo dijo, pero no pidió perdón. Todavía no.

Santiago habló despacio:

—Resonancia es una herramienta para ver cómo una identidad pública se está deformando en internet. Qué narrativas están creciendo, quién las empuja, qué emociones activan, qué comunidades las repiten, dónde hay riesgo real y dónde solo hay ruido.

—O sea, me miras mejor que los demás.

—No.

—Sí.

—Lía, la idea es darte control.

—¿Control de qué? ¿De mi voz falsa? ¿De mis comentarios? ¿De la gente diciendo que la otra Lía es mejor?

—Control de la narrativa.

—La narrativa soy yo, Santiago.

La frase salió más fuerte de lo que esperaba.

Él no respondió.

Lía miró por la ventana. En el edificio de enfrente, una pantalla gigante mostraba su cara falsa. No la había visto antes. Era una publicidad automática de tendencias musicales. Su imagen corregida sonreía sobre una frase que alguien, o algo, había escrito por ella:

Volver también es dejarse transformar.

Debajo aparecía el logo de VisNet.

Lía sintió que se le doblaban las piernas, pero no se cayó. Se sostuvo del marco de la ventana y siguió mirando.

—Santi —dijo.

—Estoy aquí.

—Mi cara está en una pantalla.

—¿Dónde?

—Enfrente.

—No mires.

—Ya miré.

Santiago murmuró algo que no alcanzó a entender. Teclas. Una silla moviéndose. La voz de alguien al fondo. Él ya estaba trabajando.

—Voy para allá —dijo.

—No.

—Lía.

—No vengas a salvarme.

—No voy a salvarte.

—Entonces, ¿a qué vienes?

Santiago tardó unos segundos.

—A entender quién está usando tu cara para probar mi peor miedo.

Lía cerró los ojos.

La canción seguía sonando en algún apartamento, en algún celular, en algún bus, en alguna oficina, en alguna cocina donde alguien la tarareaba sin saber que estaba cantando una pequeña violencia.

Pensó en llamar a su mamá. Pensó en romper el celular. Pensó en grabar un video llorando, otro furiosa, otro serena, otro irónica. Pensó en no hacer nada. Pensó en desaparecer. Pensó en lo difícil que se había vuelto no hacer nada en una ciudad que confundía el silencio con culpa.

En la pantalla de la nevera apareció una nueva recomendación de VisNet.

La conversación sobre ti está alcanzando punto de definición.

Publicar ahora puede aumentar control narrativo en 43%.

No publicar puede aumentar apropiación externa en 71%.

Lía caminó hasta la cocina y desconectó la nevera.

La pantalla murió.

Por primera vez en la mañana, el apartamento quedó en silencio.

No duró mucho.

Tres segundos después, desde el apartamento de al lado, su voz falsa volvió a cantar el coro.

Lía se sentó en el piso.

No lloró.

Todavía no.

Tomó la guitarra, apoyó los dedos sobre las cuerdas y buscó una nota cualquiera. Una nota fea. Torpe. Real. La dejó sonar hasta que se apagó sola.

Después abrió la cámara del celular.

Durante un instante se vio en la pantalla: despeinada, ojerosa, sin filtro, con rabia y miedo peleándole detrás de los ojos.

El botón rojo de grabar esperaba.

Aurelia también.

Lía respiró.

No sabía si iba a hablar, cantar, gritar o quedarse mirando hasta que la ciudad se cansara de pedirle algo.

Pero por primera vez desde que despertó, tuvo claro que la canción no era el problema.

La canción era apenas la puerta.

Lo que había al otro lado era peor.

Un mundo donde ya no bastaba con tener voz.

Había que demostrar, todos los días, que todavía era tuya.