Caras Descubiertas Capítulo 1 — La canción que Lía no escribió #2
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Capítulo 1 — La canción que Lía no escribió #2

Quería entender. No la canción. La canción no tenía misterio. El misterio era el hambre alrededor de ella.

El usuario que la había subido se llamaba @clip_celeste.

No tenía foto propia, solo un círculo azul con una cara generada.

Había publicado treinta y siete videos en los últimos dos días.

Canciones falsas con voces de artistas conocidos, entrevistas inventadas, trailers de películas que no existían, fragmentos de podcasts reconstruidos, escenas íntimas de personas públicas diciendo cosas que tal vez pensaban pero nunca habían dicho.

Casi todo tenía pocas vistas.

Hasta ella.

Hasta su voz.

El perfil tenía una bio mínima:

Probando cosas. Si pega, pega.

Lía leyó esa frase varias veces.

Si pega, pega.

No había conspiración. No había una gran empresa necesariamente.

No había un villano sentado en una oficina oscura diciendo “vamos a destruir a Lía Abril”.

Había alguien, quizás un muchacho aburrido en una habitación, quizás una señora buscando ingresos extra, quizás un estudiante con deudas, quizás un bot administrado por una cuenta anónima, subiendo cosas a lo loco con la esperanza de que alguna encendiera.

Y una encendió: su voz, su cara, una tristeza que alguien había usado como experimento.

Eso era lo que más la dañaba. La falta de intención. La facilidad. El hecho de que su dolor no hubiera sido el centro de ningún plan, sino apenas el accidente exitoso de alguien que estaba probando.

Martina volvió a llamar.

Esta vez Lía contestó.

—No publiques nada —dijo Martina antes de saludar.

Se escuchaba movimiento al otro lado: puertas, tacones, alguien pidiendo café, una voz masculina hablando de “ventana de oportunidad”.

—Buenos días para ti también —dijo Lía.

—Perdón. Buenos días. ¿Estás bien?

La misma pregunta.

—No sé.

—Bueno, no hagas nada desde ese lugar.

—¿Desde qué lugar?

—Desde el lugar de “no sé”.

Lía cerró los ojos.

—Martina, hay una canción con mi voz que yo no hice.

—Lo sé.

—No, no sé si lo sabes. Hay una canción con mi voz, mi cara, mi nombre, y la gente cree que volví.

—Nadie cree eso exactamente.

—El título dice “Lía Abril volvió”.

—Sí, pero la conversación ya se está corrigiendo. Mucha gente sabe que es IA.

—¿Y eso te tranquiliza?

Martina guardó silencio medio segundo. Medio segundo en una llamada de crisis era mucho.

—No me tranquiliza. Pero cambia la estrategia.

Lía sintió que algo se le cerraba en el pecho.

La estrategia.

Claro.

En Aurelia nada era suficientemente doloroso como para no convertirse en estrategia.

—No quiero estrategia —dijo.

—Lía.

—No quiero.

—Te entiendo, pero esto ya está pasando. Lo único que podemos decidir es si pasa contigo o sin ti.

Lía caminó hasta el espejo del baño. Tenía la cara hinchada de sueño, el pelo aplastado de un lado, una marca roja en la mejilla por la funda de la almohada. Se miró como si fuera otra persona. O peor: como si fuera la versión mala de una persona mejor producida.

—La canción es una mierda —dijo.

—La canción está pegando.

—Eso no responde nada.

—Responde lo que VisNet está preguntando.

Lía tragó saliva.

—¿Y qué está preguntando?

Martina suspiró.

—Si puedes volver a ser relevante.

La palabra cayó con una violencia limpia.

Relevante.

No buena. No honesta. No necesaria. No profunda.

Relevante.

En Aurelia, la relevancia era el perdón que el sistema les daba a quienes todavía producían estímulo. Podías estar triste, cansado, roto, endeudado, confundido, pero si seguías generando conversación, el sistema te consideraba vivo.

—Yo no me fui —dijo Lía.

—Lo sé.

—Saqué un disco hace ocho meses.

—Lo sé.

—Hice dos giras pequeñas.

—Lo sé.

—Llenamos teatros.

—Lo sé, Lía.

—Entonces no digas volver.

Martina bajó la voz.

—No lo digo yo. Lo dice el índice.

Lía miró el espejo. Por un instante imaginó las cifras flotando sobre su cabeza: exposición, polaridad, riesgo, deseo comercial, probabilidad de colaboración, tasa de retención emocional, nivel de nostalgia explotable.

Rango Reflejo: 83.

Qué belleza.

La copia la había mejorado.

—Hay marcas preguntando —dijo Martina.

Lía soltó una carcajada seca.

—No jodas.

—Dos marcas. Una plataforma de bienestar emocional y una de bebidas. Quieren saber si vas a capitalizar el momento.

—¿Capitalizar mi robo de identidad?

—Quieren saber si vas a responder.

—No es lo mismo.

—Para ellos sí.

Lía apoyó la frente contra el espejo frío.

Martina siguió hablando, más suave:

—Mira, podemos hacer tres cosas. Uno: reclamar derechos y tumbar el contenido, aunque ya hay copias por todas partes. Dos: sacar un video tuyo explicando que no autorizaste nada. Tres: usarlo a tu favor, lanzar una versión real, contar tu historia, apropiarte de la conversación.

—¿Y cuál quieres tú?

—Yo quiero que no te destruyan.

—Esa no es una opción. Es una frase bonita.

—Entonces quiero que hagas la tres.

Lía cerró los ojos.

La tres.

Apropiarte de la conversación.

Esa frase también la conocía. Era hermana de otras: controlar narrativa, surfear tendencia, convertir crisis en oportunidad, humanizar respuesta, entrar con vulnerabilidad, no perder momentum. Todas esas frases que hacían sonar la humillación como un taller de marca personal.

—No quiero competir con una máquina usando mi propia voz —dijo Lía.

—No estarías compitiendo con la máquina.

—¿Entonces?

—Con la versión de ti que la gente acaba de conocer.

Ahí estuvo.

La frase perfecta.

La herida completa.

Lía terminó la llamada sin despedirse.

Volvió a la cama. El celular vibraba sin pausa. Afuera, Aurelia ya estaba despierta. En algún lugar de la ciudad, miles de personas escuchaban una canción que no existía la noche anterior y que ahora parecía haber estado esperándolas toda la vida.

Abrió por fin la llamada perdida de Santiago.