Capítulo 11
Capítulo Once
Fiel a su palabra, Carl hizo algo para distraerse; aunque en realidad todo ocurrió de casualidad. Se encontró con Poppy —a quien seguía barajando como posible rollo— a la salida de la panadería y, dado que tenía muchísima hambre tras la mañana de playa, aceptó su propuesta de ir a comer algo.
Fueron al local de enfrente de Arcoíris, se sentaron junto a unas jardineras en la terraza y pidieron unos tacos de desayuno desde el iPad que había en la mesa.
Una vez cursabas tu orden, la tablet cambiaba de modo y se activaba una especie de minitrivial que quizá estaba pensado para animar la conversación de los comensales, pero que a Carl le revolvió la tripa. Miró la pantalla con gesto lúgubre.
Poppy malinterpretó su expresión y, creyendo que lo que reflejaba su cara era indecisión, él mismo leyó la pregunta —¿dónde está Matiu?— y la respondió antes de lanzarse a enumerar otras zonas de Wellington con sus nombres en te reo.
Carl estaba dando el primer mordisco a su taco cuando vio a Grayson pasar en bici y girar la esquina hacia la calle de Jason. ¿Iría a cortar el césped de alguna casa cercana o se dirigía a verlo?
Frunció el ceño y se obligó a centrarse en la conversación, que, de algún modo, había pasado a ser sobre las mejores zonas para salir a caminar de Nueva Zelanda.
¿Sería otra pregunta del trivial? Bueno, en cualquier caso, escuchó algo sobre Abel Tasman y ahí dejó de prestar atención otra vez, justo cuando Grayson aparecía de nuevo, empujando la bici a su lado.
¿El hecho de que volviera tan pronto y con ese aire de decepción significaba que lo había ido a buscar a él y al no encontrarlo se había desinflado un poco? Carl notó algo en el estómago de solo pensarlo, se irguió en su asiento y levantó la mano para llamar su atención.
Grayson miró en su dirección y se quedó inmóvil unos segundos, sus ojos oscuros fijos en él, antes de dirigirse hacia donde estaban.
Carl se puso en pie de un salto y, en su entusiasmo, le dio un golpe a la mesa.
—¡Grayson! —Señaló la silla libre—. Siéntate.
A su lado, Poppy suspiró y, cuando Carl lo miró, vio la mueca de fastidio que no trató de disimular.
Grayson dejó la bici, le puso el candado y se sentó junto a Carl, enfrente de Poppy. De repente, el aire se volvió irrespirable y sus dos acompañantes se miraron con los dientes apretados y una especie de tic en la mandíbula.
La incomodidad de la noche anterior volvió a envolverlos. ¿Habría pasado algo entre esos dos? En la cocina de Sage, Grayson le había dicho que no debería haber ido, que se había dicho a sí mismo que no lo haría, pero que no había podido evitarlo.
¿Y si…?
A ver, Grayson era el rompecorazones de Berhampore, ¿no? ¿Y si le había roto el corazón a Poppy y por eso el ambiente entre ellos estaba tan cargado? Además, en la playa, antes de la cena, Grayson había mostrado cierto desdén en relación a su foto.
¿Y qué había querido decir con lo de que no había podido evitar acudir a casa de Sage? ¿Le seguía gustando Poppy, a pesar de que parecía que no habían terminado bien?
¿Y si ese aire protector que había mostrado con Carl no era más que una excusa para impedir que se liara con Poppy porque a él le seguía gustando?
—¿Por qué frunces el ceño? —le preguntó Grayson.
Carl preparó un taco a toda prisa y se lo tendió.
—Creía que tenías trabajo.
—Dije que no me encontraba muy bien. Ya lo recuperaré otro día.
—¿Has hecho pellas? ¿Tú?
Grayson lo miró y los ojos de ambos se encontraron. La dulzura en esos pozos negros hizo que a Carl le saltara algo en la tripa con tanta fuerza que creyó que se le escaparía por la boca.
—Hoy tenía cosas más importantes que hacer.
«No pienses que esas cosas importantes tienen que ver contigo», se dijo a sí mismo. Grayson podía tener mil planes. Quizá se había pasado por su casa para ver si estaba bien pero su intención siempre había sido encontrarse con Poppy después.
Poppy se aclaró la garganta y Carl se giró a mirarlo para encontrárselo con la vista fija en Grayson. Y cómo lo miraba, con una intensidad que decía que quizá ahí había algo más. Y no le gustó. No le gustó nada.
—Poppy —dijo, preparando otro taco y tratando de distraerlo para que dejara de mirar a Grayson.
Y lo logró; le puso el taco en el plato con una sonrisa y cambió de postura: apoyó el codo en la mesa de forma un poco exagerada, la barbilla en la mano, y se puso entre Grayson y él, haciendo más difícil que lo mirara.
Incluso batió las pestañas de modo adorable para captar la atención de Poppy. O para desviarla.
—¿Está rico? —preguntó.
Poppy le sonrió con calidez, pero trató de lanzarle otra miradita a Grayson; miradita que Carl interceptó y bloqueó con el brazo, que estiró para coger el iPad.
—Hum…, a ver, preguntas de historia —dijo ignorando la punzada de dolor en el estómago. Tenía que interponerse entre aquellas miraditas intensas de alguna forma—. ¿Quién fue el primer ser humano en viajar al espacio?
—Yuri Gagarin —respondieron al unísono.
—Guau —murmuró Carl más para sí que para ellos.
Pues sí que estaban compenetrados… Si encendías una cerilla, aquello empezaría a arder.
—Apuesto a que respondo cinco antes que tú —picó Poppy a Grayson.
Grayson miró a Carl.
—Adelante.
Estupendo. Fantástico. Maravilloso. Su intención había sido distraerlos del ridículo tonteo y de repente se había convertido en su maestro de ceremonias. Forzó una sonrisa y, con disimulo, pulsó el botón de «difícil».
—Poppy: en el siglo XV a. C., ¿quién fue la primera mujer faraona del Antiguo Egipto?
—Hatshepsut.
—Grayson: ¿quién fue la primera mujer médico de Japón que realizó enormes aportaciones a la salud pública y la educación en los siglos XIX y XX?
—Ogino Ginko.
—Poppy: ¿qué místico y sanador ruso fue consejero de la familia Romanov y fue asesinado en 1916?
—Rasputín.
—Grayson: en el año 480 a. C., aunque superados en número, los atenienses derrotaron a una flota persa y cambiaron el curso de las guerras médicas. ¿Cómo se llamó esa batalla?
—La batalla de Salamina.
Las respuestas siguieron, rápidas y correctas todas ellas. A juicio de Carl, a Grayson le tocaban las preguntas más rebuscadas, pero el tío ni pestañeaba antes de contestar.
—… Puños Justos y Armoniosos, conocidos como los boxers.
Carl lo miró parpadeando. Con razón los Vinagrillos Verdes estaban tan convencidos de que ganarían la noche del concurso en el pub. Madre mía.
Un alegre «¡yuju!» hizo que los tres giraran la cabeza hacia Sage, que, con el pelo recogido en una redecilla, cruzaba la calle y se dirigía hacia su mesa con una sonrisa deslumbrante, agitando la mano.
—Necesito una ayudita en la panadería, me preguntaba si…
—¿Una ayudita? ¡Me encanta ayudar!
Sage, bendita ella, le estaba dando la excusa perfecta para salir de allí y evitar el tonteo raro que se traían esos dos.
Carl se puso en pie de un salto.
Pero los dos idiotas que lo acompañaban no supieron aprovechar la oportunidad que se les daba de estar solos y resolver lo que fuera que les pasaba, y se levantaron al instante tras él.
—Cuenta conmigo, por supuesto —dijo Grayson.
—«Ayudar» es mi segundo nombre —añadió Poppy.
—Fenomenal —exclamó Sage feliz, dando una palmada.
Poppy se adelantó con Sage, que cruzaba de nuevo la calle con entusiasmo; Grayson empezó a caminar tras ellos, pero Carl lo sujetó del codo y lo retuvo.
—Espera un segundo.
Grayson, por suerte, obedeció.
—Te tengo que dar las gracias —murmuró Carl.
—¿Las gracias? ¿Por?
—Cuando antes me dijiste que la inteligencia y la atracción no siempre iban de la mano, pensé que podrías tener razón, pero ahora, tras el espectáculo que acabo de presenciar…
—Señaló la mesa y al iPad aún iluminándose con la siguiente pregunta—, no es que lo crea, es que estoy seguro de que así es.
Grayson se frotó la barbilla con una mano.
—¿Nada? ¿Ni un poquito de atracción has sentido?
—Nada en absoluto.
Carl cruzó la calle y, un instante después, Grayson lo alcanzó y caminó a su lado.
—¿Y qué te resulta atractivo entonces?
—Buena pregunta. No lo sé. Pero me excitaría mucho más ver a un tío presumir de alguna habilidad física.
La imagen de Grayson cortando el césped del vecino sin camiseta se le coló en la cabeza con tal fuerza que Carl se tuvo que dar una pequeña torta en la mejilla para despejarse mientras Grayson le abría la puerta.
Una vez dentro, Carl respiró el delicioso aroma que flotaba en el aire.
Echó un vistazo a su alrededor; no había ningún cliente, pero sí dos mesas repletas de cupcakes sin glasear.
Poppy estaba apoyado en el mostrador observando una bandeja de magdalenitas cubiertas con una fina crema en tonos rosas y azules.
Sage estaba enfrente, mordiéndose el labio, y en una esquina, junto a las ventanas, Leo trasteaba con un iPad y no se había dado cuenta de que habían llegado.
Grayson se colocó junto a Carl en el mostrador y este soltó un leve gemido al verse una vez más en medio de esa extraña pareja. Así que fijó la vista en Sage, que le devolvió la mirada con cierto nerviosismo.
—Estoy haciendo una prueba para el acto benéfico. Quiero que los cupcakes sean especiales para la ocasión, pero no sé si los que he hecho me convencen.
Carl observó cómo le habían quedado: tenían una pinta deliciosa, eran de estilo clásico, decorados con diminutas bolitas plateadas.
—Son preciosos.
—Yo no perdería el tiempo intentando impresionar a esas madres —dijo Grayson.
Sage los miró a todos y se detuvo en Carl.
—¿Tú qué opinas?
¿Qué opinaba él? Pues que entendía por qué era tan importante para Sage demostrar a esas brujas que ella era tan merecedora como cualquiera de formar parte de ese evento, que podía ayudar, que no deberían descartarla.
Y para eso necesitaba unos cupcakes que destacaran, que dijeran alto y claro: «Eh, que yo puedo organizar esto tan bien como vosotras».
—¿Y si los glaseas con los colores del uniforme del colegio? Verde y amarillo.
—¡Oooh, qué idea más buena! —dijo Poppy al instante.
Incluso Grayson asintió.