CAPÍTULO 3 — EL GRUMETE HUÉRFANO
Antes de que el paquete sellado con el símbolo del ancla y la llave llegara al Estrella del Sur, Nico ya llevaba dos años navegando junto al Capitán Luca.
Y aunque en la superficie parecía un muchacho alegre y curioso, dispuesto siempre a dibujar cada criatura marina que cruzaba su camino, había una historia detrás de sus ojos que pocos conocían realmente.
Aquella misma tarde en que Luca reunió a su tripulación para explicarles el mapa de Simón Ferrer, Nico se había quedado un momento a solas en la proa, contemplando el mar en silencio antes de que los demás llegaran.
—¿Todo bien, muchacho? —había preguntado Tomás, acercándose con su habitual paso pesado.
—Solo pensaba —respondió Nico—. En mi padre. Él también soñaba con encontrar algo grande en el mar.
Tomás se sentó junto a él, apoyando los codos en la baranda de madera.
—Nunca me has contado mucho sobre él.
Nico dudó un momento antes de hablar, como si las palabras pesaran más de lo habitual.
—Era pescador, en un pueblo pequeño al norte de Cabo Blanco.
Salía cada mañana antes del amanecer, y cada noche regresaba con historias sobre lo que había visto: ballenas, tormentas, a veces hasta luces extrañas bajo el agua que decía no poder explicar.
Yo quería ser como él. Quería ver todo lo que él veía.
—¿Y qué pasó?
—Una tormenta. Como tantas otras que había capeado antes, decía mi madre.
Pero esa vez, su barco no regresó. —Nico bajó la mirada—.
Yo tenía once años. Mi madre no pudo mantenernos a mí y a mis dos hermanas solo con lo que ganaba cosiendo redes.
Así que cuando el Capitán Luca llegó a nuestro pueblo buscando un grumete…
—Te ofreciste tú mismo —completó Tomás, recordando de pronto aquel día.
—Le dije que sabía nadar mejor que nadie en el pueblo, que no me mareaba, y que trabajaría el doble de duro que cualquier otro candidato. —Una pequeña sonrisa cruzó el rostro de Nico—. Creo que en realidad me aceptó porque vio en mis ojos las mismas ganas que él tenía a mi edad.
Tomás asintió, comprendiendo de pronto muchas cosas que antes solo había intuido: por qué Nico se esforzaba tanto en cada tarea, por qué dibujaba con tanta atención cada detalle del mar, como si temiera olvidar algo importante, por qué la mención de tormentas siempre le producía un breve destello de tensión en la mirada, rápidamente disimulado.
—Tu padre estaría orgulloso de ti, Nico. De la forma en que enfrentas el mar sin dejar que el miedo te controle.
—A veces sí tengo miedo, Tomás. Sobre todo durante las tormentas.
—Todos lo tenemos, muchacho. El valor no es la ausencia de miedo. Es navegar de todas formas, con el miedo a bordo si es necesario, pero sin dejar que tome el timón.
Aquella conversación había quedado grabada en la memoria de Nico durante los meses siguientes, y resurgió con fuerza particular la noche en que el Estrella del Sur enfrentó su primera tormenta rumbo al Triángulo de las Bermudas.
Mientras luchaba por sujetar las cuerdas junto a Tomás, sintiendo el miedo apretarle el pecho como una garra fría, recordó aquellas palabras: el valor no es la ausencia de miedo.
Y cuando resbaló hacia la borda, y sintió la mano firme de Tomás sujetándolo del chaleco salvavidas, comprendió que no estaba solo enfrentando aquel miedo, como había estado su padre en su última tormenta.
Tenía una tripulación. Tenía una familia elegida, dispuesta a sujetarlo cuando el mar intentara arrebatárselo.
Fue esa misma noche, mucho después de que la tormenta amainara y todos durmieran exhaustos en sus camarotes, que Nico sacó su cuaderno y, en lugar de dibujar una criatura marina, dibujó algo distinto: el rostro de su padre, tal como lo recordaba, sonriendo desde la proa de su pequeño barco pesquero.
Debajo del dibujo, escribió una sola línea: “Sigo navegando, papá. Y esta vez, no estoy solo.”
Guardó el cuaderno bajo su almohada y, por primera vez desde que zarparan de Cabo Blanco, durmió profundamente, sin las pesadillas de tormentas que a veces todavía visitaban sus noches.