CAPÍTULO 2 — LA LEYENDA DEL HALCÓN NEGRO
Antes de zarpar, Luca sabía que necesitaba respuestas. Y las respuestas, en Cabo Blanco, siempre se encontraban en la misma casa: la de la vieja Doña Remedios, bibliotecaria del pueblo y guardiana de todos los archivos marítimos de la región.
La casa de Doña Remedios olía a papel viejo y a café recién hecho. Estanterías del suelo al techo se apilaban con libros de bitácora, mapas enrollados y recortes de periódico amarillentos.
—¿El Halcón Negro? —repitió la anciana, ajustándose las gafas—. Hace mucho que nadie mencionaba ese nombre en esta casa.
—Necesito saber quién era, Doña Remedios —dijo Luca—. Mi tío abuelo Simón lo mencionó en una carta que dejó antes de desaparecer.
La mujer suspiró y sacó de un cajón cerrado con llave un cuaderno de cuero desgastado.
—El Halcón Negro no era un hombre, Capitán.
Era un barco. Un galeón español que, según cuentan, transportaba el tesoro de tres colonias distintas cuando naufragó cerca de las Bermudas, hace casi trescientos años.
Su capitán, Ezequiel Roca, prefirió hundirse con su carga antes que entregarla a los piratas que lo perseguían.
—¿Y el tesoro sigue allí? —preguntó Elena, que había insistido en acompañar a Luca.
—Muchos lo han buscado. Ninguno ha regresado con él.
—Doña Remedios los miró fijamente—. Algunos dicen que las aguas del Triángulo protegen el tesoro.
Otros dicen que simplemente esas corrientes son traicioneras y devoran a los incautos.
Su tío abuelo, Capitán, pasó los últimos veinte años de su vida estudiando ese naufragio. Este cuaderno es suyo.
Luca tomó el cuaderno con manos temblorosas. Reconoció la letra de inmediato: la misma letra de la carta que había llegado en el paquete.
Página tras página, encontraron anotaciones sobre corrientes marinas, dibujos de arrecifes, y una frase subrayada varias veces: “La llave no está en el oro, sino en las tres islas que forman el triángulo del silencio.”
—Tres islas —repitió Nico, que había entrado sin que nadie lo notara, siempre curioso—. ¿Cuáles?
Doña Remedios señaló un mapa en la pared, cubierto de polvo.
—Isla del Cuervo, Isla de la Sirena e Isla Perdida. Ninguna aparece en los mapas modernos. Se dice que se mueven con las tormentas, que aparecen y desaparecen como fantasmas.
Tomás, que hasta entonces había permanecido en silencio junto a la puerta, cruzó los brazos.
—Capitán, con todo respeto, esto suena cada vez más a una trampa que a una aventura.
—Puede ser ambas cosas —respondió Luca—. Pero mi tío abuelo creyó en este mapa lo suficiente como para dedicarle su vida. Y ahora yo tengo la oportunidad de terminar lo que él no pudo.
Doña Remedios cerró el cuaderno y se lo entregó a Luca con solemnidad.
—Llévatelo, Capitán. Pero recuerda: los que buscan tesoros por codicia rara vez regresan. Los que buscan por amor, por honrar a los suyos… esos a veces sí lo consiguen. Que tu corazón sea tu brújula, tanto como lo sea la de tu barco.
Esa tarde, de regreso al puerto, Luca reunió a toda la tripulación en cubierta: Tomás, Elena, Nico, y también Paco, el cocinero del barco, un hombre robusto de bigote espeso y risa fácil, que siempre tenía un guiso caliente esperando sin importar la hora.
—Escúchenme bien —dijo Luca, desplegando el mapa sobre la mesa de navegación—. Lo que buscamos no es solo oro. Es la historia de mi familia, y tal vez, la verdad sobre lo que le ocurrió a mi tío abuelo Simón. El viaje será peligroso. Nadie está obligado a venir.
Paco fue el primero en hablar, golpeando la mesa con su cucharón de madera.
—Capitán, he cocinado en tormentas peores que cualquier leyenda. Donde vaya el Estrella del Sur, va mi cocina.
Elena asintió con determinación.
—Las estrellas nos guiarán, Capitán. Confío en mis cálculos más que en cualquier maldición.
Nico levantó la mano, casi sin aliento por la emoción.
—¡Yo también voy! Quiero ver el Triángulo de las Bermudas con mis propios ojos.
Tomás fue el último en hablar. Miró a Luca largamente, como midiendo algo que solo él podía ver, y finalmente esbozó una sonrisa cansada.
—Alguien tiene que cuidar de que este grumete no se caiga por la borda mirando peces. Cuenta conmigo, Capitán. Como siempre.
Luca sintió que el pecho se le llenaba de un calor conocido: la certeza de no estar solo frente a lo desconocido.
—Entonces está decidido —dijo, enrollando el mapa—. Zarpamos al amanecer rumbo al Triángulo de las Bermudas.