Capítulo 23 #3
La reunión estaba prevista para terminar alrededor de las cuatro de la tarde; después, el secretario volvería a la sede de la Secretaría de Seguridad, desde donde despacharía hasta aproximadamente las seis, para luego regresar a su residencia en una urbanización cerrada situada en un barrio acomodado.
Miré mi reloj: eran casi las tres de la tarde; el secretario aún debía de estar dentro del Palacio.
Conocía bien el lugar: la seguridad era de las mejores, y había casi cincuenta policías militares cuidando del Gobernador y de su residencia oficial.
Yo podría entrar fácilmente, siendo capitán del GATE, pero si asesinaba al secretario jamás saldría de allí, no sin abrirme paso a tiros.
La seguridad de la Secretaría era menor, pero igualmente eficiente. El sitio más fácil para entrar y luego salir sería la residencia del secretario.
Pero ¿tendría yo la frialdad suficiente para asesinar a un hombre posiblemente inocente, aunque eso significase la remota posibilidad de que Laurita fuese liberada sin ningún daño?
¿En cuántos casos de secuestro había participado ya? Suficientes para saber que, cuando los implicados no seguían las recomendaciones de la policía, muchas cosas salían mal.
Había aprendido, en mis años en el GATE, a no negociar con secuestradores salvo como estrategia para ganar tiempo, pues muchas veces asesinaban a sus víctimas después de recibir el rescate. Pero ¿y si esta fuese la única oportunidad para ella?
¿Cuál era la posibilidad real de que Laurita estuviera viva y fuese liberada si yo cometía el crimen de asesinato?
Dirigí la mirada al cronómetro en cuenta regresiva: marcaba 18:05 h.
Me sentía un poco mareada y tenía no solo la cara, sino otras partes del cuerpo palpitando por la paliza que había recibido; pero nada de eso dolía tanto como saber que Laurita debía de estar aterrorizada en manos de los secuestradores.
El paramédico me había recetado un analgésico hacía un rato y ahora empezaba a hacer efecto. Notaba como si estuviera un poco aturdida, pero aun así me empeñaba en mantenerme alerta o, al menos, intentarlo.
—Señora Alexia, la portería nos avisó de que el doctor Tiago ha llegado, ¿podemos dejarle pasar? —preguntó la policía militar que estaba de guardia.
—Sí, por favor… Él es… —vacilé— mi médico.
No tardó mucho en entrar Tiago en el piso, y me miró con auténtico espanto.
—Dios mío, Alexia, ¿cómo ha podido pasar esto? —dejó el maletín a un lado y se sentó en el sofá junto a mí.
—Ya me atendió el equipo de emergencia —sentí las lágrimas regresar—, pero ellos siguen con Laurita. No tenemos noticias.
Apoyé la cabeza en su pecho y él me abrazó. La sensación de impotencia llenaba un vacío enorme dentro de mí.
—Vamos paso a paso… Quiero que te hagas una radiografía y un TAC; dependiendo del resultado, te derivaremos a un especialista. Ahora, sobre Laurita… ¿tus amigos policías ya están ocupándose del caso?
—Sí. Manuela y Héctor estuvieron aquí, están volcados en la investigación, pero puede que esté con la banda del Joker.
—Sabíamos que la masacre provocada por ese capitán inconsecuente podría acabar en represalias contra la parte más vulnerable. ¿Cómo es que no la mantuvo a salvo?
—La culpa es mía, Tiago. Perdí los nervios, le ordené que retirara al equipo de mi alrededor, y ahora… mira lo que ha pasado. Laurita está pagando por todo esto. ¡La culpa es únicamente mía! —era casi imposible contener las lágrimas y la culpa que me oprimía.
Tan pequeña, indefensa, vulnerable, lejos de mí y en manos de delincuentes… ¿qué le estarían haciendo? El dolor dentro de mí era indescriptible. Y lo peor: ¿cómo podría borrar de su vida el trauma que estaba viviendo?
¿Cómo pude ser tan descuidada y egoísta?
—¿Crees que recordará todo lo que le enseñamos? —Tiago también parecía preocupado, aunque sabía disimular muy bien.
—Estoy segura de que sí: nunca reaccionar, no desesperarse. Fue ella quien llamó a Héctor para avisarle, pero, por desgracia, se la llevaron antes de que pudiéramos hacer nada.
En silencio, quizá intentando no demostrar sus sentimientos, trató de adoptar una expresión profesional y agarró la ficha clínica que el médico de emergencias había dejado para evaluarme.
Había muchos términos médicos con los que no estaba familiarizada y, tras revisarla, la dejó de nuevo sobre la mesita.
—Vamos a esperar, todo va a salir bien —dijo mientras se dirigía a su maletín, de donde sacó un comprimido.
—¿Qué es eso?
—No hagas preguntas, solo necesito que te lo tomes —insistió, señalando un vaso de agua que ya estaba sobre la mesa.
—No voy a tomarlo.
—Sí que vas a tomarlo, Alexia. Necesito que lo hagas, o no estarás en condiciones de recibir a Laurita cuando Héctor la encuentre —depositó el comprimido en mi mano.
—Ya me han examinado y medicado. Solo quería compañía.
—No importa, voy a examinarte de nuevo con más detenimiento —dijo, esperando a que me tomara el medicamento—. Y no te preocupes, me quedaré por aquí; tampoco quiero que estés sola.
A regañadientes, me tomé aquel comprimido amargo. Sabía perfectamente lo que Tiago estaba haciendo: era un tranquilizante, y poco a poco mi cuerpo empezó a relajarse hasta que el sueño me venció.