Capitán Hector (Hombres de la ley 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

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Siete días después de la audiencia…

Aunque yo metiera a delincuentes entre rejas a través de los tribunales, no solía visitar prisiones; mi papel como fiscal era acusar, no defender. Aun así, había aceptado la petición de visita de un recluso cuya denuncia yo misma había presentado ante el Poder Judicial.

Caminé hasta el ala de seguridad y esperé a que trajeran al interno Marcelo Gomes.

—No somos amigos; usted es la doctora que me ha metido aquí, detrás de estas rejas, pero tengo un mensaje importante —dijo el hombre, vistiendo su mono de preso, cuando se sentó frente a mí.

—Dígalo de una vez, no tengo mucho tiempo —me hice la dura; así era como debíamos comportarnos en un lugar tan intimidante como aquel.

—Usted va a meterse con gente muy poderosa; lo saben todo sobre su vida.

—No me asustan las amenazas —respondí con un tono bastante seco, intentando entender de qué estaba hablando.

—Me pidieron que le dijera esto: “las vistas de la Atlántica son preciosas, la fama tiene su lado malo, tu antiguo rollete con el militar no te va a servir de nada, y mucho menos el doctor. ¡El día del niño se acerca!”

—¿Qué pretende con eso?

¿Cuál era el verdadero significado de aquel recado?

Atlántica seguía siendo la dirección del piso de mis padres; todavía se turnaban entre Copacabana y la casa de la Barra.

Pero ¿“rollete con el militar”? ¿“Doctor”?

¿“Día del niño”? Me quedé un segundo en silencio.

¿Lo de los niños… hablaba de Laurita? ¿Era posible?

¿Qué quería decir exactamente con aquella frase tan calculada?

—Ya lo dije, no tengo nada que ver con esto. Solo fui coaccionado para hablar y no tengo ningún otro recado. He cumplido con mi parte —concluyó el preso, levantándose para marcharse—. Ah, sí, tengo uno más: el secretario de Seguridad va a invitarla a algo. Lo saben todo, incluso antes que usted.

Intenté no dejarme afectar. Los reclusos buscaban venganza constantemente y, en muy contadas ocasiones, esas amenazas se concretaban. No podía entrar en pánico. Encontraría una solución para todo. Siempre lo hacía.

Salí de la prisión hacia las once, pero no regresé a la sede de la Fiscalía, en el centro de Guarulhos; aún tenía otro compromiso, esta vez un almuerzo en un restaurante elegante, aunque discreto.

Durante el juicio de los militares acusados de ejecución, no solo la prensa siguió con interés el desenlace del caso; también lo hicieron grupos de derechos humanos, y una de sus representantes más destacadas era la diputada Claudia Piva.

Su asesor parlamentario, un joven bien vestido, con un traje impecablemente entallado y que se presentó como Ricardo Amaral, me buscó en la sala de la Fiscalía del Juzgado el último día de alegatos y me invitó, en nombre de la diputada, a almorzar.

Aunque siempre he sido reacia a la política, no podía ignorar la invitación de una representante del Poder Legislativo, y menos aún de una diputada conocida por su defensa de los derechos humanos.

De hecho, yo había utilizado argumentos humanitarios para conseguir la condena de aquellos policías; era natural que hubiera llamado su atención.

Durante el trayecto, seguí pensando en el significado de aquella amenaza velada en la prisión. ¿Tendría relación con ese caso? Yo sabía que muchos miembros de la corporación apoyaban la actuación de los acusados y era consciente de que había sido insultada en redes sociales por algunos militares.

Los demás casos en los que trabajaba también pertenecían al ámbito penal; no me involucraba en acciones de improbidad que pudieran afectar a políticos o empresarios, para eso había otros fiscales.

Por tanto, no había motivo para que el secretario de Seguridad quisiera hacerme invitación alguna, como insinuó el detenido; de hecho, ni siquiera lo conocía personalmente.

¿Tendría algo que ver con los clientes de mi padre? Pero él actuaba muy pocas veces en São Paulo; solía recurrir a despachos asociados a su firma de abogacía cuando trabajaba fuera de Río de Janeiro.

O la explicación era aún más sencilla: un hombre al que yo había logrado condenar, indignado por su pena y queriendo vengarse, intentando desestabilizarme emocionalmente. Pero, si fuera eso, solo habría perdido el tiempo; no soy el tipo de mujer que se deja intimidar.

Por fin llegué al restaurante, entregué el coche al aparcacoches y me dirigí a la recepcionista.

Me identifiqué como la persona a quien la diputada estaba esperando y fui recibida con una sonrisa amable.

Después me condujo entre mesas donde clientes con apariencia de empresarios almorzaban.

Atravesamos todo el salón hasta un reservado delimitado por una especie de biombo decorativo.

—¡Aquí está nuestra fiscal! —exclamó el joven al que reconocí como el mismo que me había hecho la invitación y que, igual que días atrás, también vestía con esmero, luciendo un traje gris oscuro.

Era un joven atractivo, quizá tres o cuatro años menor que yo, de buen porte físico y penetrantes ojos verdes. A su lado, una mujer morena, de cabello negro y voluminoso, y ojos castaños. Tenía arrugas de expresión en el rostro que no le restaban encanto.

Su porte transmitía autoridad y poder; estábamos ante una mujer de carácter fuerte y opiniones firmes.

La identifiqué de inmediato como la diputada, quien se encontraba en su segundo mandato y tenía serias posibilidades de convertirse en la próxima gobernadora en las elecciones que se celebrarían dentro de dos años.

—Es un placer conocerla, hija —dijo, extendiendo la mano y estrechando la mía con firmeza—. Seguí con interés su actuación en el juicio de esos policías asesinos.

—El placer es mío, diputada. Solo cumplí con mi deber —agradecí, mientras ella volvía a sentarse y, con un gesto cordial, me indicó que tomara asiento en una silla acolchada que su asesor, Ricardo, me retiró con amabilidad. Después, él se sentó a su lado.

Conversamos de asuntos triviales mientras hacíamos los pedidos y, cuando el camarero sirvió nuestras bebidas —para Ricardo y para mí, agua con hielo y limón, y para la diputada, una margarita—, ella entró de lleno en el tema.

—En primer lugar, quiero agradecer su empeño en condenar a aquellos militares; lo que hicieron es imperdonable —comenzó, jugueteando con el dedo en el borde de su copa, y la interrumpí enseguida.

—Diputada, no tengo nada contra los militares; al contrario, muchos realizan un excelente trabajo para mantener el orden en nuestra ciudad. No se trata de nosotros contra ellos. El juicio fue un caso específico que exigía justicia. Hay gente mala en cualquier sitio.

—Claro, claro, lo entiendo… —hizo un gesto con la mano, como si aquello no tuviera mayor importancia, y continuó con su razonamiento—. En segundo lugar, quiero saber si usted tiene pretensiones políticas.

—¿Cómo? —me sorprendí, no por la pregunta en sí, sino por la forma tan directa con la que me abordaba.

—Pretendo presentarme como candidata al Gobierno de São Paulo en las próximas elecciones y quiero formar un equipo con personas jóvenes, determinadas e idealistas.

Me gustaría tenerla a mi lado, quizá como mi vicepresidenta, encargada de algunos de mis proyectos de gobierno, o incluso lanzando su nombre para un escaño en la Asamblea Legislativa.

No importa cuál de las opciones: creo que usted es un nombre excelente para acompañarme.

—Diputada, estoy honrada, pero admito que me ha tomado por sorpresa.

“¡Yo no me involucro en política!”, pensé.

—Claudia, llámame Claudia, querida —sonrió con simpatía.

—Hemos hecho una investigación sobre usted —intervino el asesor— y descubrimos que es considerada una fiscal excelente y combativa; además, es hija de un importante e influyente abogado carioca, con numerosos contactos empresariales y políticos.

Tiene todos los requisitos necesarios para entrar en el mundo de la política.

—Exacto. Hablé informalmente con su padre, quien fue muy receptivo y amable. Debo admitir que se mostró muy orgulloso de sus logros.

—No sé qué decir —sonreí, incómoda. ¿Cómo podía papá haber tenido esa conversación y no haberme dicho nada?

—Sé que es un paso importante, así que no se precipite. Aún tenemos tiempo hasta la formalización de las candidaturas para las próximas elecciones; la convención de mi partido será dentro de cuatro meses. Hasta entonces, espero su respuesta —advirtió.

—Lo pensaré, diputada… quiero decir, Claudia.

En ese momento, dos camareros se acercaron con los platos que habíamos pedido y, debido a la sorpresa de la invitación, conseguí olvidarme por completo del encuentro que había tenido con el preso unas horas antes. Degustamos nuestros platos, retomando la conversación sobre asuntos triviales.

Tras la operación de rescate, regresamos a la base del GATE e hicimos una reunión informativa sobre nuestras acciones del día.

Por suerte, la sospecha de bomba resultó infundada: no era más que un paquete abandonado en el edificio junto con una llamada falsa de amenaza. Aun así, se siguió el protocolo estándar, con evacuación y registro.

Ya entrada la noche, llegué a mi apartamento, en un condominio sencillo en Santo Amaro.

Aunque pequeño y sin lujos, cubría mis necesidades y estaba cerca de la estación, donde comenzaba la ciclovía junto al río Pinheiros, el lugar perfecto para pedalear o correr, evitando así tener que ir todos los días al gimnasio.

Vivía solo; no tenía ni un pez de compañía. Mi madre había fallecido un mes después de mi graduación en la Academia Militar: el diagnóstico fue un infarto fulminante de miocardio. Por suerte, no sufrió dolor.

La encontré acostada en su cama. La llamaba a diario y, aquella mañana, al ver que no respondía, en cuanto tuve un momento libre fui a su casa y la encontré allí.

Su expresión era serena; incluso me pareció ver una sonrisa en su rostro.

Nunca quiso abandonar la casita que le traía tantos recuerdos de mi infancia con mi hermano.

Excepto por un tío paterno que vivía en el Amazonas y al que rara vez veía, no tenía más parientes conocidos. Mi familia era pequeña: primero perdí a mi hermano y después a mi madre.

Casi todo lo que tengo hoy se reduce a mi entorno de trabajo; de los compañeros de la facultad solo mantenía contacto con Josué, que había logrado ser aprobado como juez de Derecho en una ciudad del interior.

Cogí una cerveza mientras comía una lasaña directamente en su propio envase para microondas, con la televisión encendida en el partido de mi equipo del alma.

Mi vida social estaba estancada, no tenía novia fija y estaba cansado de las mujeres que conocía en bares y discotecas para relaciones de sexo casual.

Siempre era lo mismo: elegía a una, normalmente la más guapa, pasábamos una noche ardiente y, por lo general, eran polvos deliciosos, pero después volvía a casa sin preocuparme siquiera por pedirles el contacto.

Servíamos simplemente para apagar el fuego del otro: una noche, varias folladas y adiós.

Si en lo profesional sentía que estaba en el camino correcto, en lo personal vivía en conflicto; por eso me centraba en el trabajo y así evitaba frustraciones innecesarias.

Al día siguiente, me despertó una llamada telefónica de mi comandante: debía presentarme en el Palacio del Gobierno[16] dentro de dos horas, para una reunión extraordinaria con el Secretario de Seguridad Pública.

—Su actuación ha ganado notoriedad y el Gobernador quiere formar una fuerza de tarea —escuché de mi comandante.

—¿Una fuerza de tarea, señor?

—Justicia, Fiscalía, Policía Civil y Militar. El Gobernador quiere que acabemos con la actuación de la banda del Joker —explicó—. El GATE, por motivos obvios, fue propuesto para representar a la Policía Militar y usted ha sido recomendado nominalmente.

Lo que podría ser un honor para algunos, para otros sería motivo de desesperación, pero representar al GATE en una fuerza de tarea, para mí, como capitán principal del grupo, no era más que el cumplimiento de mi deber.

—Estaré allí, señor —mi comandante colgó después de darme los detalles de la reunión, y yo dejé el móvil sobre la cama.

Mientras me daba una ducha rápida, repasé mentalmente lo que sabía sobre la actuación de ese tal Joker.

Era una organización que invadía ciudades pequeñas y medianas, rodeaba bancos y tomaba rehenes a los que utilizaba como escudos humanos cargados con explosivos para perpetrar los robos.

Una modalidad conocida como nuevo cangaço brasileño [17], que se estaba popularizando en todo Brasil y era practicada por distintas cuadrillas.

En concreto, la del Joker había recibido ese nombre porque sus integrantes dejaban cartas de baraja con esa figura en la escena del crimen, probablemente inspirados en el archienemigo de un famoso personaje de cómics y películas.

Quizá por puro desprecio hacia la policía, que nunca tenía pistas sobre cómo detenerlos.

No sabía nada más.