Capitán Hector (Hombres de la ley 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Años antes

Desde pequeño siempre deseé ser policía. El hecho de que mi hermano mayor fuera sargento de la Policía Militar contribuyó a que alimentara ese sueño.

Lo tenía como a un héroe.

Por otro lado, mi madre siempre fue clara al manifestar que era completamente contraria a tener otro policía en la familia.

Solo que, para mí, era imposible no admirarlo. Diez años mayor que yo, representaba la única figura paterna que tenía, ya que mi padre nos abandonó poco después de que yo naciera.

Aunque me encantaba verlo vestido con el uniforme de policía, Jorge, como lo conocían los vecinos, a pesar de medir casi dos metros, rara vez lo usaba fuera del servicio.

Desde muy pequeño, doña Judit, mi madre, me enseñó la necesidad de no comentar con nadie la profesión de mi hermano, sobre todo porque vivíamos en un conjunto de viviendas de la periferia, donde los índices de criminalidad solo no eran más altos debido a la presencia del crimen organizado en la zona.

Eran los criminales quienes controlaban los delitos que podían o no cometerse dentro de la comunidad.

La facción que controlaba el tráfico de drogas en la comunidad no admitía delitos contra los vecinos del barrio, ya que el lugar, conocido como un “dormitorio de trabajadores”, servía como punto de apoyo para la organización, como ocurría en varios barrios periféricos de la ciudad.

—Es nuestro orgullo, Héctor, pero entiende que no necesitamos ir por ahí mostrando todo aquello de lo que nos enorgullecemos —repetía incansablemente cuando yo era pequeño.

Y, cuando crecí, pasé a comprender mejor los peligros de esa vida, los grupos organizados y el significado de las milicias. Los delincuentes pueden ser buenos con algunas comunidades y terribles para la sociedad en la misma o incluso en peores proporciones.

Cuando era joven, mamá, doña Judit, fue agraciada en un programa social del gobierno, y eso fue lo que impulsó su matrimonio con mi padre, Raimundo; una gran suerte para una pareja de novios jóvenes, llena de hormonas.

Tener un lugar para los dos había sido un regalo, aunque se tratara de una vivienda de tipo popular para familias de bajos ingresos.

La ventaja de vivir en una casa y no en un piso era la posibilidad de ampliarla según la voluntad y la holgura del ya ajustado presupuesto familiar, ya que, incluso sumando lo que ella ganaba como costurera y el escaso salario de un albañil, apenas alcanzaba para proporcionar una vida sencilla y cómoda según esos estándares.

Con el paso de los años, mi padre adquirió el vicio del alcohol y del juego y, según me contó mi hermano, poco después de mi nacimiento desapareció. Desde entonces nunca más tuve noticias de mi progenitor, y mamá jamás mencionaba su nombre.

Mi hermano me decía que papá era violento cuando llegaba a casa borracho y que muchas veces le había pegado a él y también a mamá cuando ella intentaba defenderse.

Mi hermano, que por entonces tenía diez años, empezó a trabajar de manera informal en un pequeño supermercado como embolsador, lo que ayudaba con los gastos de la casa. Y, gracias a doña Judit, que nunca permitió que dejara de estudiar, a los veinte años ingresó en la Policía Militar como soldado.

Para un chico como yo, de diez años, ver a mi hermano desfilar en su ceremonia de graduación me llenó de orgullo, y pensé que algún día sería como él.

Cuando sus superiores supieron que vivíamos en un barrio periférico de clase baja, le aconsejaron que nunca dejara que nadie supiera cuál era su profesión.

Y así lo hizo: para todos los vecinos decía que trabajaba en una fábrica, lo que justificaba el coche económico que tenía y los turnos nocturnos.

Mamá lavaba el uniforme de mi hermano y lo dejaba secar en la zona de servicio cubierta, en la parte trasera de la casa, lejos de las miradas curiosas de los vecinos o de los chavales que solían deambular por las calles cuando no estaban en la escuela.

Jorge guardaba el uniforme y el arma en una mochila dentro del maletero, y solo se vestía cuando llegaba al cuartel en el que servía, al otro lado de la ciudad.

Era una rutina dura: salía de madrugada y volvía muy tarde por la noche; o, cuando su turno cambiaba, salía por la tarde y regresaba apenas al amanecer.

Arriesgaba la vida día y noche para proteger a la sociedad, recibiendo un salario bajo comparado con otras profesiones que no implicaban tanto riesgo.

Pero trabajaba feliz, porque se sentía realizado en su profesión. Siempre le escuchaba decir que la mejor recompensa que recibía era un “muchas gracias” de alguien a quien había podido ayudar en un momento difícil.

Mamá cosía para una fábrica de confección, y Jorge se encargaba de llevar y traer los encargos cuando era necesario. No era una vida fácil para ninguno de nosotros, pero teníamos algo que nadie podía quitarnos: el amor, la unión y el respeto por los demás.

Y no todo en la comunidad era malo. A pesar de la presencia del crimen organizado en el barrio, la convivencia entre los vecinos era armoniosa; todos se ayudaban entre sí.

En mi caso, creo que tuve una infancia feliz.

Jugaba con los hijos de los vecinos y, cuando tuve la edad suficiente, empecé a asistir al colegio del barrio, destacando por mis notas altas.

Heredé de mi madre la pasión por la lectura y no era raro que me llevara varios libros de la biblioteca escolar para leer durante los fines de semana.

Al principio, algunos amigos y compañeros se metían conmigo, pero en mi tiempo libre Jorge me enseñaba técnicas de defensa personal que había aprendido en la corporación, y los fines de semana practicaba judo en la Asociación Deportiva de la Policía Militar.

Así, después de luchar y derrotar a uno de los chicos de mi clase, empezaron a respetarme y a considerarme el líder del grupo.

Mi madre y mi hermano no se preocupaban por mis paseos por las calles con mis amigos, siempre y cuando prometiera no involucrarme en nada indebido.

Mezclaban el sentido de libertad con responsabilidad, porque para tener derechos debía cumplir primero con mis obligaciones: ayudar con las tareas domésticas, estudiar y sacar buenas notas.

En la adolescencia me lié con algunas compañeras del colegio. Eran romances sin importancia, lo que popularmente se conocía como “rollos”, pero nunca fui más allá.

Aunque en dos ocasiones estuve a punto de acostarme con ellas, la curiosidad era enorme, pero en el momento decisivo mi conciencia me hizo echarme atrás, porque no llevaba preservativo, algo sobre lo que Jorge había sido muy claro en cuanto a las consecuencias.

Recuerdo que, a pesar de la insistencia de la chica, vi a Jorge a un lado, con su expresión seria, y escuché las palabras de mi madre al otro, diciendo: “Eres demasiado joven para ser padre y yo, aún más para ser abuela”.

Pero a los dieciséis años tuve relaciones sexuales con una mujer diez años mayor que yo.

Hoy en día me doy cuenta de que lo que pasó entre nosotros fue un crimen, pero yo era un chico lleno de hormonas, no me vi obligado a nada y, por controvertido que pueda sonar, tampoco me arrepiento. Sabía lo que hacía.

Miss Katia, como le gustaba que la llamaran, no era más que una vecina del barrio que había aprendido a hablar inglés y que, aburrida de su rutina solitaria aquí en la capital, se ofreció como voluntaria para dar clases en el centro comunitario todos los viernes.

Le gustaban los vaqueros ajustados y las camisas de distintos colores, dejándose siempre dos botones abiertos, lo que permitía a la media docena de chicos de la sala mirar descaradamente su sujetador bajo la camisa, sobre todo cuando se agachaba a nuestro lado para responder a las preguntas de los más interesados.

A pesar del deseo de utilizar la misma técnica que mis compañeros, en esas tácticas prohibidas de intentar mirarle los pechos, sentí que me contenía. Mamá siempre había optado por una educación estricta, obligándome a ir a la iglesia todos los domingos.

Me moría de miedo de que me pillaran y de que eso llegara a conocimiento de ella, que sin duda se lo contaría a mi hermano.

No es que él fuera a castigarme físicamente, no era ese tipo de persona, simplemente me sentaría para una conversación seria y me mostraría su decepción, lo cual era peor, porque yo prefería unos cuantos azotes, como los que mi madre solía me dar cuando la irritaba con alguna travesura.

Miss Katia, en cambio, parecía disfrutar siendo el centro de atención de los adolescentes.

Contó que se había divorciado años atrás y que tenía una hija pequeña que vivía con los abuelos en el interior.

Era secretaria bilingüe en una oficina y vivía de alquiler en un piso del barrio para poder ahorrar y enviar más dinero a su hija.

Dos meses después de empezar las clases, saqué la nota máxima en una prueba oral que ella aplicó por sorpresa, ya que aquella tarde el grupo estaba excepcionalmente indisciplinado.

Cuando la clase terminó, me llamó aparte para regalarme un libro de gramática en edición bilingüe, explicando que parecía ser el único que realmente se beneficiaría del presente, porque solo yo me esforzaba por aprender algo en sus clases comunitarias.

Con dieciséis años, ya estaba mucho más desarrollado físicamente que mis compañeros. Quizá por los deportes y la gimnasia que practicaba en la Asociación de la Policía Militar, era alto y fuerte; incluso superaba en altura a la señorita Katia, aun cuando llevaba sus altísimos y finos tacones.

—Quiero que leas y que hagas una redacción interpretativa en inglés. Usa un diccionario si lo necesitas.

Después de aquello, creamos cierta proximidad. Un día me la encontré en la calle; era un sábado al final de la tarde. Llevaba dos pesadas bolsas del supermercado y la ayudé a llevarlas hasta su apartamento, situado en el tercer piso de un edificio de cuatro, sin ascensor.

Imaginé que su vida de mujer que vivía sola tenía altibajos, y aquel era uno de los bajos.