Capitán Hector (Hombres de la ley 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Al acercarnos al borde de la azotea, comenzamos a descender lentamente, con los pies apoyados en la pared, nuestros cuerpos casi en posición horizontal respecto al suelo.

Esperé un poco por encima de la ventana, calculando que, con un salto y el impulso adecuado, podría entrar en el lugar. Anselmo estaba preparado y, al igual que yo, portaba una pistola con mira láser.

Teníamos que ser precisos: en el instante en que la puerta explotara y el equipo del teniente Batista irrumpiera en la sala donde el secuestrador mantenía a las víctimas, debíamos sincronizar nuestra entrada por la ventana. Como era pequeña, solo podía entrar uno cada vez.

Mi filosofía siempre había sido asumir los mismos riesgos que mis subordinados, por eso decidí que yo entraría primero.

—Equipo Bravo, en posición —susurró la voz del teniente Batista por el comunicador en mi oído.

—Equipo Alfa, en posición —susurré al presionar el botón de mi comunicador sujeto en la solapa del uniforme.

—En tres, dos, uno… —volvió a sincronizar mi subordinado.

Cuando solté el mosquetón que me sujetaba a la cuerda y utilicé los pies para impulsarme y deslizarme hacia abajo, escuché la explosión amortiguada.

La ventana estaba abierta, protegida solo por una cortina; por suerte no había un cristal que actuara de barrera, pues era por donde el secuestrador exhibía su amenaza a las víctimas.

Mi cálculo fue preciso y entré de una sola vez, aprovechando el impulso, cayendo de pie, apuntando el arma al frente, barriendo el entorno y siguiendo el punto rojo de la mira láser.

Tuve segundos para tomar una decisión con lo que vi.

El secuestrador tenía a un niño en brazos y la navaja peligrosamente apoyada en su yugular.

Él, que se había girado hacia la puerta, por donde el equipo del teniente Batista empezaba a entrar rápidamente, volvió hacia mí al darse cuenta de que estaba siendo cercado.

—¡Hijo de puta!

La navaja estaba aún más firme contra la garganta del niño, sostenido por el brazo del secuestrador a la altura del pecho. El pequeño lloraba desesperadamente, pero su llanto se perdía entre los gritos de la mujer y del otro niño, al que ella sostenía en brazos.

Vi aparecer un fino hilo de sangre en el cuello de la víctima, que intentaba forcejear, quizá por el escozor del corte.

Todo ocurrió en cuestión de segundos; todo pasaba muy rápido, y me concentré en asegurar que el punto rojo de la mira estuviera entre los ojos del secuestrador.

Sin dudar, apreté el gatillo.

Antes incluso de que el estruendo dejara de reverberar en el estrecho apartamento, el hombre caía hacia atrás, soltando la navaja y al niño.

Corrí hasta él y lo tomé en mis brazos. La navaja, que había sido presionada cada vez más para cortar su garganta, hizo que la sangre fluyera, pero enseguida constaté que no era profundo y que no había alcanzado la tráquea.

Batista ya atendía a la madre y al otro niño.

Fui el primero en salir del edificio, corriendo hacia una ambulancia del SAMU[7].

Solo después de dejar al pequeño con un paramédico me di cuenta de las lentes de las cámaras de televisión y del chasquido de las cámaras fotográficas de la prensa y de los curiosos; mi uniforme negro estaba aún más oscuro por la sangre.

Me alejé, ignorando los gritos de los reporteros que pedían una declaración detrás de la cinta de aislamiento.

Menos de una hora después, mi rostro aparecía en cadena nacional, y el niño seguía vivo y fuera de peligro.

En mi butaca, a la derecha del juez, observé la sala de audiencia del Tribunal del Jurado del Distrito de Guarulhos.

Las sillas de la sala estaban llenas: estudiantes de Derecho, familiares de las víctimas, reporteros y empleados del juzgado que habían abandonado sus tareas para escuchar la decisión final.

La mesa del Consejo de Sentencia, compuesta por siete jurados, tres mujeres y cuatro hombres, estaba reunida en la Sala Secreta con la misión de responder a los quesitos del juez sobre la culpabilidad de los cuatro acusados, todos hombres y policías militares que actuaban en la ciudad.

Solo esperábamos a que el juez leyera su sentencia, con los jurados de nuevo en sus asientos, todos con expresiones serias. El juicio estaba en su cuarto día y era, sin duda, el más importante en el que yo había participado durante mis años como fiscal.

El sumario policial había llegado a mis manos a través de la Comisaría de Homicidios. El comisario había imputado a los cuatro policías militares por homicidio triplemente cualificado, y yo presenté la denuncia contra todos ellos.

El caso era complejo y dividía a la opinión pública.

Los agentes, durante una intervención en la entrada de un barrio marginal de la ciudad, registraron a cuatro jóvenes que estaban en un coche viejo; tras ordenarles que bajaran, y no satisfechos, comenzaron a agredirlos.

En determinado momento, los policías los metieron en el compartimento de detenidos de la patrulla y abandonaron el lugar.

Días después, los jóvenes, negros y pobres, fueron encontrados en un paraje aislado, muertos a tiros en un patrón típico de ejecución. La pericia constató que habían sido torturados previamente.

Lo que los policías no sabían era que una persona había grabado la intervención, y que una cámara de vigilancia de una fábrica, no muy lejos de donde los jóvenes fueron encontrados, había filmado el paso de la patrulla militar por la zona una hora después.

También quedó registrado su regreso cuarenta minutos más tarde, esta vez a gran velocidad.

La investigación fue impecable: se rastrearon los teléfonos móviles de los policías militares la noche del crimen y, al menos uno de ellos, fue confirmado dentro del área de cobertura donde se abandonaron los cuerpos.

El debate en el plenario fue duro. El abogado defensor intentó desacreditar la investigación de la Policía Civil, pero corresponde a la Justicia Ordinaria procesar y juzgar a militares por delitos de abuso de autoridad, incluso cuando los cometen en servicio.

Yo rebatía todos sus argumentos y acusaba a los policías de brutalidad y homicidio, mostrando a los jurados que los acusados tenían antecedentes de mala conducta e incluso de violencia policial, además de explicar las pruebas obtenidas durante el proceso de investigación.

Estaba satisfecha; había dado lo mejor de mí. Papá había venido desde Río de Janeiro y, como abogado, admitió que yo había destrozado a la defensa. Una vez más me invitó a asumir como socia a su lado en su bufete.

Hoy tengo una buena experiencia tanto en acusación como en defensa. En mis años de facultad, en São Paulo, hice prácticas en un despacho asociado al de mi padre, pero durante las vacaciones siempre volvía a Río de Janeiro y estudiaba algunos casos allí.

Al fin y al cabo, ¿qué mejor mentor podía tener que él, una de las mayores referencias del Derecho en Río?

Aprobé la OAB[8] en el primer intento, un semestre antes de graduarme, cuando empecé a trabajar como abogada júnior en su despacho.

Me presenté al concurso para fiscal sin que él supiera, y cuando aprobé le convencí de que la experiencia en ese cargo era fundamental para mi carrera como abogada, sobre todo si algún día quería asumir la presidencia de su bufete.

Él estuvo de acuerdo, siempre y cuando, al cabo de cinco años, yo renunciara al cargo y regresara a Río para ocupar mi puesto a su lado. Y se encargaba de recordarme que ya habían pasado cuatro años.

Siempre supe que dejaría ese asunto para cuando llegara el momento. Hoy estoy al frente de una Fiscalía en el Distrito de Guarulhos.

Claro que ser hija de uno de los abogados y juristas más famosos de Brasil me había abierto muchas puertas, pero mi competencia fue determinante, y demostré que podía ser tan combativa como cualquier hombre.

Además, había ganado mucha visibilidad con ese juicio; la prensa prácticamente acampaba frente al juzgado.

Y ahora, finalmente, el momento de la verdad.

—Dicho esto, condeno a los acusados a la pena base de 20 años de reclusión; dado que existen circunstancias agravantes y no existen atenuantes, fijo la pena base, de forma definitiva y concreta, en 40 años de RECLUSIÓN, con fundamento en el art.

121, § 2.º, incisos II, III y IV del CPB.

La pena de los condenados deberá cumplirse inicialmente en régimen cerrado en el Centro Penitenciario Estatal de la ciudad de Guarulhos… —anunció el juez.

No conseguí escuchar nada más. Estaba exhausta, pero aliviada, y sostuve, con orgullo, la mirada de las madres de los jóvenes asesinados. Ellas asintieron con un movimiento silencioso de cabeza.

Nada traería de vuelta a sus hijos, pero al menos tenían el consuelo de que se había hecho Justicia.

Los condenados salieron del plenario esposados. Cuando conseguí zafarme de las personas que me felicitaban, fui rodeada por varios reporteros que casi me metían los micrófonos en la boca pidiéndome una declaración.

De repente, me había convertido en una celebridad.