Caperucita. La cara B Los meses
38%

Los meses

Los meses

«La esperanza es un trabajo a jornada completa y no lo paga nadie.»

La investigación oficial duró cuatro meses en sentido intenso y once años en sentido administrativo.

Del Grupo de Menores se ocupó un inspector que se llamaba Iglesias, que tenía cuarenta y un años, dos hijas y una manera de trabajar que Carmen Lodeiro no supo apreciar entonces porque estaba en el peor momento de su vida y porque el hombre pertenecía al bando contrario.

Iglesias trabajó bien.

Eso hay que decirlo, porque durante veinte años se dijo lo contrario en la comarca: que a la hija de la Lodeiro no la buscó nadie, que para qué, que quien se mete en eso ya sabe.

No es verdad. Iglesias movilizó lo que se movilizaba entonces para un caso así: batidas los tres primeros días, rastreo de los alrededores, la panadería, el estanco, cuarenta y una declaraciones, la revisión de los antecedentes de todos los varones del entorno inmediato, y una petición de colaboración a la Guardia Civil para el litoral.

Y en el día quince, cuando ya no había nada, hizo la pregunta que tenía que hacer y que llevaba quince días guardándose.

Estaban los dos en un despacho pequeño.

—Señora Lodeiro. Voy a preguntarle una cosa y quiero que entienda que se la pregunto porque quiero encontrar a su hija y no porque quiera detenerla a usted.

—Adelante.

—¿Esto tiene que ver con su trabajo?

Carmen lo miró un rato.

—Sí.

Iglesias soltó el aire.

—Bien. Gracias. Entonces necesito que me diga con quién.

—No.

—Señora Lodeiro...

—No —repitió Carmen—. Se lo digo así de claro para que no perdamos tiempo los dos. Yo le he dicho que sí porque necesito que busque en la dirección correcta. Pero no le voy a dar un nombre, porque si le doy un nombre usted lo detiene, y si lo detiene la niña no vuelve.

—Eso no lo sabe.

—Lo sé perfectamente. —No levantó la voz—. Usted sabe de esto lo que le han enseñado. Yo llevo veinte años dentro. Si detienen a un hombre por esto, lo que hay en el otro extremo se deshace en dos horas. Y lo que hay en el otro extremo es mi hija.

Iglesias estuvo callado un momento.

—Puede que su hija esté ya...

—Puede.

—¿Y aun así?

—Y aun así.

Fue la conversación más importante de aquellos cuatro meses, y las dos personas que estaban en aquel despacho tenían razón, que es lo que hace que sea imposible pensar en ella sin que duela veinte años después.

❖

Carmen no entregó la muñeca.

Esa es la decisión que la persiguió el resto de su vida y sobre la que no admitió discusión jamás, ni con su abogado, ni con la psicóloga de la prisión, ni con nadie.

La caja llegó el tercer día. Dentro había una muñeca de trapo con la ropa manchada de una sustancia que un laboratorio habría podido analizar en cuarenta y ocho horas y que habría dicho si era sangre, y si era sangre, de qué grupo, y si era humana.

Carmen la guardó.

La metió en una caja de zapatos, la caja de zapatos en el armario del dormitorio, y no se lo dijo a nadie.

Las razones, en el orden en que ella misma las ordenó veinte años después, en una celda:

Primera: si la entrego, se convierte en una prueba, y las pruebas tienen dueño, y el dueño es el Estado. Y si el Estado tiene la prueba, el Estado tiene el caso, y yo me quedo fuera.

Segunda: si la analizan y no es sangre de Sheila, viviré esperando. Y esperar veinte años me va a matar.

Tercera: si la analizan y es sangre de Sheila, se acabó.

Cuarta —y esta es la verdadera—: mientras no lo sepa, puedo elegir lo que creo. Y yo, aquel día, necesitaba elegir.

Eligió que estaba muerta.

Lo eligió porque el luto tiene bordes y la posibilidad no, y porque a una mujer que tiene que levantarse todas las mañanas y gobernar un negocio le sirve más un muerto que un desaparecido.

Y durante veinte años operó sobre esa base, con una disciplina absoluta.

Y durante veinte años, dos o tres noches al año, la base se le caía.

❖

Lo que sí hizo Carmen fue buscar.

Buscó por su cuenta durante seis años, con dinero, que es la única forma de buscar que existe cuando no se tiene el aparato del Estado.

Contrató a tres personas distintas en tres momentos distintos.

El primero era un ex policía de Vigo que resultó ser un estafador competente y que le sacó treinta mil pesetas de las de entonces antes de que ella lo mandara a paseo sin más consecuencias, porque no era el momento de tener consecuencias.

El segundo era serio y no encontró nada.

El tercero era francés, cobraba una barbaridad y trabajó cuatro años.

Ese sí encontró cosas.

Encontró la ruta. Encontró, en el segundo año, la confirmación de que había existido un traslado de menores por el Pirineo occidental en las fechas aproximadas.

Encontró un piso en Burdeos que había sido usado y desalojado.

Encontró, en el tercer año, a una mujer que había estado en aquel piso y que aceptó hablar por dinero y que dijo que sí, que había habido una niña española pequeña, pelirroja, y que la habían movido.

Carmen voló a Burdeos aquella misma noche.

Habló con la mujer cuarenta minutos en la cafetería de una estación.

—¿Adónde la llevaron?

—Eso no se dice nunca.

—¿Estaba bien?

La mujer la miró con una expresión que Carmen no le vio a nadie más en su vida.

—Señora —dijo—. Nadie está bien.

Y ahí Carmen Lodeiro hizo algo que no había hecho jamás en una conversación de trabajo: se quedó sin nada que preguntar.

❖

Aquella pista fue la última buena.

Después de Burdeos hubo tres años más de nada. Nombres que no llevaban a ningún sitio, ciudades, una foto borrosa de una chica pelirroja en Lyon que costó ocho mil euros y que resultó ser una chica pelirroja de Lyon.

Y hubo, cuatro veces en esos años, la otra llamada.

La llamada del francés diciendo que había aparecido un cuerpo. En Toulouse. En un canal cerca de Lille. En un descampado de Marsella.

Cuatro veces.

Cuatro veces Carmen Lodeiro se sentó junto al teléfono a esperar la confirmación, y cuatro veces la confirmación fue que no era, y cuatro veces sintió, en el mismo segundo, un alivio insoportable y una decepción que la avergonzó tanto que no se la contó nunca a nadie.

Porque eso es lo que nadie te explica del desaparecido: que llega un momento en que empiezas a querer el cuerpo.

No por morbo. Por descanso.

❖

En el sexto año, Carmen dejó de pagar al francés.

No fue una decisión dramática. Fue una llamada de tres minutos en la que le dio las gracias, le pidió que le mandara la última factura, y colgó.

Colgó, se quedó sentada en la butaca del salón, y estuvo así hasta que se hizo de noche y no encendió la luz.

Nunca le dijo a nadie que había dejado de buscar.

Y nunca dejó de hacerlo del todo: durante los catorce años siguientes, cada vez que alguien de la organización viajaba a Francia por trabajo, había una instrucción de dos líneas que se transmitía sin explicaciones y que todo el mundo cumplía sin preguntar, y la instrucción era: si oyes algo de una española pelirroja, me lo dices.

Se lo dijeron once veces en catorce años.

Once veces no era.

La duodécima fue en un patio de prisión, tres semanas antes de salir.

❖

No hubo funeral.

Hubo, en el segundo año, una misa.

Se la pidió la señora Fernanda, que llevaba dos años sin dormir y que tenía setenta y cinco años y que necesitaba, dijo, poder rezar por ella en un sitio donde se pudiera.

Carmen dijo que no tres veces y a la cuarta dijo que bueno.

Fue en Santa Baia de Arealonga, un sábado por la mañana, a las diez, y fue una misa corriente en la que el cura dijo el nombre de Sheila Lodeiro entre otros seis nombres, porque Carmen se negó en redondo a que fuera una misa por ella sola.

—Si es solo para ella, es un entierro —le dijo al cura—. Y no la voy a enterrar.

Fueron once personas.

La señora Fernanda lloró todo el rato. Dos vecinas lloraron un poco. La profesora de Sheila del año anterior fue y se quedó al fondo.

Carmen estuvo de pie, en la tercera fila, sin cantar y sin sentarse, con las manos delante, y salió la primera.

Fuera llovía.

Se quedó un momento en el atrio, mirando la calle, y una de las vecinas se le acercó y le dijo lo que se dice, que Dios sabe lo que hace.

Carmen Lodeiro la miró y le dijo, con una amabilidad perfecta:

—Ya. Yo también.

❖

❖