Caperucita. La cara B El contable
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El contable

El contable

«Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria.»

—Vamos a las fechas —dijo Soria—. Y perdone que sea pesado, pero las fechas son lo único que en un expediente no admite interpretación.

—Adelante.

—Usted mantuvo una relación personal con Carmen Lodeiro durante ocho meses. En esos ocho meses, ¿comunicó usted esa relación a algún superior?

—No.

—¿Se abstuvo formalmente de alguna actuación relacionada con ella?

—No.

—¿Sabía usted que debía hacerlo?

Vidal tardó un momento. No porque dudase de la respuesta, sino porque quiso dársela entera.

—Sabía que debía hacer una de las dos cosas —dijo—. Comunicarlo, o dejarlo. Elegí no hacer ninguna. Es exactamente el tipo de decisión por la que se abre un expediente, y si estuviéramos al revés yo se lo abriría a usted.

Soria escribió algo. Fue la primera vez en toda la noche que escribió él en lugar del de la libreta.

—Se lo agradezco —dijo.

—No me lo agradezca. Llevo treinta años viendo a gente intentar que esto dure menos, y lo único que consiguen es que dure más.

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Regueira lo supo en enero.

No se lo dijo. Regueira no decía ese tipo de cosas: las dejaba ocurrir en una habitación hasta que la otra persona las notaba.

Fue una mañana cualquiera. Estaban los dos en el despacho revisando un listado de vehículos.

—Jefe.

—Dígame.

—Nada. —Regueira pasó una página—. Que el otro día vi su coche en la calle del Casal.

Vidal no levantó la vista del papel.

—Aparcado.

—Aparcado —confirmó Regueira—. Un domingo.

Siguieron revisando el listado.

Al cabo de un minuto largo, Regueira dijo:

—Yo llevo veintiséis años aquí, jefe. Y le voy a decir una cosa sola y después no se la vuelvo a decir.

—Marcó una matrícula con el bolígrafo—. En esta ría no hay nadie limpio del todo.

Ni nosotros. Yo he comido en bodas de gente a la que después he detenido, y he detenido a gente en cuya boda había comido.

Eso aquí se lleva. —Levantó la vista—. Lo que no se lleva es no saber en cuál de las dos cosas está uno en cada momento. Eso es lo que mata a la gente.

Vidal lo miró.

—¿Y usted lo sabe siempre?

—Yo lo apunto —dijo Regueira, y se dio un golpecito en la sien—. Aquí. Cada día. Como quien hace caja.

Se levantó con el listado y se fue a su mesa.

Y Vidal se quedó pensando que aquel hombre acababa de describirle exactamente lo que llevaba tres meses haciendo, y de ponerle además el nombre profesional que le correspondía.

Un contable.

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Porque eso era lo peor, y a Vidal le costó cuatro meses admitirlo: no había traicionado nada.

Ni una sola vez.

En marzo, la Brigada trabajó un aviso sobre un almacén en Rianxo y lo trabajó bien, y salió mal por motivos operativos que no tenían nada que ver con nadie.

En abril hicieron una entrada en Vilaxoán con un gran resultado y con dos detenidos.

En mayo participaron en una operación conjunta que acabó con cuatrocientos kilos intervenidos en una playa de O Grove y con titulares en los periódicos durante tres días.

Vidal hizo su trabajo entero, todos los días, con la misma calidad que antes o con más, porque los hombres que están escondiendo algo trabajan mejor, no peor: es una forma de pagar.

Y en el mes de mayo, dos semanas después de la operación de O Grove, ocurrió la cosa que lo rompió.

Fue un detalle administrativo. Uno de esos.

Al revisar la relación de perjudicados indirectos de la operación —quién perdía qué, quién quedaba fuera del mercado, cómo se iba a redistribuir aquello— Carla Bouzas hizo una tabla en un folio, porque era ordenada y porque era joven y todavía creía en las tablas.

Y en la columna de la derecha, en la de beneficiarios previsibles del vacío , escribió cuatro nombres.

El segundo era el de Carmen Lodeiro.

Vidal se quedó mirando aquel folio en su mesa durante mucho tiempo.

No había hecho nada mal. Había hecho todo bien. Había trabajado cuatro meses, había cumplido, había puesto a cuatrocientos kilos fuera de circulación y había metido a dos personas en prisión provisional.

Y el resultado objetivo, medible, escrito en un folio por una oficial de treinta y un años que no sabía nada de nada, era que la mujer con la que él cenaba los domingos tenía ahora un poco más de sitio.

Esa era la trampa. Y era una trampa perfecta porque no tenía salida por ninguno de los dos lados: si trabajaba mal, era corrupto; si trabajaba bien, era útil.

Se había convertido, sin cobrar un céntimo y sin filtrar una palabra, en una pieza dentro del tablero de otra persona.

Y lo peor de todo, lo verdaderamente insoportable, era esto: que Carmen no lo había planeado. No hacía falta. En un sistema así, no hace falta comprar a nadie. Basta con que el hombre honesto siga siendo honesto en el sitio equivocado.

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Los honestos son inadaptados sociales.

Vidal, que llevaba media vida repitiéndoselo como quien repite un chiste privado, entendió aquel mayo la segunda mitad de la frase, la que no había pensado nunca: que la honestidad no es una posición, es una relación.

Que uno no es honesto en abstracto sino honesto respecto a algo .

Y que cuando el algo cambia de sitio, uno puede quedarse quieto y estar de repente en el lugar equivocado sin haberse movido un centímetro.

Se puede ser un hombre honesto en una vida deshonesta.

Es, de hecho, la manera más eficiente de arruinarse.

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Durante siete meses vivió con esa incomodidad.

Adelgazó cuatro kilos y le dijo a Carmen que era por el trabajo, lo cual era verdad. Empezó a dormir mal de una manera nueva: no le costaba dormirse, se despertaba a las cuatro y media. Dejó de leer.

Y siguió yendo los domingos.

Esa es la parte que después no supo explicarle a nadie, ni a Soria veinte años más tarde en una sala con fluorescentes que parpadeaban: que durante siete meses supo perfectamente lo que estaba haciendo, que lo supo con todos los detalles y con todas sus consecuencias, y que siguió subiendo aquellas escaleras cada domingo a las dos menos cinco.

Porque la niña abría la puerta.

Y porque, mientras la niña abría la puerta, ninguna de las otras cosas se caía.

En el octavo mes, habló.

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