Caperucita. La cara B Vilaxoán e Carril
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Vilaxoán e Carril

Vilaxoán e Carril

«El que sabe de la ría no se lo cuenta a la ría.»

Vilagarcía de Arousa no es una ciudad. Son tres pueblos que un día firmaron un papel.

Vidal tardó dos años en entender aquello, y lo entendió el domingo en que Carmen lo llevó a comer a Carril y él dijo, para hacer conversación, que era bonito aquel barrio.

En la mesa de al lado se hizo un silencio de tres segundos.

—No es un barrio —le dijo Carmen en voz baja—. Y no lo vuelvas a decir.

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Carril es un puerto pequeño con una lonja, una alameda con palmeras, unas casas bajas mirando al agua y la mejor almeja del mundo, afirmación que en aquella parroquia no se discute porque no es una opinión sino un dato administrativo: la almeja de Carril tiene indicación geográfica protegida desde 1990.

Enfrente, a seiscientos metros, está la isla de Cortegada.

Y entre el puerto y la isla, con la marea baja, aparece un banco enorme de arena y lodo por el que caminan las mariscadoras.

Aquel domingo de febrero había ocho.

Sheila se paró en el murete y estuvo mirándolas veinte minutos, que a los nueve años es una eternidad, mientras los adultos hablaban de sus cosas a diez metros.

Y en un momento dado, una de las mujeres salió del banco, subió por la rampa con los vadeadores chorreando y la cesta al hombro, y se paró al lado de la niña a encenderse un cigarrillo.

Se llamaba Pura Vidal —sin ningún parentesco, aunque la coincidencia le hizo gracia a Antonio dos horas después— y tenía cincuenta y un años y llevaba treinta y tres trabajando en la ría..

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—¿Qué miras? —le dijo a Sheila.

—A ustedes.

—¿Y qué tenemos de interesante?

Sheila se lo pensó con esa seriedad que ponía en todo.

—Que están todas a la misma distancia.

Pura se giró a mirar el banco.

Era verdad. Ocho mujeres repartidas en trescientos metros de lodo, cada una en su sitio, sin una sola conversación entre ellas, a intervalos casi exactos.

—Ah —dijo—. Eso es porque cada una tiene lo suyo.

—¿Es de ustedes?

—No es de nadie. Es del mar. —Le dio una calada al cigarrillo—. Pero hay un sitio donde te pones tú y un sitio donde me pongo yo, y si un día yo me pongo en el tuyo, tú te callas y no dices nada, y al día siguiente ya no somos amigas y no hemos discutido nunca.

Sheila la miró.

—Eso es una regla.

—Eso es la regla, nena.

—¿Y quién la puso?

—Nadie. —Pura tiró la colilla y la aplastó con la bota—. Las mejores no las pone nadie.

Después le enseñó el rastro: le dejó cogerlo, le enseñó cómo se araña la arena, cómo se nota en el mango cuando hay concha y cuando hay piedra, y le dijo que eso no se aprende con los ojos sino con la muñeca.

Sheila lo tuvo en la mano cuarenta segundos.

Le pesaba muchísimo.

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Veinte años después, en un piso de Burdeos, cuando construyó la cámara donde iba a guardar las seis cosas que se podían guardar, la quinta fue esta: ocho mujeres dobladas sobre el lodo, repartidas a distancias regulares, con la marea baja.

Nunca supo el nombre de aquella mujer.

Le quedó otra cosa, que le fue mucho más útil: la idea de que en los sitios peores también hay un sitio que es el tuyo, y que las reglas que aguantan de verdad no las escribe nadie, y que el que respeta el sitio de la otra sobrevive más tiempo.

Sheila Lodeiro aplicó eso durante veinte años en once ciudades.

Se lo enseñó una mariscadora de Carril en cuarenta segundos, fumando.

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Vilaxoán es otra cosa.

Es el barrio marinero de verdad, el de las casas apretadas, el de las traineras, el de las peñas del carnaval, y es también —y esto no se dice en los folletos— el sitio de la comarca con más memoria de lo otro.

Allí desembarcó Moisés Canteiro con dieciséis años en 1978, y allí encontró trabajo en cuatro días con un hombre al que todo el mundo llamaba Ovidio o Cubano, que no había estado en Cuba nunca y que se llamaba así porque su padre sí.

Ovidio tenía entonces cuarenta y tantos años y una planeadora y una manera de trabajar que Moisés copió íntegra: no hablar, no preguntar, no beber en el trabajo y no llevar nunca a nadie que no supiera nadar.

Le enseñó la ría entera. Los bajos, las corrientes, los sitios donde se puede varar y los que parecen que sí y son piedra.

Y le enseñó a leer el agua de noche, que es lo que hace la diferencia entre un patrón y un chaval con un motor.

Estuvieron juntos once años.

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En el año ochenta y nueve, Ovidio o Cubano dejó de salir.

Moisés fue a verlo a su casa a preguntarle por qué.

Estaban en la cocina. Ovidio tenía delante un plato de caldo que no se estaba comiendo.

—Porque lo que traen ahora no lo llevo yo —dijo.

—Es lo mismo, Ovidio.

—No es lo mismo.

—Es una caja, se sube y se baja.

Y Ovidio o Cubano levantó la cabeza y le dijo la frase que Moisés Canteiro no olvidó en cuarenta años:

—El tabaco se lo fumaba la gente y se moría de viejo. Esto se lo meten y se mueren aquí, en la alameda, con veintidós años. —Empujó el plato—. Yo he traído muchas cosas a este pueblo, rapaz. Pero lo que mata a los hijos de los vecinos no lo traigo yo.

Moisés no le contestó.

Se fue.

Y estuvo tres años haciendo números, y tres años dándole vueltas a aquella cocina, y al final de los tres años no entró en lo otro y abrió un club.

Nunca dijo que fuera por Ovidio.

Decía que había hecho los cálculos y que el que entra tarde en un negocio nuevo es el primero que cae, y eso era verdad y era la mitad de la verdad.

La otra mitad era un hombre viejo empujando un plato de caldo en una cocina de Vilaxoán.

Y de ahí salió, treinta años después, la única regla de un local de carretera con la primera letra del rótulo fundida: que allí no había violencia.

Y de esa regla salió que una noche de octubre, una mujer llamada Luna estuviera trabajando en un sitio donde se podía salir a la puerta a fumar.

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