Capítulo dieciséis
Cuando Sarah llegó a casa de Khalid el sábado por la noche, él no estaba. Esa mañana lo había llamado para proponerle pasar por allí, ya que tenía unos papeles de St. Mary's para Fatima y estaría por la zona, y él había aceptado el pequeño cambio de planes.
Sarah dudó. La casa estaba cerrada y en silencio. Cabía la posibilidad de que estuviera dentro y no hubiera oído el timbre, pero era poco probable. Nunca había ido allí sin que sonara música árabe y las cortinas estuvieran abiertas de par en par para dejar entrar la luz.
Justo cuando había decidido volver al coche y esperar, el todoterreno plateado de Khalid dobló la esquina a toda velocidad y se detuvo en la entrada con un chirrido de frenos.
—¡Habibti!
Se le secó la boca cuando Khalid se acercó y le tomó las manos. Iba vestido para montar al estilo inglés, con pantalones caqui y botas negras altas, una camisa blanca impecable abierta en el cuello y los puños remangados. Estaba para comérselo, y sintió que las rodillas le flaqueaban.
—Lo siento, Sarah —le dijo, y le llevó las manos a los labios—. Estaba montando cuando Beth Ann perdió una herradura. Tuve que volver a pie con ella. Llevo esperando al herrador, pero se ha retrasado.
No pudo evitarlo. Las risitas le brotaron incontenibles.
—¿Beth Ann? —logró decir entre risas.
Khalid puso cara de resignación cómplice.
—Yo no tengo la culpa. Vino con ese nombre y se niega a responder a ningún otro.
La mirada de él la recorrió de arriba abajo: el vestido largo de encaje azul pálido forrado de gasa.
Estaba cortado en estilo princesa, con el corpiño ajustado abriéndose en una falda amplia, y pequeños botones de perla desde el escote bajo hasta el dobladillo, que terminaba unos centímetros por encima de los tobillos.
El brillo en los ojos de Khalid revelaba su admiración, y se intensificó cuando inclinó la cabeza y sus labios se encontraron, fundiéndose en un beso.
Khalid se apartó y negó con la cabeza.
—Estoy hecho un asco. Habibti, tengo que volver a esperar al herrador. ¿Vienes conmigo? O puedes quedarte aquí si lo prefieres.
No había duda.
—Contigo.
Sarah trepó al asiento del copiloto, agradeciendo haberse puesto zapatos de tacón bajo. Odiaba los tacones altos y solo se los ponía para las fiestas más formales y elegantes. El tipo de fiesta que evitaba siempre que podía.
Al incorporarse a la autopista en dirección norte, Khalid la miró con gesto de disculpa.
—Siento mucho esto, Sarah. Será solo un momento. En cuanto volvamos me ducho y me cambio, y salimos a cenar.
Sarah sonrió. Adoraba los caballos. Cuando decidió establecerse en Santa Barbara, lo primero que hizo fue comprarse uno.
Había montado a Ginger casi a diario hasta que cerraron los establos.
Pero no dijo nada mientras salían de la autopista, poco después de la última salida de Goleta, y tomaban una carretera que llevaba a una urbanización semirrural de casas tipo rancho.
—Uno de los profesores de historia de Oriente Medio vive aquí —explicó Khalid—. Tengo mis caballos en su establo.
¿Caballos? ¿En plural? Sarah miró hacia delante con interés mientras se detenían en un amplio patio de cuadras.
El herrador ya estaba allí, examinando una yegua árabe de líneas elegantes. Era una belleza, de un negro azabache reluciente, con una mano blanca y una estrella perfectamente centrada en la frente. Fogosa, bailoteaba tirando del ronzal, y sus cascos arrancaban chispas del pavimento.
Se calmó cuando Khalid se acercó y dejó que le atrajera la cabeza hacia él.
Coqueta, le frotó la frente contra el pecho y resopló suavemente.
Parecía que ninguna hembra de ninguna especie era inmune a su encanto.
Sarah observó cómo Khalid sacaba unos terrones de azúcar de los amplios bolsillos de sus pantalones de montar.
Beth Ann los masticó encantada mientras dejaba que el herrador hiciera su trabajo.
Sarah esperó discretamente en el todoterreno, como Khalid obviamente esperaba que hiciera, hasta que el herrador se marchó. Entonces abrió la puerta y bajó. Khalid se volvió al oírla acercarse.
—¡Sarah! Habibti, tu vestido...
Ella le hizo una mueca burlona y centró su atención en Beth Ann. Los grandes ojos castaños la miraron con curiosidad, y la yegua resopló y hundió el hocico en sus manos.
—Khalid, ¡es maravillosa! —No pudo reprimir su admiración mientras acariciaba el hocico aterciopelado y le pasaba los dedos por la estrella de la frente. La yegua sacudió la cabeza con fuerza, resoplando como si la contradijera, y Sarah se rio y le dio unas palmaditas en el cuello sedoso.
Sarah caminó junto a Khalid mientras él llevaba a la yegua al corral.
Otra yegua esperaba impaciente junto a la cerca.
Era torda, demasiado grande y desgarbada para ser árabe pura; probablemente cruzada con pura sangre, pensó Sarah.
Sobrepasaba con creces a la delicada Beth Ann cuando Khalid abrió la puerta.
Mucho más dócil que su fogosa compañera de cuadra, aceptó las caricias de Sarah mientras su larga cola se mecía plácidamente.
Beth Ann, ya libre, trotó por el corral celebrando su libertad con una serie de corcovos. Khalid se rio de sus payasadas mientras se reunía con Sarah junto a la puerta.
—Esta es Lady —le dijo, y le dio unas palmadas cariñosas en la cruz.
—Desde luego que sí —Sarah sonrió radiante y se apoyó en él cuando Khalid le rodeó la cintura con el brazo. Giró ligeramente la cabeza y se alzó para besarle la mandíbula.
—Llévame a montar —le pidió con voz mimosa.
Él vaciló, y ella se volvió hacia él y le enlazó los brazos alrededor del cuello. Khalid la estrechó mientras le escrutaba el rostro, con una pregunta en sus ojos oscuros.
—Tu vestido...
—Se puede lavar —le puso la mano en la mejilla y le sostuvo la mirada—. ¿Me llevarías si no fuera vestida así?
Él no lo dudó ni un instante.
—Por supuesto.
Se rio de pronto, se inclinó y la besó con un beso breve e intenso.
—De acuerdo. Daremos un paseo al atardecer por la playa, luego nos arreglamos y cenamos.
Sonaba de maravilla. Sarah se quitó los zapatos y las medias mientras Khalid, con movimientos rápidos y eficientes, ensillaba a Lady y la sacaba del corral.
Una vez en la silla, le tendió la mano. Ella se recogió las faldas hasta los muslos, apoyó el pie descalzo en la bota de Khalid y se impulsó para colocarse delante de él.
Un brazo fuerte le rodeó la cintura mientras él recogía las riendas con la otra mano.
Al salir de la urbanización en las colinas, pasaron bajo un estrecho puente mientras el tráfico de la autopista 101 rugía sobre ellos, y desembocaron en la playa.
El sol aún estaba alto sobre las montañas, pero el cielo comenzaba a teñirse de colores cálidos.
Cabalgaron junto a la orilla, y Lady avanzaba con un paso fácil y cadencioso.
Sarah concluyó que debía tener sangre de Tennessee Walker, y no ser pura sangre como había pensado en un principio.
No había paso comparable al de un Walker.
Con el calor de Khalid a su espalda y el brazo de él rodeándole la cintura, se recostó contra él y suspiró de pura satisfacción.
—Mmmm, qué agradable.
—Sí.
El cambio en su voz, aquel timbre profundo, hizo que ella abriera los ojos y se girara para buscar su mirada. Los ojos de él se oscurecieron y bajó la cabeza.
—Preciosa —susurró.
Cuando los labios de él se posaron sobre los suyos, la mano que tenía en su cintura ascendió hasta abarcarle el pecho.
La cabeza de Sarah cayó hacia atrás contra el hombro de él mientras murmuraba contra su boca y la lengua de Khalid se adentraba en ella, explorándola.
Sentía cómo se le endurecían los pezones, hinchándose bajo aquella caricia.
Unos dedos ágiles desabrocharon los dos primeros botones de su corpiño, y la mano de él se deslizó bajo el encaje para cerrarse, ardiente, sobre la carne temblorosa, mientras los pulgares le acariciaban el pezón erecto.
Él alzó la cabeza y sus ojos la devoraron, abrasadores.
Los dedos de él, bajo la tela, le amasaban el pecho con movimientos rítmicos y sensuales.
Sarah contuvo el aliento cuando el calor la recorrió y un temblor nació en lo más hondo de su ser.
Con destreza, Khalid deslizó el borde del corpiño hacia abajo, dejando al descubierto sus pechos plenos ante la fresca brisa del océano y ante su mirada ardiente.
El éxtasis de aquellas caricias audaces, las sensaciones que despertaban en ella, le arrancaron pequeños gemidos de placer.
Cuando la boca de él, caliente y húmeda, descendió sobre la suave piel de su cuello, ella gritó y se arqueó contra él, apretando los pechos contra sus manos.
Las dos manos de él le cubrían los pechos, amasándolos con movimientos bruscos.
Debía de haber dejado las riendas sobre el cuello de Lady, pensó vagamente; controlaba la dirección de la yegua con sus poderosos muslos.
—¡Khalid!
El grito brotó de ella, casi un gemido, cuando el anhelo la envolvió como una marea creciente.
—Sí, habibti.
Su voz era ronca, su aliento caliente contra la garganta de ella, enronquecido por la excitación. Los dedos de él encontraron los pezones de Sarah mientras seguía devorándole el cuello.
De pronto, el gran cuerpo de Khalid se estremeció, sacudido por un temblor.
Tomó las riendas y detuvo a Lady. Con los ojos entrecerrados, recorrió la playa con la mirada; luego hizo girar a Lady, instándola a alejarse del agua hacia las dunas más allá de la orilla.
Serpentearon colina arriba y se detuvieron al llegar a un hueco protegido entre las dunas.
El sol se ponía en ese momento, tiñendo el mundo de dorado, cuando Khalid desmontó.
Se volvió, y Sarah, sin mediar palabra, se deslizó de la silla y fue a sus brazos.
Él la depositó con suavidad sobre la arena blanda y se recostó a su lado.
Se cernía sobre ella; la luz moribunda iluminaba sus rasgos fuertes mientras la contemplaba.