Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Quince #3
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Capítulo Quince #3

Al sentir que los ojos se le llenaban de lágrimas tontas, apartó el rostro y parpadeó furiosamente.

¿Por qué no podía él simplemente conformarse con el sexo, como otros hombres?

¿Por qué no podía él ser normal? ¿Por qué, después de años con el corazón libre, tenía que enamorarse de un hombre extraordinario, un hombre tan maravilloso que estaba para siempre fuera de su alcance?

¿Uno cuyo interés en ella nunca podría ser más que pasajero?

—Sarah. No quería angustiarte.

Llegaron las ensaladas, y Khalid sacudió la cabeza con resignación.

—Este no es el momento ni el lugar. A veces me precipito cuando debería esperar.

—¡No! —Sarah puso todo el asombro que pudo en la exclamación, y lo hizo reír.

—Ganas de nuevo —le dijo, clavándole una mirada dura que le decía que no se dejaba engañar—. Por ahora. Hablaremos. No puedes esconderte de mí para siempre, habibti.

Ella lo sabía; era lo que más temía. Un día él descubriría que no era la criatura exótica y fascinante que pensaba; que no era, de hecho, Cassandra. O peor, se enteraría de que lo amaba, y desaparecería de su vida.

Pasaron el resto de la velada en agradable camaradería.

Al salir del restaurante, Khalid la llevó de vuelta a la universidad, donde había dejado el coche.

Aparcó y rodeó el vehículo para abrirle la puerta.

De pie allí, en el aparcamiento a oscuras, de repente se sintió horriblemente insegura de sí misma.

—Sarah.

Las manos de él le tomaron el rostro. La miraba con tanta ternura que podía sentir cómo sus defensas se desmoronaban una vez más. Lo amaba con desesperación.

—Sarah —susurró su nombre mientras sus labios encontraban los de ella con suave presión.

Los brazos de Sarah rodearon la cintura de él y subieron por la espalda sólida; sus dedos se curvaron sobre los hombros de Khalid mientras se inclinaba hacia él.

Sus alientos se mezclaron, y ella se perdió en el sabor de él, en su aroma especiado y persistente, en la calidez de su amplio pecho mientras se recostaba contra él.

No sabía cuánto tiempo llevaban abrazados, perdidos en la magia que los envolvía. Al final, Khalid se apartó con un suspiro, aunque sus dedos seguían acariciándole el rostro.

—Tengo que salir de la ciudad unos días, voy a Sacramento por una reunión. Volveré el viernes, seguramente tarde. ¿Cenas conmigo el sábado?

—Sí.

Lo que fuera.

—Bien. —Los ojos oscuros le brillaron de placer. Le abrió la puerta del coche, la besó con suavidad y se apartó—. Ponte guapa. Buscaré un sitio especial.

A la mañana siguiente, en el centro, Sarah oyó que la llamaban y se volvió.

Allí, en la puerta del patio de juegos, estaba Fatima, con Lisa justo detrás.

Les hizo señas para que entraran. A esas alturas, Fatima ya era una cara conocida, y varias ayudantes la saludaron mientras cruzaban el césped hacia donde Sarah supervisaba el tiovivo.

—¡Tima! ¡Tima!

Sarah agarró el borde de la pesada plataforma para frenarla mientras Megan saltaba —con la inconsciencia propia de los tres años— de la plataforma aún en movimiento y echaba a correr por el patio.

Fatima se agachó entre risas para atrapar a la niña en sus brazos.

Al ver cómo le brillaban los suaves ojos marrones mientras escuchaba la cháchara de Megan, Sarah volvió a pensar en lo triste que era que aquella joven no estuviera casada y con un montón de hijos propios.

Los adoraba, y ellos a ella. Fatima rara vez hablaba de su deseo de tener marido y familia, pero muchas veces, al verla jugar con los niños, Sarah percibía el anhelo en su rostro.

Ahora no había tristeza en sus ojos, sino un brillo travieso mientras observaba a Sarah. En su vida se había sentido Sarah tan cohibida, y la sonrisa que empezaba a dibujarse en los labios de Lisa no ayudaba precisamente.

—Entonces, ¿qué tal fue? —le preguntó Fatima.

—¿Qué tal fue qué?

Fatima arqueó una ceja, dejándole claro sin necesidad de palabras que no iba a colar el numerito de la inocente.

—Ayer, cuando saliste de nuestra clase, ibas a ver a Khalid a su despacho —le recordó.

Sarah no pudo evitar el rubor que le encendió las mejillas cuando los recuerdos de aquel increíble encuentro en el despacho de Khalid acudieron a su mente sin que pudiera evitarlo. Sus amigas se echaron a reír. Fatima dejó a Megan en el suelo y le dedicó una sonrisa radiante.

—Hemos venido a llevarte a comer, si puedes escaparte.

Sarah consultó el reloj.

—Dadme unos quince minutos —dijo—. Fatima, mientras tanto, ¿por qué no le enseñas el centro a Lisa?

A Lisa le gustó la idea.

—Me encantaría.

—Yo voy con Tima —insistió Megan, tirándole de la mano a Fatima.

Fatima le sonrió a la niña y la atrajo hacia sí.

—Claro que sí, ya helwa.

—¿Qué significa eso? —preguntó Sarah con curiosidad.

—Helwa significa «dulce» —respondió Fatima—. La otra palabra... no sé cómo explicarla.

—Piensa en el «Oh» bíblico —intervino Lisa—. Se usa para dirigirse a alguien directamente. Ella diría «ya Sarah» al hablarte, que vendría a ser «Oh, Sarah». En árabe también lo usan con los apelativos cariñosos, como helwa. Podría traducirse como «oh, dulzura». Es una lengua muy florida.

—El inglés es tan frío —se quejó Fatima—. No tiene sentimiento.

—¿Qué significa habibti? —preguntó Sarah antes de poder contenerse.

Al instante, dos pares de ojos sumamente interesados se clavaron en ella.

Sarah soltó un gemido.

—Da igual... olvidad que he preguntado.

Se volvió hacia el patio de juegos, pero Fatima la detuvo con un suave toque en el hombro.

—Es un término cariñoso —le explicó con dulzura—. Significa «mi amor» o «mi amada», aunque con más fuerza que en inglés. No es una palabra que Khalid usaría a la ligera. Si te la dijo, Sarah, iba en serio.

Fatima enlazó su brazo con el de Lisa y tendió la otra mano a Megan, que se aferró a ella como una lapa. Al alejarse, le lanzó a Sarah una mirada chispeante por encima del hombro.

—Piénsatelo.

No podía pensar en otra cosa, claro.

—Amada —susurró, evocando el timbre profundo de la voz aterciopelada de Khalid al murmurar aquel apelativo. No una, sino muchas veces lo había dicho, y la palabra sonaba como una caricia en sus labios.

Media hora después, sentada en un reservado semicircular de un restaurante mexicano, entre Lisa y Fatima, seguía dándole vueltas.

Y aguantando sus bromas despiadadas. Por fin se dieron por satisfechas cuando les habló de su próxima cita con Khalid, y dedicaron el resto de la hora a repasar su armario y decidir qué tenía que pudiera considerarse «vestir elegante».