Camino de Santiago - Relatos Eróticos (Aventuras en Locales Swinger)
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Las chicas del albergue
Una vez en la carretera nacional, extiendo el brazo con el dedo hacia arriba, en la clásica postura de autostopista. No hace mucho calor, se va bien andando a paso lento; no tengo prisa, lo que quiero es que alguien me recoja, da igual dónde.
El paisaje es seco y se respira el aire húmedo de la lluvia de la tarde anterior. Qué bien huele a hierba húmeda. No hay edificios a mi alrededor, solo una larga recta interminable tras la que se vislumbra una pequeña arboleda. Bueno, paciencia, ya llegaré.
Apenas pasan coches, estamos a finales de septiembre y la carretera no está muy transitada.
Comienzo a oír el ruido de un coche que se acerca desde lejos.
Por el sonido, parece un vehículo pequeño y antiguo.
Estiro el dedo y, como si se fuera a romper, pega unos petardazos y para delante de mí sin encender el intermitente.
Corrí hacia el transporte ocasional, abrí la puerta del acompañante y pregunté:
—¿Me podría acercar hasta Cuenca?
La respuesta fue positiva: me llevaría hasta Cuenca, pero antes tenía que hacer una parada en Tarancón (un pueblo de camino a Cuenca) para recoger a su nieta.
—De acuerdo. Lo que usted mande.
Era una persona de unos 60años, muy amable y sabia.
Hicimos un corto viaje hasta que subió su nieta al coche.
Era una chica muy guapa, de unos veinte años, morena, con ojos verdes y delgada, un poco más de lo que me gusta, pero muy amable y simpática.
Cuando llegó, le cedí mi asiento y pasé mi mochila al asiento trasero para que ella estuviera más cómoda y pudiera hablar con su abuela tranquilamente; no iba a meterme yo en sus charlas, era un acto de educación por mi parte.
Fuimos charlando y contando pequeñas anécdotas durante todo el trayecto.
Al llegar a Cuenca, me dejaron en una de las salidas hacia el norte, en dirección a mi camino de Santiago.
Pasaron un par de días y yo ya estaba por la zona de Galicia. Andando por una carretera secundaria, después de caminar varios kilómetros, me senté en la parada del autobús que me llevaría a Lugo.
Esperé durante unas horas, adormilado; recuerdo que eran las cinco de la tarde cuando llegó el autobús. Subí, pagué mi billete y me senté en uno de los asientos delanteros que estaba libre.
Cuando bajé del autobús, oí una voz conocida que me llamaba: era la nieta guapa de la abuela del coche antiguo. Además, no estaba sola, sino que iba con una mujer mayor que ella, de unos cuarenta años y también muy atractiva.
Me alegré de verla y me presentó a su tía. También nos saludamos muy amablemente. Después de las presentaciones y los saludos, las invité a un refresco o una cerveza, y aceptaron de muy buen grado.
Conversamos amenamente, sentados alrededor de una mesita redonda del café donde entramos; era un sitio bastante acogedor y con una temperatura agradable.
Como ya se había hecho de noche y se hacía tarde, les dije que tenía que buscar alojamiento y que se me estaba haciendo tarde porque quería ir al albergue y no podía llegar tarde porque cerraban.
La tía de la chica me comentó que nunca había estado en un albergue del Camino de Santiago y que tenía curiosidad por saber cómo era.
—Bueno, pues vamos, voy a coger cama y lo veis, no hay problema.
El albergue del puente romano. Llegamos andando al albergue, que estaba relativamente cerca. Pedí cama para mí y nos dejaron pasar a los tres para que lo visitaran por dentro.
Como era la fecha que era, no había más peregrinos para pasar la noche en uno de los amplios dormitorios, por lo que decidieron quedarse a dormir también y hacerme compañía, ya que les había caído bien.
Dejamos el macuto y las maletas y bajamos al bar que había debajo del albergue.
Nos sentamos a tomar unas cervezas al final del salón, en unos bancos con la mesa en medio; la tía se sentó a mi lado y su sobrina, enfrente.
Olía a leña quemada, debido a la chimenea que teníamos en un lateral de la mesa y que calentaba toda la estancia.
Después de tres cervezas con bastante graduación, estábamos animados y la conversación se fue subiendo de tono hacia temas eróticos.
De pronto, sin saber cómo, la tía cogió mi mano derecha, la puso sobre su coño y me susurró al oído:
—¿Te has dado cuenta de que aquí tengo un coño?
—Está tu sobrina delante y es muy jovencita.
—Esta es una guarra, le encanta follar, ¿por qué crees que hemos venido contigo?
—¡Joder! Ahora sí que se me ha puesto dura, más si cabe que antes.
—Esta es una de esas situaciones que no te va a volver a pasar en la puta vida.
—Daba por hecho que tenías un coño, pero no esperaba que fuera para mí y en esta situación.
—Pues es todo tuyo —dijo, y, apretando mi mano con la suya, me la introdujo entre sus nalgas, restregándomela con mi mano.
No sabía cómo reaccionar, jamás me había ocurrido algo similar. Vaya par de guarras. No le hice ascos y bajé la mirada hacia sus bien puestos senos, no demasiado grandes, pero sí con muy buen aspecto y tamaño.
Después desvié la mirada hacia su sobrina, que sí lucía unos voluminosos pechos bestiales a simple vista. Ella simplemente nos miraba, no dijo nada.
Solté el coño de esta tía, ya que no tenía sentido seguir cogiéndolo, y agarré su pierna por la parte alta del muslo, metiendo mi mano por debajo. Le susurré al oído:
—Qué duras cachas tienes, me da la impresión de que vamos a pasar una larga noche.
—No espero menos de ti.
No podía creer lo que estaba pasando, pero, echándole un poco de cara al asunto, le dije a la sobrina, dirigiendo mi mirada hacia sus tremendos pechos:
—¿Todo eso es tuyo o te lo han prestado para follar esta noche?
Como estaba de espaldas a la sala y solo estábamos nosotros y la pared detrás, ni corta ni perezosa, cruzando los brazos por delante del pecho, agarró el jersey junto con el sujetador, tiró de ellos hacia arriba y dejó al descubierto ese afrodisíaco manjar delante de mí mientras decía:
—Juzga por ti mismo.
Era todo suyo, menudo par de senos.
Pensando en lo que podría ocurrir esa noche, se me puso la polla aún más dura.
La tía suponía que la tenía más dura que un bate de béisbol, pero quiso comprobarlo por sí misma y metió la mano por debajo de la mesa para hacerlo. Ya lo creo que lo comprobó; creo que hasta se asustó. No esperaba algo con semejante tamaño y se sorprendió.
A partir de ahí ya nos conocíamos más y no nos asustábamos de nada, así que, poniéndome de pie y pasando mi cuerpo por encima de la mesa, fui a sopesar los pechos de la sobrina.
Los agarré, apretándolos uno contra el otro, mientras la miraba fijamente a la cara.
Ella, sonriendo, se mojó los labios con la punta de la lengua, pasándola de un extremo al otro. Eso me ponía aún más cachondo.
Bueno, vamos al grano. Una vez que os he puesto en antecedentes, no me enrollo más y paso a relataros lo que pasó en el albergue del puente romano.
Después de una ligera cena, pagamos y subimos a la habitación. Primero se duchó la niña, luego yo y, por último, la tía.
Cuando salí del cuarto de aseo, encontré a la niña de veintidós años sentada en la cama junto al radiador, debajo de la ventana.
No me hice esperar, le di dos besos, uno en cada mejilla.
Ya me había preocupado en la ducha de ponérmela dura para que pareciera más grande de lo que es al salir de la ducha. Se sobresaltó y me miró fijamente.
Cogió la verga con una de sus manos, estando candonga, y se la introdujo en la boca. Jugueteó con ella unos minutos hasta que se puso tiesa. Entonces, con esa lengua caliente, comenzó a lamer mi glande por debajo, introduciéndomela en la boca y jugueteando con la lengua en su interior.
Yo se la agarraba y se la introducía de tal forma que se le notaba el glande a través de la mejilla; entonces la restregaba hacia afuera y la sacaba de golpe, lo que producía un suave chasquido que le gustaba.
En estas tareas estábamos cuando salió su tía del baño envuelta en una toalla, se acercó a nosotros y se sentó junto a la calefacción, al lado de su sobrina.
Se sorprendió al ver la estupenda tranca con la que estaba castigando a la niña en la cara, por ambas mejillas, y puso cara de «yo también quiero».
Se la acerqué a su boca y la agarró, introduciéndosela entera.
La sacó para ofrecérsela a la niña, que rápidamente la agarró entre sus labios.
Después, juntas comenzaron a chupetearla, desesperadas por llevarse el último pedazo.
Movían sus cabezas de un lado a otro, con sus labios y lenguas frotando el glande, lo que me producía un placer tremendo.
Ver a las dos chupando mi polla de 9pulgadas (22cm), grande como ella sola y dura como nunca la había tenido, era increíble.
Con la misma polla separé sus cabezas golpeándolas en los morros alternativamente sin parar; yo estaba de pie mirando hacia la cama y ellas sentadas sobre el colchón, así que las dos podían acceder a una parte de mi tranca.
Esto les gustaba y trataban de agarrarla con sus bocas, pero no se lo permitía: jugueteaba con ellas y las hacía sufrir un poco, lo que aumentaba la espera y con ella el deseo.
Me agaché y hundí mi cara en esas tremendas tetas, las agarré con las dos manos y comencé a mover la cabeza de un lado a otro restregándola entre ellas; las sacaba para respirar y le lamía los pezones, cosa que noté que le gustaba demasiado, pues gemía cuando se lo hacía.
Le agarré los pezones con los pulgares e índices, me levanté y se la metí de nuevo en la boca.
Miré a su tía y la vi semi tumbada, masajeándose el clítoris mientras miraba cómo se la comía su sobrina.
El chochito lo tenía afeitado, con lo cual, ante esta visión, me puse más cachondo y penetré duramente la boca de la chica, que, a su vez, se agarraba los enormes pechos, apretándolos y restregándolos uno contra el otro, y pasando los dedos sobre sus pezones, con la intención de calentarse más.
Cojo a la sobrina en brazos, la subo a la litera de arriba y dejo que sus piernas cuelguen, con el coño a la altura de mi cara.
Por supuesto, empiezo a meter mi lengua en esa húmeda cavidad y, mientras lamo, noto que su tía se ha incorporado y se ha metido mi polla en la boca de nuevo, agarrándola con la mano y haciendo movimientos hacia adelante y atrás, pajeándome, con lo que el glande estaba cogiendo unas proporciones descomunales.
Imaginad la postura: la sobrina está sentada en la litera de arriba con las piernas abiertas, yo estoy de pie comiéndole el coño humedecido con sus líquidos vaginales, ella está gimiendo de placer y mi polla está a la altura de la boca de su tía, que está sentada en la litera de abajo comiéndomela como si fuera la última vez. Espectacular orgía.
Agarré las nalgas de la niña, la tumbé sobre la cama de arriba y dejé su culito a la altura de mi lengua, con la que penetré ese agujero y restregué toda la lengua de plano por el chochito rebosante de fluidos vaginales.
Ahora, más que gemidos, eran ahogados gritos de placer.
Su tía, con una mano, saca la polla de su boca y se golpea con fuerza en los labios y las mejillas, gimiendo de placer.
La tía me dice que la pegue, pero no soy violento y no lo hago; me dice que la ate y haga de ella lo que quiera.
Entonces suelto a su sobrina, la cojo por una mano, la levanto de la cama y, con una sábana, le atamos las dos manos.
Pasamos la misma sábana por una de las vigas del techo antiguo de la habitación y tiro con fuerza de la otra punta.
Al hacerlo, queda colgada del techo con las manos atadas y el coño a la altura de mi pene, así que le abro las piernas, le separo los jugosos y abultados labios del coño con los pulgares y la penetro duramente con toda la polla, sin que pueda defenderse.
Miro hacia atrás y veo que la sobrina se está haciendo una paja mirando la espectacular y sádica escena.
Saco la polla, me arrodillo y me como ese delicioso coño con todas mis fuerzas.
Jadea, llora, se muerde los labios de placer.
Meto la lengua en su agujero negro y salivo para lubricarlo.
Lo siguiente que hago es coger mi polla, ponerla en la entrada del orificio y penetrarla fuertemente en ese culito tentador.
Ahora sí que grita y llora de placer, gime y se retuerce en su atadura.
Le como los pechos mientras la doy por el culo, penetrándola una y otra vez.
La sobrina se ha acercado al ver que el asunto se calienta cada vez más.
Se arrodilla y se arrima a mi polla. Se quiere comer el coño de su tía y mi polla al mismo tiempo, abre la boca, se relame y trata de meter la cabeza entre los dos para saborear ese clítoris delicioso.
Así estamos, jodiendo, sudando y disfrutando del rato, cuando me entran unas ganas locas de eyacular.
Aguanto todo lo que puedo, no quiero que acabe este momento, me resisto y, cuando no aguanto más, saco la polla del culo de la tía, me la agarro con la mano derecha y el primer chorro del espeso líquido blanco le cae de lleno en la cara, haciéndole cerrar los ojos y girar la cabeza por la impresión, moviendo esa espesa cabellera hacia un lado.
El segundo chorro se lo meto de lleno en la boca, cogiendo su cabeza con la otra mano y obligándola a abrirla, haciéndole rebosar por la barbilla y resbalar hacia sus voluminosos pechos.
Sigo eyaculando y el semen sigue chorreando por su cuerpo hasta llegar a su coño, que ella misma se está masturbando con la mano.
Se restriega apasionada y enloquecidamente.
La tía yace colgada de la sábana, ajena a todo este derroche de flujos. La sobrina se levanta con la boca llena de semen y comienza a lamerle los pechos a su tía, derramando el preciado líquido sobre sus pezones y abdomen.
En esta postura cojo las nalgas de la sobrina y las separo, poniendo su culito en pompa.
Abro su coño con los pulgares y me pongo a comerlo todo, restregando mi cara llena de líquidos vaginales por todo su culo y su coño, que ya está bien humedecido.
Me pongo de pie y, con la polla nuevamente endurecida, se la meto de un solo golpe.
Meto y saco desesperadamente... Qué locura, no puedo más.
La chica le come el coño a la tía desesperadamente, gimiendo y llorando.
Meto y saco desesperadamente hasta que la saco de su profundo chocho y me corro en su espalda con varios chorros de semen blanco.
Se acabó. Nunca había disfrutado de esta manera, y ellas tampoco.
Quedamos extasiados y adormilados. La tía pasó toda la noche en su posición porque no me quedaron fuerzas para desatarla.
Su sobrina y yo dormimos junto a ella en el suelo con unas mantas que extendimos.
A la mañana siguiente, desayunamos en la cafetería del albergue y nos despedimos muy cariñosamente.