Epílogo
SOPHIE
El caos de Nochebuena en la casa de los Pearson me inunda todos los sentidos: agujas de pino y canela, la risa estridente de Hazel mezclándose con el pitido insistente del temporizador del horno, y en algún lugar debajo de todo eso, la voz paciente de mi padre explicando los méritos filosóficos de las luces de Navidad fijas.
Me apoyo contra el marco de la puerta, acunando una taza que empezó siendo chocolate caliente pero ha degenerado en un sistema de distribución de crema batida, y observo a Mike enfrascarse con mi padre en lo que podría ser el debate más apasionado sobre iluminación decorativa en la historia de la humanidad.
—Las luces fijas son un clásico —insiste mi padre, blandiendo una galleta de azúcar a medio comer para dar énfasis—. Son elegantes. Atemporales.
—Aburridas —replica Mike, los ojos oscuros brillantes con esa picardía que me encanta—. Las luces intermitentes añaden movimiento. Energía. Son festivas.
—Provocan convulsiones.
—Provocan alegría.
—Son cursis.
—Tú eres cursi.
Mi padre suelta un grito ahogado y se aprieta la galleta contra el pecho con indignación fingida, y una carcajada me brota de algún lugar profundo del pecho: sin cautela, sin filtros, completamente libre.
Hace seis meses, habría estado calculando la temperatura emocional exacta de este intercambio, lista para desplegar cambios de tema estratégicos y desvíos cuidadosos.
Ahora me limito a sorber mi azúcar-disfrazada-de-bebida y maravillarme de lo bien que Mike encaja en la marca particular de caos controlado de mi familia.
El calor que se extiende por mi pecho no tiene nada que ver con la bebida y todo que ver con observar a mi novio y a mi padre discutir como si llevaran décadas haciéndolo. Como si fuera algo totalmente normal. Como si fuera algo totalmente para siempre.
Desde la cocina, se eleva la voz de mi madre.
—No, cariño, las verdes van en las galletas de árbol. Las rojas son para las galletas de Papá Noel. ¡Tenemos un sistema!
—¿Pero y si Papá Noel quiere un gorro verde? —La lógica de ocho años de Hazel tiene ese tono que sugiere que el mundo adulto entero ha sido incapaz de captar lo evidente.
—Entonces Papá Noel tiene que presentar una solicitud formal por los canales oficiales —responde Mike a gritos, abandonando su debate sobre las luces para guiñarme un ojo—. Yo redacto el papeleo.
—¡No estás ayudando! —le grita mi madre, pero su voz tiene ese matiz exacto de exasperación cariñosa que normalmente reserva para la familia.
Familia.
La palabra se me aloja en algún lugar debajo de las costillas, cálida y aterradora.
El timbre me salva de esa espiral en particular.
Dejo la taza, pero Mike ya se ha puesto en movimiento.
Su mano me roza la parte baja de la espalda al pasar, un gesto tan simple, apenas perceptible, pero mi piel se enciende igualmente.
Después de todos estos meses, el contacto más mínimo con él sigue cortocircuitándome el sistema nervioso.
—¡Lea! —La cara entera de Mike se transforma cuando abre la puerta de un tirón, y de repente nuestro recibidor se llena de aire de diciembre y voces entusiasmadas.
Lea se lanza sobre su hermano con la dedicación de alguien que lleva ahorrando abrazos desde que se fue a París hace una semana, mientras Declan se queda detrás con pinta de artista de éxito: pelo cuidadosamente despeinado, pintura bajo las uñas, mirada ligeramente desquiciada.
—Dios, Dec, parece que no has dormido desde octubre —dice Mike, atrayéndolo en un abrazo con un brazo mientras Lea se aferra al otro.
—Las zonas horarias son un constructo —responde Declan con una sonrisa agotada—. Además, tenía un encargo que entregar ayer.
—Que terminó en el aeropuerto —añade Lea, separándose de Mike el tiempo justo para poner los ojos en blanco—. Tendrías que haber visto la cara de la agente de la TSA...
—Le dije que la pintura al óleo era de apoyo emocional —dice Declan sin inmutarse—. A ella no le hizo tanta gracia como a mí.
Entran en tropel al salón en un caos de bufandas y conversaciones dispersas sobre París, sobre arte, sobre cómo seis meses pueden parecer seis minutos y seis años a la vez. Lea irradia esa clase de felicidad que viene de amar a alguien al otro lado de un océano y que funcione de todos modos.
Los observo y siento ese dolor peculiar que es alegría y terror a partes iguales.
Mike se materializa a mi lado, en voz tan baja que solo yo lo oigo.
—Se te está notando la cara de preocupación.
—No tengo cara de preocupación —miento, fatal.
Su pulgar encuentra la cara interna de mi muñeca y traza círculos que dificultan innecesariamente el pensamiento.
—Falta mucho para junio. E incluso entonces...
—Lo sé. —Y lo sé. Hemos diseccionado este tema desde todos los ángulos posibles: el draft, las ciudades que podrían reclamarlo, la logística de un amor a distancia. Pero ver a Lea y Declan gestionar su separación con tanta elegancia hace que junio se sienta inmediato, inevitable.
El timbre me salva otra vez. Por lo visto, esta noche me tocan interrupciones oportunas.
—¡Jo, jo, jo! —Maine llena el umbral de la puerta, agarrando una botella de vino que claramente viene de una gasolinera y un paquete envuelto en lo que parece ser la sección de tiras cómicas de un periódico—.
¿Dónde está mi Coach favorito, ese que seguramente no me va a poner series extra por llegar medio borracho?
—No llegas tarde —le digo, haciéndome a un lado—. Y sabes que a mi padre le dejó de importar tu vocabulario el día que metiste aquel hat trick contra BU.
—Aun así. —Maine se quita el abrigo y noto la cinta adhesiva que sujeta la cremallera por abajo, la forma en que el forro ha empezado a separarse en la costura del hombro—. Mejor llegar con regalos. Aunque sean horribles. Este vino técnicamente podría clasificarse como riesgo biológico.
Entra en el salón dando brincos con su característica energía de golden retriever, pero hay algo tenso alrededor de sus ojos, un brillo medio tono demasiado alto. Mike me mencionó la semana pasada lo del compañero de piso: el alquiler que de pronto se ha duplicado, la falta de dinero...
—¡Maine! —La voz de mi madre llega desde la cocina—. Gracias a Dios. Necesito a alguien con visión artística de verdad para ayudar con el glaseado de Papá Noel. Hazel ha convertido todos los gorros rojos en algo sacado de una película de terror.
—¡No son Papás Noel de película de terror! —protesta Hazel—. Es que son... Papás Noel cansados.
—Agotados por el capitalismo tardío —coincide Maine con solemnidad, dirigiéndose ya a la cocina—. Respeto profundamente el comentario artístico. Déjenme enseñarles a hacer las salpicaduras de sangre más realistas.
—¡MAINE!
—¡Quería decir glaseado! ¡Salpicaduras de glaseado rojo!
La casa se llena de esa clase de caos confortable que viene de demasiada gente en un espacio demasiado pequeño, todos exactamente donde quieren estar.
En algún momento me encuentro en la cocina, pasando galletas a las rejillas de enfriamiento mientras mi madre dirige el tráfico desde su taburete en la isla.
Últimamente no ha pasado mucho tiempo de pie. La observación me golpea fría y cortante.
La recaída del mes pasado fue leve, nos aseguró su neurólogo con esa calma ensayada que me hizo querer zarandearlo. Solo unos ajustes de medicación, más descanso, estaría bien.
Y está bien, técnicamente.
Pero catalogo la forma en que se agarra a la encimera cuando cree que nadie la mira, la forma en que está delegando tareas que habría hecho ella misma hace seis meses, la forma en que sus manos ahora siempre están frías.
Puedo sentirlo incluso desde aquí, ese frío persistente al que ningún calor consigue llegar.
Me acerco a ella.
—Mamá...
—Estoy bien —dice simplemente—. Te lo prometo.
—Mamá...
—Sé que estás preocupada y que me vas a decir que me lo tome con calma, pero no quiero. Porque ¿sabes qué veo cuando miro alrededor de esta cocina? —No espera mi respuesta ni mi preocupación—. Veo a mi familia, más grande y más ruidosa y más caótica que en la Navidad del año pasado.
Suspiro.
—Lo sé, pero...
No me deja terminar.
—Veo a Hazel aprendiendo a decorar escenas de asesinato con manga pastelera sobre galletas de jengibre de la mano de un jugador de hockey.
Veo a tu padre riéndose de verdad con los chistes malísimos de tu novio.
Te veo a ti, hija mía, dejando por fin que otra persona sostenga parte del peso que has estado cargando sola.
Se me cierra la garganta.
—Mamá, por favor...
—Eso vale cada día malo, Sophie. —Sus dedos fríos encuentran los míos, apretando con más fuerza de la que esperaba—. Cada uno de ellos.
El momento se extiende entre nosotras, cargado de todas las cosas que no necesitamos decir.
Estoy secándome las lágrimas de la risa cuando Mike me busca con la mirada desde el otro lado de la cocina.
Inclina la cabeza hacia la puerta trasera: una pregunta, una invitación, la promesa de un momento de silencio en mitad del caos.
Agarro su abrigo del gancho y lo sigo al porche.
El frío golpea con fuerza suficiente para robarme el aliento.
La nieve cae en copos gruesos y perezosos que amortiguan el sonido hasta que parece que hemos entrado en otro mundo.
Mike me atrae contra su pecho antes de que me dé tiempo a tiritar, rodeándome con los brazos con la familiaridad natural de alguien que sabe exactamente cómo encajo contra él.
—Tu familia está certificablemente loca —dice, y siento su sonrisa presionada contra mi pelo.
—¿Y te das cuenta ahora?
—No, lo sé desde hace tiempo. —Sus brazos se tensan, atrayéndome imposiblemente más cerca—. Me encanta. Los quiero. —Una pausa, su aliento cálido contra mi oído—. Te quiero.
Nos quedamos ahí de pie mirando la nieve borrar el mundo más allá de nuestro porche, las risas amortiguadas flotando desde la cocina. Perfecto. Aterrador. Acabándose. Mi madre está empeorando, el draft se acerca, y yo me gradúo en seis meses. Pronto, todo esto cambiará.