Capítulo 83
Vicky
Gavin me acorrala contra una cerca junto a un contenedor de basura que nos mantiene ocultos.
—Me conoces, ¿verdad? —pregunta, presionando la pistola bajo mi barbilla, tal como yo hice con Christian.
Cierro los ojos, meneo la cabeza.
—Sí, claro que me conoces. Responde o nos despedimos ahora mismo. Otra puta asesinada en la ciudad. —Acerca su rostro al mío—. Respóndeme, basura.
—Eres… Gavin Finley —digo entre dientes.
—¿Y Christian? —pregunta con un tono exigente.
—Nick Caracci.
—Bien, entonces, has hecho los deberes, Vicky Lanier. Vicky Lanier de Fairmont, Virginia Occidental, ¿no? ¿La misma que escapó de su casa en 2003?
No digo nada.
—Pero hay algo que no cuadra —agrega—, porque hace unos meses encontraron el esqueleto de una chica con ese mismo nombre enterrado en una montaña de Virginia Occidental.
Lo sabe. Me investigó. Pero… eso significa que Nick lo sabía y no…
—Nick te investigó al principio, pero no buscó nada más —dice—.
Yo, en cambio, acabo de enterarme de tu nombre, así que hice los deberes y leí todo sobre el hallazgo de la Vicky Lanier de Fairmont que desapareció en 2003.
Quizá debería haberle dicho algo, pero Nick estaba tan convencido de su plan que pensé que valía la pena intentarlo.
También creí que te lo ibas a quitar de encima. Y mírate, lo hiciste.
No digo nada. No sé qué decir. Desde que encontraron el cuerpo de la verdadera Vicky Lanier, temía que este día llegaría.
Tengo que escapar de Gavin. Tengo que salir viva de aquí…
—Eres inteligente, Vicky —susurra con una voz ronca—. Nick está muerto, Simon va a ser investigado por el asesinato de Lauren Betancourt, probablemente termine en prisión sin una sentencia firme, y, cuando llegue el momento, vas a escapar con todo ese dinero. ¿Tengo razón?
Sabe lo del fideicomiso. Sabe lo de Simon. Lo sabe todo.
Bueno, casi todo.
No bajé la persiana antes de matar a Nick. Tendría que haberlo hecho, pero los nervios me superaron. Debió de haber estado mirando desde el otro lado de la calle, lo poco que haya alcanzado a ver por la ventana. Sabe que maté a su amigo.
No respondo. No digo nada. Solo…
Presiona la pistola con más fuerza contra mi barbilla, aplastándome la cabeza contra la cerca de alambre.
—¿Tengo razón?
—Sí, tienes razón —respondo. Siento el pulso acelerado, pienso rápido, pero lo único que me viene a la mente es “Aléjate de él”.
—Me pregunto cómo se va a tomar Simon todo esto —dice—.
Cree que está casado con alguien llamada Vicky Lanier, una chica con un historial limpio y agradable.
Supongo que tenías un motivo para usar un nombre falso.
¿Antecedentes penales, quizá? ¿Prostitución?
¿Algo peor? Un tipo rico como Simon no iba a elegir a una puta como tú.
Así que te limpiaste y te inventaste una identidad nueva con un historial impecable.
—Sí —digo porque ya no puede empujarme más la cabeza contra la cerca.
No puedo hacer nada. No tengo fuerza para defenderme ni para tratar de apartarlo. Estoy acorralada, con una pistola en el cuello. Cualquier cosa que intente podría hacer que dispare.
—Dime tu verdadero nombre, Vicky —ordena.
Ah, gracias a Dios… No sabe quién soy. No llegó tan lejos. No tiene mis huellas.
No puedo permitir que eso suceda jamás. En ninguna circunstancia puedo dejar que Gavin conozca mi verdadera identidad. Prefiero morir antes de que eso ocurra.
—Respóndeme, hija de puta. —Aparta la pistola de mi barbilla y me abofetea en la mejilla con la otra mano. Luego me empuja contra la cerca y me apoya el arma en la frente—. Dímelo ahora o…
—Jamás —digo—. Dispárame si quieres.
Se me queda mirando unos segundos, sopesando mi respuesta. Pero no dispara. No ha venido a matarme. Si ese fuera el caso, ya lo habría hecho.
—Qué interesante —dice—. Pero ¿sabes qué? No me importa tu nombre. Vamos a lo importante, Vicky. Tu matrimonio es un fraude. Te casaste con una identidad falsa. Y si esa joyita sale a la luz, no vas a recibir ni un centavo.
Mis piernas empiezan a ceder.
—Así que quiero la mitad —dice—. O te quedas sin nada. El 3 de noviembre. Esa es la fecha en la que consigues el dinero, ¿no?
No puedo hablar. Intento asentir, pero tengo la pistola casi incrustada en la frente.
—El 3 de noviembre —repite—. Voy a ir a verte. Y me vas a transferir la mitad. Diez millones. Lo redondeamos porque soy un buen tipo.
—¿Cómo…? ¿Cómo? —susurro.
—No te preocupes por el cómo. Yo me encargo. Así que, entre hoy y el 3 de noviembre, Vicky, vas a ser extremadamente amable con tu esposo. Solo dos días. Hazlo feliz. Abre bien las piernas. Eres muy buena haciendo eso, ¿no?
Me empuja con fuerza y reboto contra la cerca. Caigo al suelo sobre mis manos y rodillas, junto a una caja vieja y una bolsa de comida rápida.
—Si escapas, Vicky, o me jodes de alguna forma, le contaré todo a Simon. Y todos esos diez años que pasaste trabajando para quedarte con su dinero se van a ir a la mierda. Y ni se te ocurra hacerme lo que le hiciste a Nick. Nick no te vio venir. Yo sí.
—Va a parecer sospechoso si, tres días después de la muerte de Lauren, transfiero diez millones de dólares a una cuenta anónima —digo.
Me patea en las costillas. Me retuerzo por el dolor y caigo de bruces sobre el suelo mugriento del callejón.
—Me importa una mierda si parece sospechoso —dice—. Ese es tu problema. Tú decides, Vicky. ¿Qué prefieres? ¿Parecer un poco sospechosa o perder hasta el último centavo de ese dinero? No me parece una decisión difícil. Ya se te ocurrirá algo. Ah, por cierto —agrega, alejándose—, feliz Halloween.