Capítulo 66
Christian
Sábado por la mañana. Levanto el cuello de mi chaqueta. Aquí fuera, entre los árboles sumidos en las sombras, parece de noche, aunque ya ha pasado una hora desde el amanecer. No debe de hacer más de cinco grados.
Gavin llega por el sendero unos minutos más tarde, con una chaqueta de caza y un gorro.
—¿Pudiste dormir? —pregunta.
—Casi nada.
—Estás nervioso.
—Obvio que estoy nervioso. Sería mucho más fácil si lo hicieras tú, no yo. Tú eres el cazador. Tú eres el que sabe de armas.
—No lo voy a hacer, Nick. Ya lo hablamos. Es tu trabajo. Lo tienes que hacer tú.
Estiro los brazos, giro el cuello. Nunca he disparado un arma en mi vida y, dentro de dos días, voy a matar a alguien a quemarropa.
—¿Confías en Vicky? —pregunta.
¿Confío en una mujer que está dispuesta a matar por dinero? ¿Confío en una mujer que quiere robarle todo a su esposo?
—Confío en que quiere el dinero, que quiere que yo lo invierta y que me quiere a mí, y punto. Hasta ahí llega mi confianza y con eso basta.
—Sí —dice Gavin, tensando la mandíbula, a la que le vendría bien una afeitada—. Sí. Bueno…, ¿qué pasa luego? ¿Después de que mates a Lauren?
—Simon se va a quedar destrozado —respondo—. No va a tener ninguna razón urgente para pedir el divorcio. Probablemente… No sé, supongo que va a estar hecho polvo. Y Vicky va a hacer el papel de la esposa cariñosa que no entiende nada.
—¿Y si Simon sospecha que Vicky está detrás de todo esto? No me parecería raro. ¿La engaña, piensa en abandonarla y no dejarle un centavo del dinero y, de pronto, la “otra mujer” aparece muerta?
—Vicky dice que puede manejarlo. También confío en eso.
—Vicky puede manejarlo —repite Gavin, pensándolo—. Vicky no lo ha manejado muy bien hasta ahora, ¿no te parece? Simon la ha estado engañando y ella ni se enteró.
—Eso en parte es culpa mía —admito—. Hice un buen trabajo con ella. Se enamoró de mí. Así que está tan preocupada porque él no se enterara de mí que no prestó atención a lo que él hacía a sus espaldas.
Gavin avanza por el sendero hacia el lugar donde voy a practicar tiro.
—No pareces convencido —digo.
—Bueno, Nicky, digamos que Vicky maneja a Simon, como dices. Se hace la tonta y juega el papel de esposa cariñosa. Llega el 3 de noviembre y ella tiene el control sobre el dinero.
—Sí. Esa es la cuestión. Se encarga de Simon un par de días después del asesinato y, cuando llega el 3 de noviembre, ya estamos fuera de peligro.
—¿Y la policía? —pregunta, volviéndose hacia mí.
—Bueno, si no son incompetentes, descubrirán que Simon tenía una aventura con Lauren y querrán interrogarlo.
—Y también a Vicky.
—Sí, quizá. Pero ella puede con eso. Solo tiene que hacerse la tonta, ¿no? No hay nada que me conecte a mí con ella.
—Me parece que confías demasiado en Vicky.
—No tanto como crees —digo—. En todo caso, estamos tendiéndole una trampa a Simon.
Voy a usar las mismas botas que él y el mismo disfraz de la Parca que tiene en su armario.
Si alguien me ve o si la policía encuentra mis huellas, van a ir por Simon.
No van a pensar que Vicky se puso ese disfraz.
Además, solo tenemos que aguantar un par de días, ¿no?
El día después de Halloween, el 1 de noviembre, Simon se entera de las noticias.
Eso lo va a arrollar como un tren de carga.
Vicky se hace la tonta. Quizá Simon le confiese su infidelidad.
Quizá no. Pero después solo necesitamos que pasen otras veinticuatro horas, hasta el 2 de noviembre, y luego llegamos al 3, cuando cumplen diez años de casados, y ganamos.
—Querrás decir que Vicky gana —señala Gavin, y se detiene en el sendero. Debe de ser el lugar que tenía en mente para practicar tiro.
—No, los dos ganamos.
Gavin esboza una de sus típicas sonrisas engreídas.
—¿Y cómo sabes que, una vez que pase el 3 de noviembre, Vicky no se va a olvidar de tu existencia?
—No lo va a hacer —digo—. Confía en mí, no lo va a hacer.
—¿Cómo lo sabes?
—La puta madre, Gavin, ¿dónde dejaste la confianza? Sé lo que estoy haciendo.
Gavin toma una lata vacía y la pone sobre un tronco.
—Confío en ti —dice—. Pero no en Vicky. ¿Y si solo quiere que seas el tipo que dispara el arma que mata a la novia de Simon?
¿Y una vez que hayas hecho eso, besitos, chao, y olvida que “Christian Newsome” alguna vez existió?
¿Y si el sentido de tu existencia es ser el tipo que resuelve “el problema de Lauren” para ella?
Niego con la cabeza antes de que termine.
—No tiene sentido. Primero que nada, Vicky no tenía ningún “problema de Lauren” hasta hace unos días.
Y, segundo, en los últimos dos meses, Vicky ha estado pensando en solo dos cosas, nada más: conseguir ese dinero y chupármela.
Me la follo como nunca se la han follado en su vida y, encima, soy el tipo que puede cuadruplicar su dinero.
Ese es mi talento. Atraigo a mis objetivos.
Nunca me salió mal. Y no me va a salir mal ahora.
Busco la Glock con el silenciador en la bolsa de deporte. Gavin marca un punto a tres metros.
—Además, estoy demasiado cerca de ese dinero —agrego—.
No voy a dejar que una rubia cualquiera le muestre el culo a Simon y me borre por completo de todo esto.
Sea cual sea el riesgo, vale la pena. Son veintiún millones de dólares, colega.
Todo tiene un riesgo. Y si algo sale mal y terminamos estrellándonos, ya veremos qué hacer.
***
Apunto la pistola a la lata vacía sobre el tronco y disparo. Un estallido apagado, nada parecido ni remotamente al sonido que uno esperaría de un arma. El silenciador funciona bien. El problema es la persona que dispara.
La lata y el tronco siguen intactos.
—Es más difícil apuntar con un silenciador —dice Gavin—. No se ve con tanta claridad.
—No puedo darle a nada. Voy cero de cinco.
—Sí, pero te estoy haciendo dispararle a una lata a tres metros —agrega—.
Vas a dispararle a una persona a menos de un metro.
Es difícil fallar a esa distancia. Solo apunta al medio y dispara.
No vas a fallar. Si fuera tú, dispararía varias veces.
El cargador tiene diecisiete balas. Pam-pam-pam. Solo sigue disparando.
Bajo la pistola hacia un lado del cuerpo.
—No puedo creer que vaya a hacer esto.
—Ey, mira eso —dice Gavin. Sigo su mirada hacia un árbol cercano, donde hay un neumático colgado de una rama como una especie de columpio improvisado—. Sería un buen plan alternativo —agrega—. Siempre necesitas un plan B, ¿no?
—¿Qué? ¿Le tiro un neumático a la cabeza?
—No, idiota, la cuerda —dice, acercándose al árbol y mirándola—. Puedes atártela a la cintura. Además, queda bien con el disfraz de la Parca.
—¿Una cuerda como alternativa? ¿Por qué no un cuchillo o algo así?
—No, no, no. —Menea la cabeza—. Un cuchillo no. Nunca uses un cuchillo. Corres mucho riesgo de cortarte y dejar tu ADN en la escena, o incluso terminar lleno de sangre. Una cuerda no hace sangrar a nadie. Sí —dice—, esta va bien.
—Entonces… si no puedo dispararle, ¿la estrangulo con la cuerda?
—Bueno, si es necesario —dice, examinando la cuerda, que tiene nudos cada treinta centímetros más o menos, y unos tres metros de largo desde la rama—. Sí, me gusta. Vas a tener buen agarre con los nudos. Y ya tiene el lazo.
—¿Un lazo? Joder, tío, no hay manera de que pueda hacer eso.
—Una vez que empiezas algo, tienes que terminarlo, Nicky. Si algo sale mal…
—¿Qué va a salir mal?
—Bueno, no sé, ¿cómo voy a saberlo? —dice—. Lo que sí sé es que es lógico que tengas un plan alternativo. Ayúdame a bajar la cuerda.
No puedo creerlo. No puedo creer nada de todo esto. Pero ya no puedo echarme atrás.
Veintiún millones de dólares. Es Lauren o yo.