Capítulo 65
Vicky
Viernes al mediodía. Llego al callejón del garaje de Christian. Tecleo la clave en el panel. La puerta se abre, chirriando. Cierro el paraguas y entro. Christian está junto a la puerta interior, esperándome. Pulsa un botón y la puerta se cierra detrás de mí.
Se ve tan superficial como siempre, el típico modelo guapo, pero está visiblemente nervioso, a juzgar por su ceño fruncido y las ojeras marcadas debajo de los ojos.
Lo sigo por la escalera. El lugar huele distinto. Por lo general, no predomina ningún olor, tal vez un rastro de su perfume o un poco de olor corporal si ha estado entrenando. Pero ahora el aire parece saturado de desinfectante.
—Estuviste limpiando.
—Limpié todas las superficies —dice—. No quiero que quede ni un rastro de tus huellas. También pasé la aspiradora. Tenía que eliminar cualquier cosa que pudiera relacionarte con este lugar.
Buen chico, Christian.
—Espero que no te moleste que use el baño.
—Adelante —dice—. Lo limpiaré cuando te vayas.
Está bien que se lo tome tan en serio. No puede quedar ningún rastro de mí en este apartamento.
Entro al baño, una capilla dedicada a su vanidad a juzgar por el cepillo de dientes, la maquinilla eléctrica, el cortaúñas, la recortadora de vello nasal y el maldito portahilo dental, todo de titanio. Me sorprende que el cesto de toallas sucias en el rincón no sea de titanio.
Cuando salgo, está esperándome en la puerta, claramente nervioso.
—¿Rompiste el ordenador? —pregunta.
—Lo rompí en muchos trozos y tiré cada uno en un lugar distinto.
—Bien. ¿Y te deshiciste del teléfono?
—Todavía no —respondo—. Supuse que tal vez necesitemos hablar. Solo es viernes.
—No, creo que ya no hace falta que sigamos hablando —dice—. Quizá sea mejor que no nos veamos desde ahora hasta el lunes. O incluso después. Al menos, por un tiempo.
Frunzo el ceño, como si estuviera profundamente perturbada por la idea de separarme de él, como si no supiera qué hacer sin el hombre de mis sueños.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto.
—Vicky… Tenemos que estar preparados para que nos investiguen. —Me apoya las manos en los hombros. Ahora va a explicarme lo que pasará después del asesinato y tengo que parecer atenta, no como si ya estuviera diez pasos por delante de él.
—Es una tía con mucho dinero en un vecindario de ricachones —dice—. Va a ser todo un problema. A menos que Simon sea increíblemente cuidadoso, y no podemos contar con eso, van a descubrir que tenían una aventura. Tienes que estar preparada para que te registren la casa.
Lo estoy.
—Tienes que estar preparada para que te interrogue la policía.
No lo estoy. Ah, cielos, eso sería un desastre.
—Tienes que estar preparada para mirar a Simon a los ojos y mostrarte sorprendida cuando te diga que una tal Lauren Betancourt acaba de ser asesinada en Grace Village.
Pobre. Está muy nervioso.
—Si Simon sospecha en lo más mínimo que tú estás detrás de todo esto —dice—, quizá se adelante y te pida el divorcio. Y entonces todo habrá sido para nada…
—Puedo lidiar con Simon —digo—. Lo hago desde hace diez años.
—Sí, bueno, pero este quizá sea el momento más decisivo de tu vida, preciosa.
—¿Ya tienes la pistola?
—Sin mencionar… ¿Qué?
—¿Ya tienes la pistola? —repito—. Dijiste que la ibas a conseguir…
—Sí, ya la tengo.
—¿Cómo es?
—Eh… ¿Sabes algo de armas? —Parece sorprendido.
—Me crie en Virginia Occidental, ¿recuerdas?
No me crie en Virginia Occidental. Vicky Lanier, mi alter ego , sí. Pero a mi padre le gustaba salir a cazar y a veces me llevaba con él. También solía llevarme al polígono de tiro y me dejaba disparar sus armas, al menos sus pistolas.
—¿Qué pistola es? —pregunto otra vez.
—Una Glock.
—¿Una Glock qué? ¿23?
Retrocede.
—Sabes de armas. Es una Glock 17, aparentemente.
—Vale, está bien. ¿Y tienes el supresor?
—¿El qué?
—El silenciador, Christian. Necesitas un silenciador.
—Sí, sí, lo tengo.
—¿Ya está puesto?
—Sí, él… Ya venía puesto.
“Él”, o sea, Gavin. Gavin Finley está autorizado a portar armas de fuego en el estado y tiene, al menos, tres pistolas registradas.
Sí, es útil tener un investigador como Rambo en mi equipo.
Aunque tampoco esperaría que Gavin le diera una de sus pistolas a Christian. No, Gavin la compró en el mercado negro o usó un testaferro para que la comprase por él. Es lo que yo haría.
—Déjame verla —digo—. Quiero revisarla.
—No la tengo aquí. Pero no te preocupes. El tipo que me la consiguió sabe de armas.
—¿Te conoce? —pregunto—. ¿Me conoce?
—No, no, no, nada de eso.
Sí, sí, sí, exactamente eso. Seguro fue Gavin y él sin duda sabe quién soy. Es el mejor amigo de Christian, o, mejor dicho, de Nick, desde la infancia. Su socio estafador, aunque las estafas de Gavin son menos rentables.
—Practica tiro —digo.
—¿Quieres que practique?
—Nunca has disparado un arma. Incluso para disparar a corta distancia, necesitas acostumbrarte. Tienes que asegurarte de que el cargador esté bien puesto, que la corredera esté hacia atrás, tienes que acostumbrarte al peso y levantarla con el silenciador…
—¿Quién eres? ¿G. I. Jane?
Le doy una palmada en el pecho.
—Prométeme que vas a practicar. No dejes que la noche de Halloween sea la primera vez que disparas un arma.
***
—Entonces, ¿no tuviste suerte con el teléfono verde de Simon? —pregunta Christian.
—No lo encontré. Y ya sabes lo que decía su diario sobre los fines de semana. Mantienen los teléfonos apagados. No se comunican desde el viernes por la mañana hasta el lunes por la mañana.
—Sí, lo recuerdo. Quedan incomunicados los fines de semana. Astutos.
—Sí, bravo por ellos, astutos —digo—. Pero, para mí, significa que, a partir de ahora, hasta el lunes por la mañana, donde sea que Simon haya guardado su teléfono, va a quedar exactamente donde lo dejó. Supongo que en su oficina de la facultad.
—Me pregunto dónde guarda el suyo Lauren.
—Seguro también lo guarda durante el fin de semana —digo.
Menea la cabeza.
—Supongo que, a estas alturas, ya no importa. Tenemos toda la información que necesitamos. Tenemos el plan. No necesitamos los teléfonos.
Tú no, Christian. Pero yo sí.
—Tienes razón —digo.
***
Christian me acompaña hasta el garaje. Me vuelvo antes de que abra la puerta.
—Ahora deshazte de tu teléfono —dice—. Es algo que te vincula conmigo.
—Lo voy a guardar hasta el lunes.
—Vicky…
—Solo por si acaso —digo—. Si hay una emergencia. Si necesito hablar contigo. O tú conmigo.
—Está bien, tiene sentido, supongo —admite.
—Si surge una emergencia, solo escríbeme algo inocuo. Voy a tener el teléfono apagado, pero lo voy a revisar de vez en cuando. ¿Está bien?
—Está bien.
—Si no, ¿te veo el lunes?
Suspira y lo piensa.
—¿Estás segura de que deberíamos vernos el gran día?
—Por si acaso —sugiero—. Para compartir novedades. Para asegurarnos de que no haya surgido nada. Para repasar todo, una última vez.
Termina cediendo.
—Está bien, no creo que le haga mal a nadie.
—Vendré al mediodía —digo—. En este mismo garaje.
—Vale.
—Prométeme que vas a practicar con la Glock este fin de semana.
—Lo haré.
Nos quedamos en silencio. Se supone que este debería ser un momento tierno. Él cree que estoy preocupada... por él, por nuestro futuro juntos. Se supone que este “hasta pronto” debería doler.
Bueno, ahí vamos.
—Prométeme que estaremos juntos cuando todo esto termine —digo sin tener arcadas ni vomitar.
Me toma las manos y las besa con suavidad.
—Claro que sí —susurra—. Esa es la razón por la que estamos haciendo esto, ¿no?
Asiento y lo miro a los ojos.
—No sé qué haría si…
… si tengo que fingir estar enamorada de este estúpido narcisista otro segundo más. Pero dejo que las palabras se desvanezcan en el aire.
—Vamos a estar bien —asegura—. Todo va a salir bien.