Capítulo 62
Christian
—Ya lo tengo todo —dice Vicky en cuanto sube a mi apartamento.
Me entrega la bolsa con el disfraz de la Parca.
—¿Has pagado en efectivo? —pregunto—. ¿Evitaste las cámaras?
—Sí.
Saco el disfraz de la bolsa y me lo pongo con su ayuda.
—¿Cómo me veo?
—Bueno, te lo diré —responde—. Pareces salido de un libro de Stephen King. Pero ¿lo más importante? Totalmente irreconocible.
Vamos al baño para que me mire en el espejo.
—No tiene forma —dice Vicky—. Y tu cara está demasiado al fondo de la capucha alargada como para poder verla.
—Sí, funciona.
—Estás totalmente irreconocible. Cualquiera que te vea con eso no va a saber si eres tú o un adolescente escuálido. No van a saber si eres tú o algún padre gordo de mediana edad.
—¿No hay manera de que sepan que soy yo o tu esposo?
—Exacto —responde.
—Me gusta. Perfecto. Gran trabajo. ¿Conseguiste las botas también?
—Sí —dice—. Simon tiene el mismo par.
—¿Qué talla? Cuarenta y cinco, supongo.
—Cuarenta y cinco —dice—. Y sí, también las pagué en efectivo, y usé gafas y una gorra y me puse otra ropa de cuando compré el disfraz.
Bien, bien, todo marcha bien. Regresamos a la sala.
—Tenemos que cortar toda clase de comunicación entre nosotros —señalo—. No puede quedar ningún rastro de nuestra conexión.
—Absolutamente.
—¿Qué prueba tienes que te conecte conmigo? —pregunto—. ¿Simon sabe que te ves conmigo?
—Simon no sabe que existes —responde—. No le dije que estaba entrevistando a corredores de bolsa. Nunca querría que supiera eso.
—¿Tienes algo? ¿Folletos, papeles, algo de mi oficina?
—Creo que sí.
—Búscalos y tritúralos o quémalos.
—Está bien —dice.
—¿Alguna vez anotaste mi nombre? ¿Me buscaste en tu ordenador?
Piensa un momento.
—Te busqué en mi ordenador cuando estaba buscando corredores de bolsa.
—Entonces deshazte de ese ordenador.
—Puedo formatearlo…
—No, no, no es suficiente. La policía puede recuperar esas cosas. Rómpelo en pedacitos y tíralo a algún río. No bromeo, Vicky. Es importante.
—Está bien, lo haré.
—Es lo que yo hice con mi portátil —explico—. Lo rompí, partí por la mitad, le quité todas las partes. Limpié todo rastro tuyo de este apartamento.
—¿Tienes una copia del fideicomiso de Simon? —pregunta.
Sí, pero ya no. Lo trituré esta mañana y luego quemé los restos.
—La policía podría registrar este lugar —digo—. No van a encontrar ningún rastro tuyo, Vicky. Ni ordenador, ni documentos, nada.
—¿Y qué hay de los rastros de…, ya sabes…, mi cuerpo?
—¿Te refieres a tu ADN? —pregunto—. No. Ya me he deshecho de las sábanas. Las lavé para estar seguro y luego las eché en el contenedor de basura del callejón. Para cuando esto ocurra, ya se las habrán llevado.
Me siento a su lado.
—Ahora, sobre tu teléfono —digo—. Me llamaste y me enviaste mensajes.
Se sonroja.
—Es desechable —explica.
—¿Tu… tu teléfono es desechable?
—El que usé para llamarte, sí. Un prepago. ¿Te sorprende? ¿Crees que quería que Simon viera la factura del teléfono y se preguntara de quién era ese número al que había llamado?
Ah, sí, tiene sentido. ¡Uf! Eso simplifica las cosas. Yo estuve usando un teléfono desechable con ella en todo este tiempo, pero por una razón diferente: para cuando escapara con su dinero. Pero nunca se lo diría.
—Entonces, estamos bien —digo—. Rompe tu ordenador. Tira tu teléfono. Bien. —Me froto las manos.
—¿Ya conseguiste la pistola? —pregunta.
Todavía no. Me la tiene que traer Gavin. Con silenciador. Pero ella no sabe quién es Gavin.
—Pronto —respondo.
No puedo creerlo. No puedo creer que vaya a hacer esto.
“Veintiún millones de dólares”, me digo a mí mismo.
***
—Hola, ¿sí? —dice Emily cuando asoma la cabeza en mi oficina el jueves por la tarde—. ¿Me necesitaba?
—Sí, pasa un segundo. Mmm... Siéntate.
Probablemente se esté preguntando qué quiero.
Le pedí tan poco en todo este tiempo. Atiende un teléfono que casi nunca suena.
Estuvo presente en las cinco reuniones que tuve con posibles inversores, dos de las cuales fueron con Vicky.
A los demás, los que vinieron después de Vicky, les dije que ya no aceptaba clientes, pero que los ayudaría una vez que abriera la próxima ronda de financiación.
Nunca le tuve que dictar nada, aunque no sé si es algo que se sigue haciendo. No escribió cartas ni me preparó una taza de café. La mayoría de los días, le estuve pagando a esta chica de diecinueve años veinte dólares la hora, cuatro horas al día, para hacer los trabajos de la facultad.
Se sienta, sin saber si debería tener un cuaderno para anotar, con su cola de caballo rubio ceniza, mientras busca un bolígrafo.
—No va a llevar mucho tiempo —digo—. Escucha…, he decidido reubicar la empresa. Creo que me iré a París por un tiempo. El vuelo sale hoy.
—Ah, vale —Lo toma bastante bien, aunque estoy seguro de que le gusta este trabajo.
—Así que puedes guardar tus cosas e irte. —Le doy dos mil dólares—. Considéralo una indemnización.
—Pero solo soy una empleada temporal, señor Newsome. No tiene que darme una indemnización.
—Bueno, entonces un bono —digo—. Una contribución para tu fondo universitario.
Cuenta el dinero y queda boquiabierta. Es más de lo que solía pagarle por mes.
—¿Está seguro?
—Sí. Buena suerte, Emily. Espero leer grandes cosas sobre ti algún día.
***
Una vez que Emily se va, cojo el ordenador impoluto del escritorio de la recepción y lo hago trizas. También rompo a martillazos la torre. Los ordenadores rotos son demasiado pesados para las bolsas de basura, así que lo meto en unas bolsas de tela.
Reviso los cajones de Emily, incluida una agenda con papel carbón. Tienen el nombre de Vicky. Arranco todas las hojas, las destrozo y las meto en una bolsa de basura.
La oficina parece saqueada, completamente vacía. Pero las apariencias ya no importan. Newsome Capital está cursando sus últimos días en el mercado.
Y no hay ninguna evidencia de Vicky Lanier.