Capítulo 61
Vicky
Nadie le presta atención a una mujer con ropa de deporte, caminando a paso ligero por un vecindario, con los auriculares puestos, aunque nadie la reconozca, aunque suela detenerse todos los días en la acera frente a una casa en particular.
Pero con los hombres es distinto. Los tipos que deambulan de esa manera dan miedo; pueden ser considerados potenciales acosadores, alguien a quien no hay que perder de vista.
Pero ¿una mujer? Una mujer puede hacer la misma ruta todos los días y nadie se dará cuenta.
Por lo que sé, nadie notó mi presencia todas estas semanas cuando pasaba casualmente por la casa de Lauren, donde a veces me detenía un momento, solo un instante, y miraba mi teléfono como si hubiera recibido un mensaje importante. Después de todo, solo soy una mujer inofensiva.
A veces, paso con el coche por delante de su casa en lugar de caminando, pero un coche llama más la atención y es más probable que despierte la curiosidad de algún vecino. Solo lo hago por la noche y durante unos pocos minutos.
Pero durante el día, como ahora mismo, un martes a las ocho y media de la mañana, pasar por su casa caminando es mi opción preferida. Y claro, siempre puedo modificar mi ruta para pasar una segunda vez, si hace falta.
Lauren, la puta cazafortunas, hay que admitirlo, no modificó mucho su rutina, ni siquiera con el cambio de estación.
Cerca de las ocho, todas las mañanas, sale a trotar unos cinco kilómetros por Grace Village.
Sigue yendo a sus clases de tenis a las diez y media, todos los fines de semana, en el club de campo de Grace Village.
Sigue almorzando con su compañera de tenis y después se reúne con otras cuatro para jugar al golf a la una.
Me agota solo pensarlo. Pero Lauren, la puta cazafortunas, tiene que mantener ese cuerpo en forma, ¿no?
Me pregunto cuál será su plan una vez que el clima empiece a cambiar como solo suele cambiar en Chicago.
¿Tiene pensado abrigarse más y seguir yendo a sus clases de tenis, seguir haciendo sus rondas de dieciocho hoyos en el campo de golf?
Una creería que, llegado un punto, dejaría de practicar deportes al aire libre, al menos cuando empiece a nevar.
Pero no es información relevante ahora. No va a ver otro invierno en Chicago ni en ninguna otra ciudad. Tiene…, veamos…, hoy es jueves…, unas ciento seis horas antes de que termine la noche de Halloween el lunes.
Halloween será el momento perfecto. Va a estar en su casa, va a estar oscuro y Christian podrá deambular por ahí con un disfraz, cielo santo, sin que a nadie le resulte extraño.
Dos minutos antes de las siete, cuando ya esté bastante oscuro y la gente deje de pedir dulces, él se va a meter en ese pequeño porche de ladrillo que enmarca la entrada, ella abrirá la puerta, él le disparará con un silenciador…
¡y listo! Y se irá caminando mientras todos apagan las luces a la vez, lo que hará que una noche ya de por sí oscura quede sumida en la total oscuridad.
Me sorprende que no se cometan más asesinatos en Halloween.
Gracias a Dios que a Christian…
Ah, ¿por qué me molesto llamándolo Christian? Supongo que por costumbre. Tenía tanto miedo de que se me escapara su verdadero nombre que me obligué a identificarlo solo por su seudónimo: Christian Newsome, Christian Newsome, ¡Christian Newsome!
Gracias a Dios que a Christian se le ocurrió la noche de Halloween para matar a Lauren, así yo no tenía que hacerlo por él. Los hombres y sus egos.
La idea de tenderle una trampa a Simon también fue suya. Otra cosa que no quería sugerir yo. Sienta tan tan bien cuando creen que la idea fue de ellos. Por suerte para mí, a Christian no le falta confianza.
Me pregunto si le habrá contado todo esto a su amigo Gavin. Sí, también sé de él. Nunca me gustó hacer los deberes en el bachillerato, pero últimamente me he acostumbrado bastante a la idea.
Es probable que incluso se les haya ocurrido esto juntos.
Quizá repasaron todas las opciones durante horas.
Quizás incluso hablaron sobre cómo Christian debería “prepararme” para sugerirme la idea del asesinato.
Y la idea de inculpar a Simon…, como si no fuera la parte más importante de todo esto para mí.
Y hablando de eso… Si quisiera hacerle una visita a Lauren en su casa cuando ella no está, ¿cuál sería la mejor manera de entrar?
Por la puerta del frente, no. La puerta del frente tiene ese porche de ladrillo que está bien para mantener la privacidad, pero dudo de que no eche llave.
A la izquierda de la entrada hay un garaje para tres coches, así que tampoco sirve.
A la derecha, mi derecha, hacia el norte, hay una ventana enorme, unos arbustos y un jardín.
Asumo que se ve todo el interior de la casa, pero dudo de que la ventana pueda abrirse, e intentar forzarla para abrirla desde el frente, mientras todos pasan caminando y conduciendo por Lathrow, sería lo más estúpido del mundo.
Pero me quedo pensando en el lado sur, pasando el garaje, en el camino estrecho que está entre la casa y la enorme cerca de madera.
Ahí hay una ventana que estuvo abierta los últimos cinco días.
Quizá de la cocina. Parece lo suficientemente grande como para que yo pueda entrar. Tal vez tenga que romper el cristal.
Ah…, y aquí viene, trotando por Lathrow, terminando sus cinco kilómetros, la hermosa y sexy Lauren, la puta cazafortunas, usando unas mallas de deporte turquesas que deben de provocarle una erección a cualquier hombre que la vea.
No voy a negar que es hermosa, lo admito. No culpo a Simon por enamorarse de ella.
Ah, claro que lo culpo.
Así que es hora de seguir moviéndome, de retomar mi caminata casual y rápida con mi ropa de deporte, mis auriculares, sin siquiera mirarla cuando pasa a mi lado.
Disfruta el resto de tu vida, Lauren. Te quedan cinco días.
***
Regreso caminando a mi coche, aparcado junto a la escuela primaria (el único lugar donde puedes aparcar junto a la acera sin llamar la atención), y vuelvo a Grace Park. Meto el coche en el garaje del callejón, como siempre, y entro a la casa por la puerta trasera.
Hay un armario que Simon nunca usa junto a esa puerta.
Lo abro y saco el disfraz de Halloween que le compré a Christian: una túnica ridícula con una capucha enorme.
Lo compré en una de esas tiendas de Halloween que abren solo en octubre, cuando alquilan un local vacío y lo llenan de letreros horribles.
Pagué en efectivo, por supuesto. Me recogí el cabello, me puse una gorra con visera, unas gafas falsas y una cazadora acolchada. No vi cámaras de seguridad, pero, si las había, no hay forma de que me hubieran reconocido.
La Parca, así llaman al disfraz, viene con una hoz larga, pero la descarté. La túnica es suficiente para taparle todo el cuerpo a Christian y la capucha alargada va a impedir que le vean la cara, aunque él va a poder ver sin problemas.
Es perfecto.
Para los pies, conseguí unas Peak Explorer nuevas de Paul Roy, talla cuarenta y cinco, la talla de Christian. También las pagué en efectivo en una tienda de descuentos, vestida totalmente distinta.
Llevo las botas y el disfraz a través de la planta baja de la casa hacia el armario del frente, cerca de la entrada del garaje donde Simon deja su coche. Abro el armario y bajo la vista. Un par de mocasines viejos que Simon no usa desde hace rato. Un par extra de zapatillas de deporte para correr.
Y sí, otro par de Peak Explorer de Paul Roy.
Mismo modelo y color que las que va a usar Christian.
Subo a la habitación principal y abro el armario de Simon. En el fondo está el disfraz de la Parca que compró el año pasado, pero que nunca usó.
También idéntico al que le compré a Christian, igual que las botas.
Mismos disfraces, mismas botas.
Simon no es el único que guarda rencor.