Capítulo 59
Jane
Jane Burke regresa a la casa de los Betancourt al final del día más largo de su carrera en la policía, mientras su mente se llena de recuerdos del bachillerato.
—Rob —dice mientras conduce, con un AirPod en la oreja.
—Hola, Jane —dice el sargento Robert Dalillo, del departamento de policía de Grace Park—. Me he enterado de que habéis tenido un crimen por allí.
—¿Y adivina quién quedó a cargo?
—¿Sí? Bien por ti. ¿Qué necesitas?
—¿Recuerdas a Simon Dobias, del bachillerato?
—Mmm…, no. ¿Debería? ¿Estaba en mi curso o en el tuyo?
—En el mío —responde Jane—. Un chico muy inteligente. Las mejores notas. Dio el discurso en la graduación.
—No hablaba con chicos más jóvenes que yo.
—Bueno, está bien, no importa; tu gente de archivos encontró una denuncia que hizo Simon Dobias en 2004.
—¿Tiene algo que ver con tu homicidio?
—Bueno, quién sabe, pero me preguntaba si podrías darme todo lo que tengan sobre él. Simon Dobias. D-O-B-I-A-S.
—Sí, claro, Jane. Mañana a primera hora. ¿Crees que este chico de tu clase asesinó a esta mujer?
—Demasiado pronto para saberlo —responde Jane mientras detiene el coche en Lathrow, frente a la casa de los Betancourt—. Hablamos mañana. Me tengo que ir.
***
—Júrame que no estuviste aquí todo el día —le dice Jane a Ria Peraino, del equipo forense de Delitos Graves, quien la recibe en la puerta de la casa.
—No, fui a casa, acosté a los niños y volví. Sabía que ibas a estar ocupada con otras cosas mientras tanto. Además, todo esto es más fácil de noche. Entra demasiada luz a esta casa durante el día por todas esas ventanas.
Jane se pone guantes, se coloca los cubrezapatos y sigue la ruta que Ria delimitó con cuidado por la escalera hacia el primer piso. Llegan al descansillo donde ocurrió la acción, donde el atacante golpeó a Lauren, la sometió y le puso la cuerda alrededor del cuello.
Ria rocía luminol sobre el suelo de madera y el sonido del atomizador le recuerda a Jane que tiene que limpiar su casa con urgencia.
—¿Lista?
—Lista —responde Jane.
Ria apaga las luces del pasillo y quedan a oscuras. Sin embargo, unos patrones luminiscentes azules empiezan a aparecer en el suelo (gotas, salpicaduras y manchas de deslizamiento), gracias a la reacción de quimioluminiscencia que se produce al mezclar el luminol con el hierro de la sangre.
Como siempre, hay más sangre de la que cualquiera imaginaría. Salpicaduras por todo el suelo del pasillo como gotas pequeñas de tinta, justo entre la barandilla y la mesa antigua.
—El atacante la golpeó en la parte posterior de la cabeza, probablemente aquí —dice Ria, señalando, aunque su dedo solo se distingue por el contraste con la luminiscencia azul de la sangre—.
Las gotas más grandes suelen ser las más cercanas, luego se vuelven más pequeñas cuanto más se alejan de la herida.
Jane sigue la línea con la mirada.
—No hay mucha sangre, después de todo, pero la herida en la cabeza no fue tan grave.
—Después hay más sangre cerca de la mesita del pasillo —dice Jane—. Donde encontramos el teléfono.
—Sí, es interesante, ¿verdad?
Ria vuelve a rociar luminol sobre la sangre junto a la mesa, lo que hace que el resplandor se intensifique.
—Un patrón de deslizamiento —dice Ria—. El teléfono se deslizó por el suelo unos metros y se detuvo. Luego volvió a deslizarse hasta quedar debajo de la mesa.
Jane lo ve con claridad. La primera mancha se interrumpe y luego vuelve a empezar en una dirección distinta, quizás unos diez o quince grados de diferencia, antes de desaparecer bajo la mesa.
—Bueno, esto es lo que me resulta raro —comenta Ria—. La primera mancha está bien. Es el teléfono que se desliza por el suelo desde donde estaba ocurriendo el forcejeo. Tiene un poco de sangre y la lleva a dar un paseo.
—¿Y…?
—Eso podría haber ocurrido de muchas maneras. Lo más probable es que el atacante sometiera a su víctima, le pusiera la cuerda aquí en el pasillo, la golpeara, lo que causó las salpicaduras de sangre, y luego ella cayera al suelo y el teléfono se deslizara de nuevo.
—Quizás el atacante arrojó el teléfono lejos —propone Jane—. Para que ella no lo alcanzara.
—Puede ser. O quizás ella lo soltó y, al intentar levantarlo, lo empujó sin querer durante la pelea. ¿Quién sabe? Pero ese no es el problema. La primera vez que el teléfono se desliza por el suelo no es mi problema.
—Entonces, ¿cuál es?
—La segunda vez que se desliza. Tiene un ángulo un poco distinto, ¿no?
—Sí, sin duda.
—Es un movimiento independiente.
—Coincido —dice Jane—. El teléfono se movió dos veces. Se deslizó por el suelo durante la pelea y luego otra vez en un ángulo diferente. Quizá… se lanzó desesperada para cogerlo y llamar al 911. O quizás el atacante lo pateó, para asegurarse de que no lo alcanzara.
—Sí, todas hipótesis posibles, pero esta es la cuestión —dice Ria—. Si golpeas, pateas o empujas un teléfono para que se deslice por el suelo, es probable que toques el suelo, ¿no?
—Eh…, sí, supongo que sí.
—Es muy probable, Jane. Si yo me tirara desesperada a coger un teléfono…, ¿ves el primer rastro de sangre? Yo caería justo sobre la sangre. Sería todo un desastre. No se vería esta línea tan nítida.
—Entonces, eso es que nadie se lanzó para cogerlo. ¿Y si le dieron una patada?
—Bueno, nadie pisó esa línea perfecta de sangre. No hay ninguna huella.
—Está bien, entonces, podría haberse puesto de pie a un lado, lejos del rastro de sangre del primer deslizamiento, y haber pateado con cuidado el teléfono, que quedó debajo de la mesa. Eso funcionaría, ¿no?
Ria vuelve a encender las luces.
—Bueno, sí —dice—. Pero ¿no te parece raro?
Jane se toma un momento para acostumbrarse a la luz.
—Quiero decir…, ¿de quién estamos hablando? Solo hay dos personas en este pasillo, Jane: el atacante y la víctima. La víctima no va a evitar pisar la sangre para patear un teléfono con toda la calma del mundo hacia debajo de la mesa como si estuviera jugando al golf.
—Claro que no —coincide Jane—. La víctima estaría luchando por su vida. Tiene que haber sido el atacante.
—Estoy de acuerdo. Pero, mientras Lauren siga viva, el atacante tampoco va a hacer nada con calma, o con cuidado, o con delicadeza o de manera metódica; no se va a tomar ese tiempo. No hasta que ella esté muerta. Hasta que termine la pelea, ¿no?
—Sí —responde Jane. Respira hondo y se queda pensando—. El teléfono lo movió el atacante, pero solo una vez que Lauren estaba muerta.
—Entonces, imagina esto —dice Ria, mientras camina para reconstruir la escena—. Una vez muerta, el atacante se acerca con cuidado de no pisar la sangre y… —Patea con su pie izquierdo hacia la mesa—. Empuja el teléfono debajo de la mesa, con cuidado de no tocar el suelo.
Jane lo piensa un momento y luego asiente.
—Está bien; entonces, eso es lo que probablemente sucedió.
—Pero ¿por qué lo pateó debajo de la mesa?
—Para… esconderlo, ¿no?
Ria no parece convencida de esa hipótesis.
—Jane, en ese momento, Lauren está colgada de la barandilla.
Hay sangre por todas partes. El atacante sabe que va a iniciarse una investigación.
Sabe que la policía va a registrar todo el lugar.
¿Crees que no sabe que vamos a mirar debajo de una mesa que está a un metro y medio de donde murió la víctima?
—Está bien, pero, Ria, los asesinos cometen errores todo el tiempo.
En especial, si no son profesionales. En especial, si todo esto fue un acto impulsivo.
Mató a Lauren, entró en crisis, vio el teléfono y lo pateó debajo de la mesa.
No va a ganar ningún premio por su inteligencia, te lo aseguro, pero tampoco significa que no haya sucedido de esa manera.
Ria menea la cabeza.
—¿Qué es lo que no estoy viendo? —pregunta Jane.
Ria se encoge de hombros.
—Lo que dices puede ser verdad. Ve el teléfono, entra en pánico y lo patea debajo de la mesa.
—Sí.
—Pero ¿por qué no se lo llevó?
—¿Por qué no…? Hum… —Empieza a caminar de un lado a otro, como suele hacer cuando está pensando mucho algo, pero entonces recuerda la fragilidad de la escena del crimen—.
Veamos. Yo soy la atacante. Tengo una aventura con Lauren.
Tenemos teléfonos desechables y solo los usamos para una cosa y nada más, para enviarnos mensajes de amor.
—Sí.
—Acabo de matar a Lauren —continúa Jane—, quizá fue premeditado o quizá fue un arrebato de emoción violenta, y veo el teléfono rosa en el suelo.
Sé lo que significa ese teléfono. Si la policía revisa lo que tiene dentro, va a acceder a todos nuestros mensajes, va a saber todo sobre nuestra aventura. Entonces, me acerco al teléfono…
—¿Y lo pateas debajo de la mesa? —pregunta Ria—. ¿Sabiendo que lo vamos a encontrar?
—No. Me lo llevo —responde Jane, mirándola—. Me lo llevo. No lo dejo ahí para que lo encuentren. Me lo llevo para que los investigadores no tengan ni la más mínima idea de su existencia. Así nunca sabrían que existe. Esa es la gracia de un teléfono desechable. No poder rastrear a su dueño.
—Entonces, ¿por qué patearlo debajo de la mesa, sabiendo que lo íbamos a encontrar? —insiste Ria.
—Quería que lo encontráramos. No quería que fuera demasiado obvio; no quería envolverlo con papel de regalo y ponerle un lazo. Hizo como si intentara esconderlo. Pero como dijiste, sabía que íbamos a mirar debajo de una maldita mesa junto a la escena del crimen.
Ria asiente.
—Quería que lo encontráramos.
—Quería que lo encontráramos —repite Jane, mientras lo procesa—. Quería que nos enfocáramos en la persona del otro lado de esos mensajes, el novio de Lauren. —Mira a Ria—. Mierda.
—Entonces, quizá no fue el novio quien hizo esto —señala Ria—. Y quizá ya no deberíamos referirnos al atacante en masculino.
Jane se pasa la mano por el cabello.
—Me estás tirando una bomba al final de un día eterno —dice—. Necesito pensar.
—No era mi intención complicarte la vida —se disculpa Ria.
Jane le sonríe, pero la sonrisa dura poco.
—Entonces, quizá Lauren no era la única casada en esta aventura —sugiere—. Quizás el novio de Lauren también estaba casado. Su esposa se entera de la infidelidad, mata a Lauren y hace que culpen a su esposo infiel.
Ahora es Ria quien sonríe.
—La fantasía de toda mujer a la que alguna vez alguien le fue infiel —dice—. Matar dos pájaros de un tiro.