Capítulo 46
Simon
Guardo el cuaderno verde en mi bolsa de trabajo cuando Vicky entra a mi oficina, arriba.
—Supuse que te encontraría aquí —dice.
—Me encontraste.
Tiene un portátil que transporta como si fuera un libro de la escuela.
—Quiero mostrarte algo —anuncia—. No digas nada hasta que termine.
***
“¿Tu esposa hace esto, Paul?”, pregunta la mujer del vídeo.
“¿Mi esposa? Por favor. Solo se queda acostada como un saco de patatas. Siempre tengo que revisarle el pulso”.
—Bueno, suficiente —digo y pongo en pausa el vídeo. Le devuelvo el ordenador—. Me prometiste que no harías nada.
—Y mantuve la promesa —dice—. No he hecho nada. Él no tiene idea de que lo grabaron. Te lo dejo a ti.
Me paso la mano por la cabeza.
—¿Es Paul Southern? ¿El padre de Reid?
—El mismo —asegura—. El tipo que pone los billetes para que su estúpido hijo consiga la titularidad.
—Me habría gustado que me avisaras antes —digo.
—Me habrías dicho que no lo hiciera.
—Exacto.
—Bueno, por ahora, no he hecho nada. Solo he cargado el arma. Ahora depende de ti apretar el gatillo.
Apoyo la cabeza entre las manos. Debería haber sabido que haría algo como esto.
—Imagino que no encontraste nada sobre el vicedecano.
—Nada tan bueno. —Cierra el portátil—. Pero estaba pensando. Si fueras directo al vicedecano Comstock, te ganarías a un archienemigo de por vida. Y no creo que te beneficie en nada. ¿Por qué mejor no ir a la fuente, a quien el vicedecano está intentando complacer?
—¿Y qué? ¿Le mostramos esto a Paul y lo obligamos a que me respalde a mí en lugar de a su hijo?
Se encoge de hombros.
—Eso es justamente lo que hacemos.
—¿No le parecería extraño al vicedecano? ¿De pronto el padre de Reid dice “denle la titularidad al otro tipo”?
—¿A quién le importa si parece extraño? —dice—. ¿Sabes que todo el dinero que tiene Paul Southern no fue producto de su propia sangre, sudor y lágrimas? Lo sabías, ¿verdad?
—No.
—Se casó con alguien con mucho dinero. Su esposa heredó una fortuna y la empresa. Paul es el CEO, pero él está en deuda con ella. —Le da una palmada al portátil—. ¿Cómo crees que se va a sentir su esposa cuando escuche lo que su esposo dice sobre ella, además de lo que estaba haciendo?
—No le va a gustar… si ve el vídeo, pero eso no va a pasar.
—Claro que no va a pasar. Paul nunca dejaría que eso ocurriera. Ella lo va a echar a patadas.
—Paul tampoco va a ver este vídeo, Vicky. No voy a usarlo.
Levanto la vista hacia ella. Me mira como una madre decepcionada, lo que me parece irónico, porque yo soy el que está intentando ser más responsable.
—No es culpa de Paul Southern —digo—. Solo está intentando ayudar a su hijo. No me agrada, pero no tiene malas intenciones. No merece esto.
—Ay, sí, pobre Paul. ¡Parece un gran tipo! —Esa expresión sarcástica, esa alegría falsa.
Esta es una de las cosas que nos diferencian.
Yo puedo sobreadaptarme cuando me hacen daño, pero por lo general no desconfío de la gente.
Vicky, en cambio, estuvo toda la vida acostumbrada a ser usada por los demás, en su mayoría hombres, así que básicamente empieza con la presunción contraria: que todos merecen una buena patada en el culo hasta que demuestren lo contrario.
Consideraría a Paul como alguien que se lo tenía merecido, aunque nunca nos hubiera hecho nada personal a nosotros.
—Estás dejando que te manipulen a su gusto —dice.
—Ey. Ya presenté todo para el concurso, ¿no? Tienes que concederme eso.
—Y lo hago. Pero ahora el vicedecano va a arrollarte como un camión si no te proteges. ¿Por qué no dejas que te ayude con eso?
Porque no quiero que nada más ensucie mi trabajo.
Porque dejé que las actitudes de otros controlaran mi vida y mi inexplicable necesidad de desquitarme y, está bien, dentro de mi propio tribunal interno, yo pongo las reglas, yo soy el juez, el jurado y el fiscal, sí, pero ese es mi jodido mundo interno, no mi trabajo.
Porque lo que me encanta del derecho es su pureza, su honestidad, su búsqueda de la justicia y la equidad.
Porque me encanta enseñar las herramientas de esa profesión, moldear mentes, mostrarles la majestuosidad del derecho en su cénit.
Porque no dejaré que nada contamine eso. Por eso.
La mayoría de las personas se reirían de mí si dijera estas cosas en voz alta. Vicky no. Las apreciaría. Pero no hace falta que lo diga. Ella ya lo sabe. Ella me entiende.
Salgo de mi neblina mental y la miro. Tiene la mano extendida, como si estuviera pidiendo atención, pero no le gustaba eso de tener que levantar la mano para hablar.
Cuando la conocí, levantó la mano de esa manera.
Estábamos en Supervivientes del Suicidio, ella por primera vez; una chica con un top, unos pantalones cortos y una gorra de béisbol sentada en la fila del fondo, y, después de que varias personas hubieron hablado, cuando la sesión parecía estar llegando a su fin, levantó la mano así, ni siquiera hasta la altura del hombro, mostrándome la palma, con una expresión que dejaba claro que no le gustaba llamar la atención.
“Mi hermana se suicidó hace seis semanas”, dijo. “Estuve escuchando a todos hablar de lo culpables que se sienten. Pero ¿yo soy la única que está enfadada?”.
Todos rieron y empezaron a aplaudir, apreciando que se liberara la tensión con su registro duro de una emoción que la mayoría de nosotros sentíamos. Ese fue el momento en que me enamoré de ella. Ese fue el momento en que me di cuenta de que haría cualquier cosa por ella.
—No importa —dice ahora—. Fue una mala idea. No la volveré a mencionar.
La razón por la que todavía la amo, aunque suene extraño, es que lo que tengo para ofrecerle no es suficiente.
Después de la vida que llevó, teniendo que hacer cosas inexplicables para sobrevivir, uno pensaría que sería suficiente tener un hombre que la ame, que la tenga en un pedestal, que la trate con respeto, que la cuide, que le dé todo lo que quiera. Y yo cumplo con todas esas cosas.
Pero, a pesar de todo eso, ha empezado a exigir más. Quiere estar enamorada. Quiere un cuento de hadas. Y, sin importar qué otras cosas sienta por mí, no puedo darle eso.
Por eso me va a dejar. Nunca lo dirá explícitamente, pero lo sé. Me va a dejar en noviembre.