Caerás en mi trampa Capítulo 31
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Capítulo 31

Simon

Conocí a Lauren Lemoyne en mi primer día de trabajo en el bufete de mi padre.

Acababa de terminar el bachillerato y me estaba preparando para entrar a la universidad.

El bachillerato había sido fácil para mí en lo académico, pero difícil en lo social.

Pegué el estirón bastante tarde y en el último año llegué al metro ochenta, que descubrí que era solo un poco más que la media en los hombres; pero cuando empiezas el primer año con una altura de un metro cincuenta y la gente te llama “Mini-Yo” y cosas por el estilo, con un metro ochenta te sientes un gigante.

Durante la mayor parte del bachillerato fui un chico amante de los libros, pequeño y sin mucha confianza. Terminé como un chico amante de los libros, alto y con solo un poco más de confianza.

Necesitaba dinero antes de empezar la universidad, así que mi padre me dejó hacer algunos trabajos menores en su bufete.

Era una época en la que le iba bien económicamente, porque había dado en la tecla, como a él le gustaba decir, con ese enorme veredicto en el caso de la lesión por descarga eléctrica.

Su bufete tenía tres socios, cinco abogados, diez asistentes y cuatro pasantes.

Una de las pasantes era Lauren Lemoyne. Uno de los socios me presentó a todos (mi padre no quería hacerlo porque decía que tenía que encontrar mi propio camino), y la primera vez que vi a Lauren estaba inclinada sobre una caja de archivos bancarios, con una minifalda ajustada que dejaba al descubierto gran parte de sus piernas.

Me sentía como si estuviera dentro de mi propia película pornográfica, aunque enseguida se enderezó, se colocó la falda y me saludó de manera amigable, pero indiferente.

Sin embargo, para mí no fue indiferente.

De inmediato, me sentí cautivado por ella, aunque también intimidado.

Era la chica de mis sueños, hermosa y algo exótica; alguien a quien podría admirar desde lejos, pero que estaba muy fuera de mi liga.

Respondí el saludo con un tartamudeo, intentando sonar relajado, pero estoy bastante seguro de que fracasé por completo.

No fue hasta la segunda semana de trabajo que nos volvimos a cruzar.

Estaba en la cocina del bufete, o al menos así le decíamos a la habitación donde había un fregadero, una nevera y una cafetera.

Me estaba lavando las manos porque acababa de traer unos documentos del juzgado y la caja estaba sucia.

—Así que tú eres el hijo de Ted.

La vi ahí e intenté actuar con calma, pero, una vez más, fracasé por completo. Me aparté del fregadero, con las manos todavía mojadas, y enderecé la espalda.

—Soy Lauren —dijo—. Me imagino que tuviste que aprender muchos nombres de golpe.

Tenía razón: había tenido que aprender muchos nombres en poco tiempo, lo que no es precisamente mi fuerte. Pero el de Lauren no lo había olvidado.

—Encantado de conocerte —dije, aunque ya nos conocíamos.

Incluso me las había ingeniado para obtener información del encargado de Recursos Humanos: Lauren era del norte de Chicago, tenía veinte años, todavía vivía con sus padres, estaba ahorrando para la universidad y era una gran fanática de los Cubs.

No quise hacerle demasiadas preguntas para que no fuera evidente.

Lauren era la clase de chica guapa inalcanzable.

—Me enteré de que vas a empezar a estudiar en la Universidad de Chicago este otoño —dijo—. También oí que te graduaste con las mejores notas de tu clase en el bachillerato. Y que eres corredor de cross. —Su sonrisa me iluminó el alma—. A tu padre le gusta alardear de ti.

—Fue pura suerte, lo juro.

Rio y me sentí como si hubiera ganado la lotería.

Había escuchado a mi madre usar esa frase varios años atrás, después de ganar un caso de uso de tierras ante el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Me pareció una manera inteligente de reaccionar ante un cumplido y la guardé para el futuro.

Y gracias a Dios que lo hice. ¡Acababa de hacer reír a esta criatura hermosa!

Entrecerró los ojos fingiendo desconfianza.

—Mmm, inteligente, atractivo y modesto sobre todas las cosas —dijo—. Simon Dobias, vas a romper algunos corazones.