Capítulo 15
Vicky
—Vicky Lanier. Vengo a ver a Christian Newsome —digo.
—Sí, señorita Lanier, un momento —dice, y pulsa un botón de un teléfono enorme—. Su cita de las cuatro, la señorita Lanier. Perfecto —me mira—. La verá en un minuto. ¿Le puedo ofrecer algo de beber?
—Estoy bien.
Oigo varias voces que provienen de las oficinas detrás de la recepción. Una risa fuerte y rasposa. Un hombre confiado. O un hombre que intenta proyectar confianza, en todo caso.
—¿Señorita Lanier? Christian Newsome, mucho gusto. —Sale de su oficina y me estrecha la mano con firmeza. Es el cuarto corredor de bolsa que veo hoy, pero el primero que no parece tener miedo de tocarme, como si mi mano fuera a hacerse polvo bajo la fuerza de sus poderosas manos.
Es exactamente como en las fotos. Nunca se sabe, pero no parece haber mentido en nada. Tiene unos treinta y tantos años, lleva un traje hecho a medida, aunque sigue sin usar corbata, porque, no, no va a usar una por convención; él es distinto, creativo. Además, así puede lucir su cuello grueso.
Tiene esa barba incipiente, descuidada en el punto justo, al igual que en las fotografías de su página web, lo que me resulta interesante porque significa que se toma el tiempo de afeitarse, pero solo un poco; no quiere verse desarreglado, solo lo suficiente para mostrarse sensual.
Tiene el mismo peinado deliberadamente despeinado de las fotos de su página.
Parece dedicarle mucho tiempo a verse como si no le hubiera dedicado nada de tiempo.
Su oficina no se parece en nada a las otras aburridas que vi hoy.
A un lado, hay un sofá de cuero bajo una lámpara elegante.
Una barra con licores de alta calidad. Una pared de la vanidad donde tiene enmarcados varios artículos sobre él y algunas fotografías con famosos.
En otra pared, hay tres televisores de pantalla plana que pasan CNBC, Fox Business y Bloomberg al mismo tiempo, además de índices rotativos del Nasdaq, el Nikkei y el Dow Jones.
Nada de eso significa algo para mí. Entiendo lo mismo del mundo bursátil que de física nuclear.
—Lo más cercano a un deporte de contacto —dice—. Todos ahí fuera compitiendo. Me gusta tener el campo de juego a la vista en todo momento.
Se sienta detrás de un escritorio de acero y me observa. Me escanea, intentando no ser demasiado obvio, aunque los hombres casi nunca lo logran. Me puedo hacer una buena idea de lo que está pensando. No le molestaría invitarme a tomar unas copas, pero no soy el tipo de mujer con la que se casaría.
Mi hermana, Monica, sí era ese tipo de mujer.
Fue reina del baile de graduación, animadora, la chica diez, la joven de la sonrisa radiante y la risa contagiosa que tenía a todos los chicos detrás de ella.
Y yo, bueno, era la hermana menor rota, para nada tan guapa como ella, pero con tetas más grandes y una sonrisa provocativa, la chica que fumaba cigarrillos en el campus con los desahuciados y a la que expulsaron de la escuela por tener sexo en la biblioteca.
Como yo no podía ser mi hermana, estaba determinada a ser todo lo contrario. Y, en eso, tuve un éxito absoluto.
—Lo mejor de todo es que nunca pierdes —dice—. Todos pueden ganar. Solo hay que saber jugar. —Apoya la mano sobre su escritorio estrecho, donde solo hay una bola de béisbol autografiada y dos ordenadores bastante nuevos—. Entonces, señorita Vicky Lanier, ¿en qué puedo ayudarla?
—Estuve viendo a otros corredores de bolsa. Quizá los conozca. —Dejo las tarjetas de los otros tres que vi hoy—. Estoy a punto de recibir una suma de dinero importante.
Mira las tarjetas.
—Acabo de mudarme a Chicago —dice—. Así que no los conozco personalmente. Pero sí sé quiénes son, no sé si me explico. Conozco a miles como ellos. Y estoy seguro de que cualquiera de ellos podría “gestionar” su dinero sin problemas. Pero no es eso lo que está buscando.
—¿No?
—No, usted quiere hacerlo crecer. No quiere volar en primera clase, quiere su propio avión privado.
Me reclino en la silla y cruzo las piernas.
Sin duda, tiene un enfoque más agresivo que los otros.
Aquellos, con sus palabras suaves, sus discursos de mierda sobre forjar vínculos, conocer los deseos y las necesidades individuales de cada inversor, mitigar el riesgo y encontrar estrategias de conservación de activos, solo intentaban hacerme sentir segura.
En cambio, este dice: “Abróchate el cinturón y prepárate para el despegue”.
—Mencionó que está a punto de recibir una suma de dinero importante —dice—. ¿Una herencia? Asumo que no se trata de la muerte de un familiar.
—No. Es el dinero de mi esposo, Simon.
—Ah, el señor Lanier.
—Dobias —corrijo—. Simon Dobias. Yo conservé mi apellido.
—Perfecto.
—Pero yo voy a tomar las decisiones sobre el dinero —digo—. O, bueno, dentro de doce semanas. Quiero estar lista.
Se queda en silencio al escuchar eso. No lo entiende.
—¿Qué pasa en doce semanas?
—Vamos a celebrar nuestro décimo aniversario de casados. El 3 de noviembre. Y después recibo el dinero.
—Ah —dice—. Entonces, hay un fideicomiso de por medio.
Muy bien, Christian Newsome. Así es.
—El padre de Simon dejó todo en un fideicomiso —explico—. ¿Trabajó con fideicomisos antes?
Hace un gesto con la mano.
—Todo el tiempo. Le sorprendería lo que la gente hace con su dinero. Pero, bueno, no es mi problema.
—Por ahora, el dinero está solo a nombre de Simon. El fideicomiso dice que, cuando cumplamos diez años de casados, pasará a ser un bien ganancial.
—¿Esas fueron las condiciones de su padre? ¿Diez años de casados antes de que usted pueda usar el dinero?
—Antes de que yo pueda usar el dinero… o antes de que Simon siquiera pueda gastarlo en mí.
Christian se reclina en su sillón.
—¿En serio?
—Ah, sí —digo, con un tono cortante en la voz—.
Hay un fiduciario que tiene que aprobar cada gasto.
Simon podría comprar un coche, pero tendría que quedar solo a nombre del fideicomiso, es decir, solo a nombre de él.
Podría comprar una casa en Florida o algo por el estilo, pero solo a nombre del fideicomiso, solo a nombre de Simon.
Para nuestro quinto aniversario intentó regalarme un collar de diamantes y el fiduciario no lo permitió; al menos, no con ese dinero.
—Suena bastante restrictivo.
Sonrío.
—El padre de Simon no confiaba en mí.
Eso parece despertar el interés de Christian. Sus ojos brillan. ¿Soy una chica mala? Puede ser, no sé…, ¿lo soy?
—Supuso que, si de verdad amaba a Simon, no me molestaría esperar diez años para usar el dinero. Y si estaba con él por el dinero, como sospechaba, no estaría dispuesta a esperar tanto tiempo.
No responde, pero entiende la lógica. Y está pensando que debe de haber una cantidad sustancial de dinero.
No lo pregunta. No todavía. Su página, en la letra pequeña, dice que la inversión mínima para contratar sus servicios es de diez millones.
Por teléfono, la recepcionista dijo lo mismo, pero mencionó que Christian, a veces, hace excepciones.
Le dije que lo de los diez millones no sería un problema.
—¿Y no se ganó la confianza del padre de Simon en diez años? —pregunta, sonriendo.
—Ah, el padre de Simon murió antes de que nos casáramos.
—Lamento oír eso. Y ahora ya llevan diez años casados —dice—. O, bueno, cumplirán diez años el 3 de noviembre.
—El 3 de noviembre —repito—. Puedo gastar el dinero como quiera, cuando quiera, en lo que quiera. Y quiero alejarlo lo más posible de ese estúpido banco y ese fiduciario condescendiente con toda su mierda sobre la protección de activos y la conservación de…
Me doy cuenta de que me estoy dejando llevar.
—Lo siento —digo—. Todo esto me pone un poco… irritable.
—Y no la culpo —dice—. Fue una ciudadana de segunda en su propio matrimonio.
Asiento.
—No porque Simon lo quisiera. No tiene otra opción. No puede cambiar los términos del fideicomiso. Pero, sí, una ciudadana de segunda es una buena manera de decirlo.
Levanta una mano.
—Disculpe, debería guardarme mis opiniones.
—No, está bien, es así, eso resume bastante bien cómo me siento.
Me inclino hacia delante. Hora de ir directa al grano.
—Quería preguntarle algo, señor Newsome. Cuando el dinero del fideicomiso pase a ser un bien ganancial el 3 de noviembre, ¿significa que voy a poder usar el dinero sin la aprobación de Simon? ¿O incluso sin que él lo sepa?
Hice esa pregunta tres veces hoy y siempre recibí la misma respuesta: primero, hay que leer las cláusulas del fideicomiso.
Segundo, en general, si alguien aparece nombrado en una cuenta, puede usar el dinero sin la aprobación del otro titular de la cuenta.
Tercero, lo ideal es avisar al otro titular de la cuenta para evitar disputas futuras, incluyendo posibles litigios; litigios que podrían afectar al corredor de bolsa.
Cristian Newsome no responde enseguida. Quizás vaya a decir lo mismo, más o menos.
Pero no está pensando en formalidades jurídicas.
Está pensando en qué clase de persona soy como para estar haciendo esa pregunta.
Y no parece molesto. Una sonrisa insolente aparece en su rostro por una fracción de segundo.
—Hay varias maneras de lograr eso, sí —dice—. Y, por favor, tuteémonos, llámame Christian.
Miro la oficina, los índices de las distintas bolsas de valores en las pantallas, los diplomas de Harvard, los certificados de las agencias estatales. Todos estos tipos son iguales en muchas cosas.
Pero no en todas.
—Christian, es la mejor respuesta que he escuchado en todo el día.
Recojo las tres tarjetas que dejé sobre el escritorio y monto una escena rompiendo cada una de ellas por la mitad.
—Y yo prefiero que me llames Vicky —digo.