Capítulo 44
Altavista, Estado Central
La noche había caído con esa mezcla incómoda de calma y desasosiego que solo conocen quienes han pasado mucho tiempo encerrados en su propia cabeza.
Julián y Ximena estaban en su departamento, aferrándose a una rutina que intentaba parecer normal, aunque ninguno de los dos lo fuera realmente.
Desde que habían renunciado a sus empleos, los días transcurrían entre silencios largos y conversaciones que oscilaban entre lo absurdo y lo necesario. A veces, para no quebrarse, la mente se aferra a lo más simple.
La búsqueda de empleo —o, más bien, la búsqueda de una excusa para seguir adelante— se había convertido en un ritual extraño, casi terapéutico.
Ninguno esperaba encontrar el «trabajo de sus sueños» en esa ciudad, pero se aferraban a esa idea porque, de algún modo, era un intento por volver a ser las personas que habían sido antes del secuestro de Raquel, antes del ataque a Ximena, antes de la caída emocional de Julián.
—Creo que hoy sí gané —dijo Ximena, con un tono casi orgulloso mientras se dejaba caer en el sofá—. Fui a una estética. Creí que sería sencillo. Por Dios… los requisitos eran más estrictos que en la televisora. ¡La televisora! ¿Puedes creerlo?
Julián soltó una risa que salió torcida, pero genuina. Ese tipo de risa que nace no porque fuera gracioso, sino porque necesitaban esa catarsis.
—¿Una estética? ¿En serio? Te crees muy importante, ¿verdad? —respondió, levantando una ceja—. Bueno, prepárate… porque lo mío es peor. Fui a pedir empleo en una firma de bienes raíces.
Ximena se le quedó viendo con incredulidad antes de que ambos soltaran otra carcajada.
—¿Tú? ¿Bienes raíces? —dijo ella, entre risas—. Pero si eres abogado.
—¡Eso mismo pensé! —respondió Julián—. Con mi título de abogado pensé que sería pan comido.
¿Y qué crees? Me dijeron que necesitaba un curso previo.
Que llevara la constancia y solo entonces, tal vez…
tal vez… me considerarían candidato. Que eran muy selectivos y profesionales. Una joya del reclutamiento.
La risa se volvió más intensa, casi absurda, pero liberadora. Una catarsis. No estaban felices. No estaban bien. Pero en ese instante se permitían fingir una normalidad que ya no existía.
Fue entonces cuando sonó el teléfono.
Julián levantó la mano para decirle a Ximena que no se preocupara, que él contestaba. Tomó aire, tratando de borrar la risa de su voz, y deslizó el dedo para aceptar la llamada.
—¿Hola?
Ximena lo observó desde el otro extremo del sofá. Y lo supo antes de oír palabra alguna. Lo vio en el rostro de él: la sorpresa primero, después la incredulidad y, finalmente, el temblor contenido en los ojos.
—¿Raquel? —dijo Julián, con un hilo de voz—. ¿Por Dios… estás viva? ¿Cómo? ¿Dónde estás? ¿Qué…?
Ximena se enderezó de golpe. Su corazón se aceleró sin aviso.
Julián dejó de hablar y escuchó. Asintió varias veces, con la respiración suspendida.
—Sí… sí… claro que sí —dijo al fin—. ¿Dónde? Voy para allá ahora mismo.
Colgó.
Los dos se quedaron en silencio un segundo, solo un segundo, antes de que Julián hablara:
—Era Raquel. Está viva, Ximena. Está viva. Está en su casa… tengo que ir —dijo, como si las palabras no alcanzaran—. Necesito verla.
Ximena no necesitó pensarlo.
Lo tomó del brazo, firme, con un gesto que era tan emocional como lógico.
—Vas a ir —respondió—. Pero esta vez no vas solo. Yo voy contigo.
Julián intentó objetar, quizá por costumbre, quizá por miedo de exponerla otra vez, pero Ximena se mantuvo firme.
—No voy a dejarte ir solo a ver a la mujer por la que estuviste dispuesto a perderlo todo. Además… yo también necesito verla.
Había algo en esa frase que no era un simple ofrecimiento de compañía; era una declaración. No más secretos. No más silencios. No más decisiones unilaterales. Si habían sobrevivido a todo lo anterior, sería juntos.
Y no hubo más discusión.
Salieron juntos de inmediato, impulsados por esa mezcla extraña de esperanza, ansiedad y un miedo profundo que no se había ido del todo.
* * *
La ciudad parecía más oscura de lo normal, aunque era la misma de siempre. Quizá eran ellos quienes habían cambiado.
Cuando llegaron a la casa de Raquel, la calle estaba casi vacía. Solo una luz encendida en la ventana del primer piso rompía la oscuridad.
Julián bajó primero. Ximena lo alcanzó dando pasos cortos, pero decididos. Julián tocó la puerta apenas una vez antes de que esta se abriera.
Cuando Raquel abrió, los tres se quedaron mirándose como si el tiempo se hubiera detenido en un punto incómodo, frágil, lleno de cosas que ninguno sabía por dónde empezar a decir.
Raquel estaba pálida, más delgada, con el cabello recogido de forma descuidada. Pero tenía los ojos vivos. Vivos como no los había tenido antes.
Ximena se llevó una mano a la boca. Julián dio un paso hacia adelante, incrédulo, como si temiera que la imagen frente a él fuera una ilusión.
Raquel lo vio y respiró hondo, como si ese aire hubiera estado detenido dentro de ella desde el día de su secuestro.
—Hola —dijo, con una voz que parecía salir de muy lejos.
Julián no contestó; simplemente la abrazó. No dijo nada, porque ninguna palabra hacía justicia a ese momento. Ella lo sostuvo con fuerza, como si necesitara comprobar que era real.
Ximena se unió después, posando una mano en la espalda de ambos, como si intentara unir un rompecabezas emocional que ninguno sabía cómo armar.
Cuando se separaron, Raquel los observó a los dos con una mezcla de alivio y dolor.
—Pasen —dijo—. Necesito contarles todo…
Se sentaron en la pequeña sala. Julián la miraba sin parpadear, como si tuviera miedo de que todo fuera un sueño.
Ximena fue la primera en hablar.
—Nos diste un susto terrible —dijo, con una sonrisa que buscaba no quebrarse.
Raquel tomó aire.
—No sé por dónde empezar… —dijo, mirando sus manos—. Pero… estoy viva. Y ustedes también. Eso ya es más de lo que pensé que iba a pasar.
Julián tragó saliva. Era evidente que quería preguntar muchas cosas, pero también sabía que algunas respuestas llegarían solo cuando Raquel estuviera lista.
Raquel lo miró a los ojos.
—No fue lo que todos imaginan. No me hicieron daño físico…
no más allá del secuestro, del encierro, de la soledad.
Pero hay otras formas de quebrar a una persona.
No sabes qué hora es. No sabes si van a abrir la puerta para darte agua…
o para matarte. Y cada minuto se siente igual al anterior. O peor.
Ximena alcanzó su mano sin decir nada. A veces la compañía es más útil que cualquier frase.
Raquel respiró hondo.
—Pero también aprendí cosas. Sobre ellos. Sobre cómo piensan. Sobre cómo funcionan. Sobre el Toro…
El nombre hizo que Julián se tensara.
—¿El Toro?
Raquel asintió.
—Sí. Él.
Julián apretó los dientes. Se le notaba en los ojos que llevaba días, semanas, acumulando rabia contra ese nombre.
—Ese cabrón… —escapó de su boca, cargado de odio—. Un cobarde…
Raquel levantó una mano, no para defenderlo, sino para detener la rabia de Julián antes de que se desbordara y la conversación se rompiera.
—Julián… entiendo por qué lo dices —respondió ella con calma—, pero no es tan simple.
Esa frase lo desconcertó. Ximena también frunció el ceño.
—¿No es simple? —replicó Julián—. ¿Lo estás justificando?
Raquel negó con la cabeza.
—No. No lo justifico. No lo defiendo. Pero vi algo…
que tú no viste. Vi al hombre detrás del apodo del Toro.
Al hombre que vive en un mundo donde todos nacen encadenados.
Él no es bueno, ni es una víctima. Pero tampoco es exactamente lo que creemos.
Yo pensé lo mismo al inicio. Pensé que era un monstruo sin pensamiento propio.
Pero ahí adentro… cuando solo escuchas su voz…
cuando ves cómo decide… cómo opera… entiendes que su mundo es distinto.
Que la lógica que lo dirige no tiene nada que ver con la nuestra.
Julián la miró como si no entendiera.
—¿Te hicieron algo? —preguntó con cautela, casi en un susurro. Su mirada se deslizó hacia Ximena, recordando lo que ella había vivido—. Raquel… ¿te hicieron algo más? ¿Algo que no quieras decir?
Raquel negó de inmediato.
—No. Nada de eso. No hubo violación. No hubo tortura física.
Fue… encierro. Aislamiento. Soledad. Y miedo.
Mucho miedo —respiró hondo—. Pero no se trata de lo que me hicieron, sino de lo que vi ahí dentro.
Él… era muchas cosas, pero no eso. Lo que sí entendí es que ese mundo no tiene salida.
Que el que nace ahí nace encadenado. Que incluso los que mandan están amarrados a algo que los supera.
Eso no lo hace mejor. Pero lo explica. Y, aun así…
dentro de toda esa brutalidad, también encontré algo parecido a humanidad. Una humanidad rota, torcida… pero real.
Julián no sabía cómo reaccionar. Abrió la boca para hablar, pero Raquel lo interrumpió con un gesto suave.
—No digo que sea inocente —continuó—. No digo que sea bueno. Digo que es alguien atrapado en un sistema del que nadie escapa. Ni siquiera los que mandan.
Julián bajó la mirada.
—Perdón… —susurró.
—No tienes que pedirlo —respondió Raquel—. Tú también tuviste que cargar con lo tuyo.
Entonces Raquel respiró hondo y habló con más calma, permitiéndose por primera vez revivir lo ocurrido sin que el recuerdo la aplastara.
Habló de la brutalidad del rapto: manos que no vio, voces que no reconoció. Habló de cómo la metieron a la fuerza en un cuarto sin ventanas y de cómo el silencio era peor que los golpes.
Habló de la soledad que la iba desgastando, de cómo los días se perdían y se convertían en una masa sin forma. De cómo cada sonido le helaba la sangre. Y de cómo, al mismo tiempo, su mente aprendió a adaptarse.
Pero también habló del Toro.
De sus silencios. De los diálogos escuetos y extraños que tuvieron; de sus lealtades, de sus costumbres, de sus códigos, así como de las decisiones que se tomaban en su mundo. Siempre desde una lógica completamente distinta.
Y habló de la promesa. La promesa de liberarla. Una promesa que jamás creyó que cumpliría.