Cadenas Capítulo 43
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Capítulo 43

Altavista, Estado Central

Raquel nunca supo dónde estaba exactamente cuando la sacaron de la bodega.

No conocía la geografía, no sabía cuántos días habían pasado ni hacia dónde se dirigían.

Pero algo sí sabía: ese viaje no sería sencillo.

Había visto la expresión del Toro antes de despedirse; había escuchado su tono cuando dijo «caminarás mucho».

Y ahora, enfrentada a la inmensidad del sol del Estado Central y al silencio del hombre que la escoltaba, Raquel entendió que esa advertencia no había sido una exageración y que el camino sería más duro de lo que imaginaba.

El Búho era un reflejo del Toro, pero reducido a su mínima expresión: menos palabras, más acciones; menos gestos, más intención. No era cruel, no era amable: era funcional. Hablaba solo cuando era indispensable.

Raquel trató de obtener respuestas, quizá alguna pista de hacia dónde iban o cuánto tiempo tardarían en llegar, pero él se limitó a responder con gestos breves, casi automáticos: un movimiento de la mano para indicar dirección, un leve giro de cabeza para marcar silencio, una palabra suelta —«sube», «baja», «sigue»— dicha sin brusquedad, pero también sin intención de iniciar una conversación.

Era un hombre que parecía hecho de piedras lisas: imperturbable, difícil de descifrar, pero suficiente para entender que él no estaba ahí para consolarla, sino para cumplir una orden.

La mañana comenzó con un sol alto que le desgarró los ojos después de tantos días sin luz directa.

La subieron a una camioneta que evitó cualquier rastro de civilización.

En vez de avanzar por carreteras, el Búho condujo por caminos donde las piedras golpeaban el chasis con furia, cruzó sembradíos secos, rodeó cerros bajos y se metió por veredas que parecían imposibles de atravesar.

El traqueteo del vehículo le hizo sentir que cada hueso de su cuerpo era golpeado desde dentro.

No sabía si aquello era falta de rutas o una estrategia. Quizá ambas.

La camioneta avanzó durante un par de horas hasta que, sin previo aviso, el Búho frenó, apagó el motor y bajó. Raquel creyó que se alejaba para hacer alguna necesidad, pero apenas dio unos pasos cuando él giró la cabeza y, sin elevar la voz, la llamó:

—A caminar.

Era una orden limpia, sin espacio para interpretaciones.

Raquel parpadeó, confundida. Su cuerpo estaba entumecido y su mente agotada, pero obedeció.

Bajó de la camioneta con torpeza; el suelo caliente y pedregoso la recibió con un golpe seco.

Su cuerpo estaba adolorido por días de encierro, pero no había espacio para quejas. Respiró hondo y siguió al Búho.

Al principio lo hizo con determinación. Sabía que su libertad dependía de aquel viaje. Pero el terreno no ayudaba. Caminaban en silencio absoluto, entre matorrales espinosos y por brechas cerradas. Cada minuto le recordaba que el encierro había debilitado su cuerpo más de lo que esperaba.

Después de un par de horas, sus pies ya ardían.

Raquel trataba de mantener el ritmo, pero las ampollas no tardaron en asomarse, punzándola como si fueran agujas recién afiladas, recordándole que ese viaje —su viaje hacia la libertad— también tenía un costo.

A veces intentaba disimular el dolor, pero el Búho notaba la disminución del ritmo.

No la regañaba ni le hacía reproches; simplemente repetía:

—Apúrate. Falta poco.

Raquel no sabía qué significaba «poco» para él. Podía ser media hora o medio día. En ese mundo, los hombres como el Búho no medían el tiempo en minutos, sino en riesgos.

Cuando el sol comenzó a caer y la tarde se llenó de naranjas y violetas, Raquel vio a lo lejos un pequeño conjunto de casas: techos de lámina, paredes de block improvisadas, humo saliendo de algún fogón.

Pensó que ahí terminaría el trayecto, que ese sería el lugar donde la dejarían, junto con todo lo vivido atrás.

Pero el Búho rodeó el caserío sin pensarlo dos veces.

Raquel se detuvo un momento, jadeando.

—¿Por qué no entramos? Parece más fácil… —dijo, sin ocultar el cansancio.

El Búho la miró apenas.

—No es seguro.

Solo tres palabras, pero con un peso que le heló la espalda. Entendió que «lo seguro» no era lo que ella pensaba; no se trataba de calles, de casas o de gente, sino de quién mandaba en ese punto del mapa. Y ese caserío, por razones que nunca sabría, no era un lugar para adentrarse.

Tomaron otra brecha y siguieron avanzando hasta que, al caer la noche, una silueta mayor se dibujó en la distancia.

No era un grupo disperso de casas, sino un pueblo con luces tenues, calles principales y el murmullo de actividad lejana.

Raquel sintió que su cuerpo reaccionaba antes que ella: aceleró el paso, como si una parte de su mente recordara la idea de vivir.

Cuando finalmente entraron a las primeras calles, iluminadas por lámparas viejas, el Búho levantó la mano para detenerla.

—Quédate aquí —ordenó, con firmeza—. No te muevas.

Raquel se quedó quieta mientras él se acercaba con cautela a un vehículo viejo estacionado frente a un tejabán de madera.

Observó cómo cada paso del Búho era medido y atento, como si evaluara la posibilidad de una emboscada incluso en un sitio aparentemente tranquilo.

Desde la distancia, Raquel vio cuando alzó la mano en señal de saludo.

Luego notó cómo ambos hombres —el Búho y el desconocido— hablaban.

No podía escucharlos, pero percibió la rigidez en los hombros de ambos, la manera en que el Búho ladeaba la cabeza al escuchar, como si evaluara cada palabra.

Pasaron tres minutos. Tal vez menos. Pero para Raquel fue una eternidad.

Finalmente, el Búho se volvió hacia ella y le hizo un gesto para que se acercara.

Raquel obedeció sin dudar. Sus pies ardían, pero el impulso de llegar, de terminar ese martirio, fue más fuerte que el dolor.

El Búho abrió la puerta trasera del vehículo.

—Súbete —dijo—. Él te lleva a Altavista.

Raquel miró al conductor. Era un hombre de rostro duro, pero no hostil. Simplemente alguien encargado de completar el último tramo.

Intentó preguntar algo.

—¿Quién es usted? ¿Por qué…?

Pero el Búho ya estaba retrocediendo. No respondió ni hizo gesto alguno. Tan solo se dio la vuelta y comenzó a caminar por el mismo camino por el que habían llegado, perdiéndose poco a poco entre la penumbra, como si su única función ese día hubiera sido traerla hasta ese punto exacto del mapa.

Raquel se quedó mirándolo alejarse, sintiendo que ese silencio final era un cierre. Una separación definitiva con el mundo del Toro.

Subió al vehículo.

El motor arrancó con un ruido áspero.

El pueblo quedó atrás en cuestión de minutos.

Y, mientras el paisaje nocturno comenzaba a desplazarse a su alrededor, Raquel sintió algo extraño: por primera vez en semanas, tenía la sensación —frágil, casi dolorosa— de que podía volver a existir fuera del encierro.

Una libertad incompleta, amenazada… pero libertad al fin.