Capítulo 20
San Isidro del Valle, Estado Central
Efraín Mosqueda, actual presidente municipal de San Isidro e hijo del expresidente Santiago Mosqueda, colgó el celular con el gesto desencajado.
Había intentado mantener la calma durante la llamada, pero por dentro hervía de nerviosismo.
Frente a él, sentado en el viejo sillón del despacho, estaba su padre, que lo observaba con una mezcla de resignación y decepción.
—Papá… tenías razón. Se me hace que al Alacrán le quedan pocos días —dijo Efraín, tratando de sonar tranquilo.
Santiago Mosqueda, con un vaso de mezcal a medio terminar, frunció el ceño con una mezcla de pesar y resignación.
Asintió con lentitud, como si ese momento ya lo hubiera vivido en su cabeza muchas veces.
Su mirada estaba perdida en un punto invisible, como si buscara respuestas en los recuerdos acumulados en esas paredes.
—Ay, hijo… cuánto me hubiera gustado que ese rumor no fuera cierto —murmuró al fin, con una voz cansada, casi dolida—. Así seguiría con tu madre en la capital y no aquí, viendo cómo se avecina la tormenta.
—Pero, papá, muerto el Alacrán… podríamos reconfigurar todo esto que nos aprieta cada día. A lo mejor hasta salimos mejor parados. Tú sabes que se había vuelto un dolor en los...
—¡Calla, hijo! —Santiago interrumpió, golpeando el brazo del sillón con la mano abierta—. No sabes lo que dices.
Efraín se sobresaltó. La vehemencia de su padre no era habitual, pero esa vez se notaba diferente. Una mezcla de miedo y respeto lo hizo cerrar la boca.
—¿Qué no sé? Todos lo dicen a sus espaldas. Nadie lo aguanta. Est á viejo, terco…
—Y, aun así, nos mantenía a salvo —continuó Santiago, más sereno—.
Malo y de malas, sí, pero siempre funcionó.
Nos guste o no, el Alacrán siempre supo mantener el orden en este desmadre.
Siempre respetó los acuerdos y honró la palabra cuando te dejó a ti a cargo de todo esto.
Si se nos muere, no será en paz. No sabemos cómo está la sucesión en su grupo.
Siempre hay ruido. Siempre hay valientes que quieren subirse al trono.
Y cuando un alfa cae, los vecinos husmean. Siempre.
—Pero... ¿quién se atrevería, papá? Si tenemos todo controlado, tú desde la capital y yo acá.
Santiago negó con la cabeza, suspirando.
—¡No te engañes, Efraín! —volvió a alzar la voz—.
La arrogancia es un enemigo traicionero.
El poder lo tenemos porque hay equilibrio.
Pero si una pieza cae, si ese equilibrio se rompe...
todos empiezan a cuidar su trasero. Ya no es respeto lo que los une, es miedo.
Y el miedo se vuelve pánico cuando no hay certeza.
Efraín tragó saliva.
—Tú crees que viene guerra...
—No sé si guerra, pero sí ruido. Y el ruido, en este negocio, es el primer paso al desmadre.
Escúchame bien: la confianza que tenemos entre nosotros no es porque seamos viejos amigos o porque haya lealtades verdaderas.
Es porque todos entendemos las reglas y sus consecuencias.
Pero si alguien nuevo entra... alguien que no entienda cómo se juega aquí...
entonces sí, hijo, se nos va a venir el mundo encima.
Efraín guardó silencio. Luego murmuró:
—¿Papá, no estarás exagerando un poco?
Santiago se puso de pie de golpe. Su silla rechinó con fuerza.
—¿Que si exagero? ¿Cuántos años crees que tengo en esto, Efraín? ¿Cuántos sacrificios he hecho para ponerte donde estás? ¿Tienes idea de cuánto plomo y sangre se ha derramado para que tú ocupes esa silla? No hables de lo que no entiendes.
—¡Está bien, papá! ¡Ya entendí! No tienes que ponerte así...
El viejo se calmó lentamente. Sus manos temblaban, pero su voz recuperó la firmeza de siempre.
—Pero si hay sucesión... si el tal Toro toma el control, ¿no debería seguir todo igual?
—¿Y tú sabes quién es ese Toro? —preguntó el padre, sin responder la pregunta—.
Yo no. Solo sé lo que todos dicen: que es leal, que fue criado por el Alacrán, que es su mano derecha.
Pero los rumores son solo eso, rumores. Hasta que no lo vea moverse, no sabré si estamos frente a un soldado o a un lobo con piel de cordero.
—Y entonces, ¿qué propones? ¿Qué hacemos?
Santiago negó con la cabeza y se levantó del sillón. Caminó lentamente hacia el ventanal que daba al jardín trasero.
—Lo primero que vamos a hacer es no perder la cabeza. Y lo segundo, hablar con quien sí entiende del juego. Pásame el teléfono —dijo, extendiendo la mano.
Efraín le entregó el celular. Santiago marcó el número que tenía memorizado desde hacía años. El capitán contestó. Santiago no perdió tiempo.
—Capitán, ¿cómo están las cosas?
—¿Santiago? Pensé que estabas de vacaciones en algún lado de Europa, pero veo que no, que sigues como siempre, al pendiente del negocio... y de tu hijo. Por acá las cosas están complicadas —respondió Montecinos sin rodeos.
Al otro lado hubo una pausa breve, seguida de un suspiro. Sin palabras. Así que continuó:
—Acabo de hablar con el Toro. Al parecer, es el primero en la línea de sucesión. No lo conozco tan bien, solo me he encontrado con él un par de veces, pero he escuchado lo suficiente. Parece saber jugar. Entiende las reglas. Si se mantiene en esa línea, no debería haber problema.
—¿Y si no?
—Entonces, nos va a estallar toda esta mierda en las manos. El problema no es él, sino lo que hay afuera. Los grupos vecinos. Los que han estado esperando una señal de debilidad. Si el Alacrán era un muro… ahora ese muro está agrietado. Y todos los chacales están oliendo sangre.
Santiago miró a su hijo de reojo y luego regresó la vista al ventanal.
—¿Qué hacemos, entonces?
—Esperar. Y estar atentos a cualquier ruido. Lo peor que podemos hacer es movernos antes de tiempo. Si hay guerra, no será entre nosotros, por lo menos al principio. Pero si la dejamos crecer... nos va a salpicar a todos, de eso puedes estar seguro.
—Entiendo. Gracias, capitán. Solo mantenme informado.
—Por supuesto, Santiago.
Colgó y se quedó un momento en silencio. Luego le devolvió el teléfono a su hijo.
—Hijo... si esto se pone feo, te vas a acordar de esta conversación. Lo que viene no es un juego. Aquí no estamos hablando de política. Aquí hablamos de supervivencia. Y los que sobreviven… no siempre son los más fuertes. Son los que saben cuándo moverse y cuándo quedarse quietos.
Efraín asintió en silencio, esta vez sin discutir.
Afuera, el viento soplaba suave, como si todo estuviera en calma. Pero Santiago Mosqueda sabía que era solo la antesala de algo mucho más grande.
El silencio… siempre ha sido el lenguaje de la tormenta.
* * *
Por desgracia, esa espera no duró ni cinco horas.
Esa misma noche, en las brechas que conectaban dos municipios cercanos a Santa Rosa de la Paz, una emboscada destruyó por completo un convoy de la organización del Alacrán.
Seis hombres murieron. Uno de ellos era clave para el movimiento de mercancías.
No hubo advertencias ni amenazas previas.
Solo cuerpos, asfalto caliente y casquillos regados como testigos mudos de lo que estaba por comenzar.
El responsable no tardó en hacerse notar. No porque se proclamara como tal, sino porque todos sabían que solo un hombre era capaz de algo tan directo y calculado: Rómulo Sosa. El Ratón.
Había pasado más de una década desde la última vez que se escuchaba su nombre en los alrededores. Muchos lo daban por muerto. Otros decían que se había refugiado en su natal Puerto Beltrán, trabajando en lo bajo, desde las sombras. Pero esa noche, el Ratón salió del olvido.
Y no lo hizo para avisar. Lo hizo para tomar.
Aquellos que lo conocían sabían que no solo buscaba revancha o un pedazo del territorio.
El Ratón quería mucho más. Quedarse con el imperio del Alacrán era su meta.
No era la primera vez que lo intentaba, pero esta vez tenía algo que antes no tenía: paciencia acumulada y un momento preciso.
Ahora sabía que el jefe estaba debilitado.
Que el control se tambaleaba. Y cuando el castillo cruje, el primero que golpea... siempre lleva ventaja.
El ataque no fue una advertencia. Fue una declaración de guerra.
Esa noche, cuando el Toro se enteró del ataque, no dijo una palabra. Apagó su celular, caminó en silencio hasta la habitación donde el Alacrán yacía inmóvil. Se sentó frente a él.
—Ya empezó —dijo en voz baja, con el peso del mundo en esas dos palabras.
El viejo jefe lo miró. Sus ojos apagados parpadearon una sola vez. Una lágrima descendió con lentitud por su mejilla. No era miedo. No era tristeza.
Era certeza. Certeza de que el tiempo, su tiempo, había llegado al final.
El Toro, en cambio, no se inmutó. Solo cerró los ojos y apretó los puños.
Y murmuró, como un juramento, una sentencia que había esperado demasiado:
—Con traición... no hay perdón.
* * *
La llamada del capitán Montecinos llegó directo al teléfono de Santiago Mosqueda. El viejo presidente contestó de inmediato.
—¿Ya empezó?
—Ya. Confirmado. Fue el Ratón. Un maleante de media pinta... desde la frontera noroeste.
—Hijo de puta —gruñó Santiago—. No esperó ni a que el Alacrán diera su último suspiro.
—Ya hay muertos. Y lo que viene será peor.
—¿Sabemos cómo lo logró? Debe tener a alguien infiltrado. No puede ser casualidad.
—Tú sabes que yo no creo en casualidades. Tiene que haber alguien detrás. Ya investigaré. Mientras tanto, haz tu parte. Necesito que tú y tu hijo mantengan a todos los de fuera bajo control. ¿Estamos?
—Estamos. Pero dime algo, Montecinos… dijiste que confiabas en el Toro. ¿Aún lo crees?
—Creo que sí. Pero este no es momento para ingenuidades. Ni tú ni tu hijo pueden darse ese lujo.
—Claro, claro… pero joder —refunfuñó Santiago—, en buena época viene este pinche cambio. ¿Y qué haremos con las inversiones que están en marcha?
—Mira, Santiago. Sabíamos que esto podía pasar en cualquier momento. Así que nada de rajarse. Sigamos como siempre y cuidemos nuestras espaldas. Recuerda esto: si uno de nosotros cae… todos caemos. ¿Estamos claros?
—No tienes que repetírmelo. Los Mosqueda somos de palabra. Como siempre.
—Más nos vale seguir así. Mantengamos una comunicación más frecuente. No vaya a ser que, por confiados, nos entren por la retaguardia.
—Descuida. Así será. Nadie por enfrente… y menos por detrás —bromeó Santiago. Pero su voz lo traicionó. Hacía mucho tiempo que no sentía ese temor. Temor a que todo, después de tantos años… pudiera cambiar.