Capítulo 31
Vega
—Estaré en el salón si me necesitas —la voz de Rowan es un susurro roto, cargado de una culpa que no sabe dónde esconder.
Siento cómo el colchón cede ligeramente cuando se inclina sobre mí.
Su mano busca mi brazo, un roce tentativo, casi una súplica de contacto para asegurarme que todavía estamos en el mismo bando.
Pero en cuanto sus dedos rozan mi piel, un chispazo de rechazo me recorre la columna.
Le doy un manotazo seco, apartándolo sin mirarlo.
—No me toques —le digo, con la voz ahogada contra la almohada.
Escucho su suspiro, un sonido pesado que se aleja junto con sus pasos hacia la puerta. El silencio que deja atrás es peor que el ruido de mis propios pensamientos.
Pasan las horas. El reloj digital de la mesilla marca el avance implacable de la madrugada, pero mi mente está atrapada en un bucle.
Intento record ar. Intento forzar las piezas de ese rompecabezas fragmentado que es mi memoria, pero solo obtengo destellos: frío, un olor metálico y esa sensación de impotencia que me asfixia.
La frustración me quema por dentro; me siento como una extraña en mi propia historia, una mujer que tiene cicatrices que no sabe explicar.
Finalmente, no aguanto más. Me destapo con violencia y me levanto. Camino descalza por el pasillo, el frío del suelo ayudándome a no perder el control. Al llegar al salón, lo veo.
Rowan no está durmiendo. Está sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos.
La luz de la luna que entra por el ventanal le da un aspecto espectral, un guerrero cansado que sabe que la tregua ha terminado.
Cuando nota mi presencia, levanta la vista.
No hay sorpresa en sus ojos, solo una aceptación sombría.
—No voy a dormir —digo, plantándome frente a él. Mis brazos están cruzados sobre el pecho, protegiéndome—. No voy a dormir hasta que me digas la verdad. Toda. Sin filtros.
Él me mira, su vista bajando instintivamente hacia mis manos.
Yo también bajo la mirada. Mis muñecas, surcadas por esas marcas blanquecinas y profundas que siempre intento esconder con el reloj o las mangas largas.
La gente de la comisaría, incluso mis antiguos amigos, pensaban que eran marcas de un intento de suicidio, el rastro de una mujer que se quebró.
—No fue una cuchilla, ¿verdad? —susurro, dando un paso hacia él, extendiendo mis muñecas bajo la luz de la luna.
Rowan niega con la cabeza, y veo cómo sus manos tiemblan ligeramente. Se levanta, acortando la distancia, pero sin llegar a tocarme.
—No voy a esperar a mañana —sentencio, plantándome frente a él—. Necesito que me mires a los ojos ahora mismo y me digas qué pasó.
Rowan levanta la vista. La luz de la luna atraviesa el ventanal y cae sobre mis manos. Sus ojos se clavan en mis muñecas, en esas marcas profundas que siempre he intentado borrar con la mirada.
—La gente cree que intenté suicidarme —digo, extendiendo las muñecas hacia él—. Pero tú sabes la verdad, ¿no?
Él se levanta lentamente, como si le doliera cada músculo. Se acerca, pero respeta la distancia.
—Fueron bridas —su voz es un susurro gélido—. Bridas de plástico industrial. Te tuvieron encadenada a una silla en aquel sótano. Tiraste tanto de ellas para intentar soltarte que el plástico te llegó al hueso. Por eso las marcas son tan profundas, Vega. Porque no te rendías.
El aire se escapa de mis pulmones. La imagen de mis propias manos ensangrentadas tirando del plástico me golpea con la fuerza de un camión.
—¿Y por qué me tenían allí? Tú estabas en la policía hace un año, lo he recordado, éramos compañeros... se supone que eras de los buenos.
Rowan se levanta con una lentitud que me pone alerta. Se acerca a mí, deteniéndose a un paso, lo suficiente para que pueda sentir el calor que emana de su cuerpo herido.
—No me infiltré en la policía para ser tu compañero, Vega —suelta de golpe, y hay una honestidad brutal en sus ojos—. Me infiltré para matarte. Esa era mi misión original. Tenía que eliminarte antes de que hablaras con asuntos internos.
Retrocedo, con el corazón dándome vuelcos.
—¿Qué?
—Pero no pude hacerlo—continúa él, acortando la distancia, sus palabras salen como disparos—.
Te observé durante días. Me acerqué a ti esperando el momento de apretar el gatillo y lo intenté un par de veces, pero cuanto más te conocía, menos sentido tenía todo.
Me falló el pulso porque... —se detiene, apretando la mandíbula—.
Mi jefe se dio cuenta de que me había vuelto blando.
Como yo no te maté, enviaron a sus propios hombres.
El secuestro, los dos días en aquel sótano...
todo eso fue el plan de la Red para terminar el trabajo que yo no quise hacer.
—O sea, que me torturaron por tu culpa —le grito, empujándolo del pecho—. ¡Me destrozaron la vida porque tú jugabas a ser el sicario con conciencia!
—¡Lo siento! —ruge él, agarrándome por los hombros para frenar mis golpes—. Hice todo lo que pude para salvarte lo más rápido posible.
—¡Me pusiste en su radar desde el primer día que me miraste! —le devuelvo, intentando zafarme de su agarre—. Me engañaste. Me vigilaste como a una presa mientras yo creía que eras el único en quien podía confiar.
—¿Crees que fue fácil para mí? —dice él, y su voz se rompe por primera vez—.
¿Crees que quería sentir esto? No podía matarte, Vega, porque cada vez que te miraba, el monstruo que soy se sentía...
humano. Me enamoré de mi objetivo y eso nos condenó a los dos.
Te saqué de ese sótano porque prefería que me mataran ellos que ver cómo te hacían daño un segundo más.
El silencio que sigue es ensordecedor. Me quedo inmóvil, con su confesión flotando entre nosotros como un arma cargada.
—¿Me quieres? —susurro, y la palabra suena extraña, casi sucia en este contexto—. ¿Me quieres de la misma forma en la que me querías ver muerta?
—Te quiero de la única forma que me han enseñado—responde bajando la voz, sus dedos apretando mis hombros con una desesperación contenida—.
Con el alma sucia y las manos manchadas.
Me da igual si me odias por lo que soy o por lo que pasó en ese sótano.
Pero no me digas que no sientes que tu cuerpo reconoce el mío, porque estarías mintiendo igual que mentí yo.
Lo miro, y el dolor en mis muñecas parece arder con una intensidad nueva. Es el hombre que me salvó, sí, pero solo porque fue el hombre que primero me condenó. Y lo peor de todo es que, incluso ahora, rodeada de sus verdades a medias y su pasado sangriento, una parte de mí no quiere que me suelte.
Me quedo sin aire, con su confesión golpeándome con la misma fuerza que el recuerdo de las bridas.
La habitación parece haberse quedado pequeña, el oxígeno consumido por la tensión de lo que acaba de soltar.
Su agarre en mis hombros es firme, pero sus manos tiemblan.
Es la primera vez que veo a Rowan desarmado, sin el escudo de su cinismo.
—Eres un cínico —susurro, y las lágrimas que tanto intentaba contener empiezan a resbalar por mis mejillas—. Me dices que me quieres después de confesarme que tenías una bala con mi nombre. ¿Cómo se supone que tengo que procesar eso?
—No se puede procesar, Vega —responde él, dando un paso más, eliminando el último resquicio de aire entre nosotros—. Es una mierda. Mi mundo es una mierda y tú eres lo único que brilla en él. Por eso fallé. Por eso dejé que me tacharan de traidor.
Me suelto de su agarre de un tirón, pero no me alejo. No puedo. La rabia y el deseo de respuestas me mantienen anclada a su presencia.
—Me tuvieron días en ese sótano —le recrimino, señalando mis muñecas con un gesto violento—.
Cada vez que se abría la puerta, yo esperaba que fueras tú el que me sacara.
Y tú estabas allí, Rowan. Fuera de esa habitación.
Esperando tu momento. ¿Sabes lo que es eso?
¿Sabes lo que es sentir que la persona que supuestamente debe protegerte está al otro lado de la pared mientras te están abriendo la piel?
—¡Lo sé! —grita él, y el sonido rebota en el ventanal—.
¡Cada puto segundo fue una tortura para mí!
Pero si entraba antes de tiempo, si no esperaba a que bajaran la guardia, no habrías salido viva.
Me habrían pegado un tiro en la nuca en cuanto me vieran cruzar el umbral.
Tuve que elegir, Vega. Elegí que me odiaras por tardar, antes que enterrarte por precipitarme.
Me paso las manos por la cara, desesperada. Mi cabeza es un rompecabezas de mil piezas y Rowan es la pieza que encaja a la fuerza, rompiendo los bordes.
—Me mentiste durante meses en la comisaría —digo, intentando que mi voz no tiemble—. Cada café, cada patrulla, cada mirada... ¿nada de eso fue real? ¿Todo era parte de ese "plan" para matarme?
Rowan suspira y se pasa una mano por el pelo, frustrado. Se apoya contra el sofá, como si de repente el peso de su propia historia fuera demasiado para sus piernas.
—Al principio, sí. Era mi trabajo. Pero después de la primera semana...
—me mira, y hay una tristeza infinita en sus ojos grises—.
Después de la primera semana, el plan se fue a la mierda.
Ya no te miraba para ver dónde dispararte, Vega.
Te miraba porque no podía dejar de hacerlo.
Porque eres tan jodidamente honesta que me hacías sentir que yo también podía serlo.
No sé en qué momento exacto de esta mierda empecé a hundirme por ti, Vega, pero ya no hay salida.
Eres mía, aunque intentes huir al fin del mundo, aunque te empeñes en odiarme.
Cada centímetro de tu piel, cada maldito pensamiento que me niegas...
todo te delata. No te voy a soltar jamás, así que deja de luchar contra lo evidente.
Me acerco a él, impulsada por una mezcla de odio y una atracción que me asquea sentir en este momento. Le pongo la mano en el pecho, justo donde el corazón le late con una violencia salvaje.
—Me salvaste para condenarme a vivir contigo —sentencio—. Me sacaste de ese sótano, pero me has mantenido en una mentira durante un año.
—Y volvería a hacerlo —dice él, atrapando mi mano sobre su pecho y apretándola con fuerza—.
Volvería a traicionarlos a todos y volvería a mentirte mil veces si eso significa que sigues respirando.
Ódiame todo lo que quieras, Vega. Grítame, golpéame, entrégame si quieres...
pero no me pidas que me arrepienta de haberte mantenido con vida.
Me quedo mirándolo, perdida en la tormenta de sus ojos.
El silencio vuelve a reinar, pero es un silencio cargado de una decisión irreversible.
Él ya no es el compañero en el que confiaba, ni el extraño que me rescató.
Es el hombre que me puso en una diana y luego se puso delante para recibir el disparo.
—No sé si podré perdonarte —le digo, bajando la voz hasta que es apenas un susurro.
—No te pido que me perdones —responde él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozan—. Solo quiero que sobrevivas. Y para eso tienes que estar a mi lado.
En ese momento, el primer rayo de sol real de la mañana entra por la ventana, iluminando las marcas de mis muñecas. Las miro y luego lo miro a él. Ya no son solo cicatrices de dolor; son el contrato de sangre que firmamos sin saberlo hace dos años.
—Dime una cosa más —le pido, sintiendo cómo el cansancio me vence finalmente—. ¿Quién dio la orden? ¿Quién es el hombre que te envió a matarme?
La mirada de Rowan se vuelve de piedra. El hombre vulnerable de hace un momento desaparece, dejando paso al infiltrado, al cazador.
—El mismo que ahora está sentado en el despacho principal de la Central —responde—. Y el mismo al que vamos a derribar tú y yo. Juntos.