Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Vega

No me duermo, pero finjo que sí. Su respiración cambia cuando cree que he caído en el sueño: se vuelve más profunda, más pesada, pero no relajada. Rowan no sabe lo que es relajarse; ni siquiera cuando está inconsciente deja de ser un soldado en guardia.

Estoy apoyada sobre su pecho, escuchando el latido firme y rítmico bajo mi oído.

Cierro los ojos e intento vaciar la mente, pero las palabras que ha dicho antes flotan en el aire como cenizas.

Hay algo extraño en su voz cuando habla del pasado, una vibración que me hiela la sangre.

Mis dedos, movidos por una curiosidad dolorosa, recorren su torso distraídamente.

Siento cada cicatriz bajo mis yemas como si fueran palabras en un braille que aún no sé leer.

Unas son finas, casi imperceptibles; otras son gruesas, violentas, recuerdos de una vida que no me pertenece.

Hasta que toco una en particular, cerca del hombro.

Al rozarla, el mundo desaparece.

Metal. Frío. Un olor ácido y penetrante que me quema la nariz.

Una luz blanca, cegadora, directa a mis ojos.

Intento mover las manos, pero algo me lo impide.

Quiero gritar, pero mi voz está muerta. Una puerta chirría al abrirse.

Pasos pesados. Un hombre entra en mi campo de visión.

No puedo verle la cara, pero veo el uniforme oscuro.

Y siento un pánico tan puro que me paraliza.

Abro los ojos de golpe.

Estoy en la habitación. El pecho de Rowan sube y baja bajo mi mejilla, recordándome dónde estoy.

Pero mi corazón está desbocado, golpeando mis costillas con una fuerza salvaje.

Respiro hondo, tratando de anclarme al presente.

No ha sido un sueño. Ha sido un fragmento de cristal, un recuerdo roto, pero real.

Me incorporo con cuidado, tratando de no despertarlo.

Necesito espacio. Necesito aire que no huela a él.

Me siento al borde de la cama, con los pies tocando el suelo frío.

Mi cuerpo todavía conserva el eco de la ducha, del placer, de nosotros...

y lo peor de todo es que, incluso ahora, no puedo arrepentirme.

Lo miro por encima del hombro. Está boca arriba, con el brazo extendido hacia el hueco que acabo de dejar, como si su cuerpo me buscara incluso en sueños.

Parece preparado para luchar hasta cuando duerme.

Hay algo en él que me resulta insoportablemente familiar, como si lo hubiera visto en otra vida, en una situación radicalmente distinta.

Me levanto y camino hasta la ventana. La noche está en silencio. Un silencio demasiado denso. Apoyo la frente contra el cristal frío, cerrando los ojos.

—¿Quién eres? —susurro para mis adentros.

De repente, otra pieza encaja. Una voz grave, muy cerca de mi oído, retumba en mi memoria: “Te voy a sacar de aquí, no mires atrás”.

Se me eriza la piel. Esa voz... ¿era la suya?

No puedo escucharla con claridad total, pero la sensación de seguridad y urgencia es idéntica a cuando Rowan me habla en voz baja, cerca de mi cuello.

Me llevo la mano al pecho, tratando de frenar el temblor.

No puede ser. Si él hubiera estado allí, yo lo recordaría. ¿Verdad?

Regreso despacio a la cama y me siento otra vez en el borde del colchón. Mis dedos, casi con voluntad propia, vuelven a buscar la cicatriz de su hombro.

Disparos. Gritos que desgarran el aire. Una puerta explotando hacia dentro.

Un cuerpo que cae al suelo. Alguien me desata las manos con manos firmes.

Estoy demasiado débil para enfocar, pero veo unos ojos grises inclinándose sobre mí.

Urgentes. Furiosos. “Vega, mírame”. Intento enfocar. No puedo. Oscuridad.

Retiro la mano como si me hubiera quemado. Mi respiración es errática. Ojos grises. Rowan tiene los ojos grises. Es demasiada coincidencia para ser solo un azar del destino.

Él se mueve, perturbado por mi agitación, y abre los ojos lentamente. Me encuentra mirándolo en la penumbra. Hay un segundo de alerta letal en su expresión —el instinto del superviviente—, pero luego me reconoce y su mirada se suaviza.

—¿No puedes dormir? —pregunta con esa voz ronca que antes me daba paz y ahora me inquieta.

Niego con la cabeza. Él se incorpora un poco, ignorando el dolor de su costado.

—¿Qué pasa?

Lo observo en silencio. Busco una mentira, una salida fácil, pero las palabras se me escapan antes de que pueda frenarlas.

—¿Has estado en un lugar con paredes de hormigón… y olor a químico? —pregunto en un susurro.

El cuerpo de Rowan se queda de piedra. Demasiado quieto. Esa inmovilidad es la respuesta que más temía.

—Vega…

—Respóndeme.

Su mandíbula se tensa. Se hace un silencio eterno, uno de esos que cambian el curso de las cosas para siempre.

—Sí —dice finalmente.

El aire en la habitación se vuelve denso, pesado, difícil de respirar.

—¿Estabas allí? —mi voz empieza a temblar.

—Vega…

—¡Rowan! ¿Estuviste tú allí conmigo? ¿Sí o no?

Él cierra los ojos un segundo, y ese gesto me duele más que cualquier golpe. Es una confesión silenciosa.

—Sí.

Siento como si el suelo desapareciera bajo mis pies. No es solo miedo lo que siento; es una mezcla tóxica de confusión, rabia y un alivio terrorífico.

—¿Eras uno de ellos? —pregunto, necesitando que me diga que no, necesitando que lo niegue.

Él me mira de frente. Por primera vez desde que lo conozco, veo vulnerabilidad real en sus ojos. Una grieta en su armadura.

—Fui parte —dice en voz baja—. Hasta que dejé de serlo.

El mundo se inclina. Lo extraño, lo que más me duele, es que no siento un odio inmediato. Siento el eco de las manos que me desataron sin hacerme daño. Siento el recuerdo de alguien cargándome con un cuidado infinito entre el caos.

Necesito aire. Necesito salir de aquí. Me levanto de golpe y camino hacia la puerta, tropezando con mis propios pies.

—Vega… —su voz suena ronca, desesperada.

No me giro. No puedo mirarlo.

—No.

La palabra sale de mi boca como un sollozo.

—No, no, no…

Mis manos buscan el pomo, pero él es más rápido. Se levanta de la cama y me alcanza antes de que pueda abrir. Su mano se cierra sobre mi brazo.

—Vega, espera.

—¡No me toques! —Me giro de golpe y lo empujo con todas mis fuerzas—. ¡No me toques!

Mi respiración está fuera de control. Siento las lágrimas calientes resbalando por mis mejillas sin previo aviso. Él intenta agarrarme por los hombros, tratando de contenerme.

—Suéltame.

—Tienes que calmarte.

—¡No me digas que me calme! —La rabia me explota en el pecho—. ¡Estabas allí! ¡Estabas ahí dentro mientras yo moría de miedo!

Su expresión cambia. Hay dolor, una tensión insoportable en sus facciones.

—Escúchame.

—¡No! —vuelvo a empujarlo—. ¡No quiero escucharte!

Intento esquivarlo, pero él se interpone entre la puerta y yo, bloqueando mi única salida. Eso termina de romperme. Me siento acorralada, igual que en aquel recuerdo.

—Déjame salir —mi voz se quiebra—. Déjame salir ahora mismo.

—No puedes salir así, Vega.

—¡Tú no decides eso! —Le golpeo el pecho con los puños cerrados. Una vez. Otra. Con toda mi frustración—. ¡No decides nada! ¡Me mentiste!

—No te mentí.

—¡Estabas allí y no dijiste nada! —grito, y mi voz se rompe en un sollozo amargo.

Él vuelve a sujetarme por los hombros, con firmeza pero sin hacerme daño. Me obliga a quedar quieta.

—Vega. Mírame.

—¡No!

—¡Mírame!

Intento apartar la cara, pero no me deja escapar. Mi voz se deshace en un ruego desesperado.

—Por favor… suéltame…

Ahí es donde todo se desmorona. Ya no es solo rabia; es un terror antiguo mezclado con una traición presente.

—No entiendo nada —susurro entre lágrimas—. No entiendo nada…

Mi cuerpo empieza a temblar de forma violenta, sin control.

—Pensé… —trago saliva, ahogándome en mis propias palabras— pensé que estaba a salvo contigo.

Lo miro a los ojos y esa es la peor parte. Porque todavía siento el deseo de refugiarme en él, y eso me da pánico.

—¿Cómo se supone que voy a confiar en ti? —mi voz sale rota—. Dime cómo.

Él no responde de inmediato. Sus manos siguen en mis hombros, pero su agarre se vuelve cuidadoso, casi tierno, lo que me irrita aún más.

—No puedes —dice al final, en un susurro—. No puedes confiar en mí.

Esa honestidad me golpea más fuerte que cualquier mentira.

—Déjame salir —suplico.

Esta vez me suelta, pero no se mueve de la puerta.

—No voy a dejar que salgas así. Aterrorizada. Sin saber a dónde vas.

—¡Prefiero perderme que quedarme aquí contigo! ¡Eras uno de ellos!

—Ya no lo soy.

—¡Pero lo fuiste! —le grito, llevándome las manos a la cabeza—. Yo estaba allí… no podía moverme… recuerdo el miedo, recuerdo pensar que iba a morir en ese sitio… ¡Y tú estabas allí!

Las palabras se me agotan. Me dejo caer hacia atrás, con las fuerzas fallándome, pero él me sostiene antes de que toque el suelo.

—¡No! ¡No me toques! —Me aparto bruscamente y retrocedo hasta chocar con la pared. Me abrazo a mí misma, tiritando—. No te acerques… por favor.

Él se queda donde está, inmóvil, midiendo cada uno de sus movimientos como si fuera a asustar a un animal herido.

—Vale —dice despacio—. No me acerco.

Intento recuperar el control de mi respiración, pero el aire entra a puñaladas.

—Respira conmigo —añade él—. Vega, respira.

—Cállate… por favor, cállate.

Cierro los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas fluyan. Hay un silencio largo, pesado como el plomo. Cuando vuelvo a abrirlos, él sigue ahí. Esperando. Y verlo así, tan dispuesto a aceptar mi odio, me rompe un poco más.

—No sé qué es real —susurro—. No sé qué sentir. Mi cuerpo… —niego con la cabeza— mi cuerpo no tiene miedo de ti. Y eso está mal. ¿Lo entiendes? Debería estar aterrada, debería querer matarte… y no puedo.

Eso es lo que más me asusta. Más que él, más que los recuerdos. El hecho de que mi instinto todavía lo reconozca como un lugar seguro.

—¿Me sacaste de allí? —pregunto, casi inaudible.

Él me mira fijamente. Veo la verdad grabada en sus ojos grises.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sí —responde de inmediato.

—Eso no significa nada.

—Lo significó todo para mí.

Su voz es cruda, despojada de toda pretensión. Me acerco un paso, atraída por esa vulnerabilidad que nunca le había visto.

—No recuerdo tu cara —confieso.

Veo el destello de dolor en su rostro.

—Lo sé —dice. No suena enfadado, suena herido.

—Tengo lagunas. Fragmentos. Sensaciones. Tu voz… tus ojos… pero no recuerdo haber confiado en ti.

Él se inclina hacia mí.

—No lo hacías. Me odiabas al principio.

Una risa nerviosa se me escapa entre los sollozos. Es extraño reírse en medio de este desastre, pero suena a algo que yo haría. Nos miramos en silencio. El aire sigue cargado, pero la violencia ha dado paso a una tristeza infinita.

—¿Me hiciste daño? —pregunto finalmente. Necesito oírlo.

—Jamás —responde sin dudar un segundo. Y le creo.

Me pongo de pie, sintiéndome pequeña y expuesta. Paso la mano por su mejilla, un gesto fugaz, casi inconsciente, pero la retiro enseguida. Es demasiado íntimo para este momento.

—Mi cabeza está hecha un desastre. No estoy segura de nada.

Él parece a punto de decir algo más, de intentar arreglar lo que se ha roto, pero yo no puedo más. Doy un paso atrás, rompiendo la conexión.

—Vega…

—No —lo corto—. Ahora no.

Camino hacia la cama con los movimientos de una autómata.

Me tumbo dándole la espalda y me cubro con la sábana, tratando de crear un muro entre nosotros.

Cierro los ojos con fuerza, fingiendo que duermo, aunque mis sollozos me delatan.

Él lo sabe. Siento cómo se queda ahí, en la penumbra, velando mi sueño fingido.

No me giro. No lo miro. Porque si lo hago…

no sé qué voy a sentir. Y ese es el mayor de mis miedos.