Cada paso me condujo a ti Capítulo 48 - El peso de la verdad #3
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Capítulo 48 - El peso de la verdad #3

Ella bajó la mirada. La observé. Ahí estaba. Lo que nunca me había dicho. Lo que yo no había tenido del todo claro. Porque, por primera vez, todo encajaba. No se estaba yendo. Se estaba frenando. Y eso… eso sí sabía cómo sostenerlo.

Le tomé ambas manos y suavemente las acaricié. Sabía que lo que dijera ahora era lo que cambiaría todo.

—Mili.

—No sé si podría superar un quiebre tan inmenso, Francis.

Esperé a que me mirara.

—¿Por qué tú?

Me reí por lo bajo. Un sonido casi privado. Involuntario.

—Lo siento...

Tragué saliva.

—Te escucho hablar y no puedo creer que haya pasado meses a tu lado sin ser capaz de hacerte ver lo increíble que eres ante mis ojos.

La miré fijamente.

—Lamento tanto que hayas perdido tan joven a las personas que te habrían recordado todos los días que te mereces todo.

La emoción me cerró la garganta un instante.

—Porque te lo mereces. Y porque nada de lo que acabas de contar cambia eso. Tus cicatrices te hacen quien eres. Y tú eres la única persona con la que lo deseé todo… sin entenderlo por completo. Que entró en mi vida de una manera que nunca imaginé.

Ella sonrió, con un brillo distinto en los ojos.

—Y yo temía que tus frenos estuvieran siempre ahí porque no me vieras confiable. Que no estaba a la altura de lo que te mereces.

Respiró hondo.

—Sigo procesando todo lo que me dijiste. —La miré directo—. Me dijiste que lo que temes es a esta versión… y eso me deja un poco sin rumbo.

Ella tardó un segundo. Noté que dudaba.

—Sí, lo que quise decirte es que lo que me pide que frene es que, si me dejo llevar… esto puede ser lo más fuerte que llegue a sentir en mi vida.

Mis ojos se agrandaron. Yo que había pensado que venía a despedirse, y en cambio me soltó eso. Sin filtro. Sin red. Un subidón de adrenalina me recorrió entero.

—Pero no quiero ser una cobarde —añadió, sin percatarse de mi asombro. Levantó la mirada, y esta vez no esquivó—. Sé que no puedo pedirte garantías… Pero ahora que te abrí la puerta a todo esto…

Silencio.

—Necesito preguntártelo. ¿Puedo confiar en ti?

Le tomé las mejillas. La miré a los ojos.

—Sí. Puedes confiar en mí. En lo que siento por ti.

Pausa.

—Y lo lamento. No puse el foco en que vieras que esto era real y sostenible.

Algo con futuro para mí. Si me frené fue por miedo a abrumarte…

pero también porque te veía contenida. Y si me rechazabas…

también podía ser devastador para mí. De hecho, –solté el aire que me apretaba el pecho– pensé que venías a decirme que se terminaba todo.

Ella frunció los labios un segundo.

—Fue una posibilidad estas semanas. Cuando el miedo ganaba… pensaba: sales rota, pero no destruida. Estás a tiempo. Intenté convencerme de que esto era demasiado, Francis… que lo mejor era no seguir. —Negó, suave—. Pero no pude. Porque lo que tengo contigo no me es indiferente.

—Me alegra que haya ganado la versión valiente. Y que estés aquí. —La miré—. Porque yo no supe poner límites, Mili. Caminé muy mar adentro. Y con todo lo que siento hoy… —Se me aguaron los ojos. Respiré para no salirme de control—, se hubiera sentido como el Titanic estrellándose contra el iceberg.

Ella me acarició la mejilla. Lo sentí como un cable a tierra.

Me acerqué despacio, mirándola a los ojos. A ella se le escapó una lágrima. A mí también. Inesperado, pero ahí estaba expuesto totalmente.

Me besó.

Quien me hubiera explicado antes que un beso puede ser un salvavidas, nunca lo hubiera creído. Pero sentí que se me llenaron los pulmones de aire.

Se separó. Me dijo con su voz más suave:

—Yo también quiero que confíes en mí. Quiero que sepas… —Sonrió—. Que, aunque no soy la que aprieta el acelerador, prometo dejar de apretar el freno.

Pausa.

—Porque quiero esto contigo. Y lo quiero bien.

El silencio que siguió no fue vacío; fue denso, cargado de todo lo que habíamos estado conteniendo hasta ese momento.

No me moví, ella tampoco, pero la distancia empezó a volverse imposible de sostener.

La miré un segundo más, demasiado cerca como para seguir fingiendo que eso alcanzaba, y negué apenas, con una media sonrisa que no terminaba de formarse.

—Ven aquí, por favor… —dije en voz baja—. No puedo tenerte a más de cinco centímetros de distancia.

Ella rió, secándose otra lágrima.

Deslicé la mano con cuidado por su cintura, invitándola a subirse a mis piernas, sin apurarla pero sin dejar espacio para la duda. Cuando lo hizo, la apreté despacio, acomodándola contra mi cuerpo con una naturalidad que no había tenido antes.

La sostuve ahí un instante, sintiendo cómo todo lo que había pasado en esos días —la distancia, el silencio, la incertidumbre, el miedo a perderla— dejaba de ser algo abstracto y se volvía completamente real en ese contacto.

—Mili… —murmuré, sin terminar la frase.

No hacía falta.

La besé. No fue un gesto medido ni contenido como las otras veces, tampoco fue brusco, pero sí inevitable.

Había algo acumulado que ya no podía sostenerse más en palabras, y el beso lo arrastró todo: la tensión, la bronca, el miedo, el alivio de tenerla ahí.

La sentí responder en el mismo lugar, sin retroceder, sin duda, y en ese segundo entendí que todo lo que había estado en riesgo ya no estaba en el mismo punto.

Ya no había distancia posible entre nosotros.