Cada paso me condujo a ti Capítulo 48 - El peso de la verdad #2
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Capítulo 48 - El peso de la verdad #2

Levanté una ceja. ¿De verdad? Lo primero que sentí fue rechazo.

Automático. Instintivo. Otra vez el pasado.

Otra vez esa versión de mí que yo mismo había enterrado siendo el argumento en mi contra.

Quise decirle que no era justo. Que nada de lo que había mostrado frente a ella tenía que ver con eso.

Que si había algo que había intentado hacer bien en mi vida era esto.

Pero me detuve. La vi moverse incómoda en el sofá. Una vez más me obligué a respirar profundamente. Yo no estaba ahí para pelear. Estaba ahí porque si había una posibilidad de que ella quisiera seguir… quería tomarla. Aunque me doliera la pregunta.

—No.

Pausa.

—No estuve con ella. Podría decirte que hace aproximadamente un año que no estoy con nadie. —Tragué saliva. Era la primera vez que lo decía así—. Salvo contigo.

El silencio que quedó fue distinto. Más denso. Ella abrió los ojos solo un segundo y después los bajó, como si necesitara un momento para que eso aterrizara.

En ese instante, cuando vi la sorpresa en su cara, entendí algo. Lo que para mí siempre había sido evidente… para ella nunca lo fue. Y esa brecha entre lo que yo sentía y lo que ella alcanzaba a ver era exactamente lo que nos había tenido aquí, en este silencio, durante todo este tiempo.

—Y no lo digo para que me creas porque sí —añadí, antes de que el silencio se extendiera demasiado—. Lo digo porque es la verdad.

Ella asintió despacio. Vi que me creyó.

Unió sus manos en un solo puño. No me estaba mirando. Yo no podía apartar la mirada de ella.

Sus gestos se suavizaron. No del todo, pero lo suficiente como para que yo supiera que lo que venía a continuación era distinto a todo lo anterior.

—Dicen que lo que se queda dentro entorpece todo. —Rió nerviosa—. Que no deja avanzar. Y así lo siento hoy.

Hablaba pausado. Las palabras salían ordenadas, medidas. Pero yo la miraba —la tensión en sus hombros, las manos que no terminaban de quedarse quietas, esa mirada que iba y venía sin posarse en ningún lugar— y lo que veía era caos interno. Contenido con mucho esfuerzo.

—Yo estuve en una relación por mucho tiempo. Lo sabes… Sé lo que es construir algo a largo plazo. Lo que implica. Lo que cuesta. Y también sé lo que pasa cuando termina. —Hizo una pausa—. Especialmente para alguien como yo.

Fruncí el ceño. ¿Para alguien como yo? No había entendido a qué se refería. No pregunté. Había llegado hasta ahí con mucho esfuerzo.

—Yo estoy sola, Francis. Sola. —Respiró con dificultad—. Y no es dramatismo. Es la realidad. Tengo a mis amigas… pero ellas están haciendo su vida. Van a tener sus familias. Y yo…

Se detuvo. Se apretó las manos. Yo me incliné buscando acortar una distancia imposible.

—Estoy aprendiendo a sostenerme… —Tenía su mirada caída y un brillo acuoso en los ojos—.

Lo que entendí en este último año es que lo de Santiago fue…

diferente. Soltarlo fue más que darle un fin a un proyecto que no funcionó; fue dejar ir a alguien de quien me aferré por ser demasiado niña cuando todo se derrumbó…

de quien, de manera incorrecta, dependí.

Vi cómo le tembló el labio de abajo y tomó aire con dificultad.

—Fue soltar a mis padres del todo. —Se detuvo, rompió el contacto visual y miró hacia la ventana—. Yo era algo con él; sin él no sabía quién era. Fue la certeza de que ya no pertenecía a nada. Que ya no había testigo de mi anterior existencia. Nadie más me conocía del todo.

Se cruzó de brazos en un auto-abrazó.

Yo estaba congelado. Solo podía verla, escucharla. Se quedó así abrazada, mirando la ventana.

—Y por primera vez entendí lo que significaba estar realmente sola.

Escuché el sonido de nuestras respiraciones.

—Solo me tenía a mí.

Tragó saliva con tanta dificultad que pude ver el movimiento forzado en su cuello.

—Y la verdad es que no me era suficiente… —Se apretó con fuerza los brazos—. Por meses caminé sin encontrarle un sentido a la vida. Vacía completamente. No estaba segura de querer seguir aquí… —Rió sin gracia—. Mentira… sí estaba segura. No quería seguir aquí.

Se detuvo. Escuché el reloj marcando cada segundo. Me levanté apenas del sillón; ella se giró hacia mí con sorpresa y desvió otra vez la mirada. Eso me hizo sentarme otra vez.

—Mili.

Ella negó con la cabeza.

Me quedé inmóvil. Todo lo vivido tuvo sentido en ese instante. Mucho más sentido. Sentí un ardor en el estómago. Estaba cada vez más enojado conmigo. Me había quedado solo en la superficie de todo. Quise abrazarla.

Bajó la vista al piso. Los ojos se le inundaron —lo vi, aunque intentara ocultarlo. Estaba expuesta. Y a la vez blindada. Como si hubiera llegado hasta ahí con todo lo que tenía y no le quedara más margen.

Tomó el vaso. Bebió despacio.

No pude más, me levanté y caminé unos pasos. Me agaché frente a ella.

—Mili, lo siento mucho —le dije, torpemente.

Asintió. Y antes de que la lágrima cayera, se la secó con un gesto rápido, casi disimulado. Como quien se limpia algo del ojo.

Me senté despacio a su lado, buscando tenerla más cerca. Pero la distancia entre nosotros no había desaparecido. Ella se movió, disimulada, para un costado. Apoyó las manos sobre las rodillas y volvió a hablar.

—No estaba segura de contarte todo esto. Odio que me veas frágil o con pena. Porque hoy veo la vida diferente, con ganas y deseos. Pero eso no hace más liviano a lo nuestro. De hecho, todo lo contrario. Ya no puedo fingir que es un "vemos qué pasa".

Me moví levemente. No entendía todavía hacia dónde iba todo eso.

Si estaba abriéndose… o preparándose para irse.

Porque lo que decía podía ser la forma más honesta de quedarse, o la más clara de explicarme por qué no podía hacerlo.

Y aun así tenía una necesidad de tenerla entre mis brazos. Verla así de vulnerable.

—Mili… es que no es "un vemos qué pasa"…

—Espera, déjame continuar. Por favor. —Le tembló la voz—. Porque quiero que entiendas que lo que Stephanie me dijo… no me dolió porque sintiera una verdad indiscutible. Me dolió porque tocó cosas que ya estaban en mí. Dudas del nosotros que siempre tuve.

—Porque cuando me dijiste que quizás estaba protegiéndome de algo que ya no existía… me di cuenta de que no estaba siendo clara contigo… Hizo una pausa y continuó.

—A mí nunca me preocupó “el hombre del que hablaban las revistas”. Ese no lo conozco. Nunca fue un problema entre nosotros. —Me miró—. Siempre me resguardé del que conocí yo —dijo, casi sin poder terminar.

El aire se me quedó atascado en la garganta.

Intenté abrir la boca para decir algo, pero no encontré ninguna palabra, como si de golpe hubiera olvidado cómo hablar.

Me quedé completamente inmóvil mientras las piezas en mi cabeza cambiaban de lugar, dejándome una certeza fría en el pecho: lo había leído todo mal.

—No puedo negarlo —dije al fin, con la voz más baja de lo que esperaba—. Siempre asumí que era mi pasado lo que te pesaba.

Ella negó ligeramente.

Me sentí completamente perdido. La miré, en silencio. Esperando. Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna forma de anticiparme.

Ella logro leer mi expresión.

—Creo que te desconcerté —dijo, más bajo.

Asentí.

—Me refiero a que lo que me frenaba era la versión que iba conociendo de ti…

Del que me ayudó en el banco sin conocerme.

Del que prestó atención a detalles que yo ni siquiera sabía que estaba mostrando.

Del que apareció cuando todo se estaba cayendo.

—Hizo una pausa breve—. Del que me escucha. Del que me cuida. Del que está.

El silencio se volvió denso.

—Del que me hace bien.

Mis hombros se soltaron completamente.

—Porque ese es el peligro para mí… —Se detuvo un momento—. Porque cada vez me importa más. Cada vez siento más… —Tragó saliva—. Es que me siento en casa cuando estoy contigo.

La voz se le quebró. Otra lágrima cayó por su mejilla, que rápidamente limpió.

—Hoy no estoy segura de esto… No sé… es que si lo pienso no entiendo… Tengo demasiadas cicatrices…, Entonces dudo… ¿por qué yo?

Solté el aire que había contenido. Creo que había dejado de respirar.