Capítulo 46 - El precio de la noche
M ili salió del salón buscando aire. No corría, pero tampoco caminaba despacio; era ese punto intermedio donde el cuerpo ya no responde del todo.
Respiraba más rápido de lo que podía controlar y, aunque intentaba sostenerse, la sensación de desborde era evidente.
Sophie y Caroline la siguieron en silencio, sin invadirla.
Francis también, unos pasos más atrás, midiendo cada movimiento.
—Mili… por favor.
Ella se detuvo. No de golpe, sino como si necesitara hacerlo bien. Cerró los ojos un segundo, respiró y recién entonces se giró para mirarlo. Había enojo en su expresión, pero no era descontrolado; era contenido, lúcido, incluso más difícil de atravesar.
—Ahora no.
Francis dio un paso hacia ella, todavía intentando sostener cierta calma.
—Déjame explicarte.
—No puedo hablar contigo ahora —lo cortó, sin levantar la voz.
Se tomó un segundo antes de seguir.
—Estoy muy enfadada, Francis. Necesito un poco de espacio. Porque podría decirte algo de lo que luego quizás me arrepienta.
Ese fue el límite. Sin dramatismo.
Francis lo entendió. Se quedó quieto y asintió.
—Está bien…
Pero no lo estaba.
Mili no dijo más. Se giró y siguió caminando, alejándose sin mirar atrás.
Francis se quedó un instante en el mismo lugar, viéndola desaparecer, con algo apretándole el pecho más fuerte de lo que estaba acostumbrado a tolerar. Entonces giró la cabeza y la encontró.
Stephanie estaba a unos metros.
Mirándolo, sonriendo, como si nada. Y eso fue el detonante.
Francis dio un paso en su dirección. Luc reaccionó primero, interceptándolo con naturalidad.
—Francis…
Vince se sumó desde el otro lado.
—Déjalo —dijo en voz baja—. No vale la pena.
Francis no se detuvo del todo, pero tampoco avanzó de inmediato. Apretó la mandíbula, conteniendo algo que claramente estaba a punto de salirse de su eje habitual.
—No estoy para discursos, chicos —dijo, sin levantar la voz, pero con una tensión que no dejaba lugar a duda—. Déjenme pasar.
Luc lo sostuvo un segundo con la mirada, evaluándolo.
—No hagas una escena.
Francis no respondió.
Vince se apartó primero. Luc lo hizo después, sin insistir.
Stephanie, que había entendido perfectamente hacia dónde iba todo, se separó del grupo con una calma estudiada y caminó hacia un rincón más apartado, como si lo invitara a seguirla.
Y él lo hizo.
Se acercó con paso firme, sin apuro, pero sin dudar.
—Hola… —dijo ella, acercándose. No esperó respuesta. Dio un paso más y estiró la mano, rozándole la camisa a la altura del cuello, con la naturalidad de quien cree que sigue teniendo un lugar—. Viniste por el brindis… o te gustaría tener postre —murmuró despacio.
Francis reaccionó al instante. Le tomó las manos y se las bajó. Ella lo miró, algo sorprendida. No por el movimiento, sino por la forma. Porque no había juego ahí. Él la sostuvo con la mirada y, por primera vez, no había nada en sus ojos que ella reconociera.
—Basta, Stephanie. —La voz baja, controlada—. Te estás ganando que pierda la última paciencia que tengo contigo. Y ya te he tenido demasiada.
Ella no se movió. Al contrario, se inclinó un poco, con esa sonrisa que conocía demasiado bien.
—Siempre me has gustado así… Yo sí que puedo sostenerte cuando estás fuera de ti. ¿Tu princesita te dejó solo después de nuestra conversación? —alargó el tono, casi infantil.
Francis dio un paso adelante.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad —respondió ella, sin dudar—. Le ahorré la frustración de creerse distinta. Si te soy sincera, fue bastante aburrido. No sé qué te llamó tanto la atención de ella —soltó un bufido.
Francis acortó la distancia, invadiendo su espacio, sin perder el control pero claramente fuera de su registro habitual.
Ella soltó una risa breve.
—Vamos, Francis… yo soy de las pocas personas que realmente te conocen.
Él la miró fijo. Y por primera vez, no hubo ni un rastro de indulgencia en sus ojos.
—No, Stephanie. Tú no me conoces en absoluto.
El frío de su mirada hizo que Stephanie retrocediera un paso.
—¿De verdad crees que por haber compartido noches que apenas recordábamos al día siguiente nos conocemos? —soltó una risa breve, sin humor.
La sonrisa de ella se tensó.
—No seas frívolo. Si te hubieras comportado diferente… quizá hasta podría haberte perdonado.
Francis soltó una risa seca, incrédula.
—¿Frívolo yo? ¿Y por qué se supone que debes perdonarme?
—Por ignorarme todo este tiempo —sostuvo la mirada, desafiante—. Después de todo lo que hice por ti.
Y ahí él terminó de romper la fantasía.
—No te ignoré. Te expliqué de muchas maneras que quería finalizar lo que teníamos.
Fuiste tú quien decidió insistir hasta el hartazgo.
—Stephanie tragó saliva, incómoda—. Siempre te dejé claro que esto era estratégico.
Siempre pareciste satisfecha con eso —continuó él, más bajo, más firme—. No fui yo quien creó otra historia.
Dio un paso hacia ella.
—Jamás te di falsas esperanzas. Así que deja de reclamar algo que nunca fue tuyo… porque tú también lo sabías. —Su voz bajó, aún más firme, con los ojos entrecerrados—. Tenemos un acuerdo firmado, Stephanie. Y acabas de romperlo.
La sostuvo con la mirada
—No deberías haberte acercado. Ni hablarle. Si piensas que puedes salirte con la tuya, estás equivocada.
Ella dejó de sonreír
—Sigues creyendo que tienes algún tipo de poder sobre mí —continuó él—. Y no lo tienes. Nunca lo tuviste.
Se inclinó hacia ella, lo justo.
—Y si no quieres que eso quede claro para todo el mundo… te recomiendo que dejes de comportarte como una niña insensata.
Se dio vuelta y dio un paso. Entonces, sin girarse del todo, añadió en un murmullo bajo:
—Te llegará la carta de los abogados.
No fue una amenaza. Fue simplemente la confirmación de que los actos tienen consecuencias.
Francis siguió caminando y no miró atrás.
Mili, pasó la tarjeta y la puerta de la habitación se abrió. El silencio del cuarto cayó distinto.
Caminó unos pasos y se dejó caer en la cama, sin quitarse los zapatos.
Se quedó mirando al techo unos segundos. Respirando. Tratando de bajar algo que no terminaba de acomodarse.
—¿Saben qué me pasó ahí? —dijo al fin incorporándose para poder mirarlas.
Las dos estaban atentas. Sin interrumpir.
Mili soltó el aire.
—Hasta hoy… todo lo que se decía de él… —negó— nunca fue real para mí.
Miró a la ventana. La vista preciosa de Nueva York, mientras caía la nieve.
—Lo había escuchado. Sí. Había leído cosas.
Se encogió de hombros.
—Pero era… como si no fuera él. Como si fuera ficción. Un personaje de las revistas. De otro mundo.
Silencio.
—Y hoy… —tragó saliva— por primera vez… se hizo real.
Bajó la mirada.
—Esa versión existe. Y está en él.
El silencio se volvió más denso.
—Y escucharla a ella… ver cómo hablaba… imaginarlo con ella y con las demás… cómo me lo decía… Lo que dijo de mí.
Negó.
—No pude responder. Nada. Absolutamente nada.
Respiró hondo.
—Porque por un segundo… todo encajaba.
Levantó la vista.
—Las historias. Las noches que él me dijo que existieron…
Sophie y Caroline se habían sentado enfrente de ella en los sillones.
—Y después yo, y lo que ella afirmó que representó en su vida. Solo otro pasatiempo más. Alguien de quien también se aburrirá, y que yo no me daré cuenta cuando suceda.
Se le quebró la voz.
—Y se suma la mentira… que en definitiva él sabía que estaba ahí y decidió no contármelo.
Largó el aire mientras movía los pies y miraba el piso.
—Eso fue lo que más me dolió. Porque entonces ya no era solo lo que ella decía…
Las miró. Ellas escuchaban atentas sin decir nada.
—Era… ¿Qué estabas intentando ocultarme? ¿Que estaba ahí? ¿O que yo me enterara de algo que no querías que supiera?
Las miró como buscando una respuesta.
—¿Hace cuánto la había visto? ¿Cuánto tiempo estuve ahí… feliz… sin percatarme de nada… y ella… esperando el momento para hacer esto?
Sophie dio un paso hacia adelante.
—Mili… —dijo, más suave— yo lo sabía. Escuché cuando Francis se lo dijo a Luc. Me pidió que no lo dijera. No estaba de acuerdo, pero no quería interferir. Debería habértelo dicho.
Bajó la mirada.
—Lo siento.
Mili la miró negando lentamente.
—Claro que no estoy enojada contigo. —Pausa—. No es tu responsabilidad.
Respiró.
—Pero si vuelve a pasar algo así… preferiría que me lo dijeras.
Sophie asintió.
—Te lo prometo.
Mili les contó todo en detalle.
Caroline intervino, más calmada.
—Mili… lo que ella hizo fue muy calculado.
—Eso no cambia lo que siento —respondió Mili—. Tú lo conoces de antes, Sophie. ¿Qué piensas?
—¿De qué? ¿De si estuvieron juntos? Sabes que lo que hubo en el pasado existió. Y por eso siempre tuve mis reservas con él. Pero no creo que te haya engañado. Creo que, por despecho, por ego, te dijo todo eso.
Sophie levantó apenas los hombros y continuó.
—Pero claro… tendrían que hablar. Puede, y me sorprendo a mí misma por defenderlo, que es su inexperiencia en las relaciones lo que hace que tome esas decisiones tontas.
El silencio se hizo denso.
—Ahora no tengo claro nada…
Se quedó en silencio y se recostó.
Las chicas no dijeron nada más. Y el cansancio terminó cayendo sobre ella.
Sophie fue a buscar la valija de Francis y le cedió la habitación. Ella volvió con Mili.
Y así pasó lo que quedaba de la noche.
Francis no había pegado un ojo. Después de que Sophie le adelantara a grandes rasgos lo que le había dicho Stephanie, se había quedado sentado en el sillón, mirando por la ventana.
Se había vuelto a equivocar a la hora de protegerla.