Capítulo 14 - Lo que ya existe.
E ra un sábado cualquiera de abril, cerca de las cinco de la tarde.
La primavera empezaba a insinuarse en Londres con una luz más larga, más amable, aunque el día no terminaba de abrirse del todo.
Desde aquella noche de febrero en la terraza, Francis —y a veces también ella— había empezado a llenar los días de planes, mensajes y conversaciones que ya no necesitaban excusas.
Sin darse cuenta, Mili compartía más tiempo con él que con Sophie y Caroline.
Ellas, por supuesto, lo habían notado. Sophie, sobre todo, que lo señalaba con esa mezcla de cuidado y duda que nunca cruzaba la línea del juicio.
El teléfono vibró sobre la mesa.
—¿Estás en casa?
Mili alcanzó a responder:
—Sí, acabo de llegar.
—¿Por— no llegó a terminar de escribir esa parte.
El timbre sonó.
Se rió fuerte, sin poder evitarlo. Dejó el teléfono y caminó hasta la puerta todavía sonriendo.
—Eres imposible.
—Ey, puedo oírte —dijo él desde fuera.
Abrió.
—Era la idea —respondió ella, aun riendo.
Francis estaba ahí, apoyado en el marco. Tenía el pelo aún húmedo y pudo sentir ese leve aroma a gel de ducha masculino que lo caracterizaba mezclado con su perfume. Jeans oscuros y una camiseta gris. El raquetero de tenis en la espalda terminaba de cerrar la escena.
—No sé qué te parece tan gracioso.
Se coló dentro, pasando por debajo de su brazo.
—Ya ni preguntas si puedes pasar —dijo ella, todavía con la risa suelta—. Esto de tenerte de vecino es bastante poco conveniente.
—Calla. Si te encanta.
Ella solo se mordió los labios con diversión ante el descaro.
—¿Vienes de jugar?
—Sí. Increíble partido.
Mili arqueó una ceja.
—¿Ganaste?
—Evidentemente.
—Luc se habrá enfadado.
—Siempre. Es muy mal perdedor… Algún día lo dejaré ganar. Se lo merece por intentarlo.
Avanzó un par de pasos hacia la cocina. Ella lo siguió. Francis apoyó las manos sobre la encimera y cogió una manzana del frutero.
Mili lo miró de costado.
—La verdad… me gustaba más cuando eras un poco más comedido.
Él alzó la vista, sin dejar de moverse.
—¿Ah, sí?
—Sí. Cuando pedías permiso para todo.
Francis la miró divertido, cruzándose de brazos.
—Ahora vienes y me desordenas todo.
—A mí me gustaba más cuando no tenías confianza para reprocharme por cualquier cosa.
Ella soltó una risa corta.
—No te reprocho por cualquier cosa.
—Sí lo haces, y bastante seguido. Y además, soy yo el que termina ordenándolo luego.
Ella negó con la cabeza, todavía sonriendo, y el tema murió ahí, sin más.
—Tenía una gala hoy. —Él dejó caer la frase de manera casual.
Mili lo miró.
—¿Sí?
—Pensé en preguntarte si querías venir… pero será bastante exposición.
Mili no contestó nada mientras acomodaba una silla detrás de la mesa.
—¿Irías? —preguntó él, mirándola de lado.
Mili negó frunciendo un poco la nariz.
—La verdad… salvo que fuera porque lo necesitarás y no tuvieras otra opción… no.
Ella dudó un segundo.
—¿A qué hora es?
—En un par de horas —respondió él—. Pero supuse que no irías, así que ya lo tenía decidido. Cancelaré.
Ella lo miró, casi inmediata:
—Claro que no.
Pausa breve.
—Claro que sí. ¿Comemos aquí? ¿Quieres ver algo?
Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Él se encogió de hombros.
—Me da igual, Mili —y lo decía en serio.
Se movió con naturalidad hasta el living, se dejó caer en el sofá, soltando el cuerpo. Le dio un mordisco a la manzana.
—¿Estás seguro?
—Sí, yo también tuve una semana intensa… —dijo como pensando seriamente—. Además, el lunes viajo otra vez. Prefiero quedarme aquí.
Mili lo miró de costado, insistiendo un poco más.
—Francis… podrías ir con cualquiera. Seguro tienes múltiples opciones para acompañarte… —le soltó con mucha naturalidad.
—Eso es verdad —dijo coqueto.
Y luego negó, serio, simple, restando peso.
—No le avisé a nadie. —Pausa—. No me apetece hacer nada por compromiso.
—No insistiré. Si prefieres podemos salir a cenar. Sophie me había escrito… pero le había dicho que no tenía ganas.
—Si le dijiste que no a ella, no voy a cambiarte los planes, nos quedamos aquí.
El silencio volvió a instalarse, cómodo.
—Bueno. Yo pensaba cocinar algo… pero como prefieras, podríamos pedir sushi.
—Sí, aunque me encanta tu comida, no te haré trabajar. Pidamos —y como recordando algo añadió—: Conseguí entradas para la semana que viene. La obra que querías ver.
Mili levantó la mirada.
—¿En serio? Estaban agotadas —dijo sorprendida.
—Sí. Podemos ir todos. Tengo seis. Pero Caroline y Vince no sé si podrán.
Ella sonrió.
—A Sophie le va a encantar.
—Luc dirá que no y después va a aparecer igual.
Ella rió.
—Seguro. Bueno voy a ducharme. —dijo, girándose hacia el pasillo.
— Quédate si quieres… creo que ya te sientes como en tu casa...
—Te espero. Pido el sushi. En el de la última vez, que te gustó mucho.
Ella asintió.
Francis se quedó sentado un segundo más en el sofá, como si quedarse no fuera una decisión, solo algo más a esta nueva comodidad.
Mientras el agua corría en el baño, Francis cambió la música, abrió un cajón sin preguntar y acomodó las raquetas donde claramente no era la primera vez que las dejaba.
Cuando Mili volvió, con el pelo húmedo, una camiseta lisa color rosa claro y un jean clásico, él ya estaba en la cocina.
—¿Ya llegó?
—Sí. Si tardas tanto en bañarte, los del cambio climático no serían muy fans tuyos.
Mili rió sabiendo que era verdad.
—Fui a buscar un vino a casa.
—Pero aquí había. ¿No los encontraste?
Él sonrió.
—Es que quería este —dijo señalando una cosecha especial.
—Eres un poco quisquilloso a veces.
—Solo tengo claro las cosas que quiero, vecina.
Mili lo observó con cierta resignación divertida.
Se sentaron a cenar en la barra, dos copas de vino, enfrentados. En un momento, ella le quitó un trozo de su plato sin pedir permiso. Él ni siquiera reaccionó, mientras le seguía explicando sobre un viaje que quería hacer para hacer surf.
Hablaron de cosas pequeñas, del trabajo, de la semana que venía. En un momento él empezó a contarle sobre la casa del campo de sus abuelos, y terminó hablando de cómo de niño había grabado su nombre en un tocadiscos antiguo con un cortaplumas para que no se lo llevaran de la casa.
Mili lo escuchó con una sonrisa.
—Te llevo este verano si quieres, algún fin de semana. Así te lo muestro. Es un lugar precioso. Queda a poco más de una hora, podríamos ir y volver en el día. O quedarnos.
—Sería bonito —dijo Mili.
Más tarde, terminaron en el living, con la música baja y la luz todavía entrando por la ventana, de los días que se alargaban como una caricia en esta época del año.
Él estaba recostado en el sofá grande. Mili, en uno de los sillones más pequeños, al costado.
Fue él quien rompió el silencio que se había instalado mientras simplemente escuchaban la música. Lo dijo casi sin querer.
—Tuve una discusión fuerte con mi padre. Hacía meses que no teníamos una.
Mili lo miró desde el sillón de al lado.
—¿Cuándo?
—Ayer a la tarde.
Pausa.
—No estamos peleados. Pero me dejó bastante molesto. Ya me había desacostumbrado.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
Francis miró el techo un momento antes de responder.
—Un contrato. Él quiere hacer las cosas de una manera, yo de otra. Me dijo que cedía, que lo gestionara yo… y yo con la vorágine no pude verlo, él no pudo esperar y actuó como quiso igual. Como siempre.
—Eso es lo que más fastidia. No la discusión en sí.
Mili asintió despacio.
—Lógico, entiendo que te fastidie.
—¿Puedo decirte algo?
Él la miró de reojo.
—Depende.
Ella rió, y él sonrió.
—Tengo que confesarte que, en esta… estoy de acuerdo con tu padre.
Francis frunció el ceño levemente.
—¿Perdona?
—Lo que hizo tiene sentido, Francis. No puedes estar en todo. En algún momento tienes que soltar.
—No es soltar. Es que yo iba hacerlo, pero tenía otras prioridades.
—Francis, te he escuchado estos meses. Quieres estar en todo. Porque esa cabeza puede. Pero, aunque hoy tengas la obligación de la dirección general, no todo tiene que pasar por ti, es que te cuesta delegar.
Él no respondió de inmediato.
—No es un tema de delegar.
—Por supuesto que sí.
Pausa. Francis apoyó un brazo sobre los ojos.
—Es irritante cuando haces eso.
—¿Qué cosa?
—Darme la razón a medias y después quitármela entera.
Mili hizo una mueca divertida ante su frustración.
—Es que tu padre no debería incumplir lo que promete, eso es verdad. Pero tampoco debería tener que esperar a que puedas con todo.
—Quizás entienda el punto —dijo él al final.
Mili no dijo nada más. Escucharon unos minutos cómo terminaba la canción, cada uno en su mundo.
Francis la miró de reojo. Ella estaba mirando el techo, medio recostada también, relajada.
—Gracias.
Ella giró la cabeza y lo miró con genuina sorpresa.
—¿Por?
—Por escucharme. Aunque no me des la razón.
A ella se le curvaron los labios, volvió la mirada al techo.
—No me agradezcas. Solo intento ser una buena amiga
Él cerró los ojos.
—Lo eres, Mili… Demasiado.
Se quedaron un rato más conversando de los días siguientes hasta que Mili bostezó.
—Ok. Mi señal de retirada. Vete a la cama o te quedarás dormida en el sillón y me culparás del dolor de espalda.
Ella sonrió, se levantó y lo acompañó a la puerta. Le dio un beso en la mejilla.
—Buenas noches —dijo él.
Ella volvió a bostezar.
—¡Buenas noches!
Y salió tranquilo, con esa calma extraña de cuando algo ya existe, aunque nadie lo haya nombrado.