Capítulo 13 - Un encuentro que no era destino #2
La conversación fluyó con naturalidad. Risas, comentarios cruzados, copas que se llenaban. Vince y Caroline se retiraron al cabo de un rato —la maternidad marcaba horarios invisibles— y el grupo quedó reducido a cuatro.
La dinámica se volvió más íntima. Una canción en el piano empezó a sonar y las miradas de los futuros esposos se cruzaron como un código interno.
Sophie se levantó y fue hacia Luc, que se apoyaba contra una columna.
Ella le acomodó el cuello de la camisa con un gesto automático; él respondió tomándole la mano y besándosela. Había amor. Un lenguaje propio.
Francis y Mili apartaron la vista al mismo tiempo. Él hizo un leve gesto hacia la barra. Ella entendió.
Caminaron juntos, conscientes de cada centímetro de distancia.
Desde allí, la ciudad se desplegaba como un escenario privado.
Las luces del London Eye giraban a lo lejos, cambiando de color con una lentitud hipnótica.
Pidieron algo de beber y avanzaron hacia uno de los balcones, mientras sus amigos quedaban atrás, sumidos en su propio universo.
Se quedaron de pie, mirando la ciudad. El silencio no pesaba. Era una pausa que necesitaban.
Francis bajó la mirada. Vio el bolso. Lo reconoció.
Y volvió a sus ojos con una sonrisa distinta, más pequeña, más privada.
Ella lo notó. Desvió los ojos hacia el bolso, acomodándolo con un movimiento leve, y asintió con una sonrisa y un rubor en las mejillas que bien podía camuflarse con el frío que se colaba de vez en cuando.
Él rompió el silencio.
—¿Te hiciste ese vestido a medida… o es la suerte de haber nacido con esa gracia?
El tono era ligero. Pero su mirada no. Ella lo miró de reojo.
—Lo dice quien aterrizó hace quince minutos después de haber discutido por el futuro del mundo y parece listo para una portada.
Él se mordió levemente el labio inferior, complacido por la réplica.
—Verte me renueva.
La frase quedó flotando entre los dos. Ella fue la primera en apartar la vista.
La brisa le desordenó el cabello y esta vez no hizo el gesto automático de apartarlo.
—Siento que necesito decirte algo que he estado pensando… o sintiendo —admitió Mili, interrumpiéndose a sí misma—. No lo tengo del todo claro. No lo tengo tan ordenado como me gustaría, de hecho. Quizá no me salga perfecto.
Él giró el cuerpo hacia ella, cerrando el mundo en ese balcón sin invadirla.
—Tienes toda mi atención.
Ella entrelazó los dedos, consciente de que estaba más nerviosa de lo que quería admitir.
—Hay cosas que quizá no sabes… y no sé si debería contarlas, pero si no lo hago siento que no estoy siendo del todo honesta contigo. —Levantó la mirada, forzándose a sostenerle los ojos—. Estuve diez años con alguien. Diez. Fue una parte enorme de mi vida.
El viento volvió a moverle el cabello y esta vez sí lo llevó detrás de la oreja.
—Cuando todo terminó, no fue fácil para mí.
Fue, de hecho, todo lo contrario. Hoy me ves entera, y lo estoy…
pero hace no tanto no me sentía así. Me costó muchísimo llegar a este punto.
—Su voz perdió firmeza—. Y no quiero perderlo.
—Una pausa larga la envolvió—. Tal vez te estés preguntando por qué te digo todo esto.
—Un poco. Aunque creo saber hacia dónde vas —admitió él, sin ironía.
Ella dejó escapar una risa nerviosa.
—Lo que intento decir es que estuve mucho tiempo dentro de una rutina muy clara.
Ahora estoy aprendiendo a estar sola. Y esta nueva cotidianidad que estamos teniendo…
me desordena. No porque no me guste, sino porque no quiero interpretar —ni que interpretes— algo que quizá no es.
No quiero generar expectativas que no pueda sostener.
—Soltó el aire con frustración contenida—.
No puedo permitirme perder la estabilidad que tanto me costó reconstruir.
La frase quedó suspendida entre los dos mientras el viento cruzaba el balcón con más fuerza.
Francis no respondió de inmediato. Se llevó una mano a la barbilla, fijo en ella con una densidad nueva, como si procesara el peso exacto de cada palabra.
El silencio se alargó lo suficiente como para que ella empezara a preguntarse si había dicho demasiado.
Mili tragó saliva. Sintió el frío recorrerle los brazos y se abrazó a sí misma de manera inconsciente.
Él bajó la mirada hacia ese gesto. Ahí reaccionó.
—Tienes frío.
Se quitó la chaqueta con calma y la colocó sobre los hombros de ella. Sus manos rozaron sus brazos al acomodarla, sosteniendo el contacto un momento más de lo necesario, buscando asimilar lo que estaba sintiendo.
Ella levantó la vista. Demasiado cerca. Por un instante estuvieron respirando el mismo aire. Él no se movió. La miró como si estuviera reconociendo algo nuevo en ella… y en sí mismo. La había sorprendido con su acercamiento, pero ella también lo había hecho con sus palabras.
Mili entornó los ojos evitando el contacto y, recién entonces, él dio un paso atrás.
Francis se giró un momento hacia la ciudad antes de volver a fijar los ojos en ella.
—Mili, hay algo que no me quedó claro. ¿Lo que deseas es que no nos veamos más… o que deje claras mis intenciones?
Ella reaccionó enseguida, nerviosa, abriendo mucho los ojos.
—No, no. Perdona. En mi cabeza sonaba más sencillo. Siempre digo lo que siento y después me pregunto si debería haberlo hecho. No supe explicarme bien.
—No te arrepientas —dijo él con suavidad—. Eso es exactamente lo que me gusta de ti.
Ella apretó los labios en una línea recta y él lo entendió: eran frases como esa las que a ella la desestabilizaban. Iba a añadir algo más, pero se contuvo.
Ella se irguió con más firmeza.
—No me gustaría que dejemos de vernos. Me siento cómoda con lo que tenemos hoy.
Pero es esto. Solo esto lo que puedo sostener contigo.
No quiero que se interprete como algo más.
No quiero que pienses que estoy jugando ni que no estoy siendo clara con lo que busco.
Puede que esto no sea lo que esperas y si deseas no seguir en contacto… lo entenderé.
Él sonrió, descolocado de una manera nueva. Ninguna mujer lo había puesto antes en esa posición; le resultó incluso irónico.
—Eres una mujer muy interesante, Milagros.
Y si esa es la cuestión… sí, puedo respetar tus límites.
Podemos vernos y disfrutar lo que ya existe, dentro del encuadre que tú decidas.
No voy a hacer nada que te haga retroceder.
Mi intención está lejos de que te sientas incómoda conmigo.
Y si alguna vez cruzo una línea, me lo dirás y lo corregiré.
Dio medio paso hacia ella para apartar un mechón que el viento había vuelto a desordenar y cediendo espacio con la misma calma con la que se había acercado.
Exhaló despacio. Él continuó, bajando la voz:
—Anoche te dije que era un caballero. No siempre lo soy. Pero no me interesa portarme mal contigo.
Ella asintió lentamente. Él exhaló.
Mili lo miró con una dulzura involuntaria. Él sostuvo esa mirada un instante más y negó con la cabeza.
—No me mires así… porque lo vas a hacer más difícil de lo que acaba de sonar.
Ella soltó una risa baja. Francis sostuvo esa idea en silencio. Sabía que lo que había entre ellos no era algo que pudiera etiquetarse con facilidad.
Era un territorio liminal.