Cada paso me condujo a ti Capítulo 5 - Disculpas y verdades a medias
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Capítulo 5 - Disculpas y verdades a medias

M ilagros estaba en el salón, después de casi una hora de yoga. Hacía sirsasana, la postura invertida: los pies en el aire, el cuerpo sostenido por los brazos y la cabeza firme contra el suelo.

Escuchó la puerta abrirse.

Francis intentó ser sigiloso, pero ella notó al instante cómo recorría el ambiente con la mirada, se detenía en ella y reparaba en el sofá, la mesa y los cojines. Como quien llega a una escena e intenta leerla antes de que alguien se la cuente.

Ella se incorporó con naturalidad, aunque la incomodidad le cruzó el rostro antes de que pudiera disimularla.

—Discúlpame, no quise interrumpirte.

Vestía la misma ropa, visiblemente desaliñada. Los ojos enrojecidos, el cabello ligeramente revuelto. No había vergüenza en su postura, pero sí una tensión contenida, como si midiera cada gesto. Se pasó una mano por el pelo.

—¿Podemos hablar?

Aquellas palabras nunca anticipaban algo sencillo. Milagros señaló el sofá.

—Claro. ¿Quieres algo de beber?

—Agua está bien.

Ella lo miró un momento.

—Creo que un café te vendría bien también.

Él sostuvo la mirada y asintió.

—Sí. Gracias.

El aroma comenzó a expandirse por el ambiente.

El televisor quedó en silencio y, casi al mismo tiempo, el sistema domótico emitió un aviso discreto con voz robótica: «Transición a rutina de mediodía».

La luz se volvió más cálida. La música cambió a una selección suave, luminosa, pensada para esa franja horaria en la que ella solía cocinar los domingos.

Milagros hizo el gesto automático de ir hacia el panel para silenciarla.

—Déjalo… por favor —pidió él con voz baja.

Ella lo giró. Francis sostuvo su mirada.

—Está bien así.

La música continuó y el espacio dejó de sentirse tan expuesto.

Se sentaron frente a frente. Cuando ella le extendió la taza, sus dedos se rozaron. Un contacto mínimo que ambos sintieron. No dijeron nada.

Al acomodarse en el sofá, algo en él se recompuso. No fue un gesto evidente, pero sí suficiente: una forma de ordenar el cuerpo, de recuperar una posición más reconocible. Por un momento, le recordó al hombre del banco. Y ese contraste, tan cercano, la descolocó.

Cuando habló, lo hizo despacio, con un deje profesional, eligiendo cada palabra antes de soltarla.

—Sé que desde que nos conocimos… todo ha sido poco convencional —hizo una pausa breve, como si corrigiera el rumbo de sus pensamientos. Le sostuvo la mirada—. Pero trabajamos juntos —exhaló, tenso—. Y si… si pasó algo así, no fue lo correcto. Te pido disculpas.

Mili frunció el ceño. Había entendido perfectamente lo que implicaba esa frase. Él sostuvo su mirada, sin saber cómo leer el gesto de ella.

—No imaginé que era ese el nivel de tu estado.

Él levantó las cejas, mostrando más sorpresa de lo que habría querido.

—¿A qué te refieres?

Ella abrió grandes los ojos.

—¿No recuerdas nada?

Hubo una pausa breve.

—Solo fragmentos. Y no estoy seguro de que no hayan sido sueños.

Ella sostuvo la taza con ambas manos, intrigada. Se tomó un tiempo largo antes de responder.

—No pasó nada.

El silencio que siguió fue incómodo. Denso. Él parpadeó.

—¿Nada?

—Nada de nada.

Francis exhaló y se movió, incómodo en el sillón.

—¿Entonces cómo llegué casi desnudo a tu cama?

—A mi cama no —respondió ella con calma—. Estabas en la habitación de invitados.

Le explicó brevemente lo ocurrido. Sin detalles innecesarios. Sin mencionar el instante en que la había atraído hacia él. Él escuchó en silencio, manteniendo los hombros tensos.

—Entiendo… Entonces… ¿Llegué sin mi chaqueta?

—Así es.

Él se levantó con un movimiento torpe, todavía algo desacompasado con su propio cuerpo. La taza se inclinó más de lo necesario y el café caliente cayó sobre su camisa blanca. Maldijo en voz baja, cerrando los ojos, como si esa torpeza terminara de confirmar lo que ya pensaba de sí mismo esa mañana.

Milagros se incorporó de inmediato y fue a la cocina. Cuando regresó con servilletas, él ya se había quitado la camisa. Otra vez el torso desnudo en su salón. Con qué necesidad, pensó ella. Evitó mirarlo demasiado.

Sin decir nada, fue hasta la habitación de invitados. Abrió la maleta de Santiago que nunca se había animado a descartar. Tomó varias opciones de muda, las dejó sobre la cama y regresó.

—Ven, te muestro dónde puedes cambiarte.

Francis la siguió otra vez a la habitación. Ella entró solo un paso.

—Fíjate si algo te queda, creo que son de tu talla. Puedes bañarte, usar mi teléfono de empresa, mi ordenador… lo que necesites.

Él tomó el teléfono con cautela.

—La clave es mi cumpleaños. 07-01.

Ni bien lo dijo, se arrepintió.

—¿Tu cumpleaños? —preguntó él.

Ella asintió.

Y por un instante se hizo visible todo lo que esa escena implicaba: la ropa de Santiago abierta frente a ellos, su vecino semidesnudo en su casa. Demasiadas emociones superpuestas. Él lo notó. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de invadir su espacio. Se frotó las manos.

—Gracias por no hacer de esto algo peor.

Ella solo esbozó una mueca de aprobación. Nada más.

—Espero que lo puedas resolver.

Salió de la habitación.

Minutos después, Mili decidió salir y pensó que debía avisarle. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Se detuvo unos milisegundos: Francis estaba con la toalla envuelta en la cintura, terminando una llamada. Cuando levantó la vista la vio girándose para irse y maldijo por lo bajo.

—Dejé la puerta abierta. Lo siento. Espera.

Francis salió al pasillo. Ella lo escuchó y se dio vuelta para mirarlo.

Él juntó las manos en señal de disculpa. Mili soltó el aire, aflojando los hombros.

—Venía avisarte que iba a salir un momento. Ir al mercado, comprar algo. —Se llevó una mano a la mejilla—. Necesito que esta situación termine lo antes posible.

No era enojo. Era saturación. Él asintió.

—Lo siento. De verdad. Si puedes esperar quince minutos, te acompaño. Déjame al menos serte de ayuda con esto antes de irme.

—No es necesario.

—Para mí lo es… Por favor. Estoy esperando que mi padre envíe las llaves del apartamento con el chófer. Bajo contigo para confirmar si mi coche está aquí.

—Está bien. Te espero.

Veinte minutos después, ella estaba en el sillón, envuelta en una manta, leyendo algo en el móvil. Francis salió de la habitación con el pelo húmedo, renovado y vestido con la ropa de Santi.

—Parece que usamos exactamente la misma talla… —comentó con una sonrisa cuidadosa—. Te la devolveré hoy mismo si es necesario, no quiero causarte ningún problema.

Le quedaba muy bien. Demasiado bien. Ella le sonrió, pero en sus ojos había tristeza.

Ese pantalón negro había sido uno de sus últimos regalos de Navidad.

Llevaba también una de esas camisetas blancas básicas que Santi solía tener por decenas.

En Francis se ajustaba un poco más, marcando los brazos y el abdomen.

Algo en el interior de Mili se movilizó.

—No, no es necesario. No hace falta que la devuelvas —lo miró con firmeza, cortando cualquier intento de conversación sobre el tema.

Él asintió en silencio, entendiéndolo todo.

—¿Vamos? —preguntó con calma.

Mientras Mili comenzaba a calzarse, él regresó con una sudadera gris de Santi que ella ni recordaba.

—Si no te importa… —dijo, señalándola.

Ella negó con la cabeza. Se puso el abrigo y salieron.

Al llegar a la esquina, él confesó que nunca había caminado por esa zona.

—No me sorprende —respondió ella, sonriendo.

En el mercado, compró lo básico: verduras, pasta fresca, vino y algunas cosas para el desayuno. El dueño la saludó por su nombre desde la caja.

—¿Lo de siempre, Milagros?

—Y pan de semillas —respondió ella.

Francis la miró con una mezcla de desconcierto y ternura.

—¿Tienes "lo de siempre" en un mercado? —preguntó en voz baja.

Ella alzó un hombro.

—La gente normal compra comida en lugares normales.

Él sonrió.

—Acabas de cambiar mi percepción del mundo.

Mili señaló un estante.

—¿Me pasas esa caja de pasta?

Francis levantó una ceja.

—¿Esto es pasta? —preguntó con genuina desconfianza. Ante la mirada de Milagros, levantó los hombros—. No cocino.

Ella giró la cabeza.

—¿Nunca?

—Nunca.

Ella hizo un gesto de confirmación.

—Debí suponerlo. Error mío.

Se detuvo frente al estante de cosmética y tomó un jabón líquido para leer la etiqueta. A su lado, Francis cogió una cajita cualquiera por pura inercia. La giró entre los dedos, distraído. Mili lo miró de reojo.

—¿Te vas a llevar eso?

Él alzó la vista, sorprendido, y sonrió.

—Sabes que ahora mismo no puedo llevarme nada. No tengo ni tarjeta, ni billetera… ni móvil para ofrecerme caballerosamente a pagarte la compra.

Ella siguió mirando el estante, como si nada.

—No, solo lo comentaba. Puedo pagártelo si quieres.

Francis soltó una risa baja, observando la caja.

—No tengo ni idea de qué es esto.

Entonces ella giró la cabeza hacia él.

—Solo me preguntaba si, además de todo, consumes mi competencia.

Francis chequeó el producto con más atención. Era un jabón exfoliante corporal. Volvió a mirarla, con una sonrisa de lado.

—Podría jugar la carta de que jamás traicionaría a uno de mis clientes… —hizo una pausa—. Pero la realidad es que no consumo ninguna de estas cosas. Aunque… supongo que esto es más femenino, ¿no?

Mili arqueó una ceja.

—Podría decirse… aunque técnicamente podrías utilizarlo.

Se detuvo.

Demasiado tarde.

—Entonces debería tener uno en el estante del baño, de tu marca por supuesto. Por si acaso alguien quiere utilizarlo o me explica cómo podría aplicárselo.

Francis amplió su sonrisa ladeada. Ella suspiró, incómoda.

—Creo que no me expliqué correctamente.

—Yo… creo que te entendí perfectamente.

Mili sintió el calor subirle por el cuello y desvió la vista hacia el estante.

Al salir, quiso cargar las bolsas, pero él no la dejó. Insistió lo justo para quedarse con casi todas y le dejó a ella una ridículamente liviana.

Mili lo miró de reojo.

—¿Acto de caballerosidad o agradecimiento por el alojamiento de emergencia?

Francis soltó una risa sincera.

—Bueno… un poco de las dos.

A diez metros divisaron a un hombre parado junto a un Ferrari negro. Era inconfundible: el señor Brixton, treinta años mayor y un reflejo exacto de su hijo. Los observó, fijándose en las bolsas y la ropa deportiva.

—Esta es una imagen que no me esperaba en lo absoluto —dijo a Francis, mirándolo con severidad contenida. Su mirada descendió a las manos de su hijo—. No es habitual verte cargando compras.

Francis tensó la mandíbula.

—Padre…

El señor Brixton ignoró la advertencia y se enfocó en Milagros.

—Srta. Duhan, un placer conocerla personalmente.

Aprovecho la ocasión para agradecerle que haya asistido a mi hijo en esta situación tan desafortunada —volvió la vista a Francis, midiéndolo—.

Espero que se haya comportado correctamente con usted; sepa que la compensaremos.

Además de cliente, es nuestra inquilina.

Mili se sorprendió ante esa revelación; ella no había firmado el contrato, lo había hecho Vince. Pero lo que más le llamó la atención fue otra cosa. ¿Compensarla?

—Un gusto conocerlo, señor Brixton. Y no tiene nada que compensar —respondió Mili, inquieta pero firme—. Francis no hizo nada incorrecto. Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar: asistirlo porque lo necesitaba.

Francis la miró de inmediato, sorprendido. No esperaba esas palabras, ni mucho menos que las pronunciara con tanta convicción. Por un instante perdió la compostura, y esa breve fisura no pasó desapercibida para su padre.

El señor Brixton la observó a ella primero.

Luego miró a su hijo con una frialdad que no era indiferencia, sino exactamente lo contrario.

Cuando Francis volvió a encontrarse con la mirada de su padre, lo vio igual de gélido, pero con un destello distinto.

Como si, en ese cruce silencioso, hubieran compartido una revelación.

—Voy a acompañar a la srta. Duhan con sus bolsas y enseguida regreso —dijo Francis rápido, queriendo cerrar el encuentro.

—Encontré que tu coche estaba en tu otro apartamento —respondió el padre, señalando el Ferrari—. Allí estaba tu chaqueta con las llaves de este piso. Los acompaño.

Subieron en silencio en el ascensor y continuaron así hasta las escaleras. Fue allí, en el descanso delante de su puerta, donde el señor Brixton rompió el silencio.

—Srta. Duhan, ¿qué le parece el apartamento? ¿Está usted cómoda aquí?

—Sí, señor Brixton. Es justo lo que estaba buscando.

El señor Brixton asintió.

—Me alegra saberlo. Nos gusta que nuestros inquilinos estén a gusto.

—Lo estoy. Muchas gracias.

—Excelente.

Ella abrió la puerta. Francis dejó las bolsas, retrocedió y le estrechó la mano, agradeciéndole con seriedad. El padre hizo lo mismo.

Dos horas después, Milagros estaba en la cocina. Con música suave de fondo, preparaba un salteado de verduras con una copa de vino en la mano.

Tocaron el timbre.

Era Francis. Vestido ya con su propia ropa, con gesto dulce en su mirada.

—Me había quedado con tu móvil laboral, lo siento —dijo, extendiéndole el aparato.

Ella lo recibió y sonrió.

—¿Estás bien? —La pregunta sonó más preocupada de lo que hubiera querido transmitir.

Él asintió y, sus ojos se suavizaron, mostrándose más dulces de lo que ella le había visto hasta ahora.

—Te devolveré la ropa después de la tintorería.

—Oh, no. No es necesario.

Francis aspiró el aire del ambiente y sonrió.

—¿También sabes cocinar? Huele muy bien. Eres una mujer muy completa, srta. Duhan.

Ella negó con una sonrisa leve.

—Son solo verduras, no te creas tanto.

Él se acercó un paso más, sosteniéndola con la mirada.

—Muchas gracias por todo —dijo con voz grave.

Se inclinó. El beso en la mejilla duró un instante, pero ella sintió el calor de su piel, la cercanía de su respiración y el leve roce de su mano en su brazo antes de soltarla.

Francis se dio vuelta y se fue.

Ella no se movió de inmediato. Lo vio descender las escaleras hasta desaparecer. Cerró la puerta despacio, como si un gesto brusco pudiera romper algo.

El salón era el mismo de siempre. La música, el vino, las verduras en la sartén.

Pero no terminaba de sentirse igual.