Capítulo 4 - Diciembre y sus sorpresas
E ra el primer domingo de diciembre, temprano por la mañana.
El frío se notaba y la oscuridad también.
Londres se había transformado. Árboles de Navidad en cada esquina, luces resplandecientes cayendo desde las fachadas y arreglos que convertían las calles en algo distinto.
Era un espectáculo esperado; una buena forma de mitigar la tristeza de saber que la noche caía antes de que el sol llegara a asomarse.
Mili lo miraba desde adentro. Se sentía identificada con la ciudad en esa época del año.
Había algo en ese escenario que siempre la encontraba en el mismo lugar: esa capacidad de mutar que tenía Londres para seguir brillando, aunque la oscuridad se apoderara de ella.
Como si la ciudad hubiera aprendido a no rendirse, sabiendo que el brillo no tenía que venir de adentro para ser real.
Caminar por esas calles la hacía sentir dentro de una película navideña, y eso la hacía sonreír la mayoría de las veces.
Había terminado de leer un contrato. Pensaba demasiado en todo lo que se avecinaba. Ese año no quería repetir nada: ni forzarse a compartir, ni aceptar planes solo para disfrazar las ausencias. Lo haría distinto porque así se sentía.
El pensamiento llegó solo.
Habían pasado semanas desde que él le había dejado una tarjeta en la mano, sin que pudiera decidir si había sido algo planeado o un simple gesto profesional.
Desde entonces, arrastraba una sensación que todavía no sabía cómo leer.
No se habían vuelto a cruzar, ni siquiera por casualidad.
En el edificio, su presencia seguía siendo una idea más que una certeza.
Había visto movimiento: gente entrando y saliendo, personal de servicio; señales suficientes para saber que alguien habitaba allí arriba. Pero no a él.
Más de una vez, después de una jornada agotadora, se había quedado con el teléfono en la mano.
A punto. Siempre se detenía. El acuerdo que habían cerrado resultó decisivo para la empresa.
Tenía motivos reales, pensaba. Escribirle era una cuestión de cortesía, de lógica profesional.
Pero en el fondo sabía que no era del todo cierto.
Unos días antes, ya en la cama, el impulso fue distinto. Se dijo que sería algo rápido, casi automático. Sabía que existiría información, alguna imagen, algún rastro inevitable. No pensó demasiado antes de buscarlo.
Lo que apareció la descolocó.
La primera imagen era una portada de Forbes.
“El heredero”, decía. Se rió. No terminaba de entender ese mundo.
Era de hacía años —se lo veía más joven—, pero el traje azul marino, la postura segura y esos ojos ladeados en una expresión difícil de descifrar la retuvieron un instante de más.
Había algo en esa imagen que no encajaba con lo que ella había conocido. O quizá sí.
Apartó la mirada.
Lo siguiente era más reciente: su nombre seguía figurando en las listas de los solteros más codiciados.
Eso, al menos, descartaba algo evidente, aunque no significara nada en concreto.
Demasiada información empezó a aparecer de golpe.
Leyó por encima: titulares, nombres, referencias que se repetían.
Mujeres. Poder. Escándalos insinuados con esa discreción que dice más de lo que oculta.
No entró en nada; no hizo falta. Entre las imágenes, creyó reconocer una figura que se repetía más de una vez, siempre cerca, siempre presente.
No quiso comprobarlo. Dejó que la curiosidad se apagara sola.
Cerró la búsqueda.
Aun así, la imagen volvió a conectarla con el hombre que había estado sentado frente a ella en el banco.
Permaneció unos segundos flotando en un lugar que no terminaba de incomodarla, pero que tampoco se sentía del todo bien.
Había decidido, por ese mismo motivo, no hablar con sus amigas de él.
No porque fuera importante, sino justamente para evitar que lo fuera.
No había sentido rechazo, sino distancia. Y en esa distancia encontró una forma de certeza. Esa noche se había ido a dormir con las ideas claras: no escribirle no había sido una duda, sino una decisión acertada.
Pero esa mañana gris, la curiosidad volvió. Desvió el pensamiento a lo que tenía que hacer, agradeciendo su autocontrol. Era mejor mantener el desconocimiento.
Se asomó por la ventana: había algo de movimiento y un poco más de claridad. Empezó a sentirse inquieta. Salir a correr siempre le ordenaba la cabeza cuando dejaba de ser una buena compañía para sí misma.
Eran casi las ocho. Se ajustó la chaqueta deportiva y cerraba la puerta cuando lo vio subir por las escaleras.
Francis.
Parecía llegar de una noche larga. El bronceado de la primera vez había desaparecido; su piel clara hacía resaltar aún más el azul de sus ojos.
Despeinado, con la camisa apenas desabrochada y un rastro inconfundible de alcohol.
Se detuvieron al verse. Él apoyó una mano en la pared, buscando estabilidad.
—Hola… ¿sales? —preguntó con voz rasposa.
—Hola, Sr. Brixton —asintió, mucho más incómoda de lo que dejaba ver—. Voy a correr.
Él bajó la mirada hacia su ropa deportiva. El contraste la golpeó: el hombre impecable del banco, ahora apoyado frente a ella, con los ojos enrojecidos y el perfume mezclado con alcohol.
—Hace frío —murmuró.
—Me tengo que preocupar entonces, si lo notaste en este estado.
La ironía salió antes de que pudiera medirla. Él no reaccionó.
—Puede que también llueva… —dijo con la voz ronca, casi distraído.
—Qué original… un inglés hablando del clima.
Se arrepintió en el mismo instante. No había confianza suficiente para ese tono.
Sus ojos permanecieron fijos en los de ella.
—Tengo gimnasio en casa, si quieres…
La frase quedó suspendida. Ella no respondió, manteniendo una distancia limpia. Él cerró los ojos y negó por ella.
—No quieres…
—Estoy acostumbrada al frío.
Estaba a punto de despedirse cuando él murmuró:
—¿Me ayudas a subir?
Hizo un leve gesto hacia los escalones que aún quedaban.
Ella dudó, pero terminó acercándose. Él pasó el brazo por encima de sus hombros; Mili sintió el peso real de su cuerpo, el calor y el olor a alcohol.
Se acercó más de lo necesario y su propio cuerpo respondió distinto a lo que su mente le pedía, incomodándola. Subieron despacio.
Al llegar al rellano, él volvió a apoyarse en la pared. Ella esperaba que se dignara a darle las llaves para abrir, pero él no se ponía en marcha.
—Francis, ¿tienes las llaves?
—No… —Buscó en los bolsillos con torpeza—. Puede que estén en mi saco…
—No llevas saco, Francis. ¿Condujiste así?
Él negó con la cabeza, con los ojos cerrados.
—No sé por qué estoy aquí… —Abrió los ojos y la vio mirándolo. Sonrió—. Ah… sí sé.
—¿Sabes qué exactamente? ¿Dónde tienes las llaves?
Él no contestó, solo sonrió una vez más.
—Esto es absurdo —dijo ella, exhalando.
Francis se quedó así unos minutos, vulnerable de una forma que desarmaba cualquier reproche. Mili tomó una decisión.
—Ven. Vamos a mi casa.
Volvieron sobre sus pasos al descanso. Él se apoyó en la pared mientras ella abría la puerta de su casa. La miró fijamente, con los ojos entrecerrados, procesando la escena.
—Tienes… un brillo —murmuró, con la vista fija en ella—. Todo alrededor.
Ella parpadeó, desconcertada.
—Lo dirás por mi pelo, Francis.
Él la observó con una expresión perdida y extrañamente serena.
—Eres... graciosa —dijo al fin, casi para sí.
Ella empujó la puerta y lo condujo adentro.
Avanzaron por el pasillo hasta la habitación de invitados.
Al entrar, él se soltó de su brazo y dio un par de pasos hasta apoyarse contra la pared junto a la cama, con los ojos cerrados.
Ella pensó que se sentaría, pero Francis comenzó a desabrocharse la camisa con movimientos lentos, aunque extrañamente precisos. La tela cayó al suelo.
Mili sintió la urgencia de salir de la habitación. Cuando llegaba a la puerta, él la llamó.
—Espera.
Ella se giró y se quedó inmóvil. Vio cómo él se quitaba el pantalón, se sentaba y se descalzaba. Cada gesto tenía la naturalidad de quien ha repetido esa escena demasiadas veces. Incluso alterado, sabía exactamente qué hacer antes de dejarse caer.
—Si no me necesitas, me voy —atinó a decir, sin saber bien si él registraba su presencia.
—Ven…
Se quedó tiesa. La orden la descolocó.
Él se dejó caer sobre la cama en ropa interior, ocupando el centro sin reparar en nada más. El cuerpo era exactamente lo que la ropa insinuaba: hombros anchos, abdomen definido, la piel clara bajo la luz tenue. Era peor así.
Se debatió sobre si debía dejarlo tal como había caído; no era su responsabilidad. Pero la idea de que despertara desorientado, destapado y en una habitación ajena le produjo una punzada que mezclaba compasión y algo más difícil de nombrar.
Tomó una manta y se acercó con cautela. Inclinándose sobre la cama, estiró la tela sobre su pecho. Al rozar sin querer su torso, él reaccionó.
Le tomó la mano sin medir la fuerza y la desestabilizó, haciéndola caer sobre él.
Su otro brazo pasó por su espalda, cerrándose alrededor de su cintura con una firmeza inesperada.
La atrajo hacia sí con un gesto instintivo, como si su cuerpo hubiera respondido antes que su conciencia.
El cambio de peso la obligó a apoyarse con las manos sobre el colchón para no impactar por completo encima de él.
Quedó demasiado cerca.
Él entreabrió los ojos, pero no había claridad en su mirada; solo impulso. Inhaló despacio en su cuello y murmuró con la voz espesa:
—Hueles bien…
El estremecimiento que la recorrió fue inmediato y confuso. Comprendió que ese gesto no tenía que ver con ella, sino con sus hábitos y sus noches repetidas. Una coreografía aprendida. Y aun así, lo había sentido.
Se apartó con firmeza, con una incomodidad que ya rozaba el enojo, y se incorporó antes de que su cuerpo decidiera por ella. Cuando volvió a mirarlo, ya dormía profundamente.
Cerró la puerta con cuidado y se quedó unos segundos en el pasillo.
Era temprano. La mañana recién comenzaba y ya estaba completamente fuera de lugar.
Regresó al salón, apagó la música y abrió el ordenador.
Frente a una mañana truncada, decidió hacer lo único que sabía hacer cuando algo la desordenaba: trabajar.
Respondió correos, adelantó informes, organizó la semana.
Se movía con eficacia, pero cada tanto el pensamiento volvía a la habitación del fondo.
Intentaba convencerse de que no había pasado nada, que aquello no significaba nada.
Cerca del mediodía, cuando la concentración comenzó a fallar, entendió que no bastaba con productividad para silenciar lo que había sentido.
Entonces extendió la esterilla en el salón. Necesitaba volver al eje.