Capítulo 1 - Londres, un año después #3
—Creo que es un buen momento para pedirte perdón por haberte arrastrado a bares y borracheras al principio. Cuando no estabas lista y yo te empujé a citas, a noches que después no querías ni recordar. No sabía cómo ayudarte. Caroline siempre supo acompañarte mejor que yo.
Caroline negó por lo bajo, sonriendo mientras se acariciaba la barriga.
—No digas eso. Yo me dejé llevar porque, quizás, también necesitaba atravesar mi propia oscuridad. Solo que todo eso me dejaba más vacía…
La miró, encogiéndose de hombros.
—De todas maneras, aprendí. Supongo que ya no soy la misma. Esas noches me hicieron perder cierta ingenuidad.
La frase quedó colgando.
—Hoy me doy cuenta de que, si volviera a abrirme a alguien… me sentiría extraña. Como si ya no supiera bien cómo se hace. Por dónde se empieza. Cómo se habla con alguien de verdad.
Sus amigas la miraron con ternura. Bajó la vista y rió de pensar lo absurdo que se sentiría.
—Todas esas citas simplemente fueron encuentros vacíos. Donde yo no estaba presente.
Las chicas escuchaban atentas.
—Y eso me asusta más que la soledad. Porque significa que aprendí a estar presente sin estar. Y no sé si eso se deshace. Hoy me siento bien —dijo Mili finalmente—. Tranquila. Más entera que hace unos meses. Pero lo que no sé es si esto que me quedó… se irá alguna vez.
—¿Qué cosa? —preguntó Caroline.
Mili tardó un segundo.
—La sensación de que no seré capaz de amar otra vez. No profundamente.
—Mili, todo va a ir encontrando su lugar. El tiempo lo cura todo —dijo Caroline con suavidad.
—Eso dicen —respondió Mili.
—Yo creo que ahora sí estás lista para algunas citas. No porque se necesite un hombre para ser feliz. Pero ya sabes… para tener noches divertidas. Y sabes que hasta que no diga sí quiero en el altar, estoy siempre lista para acompañarte —dijo Sophie.
Caroline y Mili rieron.
—Dios, Luc ya se arrodilló, Sophie. Ahora solo tienen que poner la fecha. Aunque coincido en algo: yo también creo que estás lista para conocer a alguien. Pero en serio.
Mili las miró un segundo, les tomó a ambas de la mano y las apretó.
Caroline sonrió con ternura.
Las tres se quedaron en silencio un momento.
Fue entonces cuando Mili apoyó la mano en el vientre de su amiga, casi sin pensarlo, y algo se movió. Las dos se encontraron la mirada.
Ahí estaba. Un movimiento pequeño, inequívoco, vivo. Se quedó con la mano quieta, sintiendo ese latido ajeno que era también una bendición en su historia. La belleza de la vida en todos sus matices.
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Caroline fue la primera en anunciar que debía irse. Salieron afuera y se detuvieron en el descanso para despedirse.
Ese pequeño cuadrado de mármol conectaba, unos escalones más abajo, con el pasillo donde desembocaba el ascensor a ese último piso.
Pero hacia arriba, una escalera ancha del mismo mármol y detalles en madera continuaba hasta el antiguo pent-house del edificio, construido años atrás sobre la vieja terraza.
—Ahora sí parece que alguien se muda, ¿no? —comentó Caroline, mirando hacia el apartamento que estaba unos escalones más arriba.
Mili siguió la dirección de su mirada.
Cuando ella se mudó, el lugar todavía estaba en las últimas etapas de remodelación.
—Eso parece —respondió Mili—. Hace semanas que hay movimiento, pero hoy mucho más. Espero que no sea una familia muy numerosa. Me acostumbré a estar sola en este piso.
Sophie se quedó pensativa un segundo.
—Ah… creo que… Luc me comentó algo de este edificio cuando me trajo…
—¿Sí? —dijo Mili con sorpresa real.
—Sí, pero no le estaba prestando atención —se encogió de hombros—. Dijo algo de que había venido de chico y la historia… o algo así.
Las otras dos se rieron al mismo tiempo.
—Pobre Luc —dijo Mili—. Nunca le prestas atención.
—Te imagino. Solo asientes y sonríes —agregó Caroline.
Sophie se sonrojó, riendo.
—Chicas… no puedo seguirle el ritmo. Es una enciclopedia abierta. Me aburre cuando se pone en modo historiador.
Mili sacudió la cabeza sonriendo.
Se despidieron con abrazos largos.
Cuando se fueron, la casa quedó en silencio otra vez.
Mili recogió las tazas despacio, sin apuro. El bizcocho a medio terminar sobre la mesa. El cojín donde Caroline había apoyado la espalda todavía con la marca.
Se quedó un momento en la cocina, con las manos apoyadas sobre la encimera, mirando sin prestar demasiada atención a nada.
Podía sentarse a trabajar. Tenía cosas pendientes. Siempre las había.
Pero no.
Hoy no.
Se sirvió un vaso de agua y caminó descalza por el piso frío. Pensó, casi sin darle demasiada importancia, en hacer una clase de yoga en casa. Después cocinar algo simple. Quizás salir a caminar más tarde por el parque, sin rumbo.
Cosas pequeñas. Cosas que antes le pesaban más de lo que ella quería recordar.
Ahora no.
Ahora había algo distinto en eso. Algo más liviano. Más propio. No era felicidad exactamente.
Pero se le parecía.
Volvió al ventanal. Hyde Park seguía ahí. El otoño seguía cayendo con paciencia. Golpeó suavemente los dedos contra la encimera mientras bebía un sorbo de agua.
Había aprendido que el cuerpo puede seguir avanzando incluso cuando una no está del todo habitándolo. Ella lo había hecho durante meses.
Y ahora, por primera vez, sentía que volvía —por elección— a elegir cada paso.