Cada paso me condujo a ti Capítulo 1 - Londres, un año después
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Cada paso me condujo a ti

Cada paso me condujo a ti

Por Maria Florencia Vuolo

© inepub.com

Capítulo 1 - Londres, un año después

O ctubre amanecía con esa belleza casi insolente que Londres reserva para pocos días al año. El otoño desplegaba tonos ocres y dorados sobre Hyde Park, y las hojas descendían con una lentitud hipnótica, como si el tiempo se negara a avanzar hacia el invierno.

Desde el ventanal, Milagros sostenía una taza de café todavía caliente.

El vapor ascendía en espirales delicados y se mezclaba con la luz dorada que entraba de costado, iluminando su perfil.

A las nueve de la mañana del sábado la ciudad aún respiraba despacio; los buses rojos comenzaban a cruzar la avenida y el murmullo lejano del tráfico se filtraba como un fondo constante, casi amable.

Llevaba un suéter amplio y suave, pantalones cómodos y el cabello rubio recogido sin ceremonia. No estaba arreglada, pero tampoco descuidada.

En el reflejo de la ventana se vio distinta.

Su rostro estaba más anguloso; había perdido algo de peso.

Su cuerpo también había cambiado. La disciplina —más por silenciar la cabeza que por otra cosa— había dejado huellas visibles: líneas más firmes, una delgadez que en ella siempre se volvía elegante por la altura.

Un metro setenta que la estilizaba sin esfuerzo.

Y esos ojos celestes que el vidrio le devolvía más claros con la luz de la mañana, que siempre habían llamado la atención incluso cuando ella no buscaba hacerlo.

Se sentó en el sofá frente al ventanal, se cubrió los pies con una manta y dejó que la música suave completara la escena.

Ese departamento aún le resultaba nuevo. No por los meses —que ya no eran pocos— sino por lo que simbolizaba. Era un espacio elegido para empezar de nuevo. Miró alrededor, y durante un instante logró quedarse ahí, en la simpleza de ese equilibrio.

Pero sabía la fecha. No era un día cualquiera. Se cumplía un año desde que Santiago se fue.

Diez años compartidos no se borran. Se transforman. Se acomodan en un lugar distinto dentro del cuerpo.

Tomó otro sorbo de café. La música seguía sonando baja, envolviendo la estancia con una calidez engañosa. Miró a la gente pasar a su ritmo. Una pareja de la mano. Suspiró.

Cerró los ojos un momento. Y sin buscarlo, llegaron las imágenes.

Él en la cocina de la casa que ella había comprado con el primer gran año de éxito de la empresa, soñando convertirla en el hogar que siempre habían imaginado juntos.

Esa misma casa que, aunque en los papeles fueran de ella, él había ayudado a elegir.

Porque ¿quién mejor que un apasionado de su profesión para hacerlo?

El arquitecto que soñaba construir un mundo mejor, pensó ella un segundo, sonriendo con una nostalgia que ya no encarnaba tristeza.

Recordó la cantidad de casas que habían visto y lo horrorizados que habían salido de algunas, pero riendo. Hasta que encontraron la idónea. Sin saber que esas paredes terminarían siendo testigos silenciosos de su extinción.

El recuerdo se intensificó. Se llevó la mano al estómago. Como un eco, le llegó su voz, no completa ni exacta, pero suficiente para hacerle sentir ese momento otra vez, demasiado cerca.

Lo vio frente a ella, con los ojos tristes, marcados por el cansancio, y esa quietud que había tenido ese día. Y una frase. La que lo había cambiado todo. La que más la había golpeado.

Tú ya no me amas… no como supiste hacerlo. No de la manera en que se ama al hombre con el que lo quieres todo.

Lo que le dijo después había sido difuso, pero tenía una idea, como si el tiempo hubiera acomodado las palabras hasta volverlas más claras de lo que realmente habían sido.

Porque ese día no hubo claridad, solo una verdad que rompió el silencio que llevaban meses sosteniendo.

Santiago había puesto en palabras algo que ya no se podía negar, algo que ella no había querido ver.

Él sí.

Mili sintió cómo el estómago se le revolvía al recordarlo, esa mezcla incómoda de enojo y tristeza, de tener que enfrentarse a algo para lo que no estaba lista. La soledad.

Ella no había reaccionado bien. Recordaba haberse enfurecido. Haberle dicho cosas horribles. Haberlo acusado de cobarde. Aunque él, con mucha entereza, le había señalado que para él irse era más difícil que quedarse. Ella no le creyó.

Todavía no tenía la certeza de si eso había sido cierto o no.

Y ahí otro recuerdo apareció. El fin. Exactamente un año atrás.

Él parado en la puerta con las dos valijas. Solo ropa se llevaba; nada más. Y, sin embargo, ella sentía que se iba una vida con él.

La había abrazado. Le había dado un último beso.

Ella no había podido ni pensar ni moverse, como si se hubiera quedado detenida en ese momento durante demasiado tiempo.

Y sintió otra vez el ruido de las llaves que él dejaba para no volver a usar.

Ahí sentada en el sofá abrazada a sí misma con una melodía cálida, se sintió, por un segundo, como si realmente recién en ese momento estuviera frente a él dejándolo irse de su vida.

Y lo soltó. Relajó los hombros y exhaló despacio, como si algo por fin se hubiera desprendido de ella.

Se le escapó un adiós en voz alta, aun mirando la ventana.

Tomó otro sorbo de café, despacio.

Ya no lloraba. Pero el cuerpo todavía recordaba.

La siguiente canción de la lista la sacó de golpe de su eje.

My Girl.

La que solía cantarle su papá mientras la hacía girar por el salón cuando era pequeña. Ahí sí que no pudo evitar que alguna lágrima cayera. La dejó sonar igual.

Lo sintió como una señal. Como si le dijera: aquí estoy. Aunque no estuviera. Porque ya no los tenía a ninguno de los dos.

Había perdido a sus padres en un accidente hacía ocho años. Y por eso perder a Santiago había dolido tanto más de lo que ella misma había podido explicarse durante mucho tiempo.

Él conocía el humor de su padre y la voz dulce de su madre. Cuando se fue, esa conexión se desvaneció con él.

Un mail de la empresa entró en su celular. Lo leyó un segundo. Era una invitación formal a unos premios de reconocimiento a la innovación. Ya se lo había avisado el equipo de marketing, pero ahí estaba.

La hizo sonreír.

La empresa. Su sueño. Había sido su sostén y también, sin quererlo, el motivo de su separación.

La idea de PatagoniaPure Cosmetic había comenzado cuando era adolescente, entre bocetos e ideas sueltas que sus padres siempre habían ayudado a idear. Santiago, desde que apenas eran algo sin título, había dicho con certeza que lo lograría. Él había sido arquitecto también de ese sueño ajeno.

La empresa había empezado a tomar forma real cuando preparaba su tesis, al menos las fórmulas.

Pero no fue hasta que llegó a Londres —después de haber vendido todo lo que había heredado en Argentina, arrastrada por Santiago hacia esa ciudad enorme y ajena— que se hizo realidad. Al principio solo en un mercado online.

Y varios años después, cuando tomó estructura, alquilaron oficinas, contrataron empleados y llegaron las reuniones interminables, el proyecto despegó con una fuerza que ni ella había previsto.

Algo entre ellos empezó a tensarse. No de golpe. No con violencia. Sino con esa distancia casi imperceptible que se instala cuando dos personas avanzan en ritmos distintos.

Durante meses compartieron cama, pero no horizonte. Fueron los últimos dos años de la relación en la que todo lo que alguna vez ardió se volvió cenizas.

El año que siguió fue denso de una forma que nunca logró explicar del todo. La empresa la mantuvo a flote, aunque ella no lo eligiera conscientemente. Fue como subir a un tren en marcha: se dejó llevar porque bajarse significaba detenerse. Y detenerse, ese primer año, era demasiado peligroso.

Las noches fueron más oscuras que los días. Mucho más.

El recuerdo no le provocaba ya el mismo desgarro. Había una nostalgia gris, suave, pero no desesperación.

Mili caminó un poco por el living, estiró los pies. Sabía que vendrían, que estarían por llegar. Sus amigas.

Pensó en ellas con una ternura que todavía la sorprendía a veces. La vida le había quitado mucho, pero también le había dejado algo que no entraba en sus planes… y que terminó siendo imprescindible.

Caroline había llegado primero, por la empresa. Hoy era su directora de finanzas y su mejor amiga. Lo que las había unido no tenía que ver con el éxito, sino con algo más difícil de nombrar: la tranquilidad de saberse acompañadas, incluso en silencio.

Vince había llegado después, de la mano de Caroline.

Director del área legal. Abogado preciso, de formas impecables y una claridad que ordenaba incluso lo que no se decía.

Había sido la voz de la cordura más de una vez.

Y ahora, además, era el amor de la vida de su amiga.

Hoy no vendría, porque su amistad era como la de un hermano mayor, que solo aparece cuando la presencia de él es necesaria.

Y Sophie… había llegado desde otro lugar.

Se habían cruzado en el gimnasio, en una de esas rutinas que Mili intentaba sostener más por disciplina que por ganas.

Venía de un mundo distinto, donde los lujos estaban rozando lo inimaginable, vivía sin urgencias ni estructuras, moviéndose con una libertad que a veces rozaba la despreocupación.

Dedicaba su tiempo al arte, sin la presión de que tuviera que convertirse en nada más.

Era alegre y testaruda en partes iguales.

Y, cuando la conoció, supo exactamente que era otro complemento que le faltaba a su vida.

No había necesitado un ejército. Esos tres habían sido suficientes.

El timbre sonó e interrumpió sus pensamientos.

Se levantó despacio y caminó hacia la puerta. A mitad de camino las llaves se le resbalaron de la mano y cayeron al suelo con un golpe seco.

Se agachó a recogerlas.

El llavero quedó expuesto. No era suyo, pero era de lo poco que conservaba.

Tres iniciales. Viejas, desgastadas. Atadas a una llave que ya no abría nada.

Había cruzado un océano con ella, como si aferrarse a ese objeto fuera suficiente para sostener la idea de que todavía existía un lugar al que volver. Aunque ya no fuera cierto.

Suspiró.