7. DACRE
DACRE
Tuve que parpadear un par de veces para asegurarme de que la persona que tenía enfrente era el mellizo de Sadie y el mensaje que había oído el correcto.
«Tienes que aceptar el reencuentro...». Me hice a un lado.
Freddie pasó como si estuviese en su casa y nosotros fuésemos amigos.
Ninguna de las dos cosas era cierta. No había vuelto a verle desde la agresión que sufrió y, aunque solo sabía lo que Shonda me había comentado las escasas veces que hablaba con ella —que había dejado de fotografiar, de viajar, de salir, y que su carácter se había agriado—, poseía la suficiente información para ser consciente de que ese chico me detestaba.
Su presencia allí, más allá de su frase, no auguraba nada bueno.
Se desplazó hasta el salón de mi abuela y le dejé examinarlo.
Muchos en Santa Bárbara, movidos por la impotencia, me culpaban de lo ocurrido.
Ese tipo de cosas a veces son irracionales.
El chico que había efectuado el ataque se encontraba ingresado en un hospital psiquiátrico y sin él en el tablero necesitaban a alguien sobre quien verter su ira.
Desde que sucedió y lo vi en la televisión supe que ese alguien iba a ser yo.
Era por mis acciones por lo que el domicilio de los Sanders se había hecho público, así como la relación de Nate y Freddie, pero lo único que les podía conceder, lo que admitía, era que si todo hubiese sido distinto tal vez lo de Freddie no habría pasado. Al menos no ese día. Al menos no allí.
Freddie terminó la inspección y me dedicó una sonrisa resentida.
—¿Te ha comido la lengua el gato? Nunca creí tener el poder de dejar a Dacre Stewart sin palabras.
Venía combativo. Lo esperado. Me armé de paciencia y me acerqué a él, cauteloso, alerta, dejando un espacio entre ambos. Suponía que no, pero en el caso de que tuviese en mente hacer una tontería disponía de margen para evitarlo.
—¿Qué quieres, Freddie? —pregunté lo más aséptico posible.
Detestaba que me hablasen con desdén y si pensaba permitirlo, más allá de Sadie, era porque en el fondo respetaba al chico que tenía enfrente. Había sido buena persona, todavía lo era, y lo que le había sucedido era terriblemente injusto.
La capucha que le cubría se desplazó mostrando parte de las cicatrices.
Eran llamativas. Yo no diría que feas. Pero sí dolorosas.
Tenía la carne como las bases de plastilina en las que un grupo de niños han posado las yemas de los dedos, y además lo han hecho con insistencia.
A pesar de lo llamativo de su aspecto, traté de no mirarlas más de lo necesario y me centré en sus ojos, en aquel pozo perdido de odio, como me habría gustado que hiciesen conmigo.
—¿Y bien? —apremié.
—Vas a participar en el reencuentro. —No sonó como una sugerencia.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no me da la gana.
Se produjo un instante de silencio y traté de tranquilizarme.
Esa misma tarde, después de la llamada de Rose, había recibido otra de Shonda.
—Te esperaba hace dos horas —le había dicho.
—Imagino que Rose ha tenido que reunirse con su consejero espiritual después de vuestra charla para llamarme menos desquiciada, aunque no le ha funcionado.
Yo había sonreído. Ella siempre tan sarcástica, hablando como si todo le diese asco.
—He aceptado.
—Que has hecho ¡¿QUÉ?!
—Es coña, Shonshon, pero quería ver tu reacción. Les he dicho que no, y que mi decisión es inamovible. —Un segundo de silencio al otro lado—. ¿No estás satisfecha? Pensaba que era para lo que me llamabas, para cerciorarte de que era yo y no tu preciada chica el que la jodía.
Shonda suspiró.
—¿Cómo lo has sabido?
—Es sencillo. Vuestra racha de elección de papeles no está en su mejor momento y en un futuro quizá necesitéis recurrir a Rose.
No os interesa ponerla en vuestra contra.
A mí, en cambio, no tiene nada valioso que ofrecerme, de manera que no hay ninguna pérdida, solo el placentero regusto de contradecirla y ser testigo de cómo se desquicia.
No te culpo. Es más, lo entiendo y he cumplido mi parte.
—Ahí debería haber terminado la conversación, pero, con un tono de desinterés para nada creíble, se me escapó—: Puedes ayudarla a reflotar, ¿verdad?
—Puedo. Si me escucha, puedo. Pero no parece muy dispuesta.
Yo había asentido, evitando indagar.
—¿Tengo tu palabra de que pase lo que pase no cambiarás de opinión, Dacre?
—La tienes.
No mentía. Durante nuestra llamada aquello era cierto, y mientras hablaba con Freddie también, independientemente de que nadie se hubiese tomado la molestia de explicarle la estrategia artística de su hermana.
¿Sería verdad que ellos dos...? Procuré no pensar en la relación de los mellizos, del mismo modo que procuraba no traer a Sadie a mis pensamientos.
Habíamos dejado algo que nunca fue hacía cuatro años y después...
Después yo también acabé enfadado con ella. Tenía mis motivos.
—Vas a hacerlo —apuntó, y me harté.
—Vas a irte de mi casa.
Su expresión amenazadora captó mi atención y mi curiosidad tanto como sus palabras.
—No. O le contaré lo que hiciste.
Mostré una indiferencia que no sentía. Tampoco estaba preocupado. Simplemente quería saber. Tras el ejercicio de sinceridad que yo había llevado a cabo en su casa, a Sadie no le quedaba nada por conocer de mí. O eso creía. Con todo sobre la mesa éramos un final.
—Adelante. Seguro que a ella le encanta que le repitas una por una todas mis miserias —le animé a continuar, o puede que ese fuese su plan desde el principio. No tengo ni idea de si fue él o yo el que picó el anzuelo.
—¿También sabe que te negaste a seguir participando y ese fue el motivo de que la «priorizaran» —entrecomilló con los dedos— en Averno ?
No lo negué. Desconocía cómo había conseguido esa información, o si solo lo había imaginado.
Fuera como fuese, si se lo decía a su hermana, si Sadie lo oía y se ponía a indagar, existían serias posibilidades de que se enterase de la verdad.
Y aquello era algo que yo pretendía evitar a toda costa, y no por motivos loables. Me abrí a negociar.
—Lo que me propones es imposible. Si yo digo que sí, ella dirá que no. No importa cómo me mueva, el reencuentro no se va a celebrar.
—Entonces tendrás que hacer lo que mejor se te da, ¿no? Manipularla.
Me pareció increíble que Freddie sugiriera aquello. Increíble e incomprensible.
—¿Por qué haces esto? —Traté de averiguar lo que se me escapaba.
—Tengo mis motivos —respondió, y supe que eran rubios, altos y retirados de la interpretación para ocultarse Dios sabía dónde—. Tienes una semana.
Se dirigió hacia la puerta y me atreví a preguntarle:
—¿Cómo estás tan seguro de que voy a aceptar?
Se giró y me dedicó la última de sus sonrisas resentidas del día.
—Porque continúas siendo la misma mierda, Dacre.
Esto no lo haces por Sadie, igual que no lo hiciste en su momento.
Lo haces por ti. Para proteger el único acto de amor que crees haber llevado a cabo en tu patética existencia y no aceptar que, incluso cuando la querías, hiciste algo que ella jamás aprobaría para sentirte el héroe en la historia.
Mi corazón se saltó un latido y él añadió:
—Una semana. No tienes más.