Capítulo 8
Capítulo
Ocho
Ginevra cerró los ojos, acurrucándose entre las cálidas y reconfortantes pieles del lecho de Wolfe.
El cobertor olía a él y le provocaba un hormigueo por todo el cuerpo que la hacía ser plenamente consciente de todo.
Respiró hondo y suspiró. Había intentado decirle al guardia del rey que ella tenía una tienda aparte, pero él la ignoró.
El hombre la escoltó hasta los aposentos de Wolfe y le dijo que entrara a esperar a su marido. Y eso fue lo que hizo.
Mirando a su alrededor, se percató de que la tienda de Wolfe era mucho más pequeña que la suya.
Reconoció su baúl a los pies de la cama y su armadura sobre una mesa.
En una esquina había una bañera portátil aún llena del agua de su baño anterior.
Dentro no había fuego, así que no había más luz que el resplandor anaranjado del exterior de la gruesa pared.
Unas sombras pasaban de forma espeluznante, deformando las figuras de las personas que las proyectaban contra las lonas.
Al oír pasos fuera, se incorporó. La escaramuza de Wolfe con el asesino le había despejado la cabeza de la bruma del vino. Era poca cosa, la verdad, pero nunca había visto nada parecido. El corazón todavía le latía con fuerza cuando pensaba que Wolfe había estado en peligro.
Se deslizó hasta el borde de la cama y sus pies tocaron el suelo de tierra justo cuando se levantaba la solapa de la tienda. Pudo distinguir la silueta inconfundible de Wolfe al entrar. Él se detuvo para mirarla en la penumbra. Incapaz de leerle el rostro, preguntó:
—¿Estás bien? ¿Te ha asustado ese hombre?
—¿Asustarme a mí? —Ginevra negó con la cabeza y una risa irónica—. Tenía más miedo por ti. No creo que me guste que te pongas así en peligro. Quizá deberías tener más cuidado.
—Ese es el deber de un caballero. —Avanzando, se apartó la túnica para sacar una main gauche de su cinto.
Dejó la afilada daga sobre la mesa. El arma aterrizó con un ruido sordo.
Luego, agachándose, cogió otra hoja de su bota y la colocó junto a su compañera sobre la dura madera—.
Eso y saber lo suficiente de supervivencia para seguir con vida.
—¿Así que en eso consiste tu vida? ¿Luchas y batallas constantes? —preguntó ella, sabiendo que esa era la realidad del mundo en que vivían. Sacudió la cabeza con tristeza—. No parece muy... encantador .
Él ocultó una sonrisa y no respondió mientras una hoja que llevaba en la espalda se unía a las otras dos. Por último, se les unió una bolsa de cuero. Se acercó para mirar a su esposa, estudiándole el rostro.
El corazón de Ginevra se aceleró. Veía en sus ojos al muchacho de hacía tanto tiempo.
Le resultaba tan familiar y, a la vez, tan extraño.
Lo conocía de toda la vida y, sin embargo, no podría haber sido un misterio mayor para ella.
Balanceándose levemente sobre sus pies, escudriñó la expresión de él, intentando contener las lágrimas que asomaban a sus ojos.
—¿No ibas a volver nunca a Whetshire? Has estado fuera tanto tiempo.
—He estado en la batalla labrándome un nombre. Me he estado entrenando.
—Rob ha vuelto. Y Will también —intervino Ginevra. Sus palabras no eran una acusación, solo denotaban pesadumbre—. Seguro que el rey te habría dispensado estos últimos años.
Con delicadeza, él le llevó una mano a la mejilla. Sus ojos se desviaron hacia los labios de ella, como si deseara desesperadamente besarle la boca. Susurrando suavemente, bromeó:
—Dime, Gin. ¿Has aprendido algo más sobre el lecho conyugal desde la última vez que te vi? ¿O sigues creyendo que nuestro matrimonio se consumó con un beso?
Desafiante, ella apartó la barbilla de un respingo, disgustada por su tono.
—¿Quién te crees que eres? ¡Vienes aquí después de casi tres años sin decir ni pío ni tener consideración alguna!
¿Te atreves a cuestionar mi honor? Me dejaste la mañana siguiente a nuestra boda sin tan siquiera despedirte.
Y, antes de eso, apenas me hablaste, salvo para darme órdenes y llamarme niña.
—Ginevra, te envié un mensaje, así que no actúes como si estuvieras abandonada. Solo quería...
—No, sé lo que querías decir, y si no tienes ningún deseo de oír la verdad de mis labios, más te valdría aprender a no hacerme preguntas tan directas.
No tienes derecho a interrogarme. No sabes nada de mí.
¡Y hasta esta noche no te has molestado en estar cerca el tiempo suficiente para averiguarlo!
Salvo por los lazos familiares, eres un extraño para mí.
Él retiró la mano, claramente disgustado por el tono rebelde de ella.
—Eres mi esposa. Te conozco desde que estabas en la cuna.
—Ah, así que te acuerdas de haber pronunciado los votos.
A menudo me lo he preguntado —resopló ella, el licor haciendo que sus palabras fluyeran con demasiada libertad.
Su resentimiento por los últimos años afloró a la superficie.
Se cruzó de brazos sobre el pecho, realzando inconscientemente sus pechos.
Wolfe le bajó la mirada al generoso escote.
Sin ser consciente de sus palabras, continuó:
—Me mentiste, ¿y te atreves a cuestionar mi pureza? Si lo has olvidado, señor, fuiste tú quien me dijo que un beso consumaba nuestro matrimonio. Si soy pura, es por tu culpa. Y, si no lo soy, bueno, supongo que eso es cosa mía. Pero nunca lo sabrás, porque jamás confesaré lo que he estado haciendo.
—Ginevra —la advirtió él. Levantó un dedo para señalarle la cara. Ella se lo apartó de una bofetada.
—¿Debería preguntarte por tu pureza, mi señor? ¿Crees que soy tan ciega como para creer que todas esas mujeres de esta noche, con sus miradas bobaliconas y sus audaces indirectas, son meras conocidas? ¿Todos tus amigos te agarran el trasero al despedirse?
Wolfe se estremeció. Sabía que él no pensaba que ella hubiera visto la atrevida caricia de lady Katrina.
En cuanto pronunció las palabras, deseó haberlas callado.
Lo último que quería era halagar su vanidad masculina admitiendo que se había dado cuenta.
Él se lamió los labios mientras su mirada se desviaba hacia la garganta de ella y el pulso que allí se aceleraba.
La cabeza le daba vueltas con una sensación más turbadora que los efectos del licor.
Su cuerpo ardía por sentir la longitud del de él presionándola sugerentemente.
Se sentía como si estuviera en una nube, rodeada por un sueño, y temía poder despertarse.
—¡Lady Helewysa, lady Katrina, Anne, Anne-Marie, Mortosa, Morganna...
y esos son solo los nombres que recuerdo!
—Ginevra arrugó la nariz, luchando por mantener el control de la respuesta de su cuerpo a él—.
Y te llevaste a esa mujer, Sarra, a tu cama la noche de nuestra boda.
Yo te vi. Ahora la mujer me mira como si fuera mejor que yo.
Todo es por tu culpa. ¿Cómo pudiste hacer eso?
Es una sirvienta y apenas puedo mirarla sin estremecerme.
¡En nuestra noche de bodas! Y, además, me dejaste esperando en el altar como una tonta.
Me casé en un comedor lleno de borrachos...
y... Se supone que esa es la noche más importante en la vida de una joven.
Era la única noche de la que me habían hablado desde que tengo memoria.
Eres la única persona a la que me dijeron que... y lo arruinaste.
Wolfe mantuvo el rostro cautelosamente inexpresivo. Detectó el dolor solitario en su voz. Lo desgarró de una manera que no estaba preparado para explorar. Al ver la furia creciente de ella, intentó no sonreír. Por un momento vio un destello de una niña traviesa llamándolo perro mestizo.
Pensó en los últimos tres años, en todas las mujeres. Ella no había empezado a enumerar ni la mitad de ellas.
—Solo eras una niña, no una mujer. No podía acostarme con una niña.
Pensé que era mejor dejarte, darte más tiempo para tu niñez.
¿Habrías preferido que te forzara? ¿Dejarte la barriga grande de un hijo para que llegaras a guardarme rencor por ello?
Si quieres saber la verdad, le prometí a tu hermano que no te tocaría.
Si hubiera sido por mí, podría haberte hecho mía todos los días desde entonces.
Pero hice lo correcto, lo honorable. Me fui.
Y, sí, he llevado a otras mujeres a mi cama, pero solo porque no podía llevar a mi esposa niña.
Mientras decía las palabras, supo con repentino asombro que decía la verdad.
Había estado viviendo en una nebulosa, esperando a que ella creciera, a que se convirtiera en mujer.
Y ahí estaba, de pie, vulnerable, frente a él.
Se quedó helado, inseguro de los sentimientos que albergaba en su pecho.
Era un hombre, un luchador. Los hombres no hablaban de emociones.
—¿Entonces? —suspiró Ginevra. El fuego se desvaneció de sus ojos mientras se sentaba en la cama—.
¿No te daba asco? Todos estos años, pensé que me rechazabas porque era demasiado marimacho, y me había esforzado tanto para asegurarme de que te complacería...
Incluso llevé esos malditos velos porque pensé que tú querías que lo hiciera.
Wolfe no pudo más. Los suaves ojos verdes de ella miraban más allá de él cuando él se abalanzó y la agarró por los brazos.
La levantó mientras sus labios buscaban al instante la boca temblorosa de ella, atrayéndola a su abrazo.
Ella jadeó sorprendida, pero no se apartó.
Sus brazos encontraron tentativamente el cálido pecho de él mientras él la estrechaba contra sí.
Ella gimió ligeramente cuando la lengua de él trazó la línea de su labio inferior.
Suspirando contra él, sus labios se separaron.
La inocente respuesta de ella lo enloqueció como ninguna mujer lo había hecho.
No había maquinación en ella, ni cálculos.
Su boca se volvió más insistente contra la de ella mientras su lengua se adentraba más para saborear el vino en su lengua.