11
El patio del complejo estaba abarrotado cuando llegaron.
Hollybrooke se había volcado con la Nochebuena.
El enorme árbol del centro permanecía a oscuras por ahora —a la espera del gran momento, el encendido oficial—, pero el resto del patio resplandecía con guirnaldas de luces enrolladas en cada barandilla, cada farola, cada rama desnuda.
Un coro estaba calentando junto a la hoguera.
El aroma del chocolate caliente y las castañas asadas flotaba en el aire frío.
Y los dedos de Blake estaban entrelazados con los de Jordan. En público. Donde cualquiera podía verlos.
Jordan seguía esperando que llegara la ansiedad.
Que la voz en su cabeza empezara a gritar sobre lo que la gente debía de estar pensando, lo que debían de estar diciendo.
Pero el pánico nunca llegó. Quizá porque el pulgar de Blake trazaba círculos perezosos en el dorso de su mano.
Quizá porque nadie los miraba realmente: todos estaban demasiado absortos en sus propios momentos de Nochebuena como para fijarse en dos hombres cogidos de la mano.
O quizá Jordan estaba demasiado jodidamente feliz como para sentirse fuera de lugar.
—¿Una copa? —Blake señaló la barra con la cabeza.
—Sí. Algo caliente.
Se abrieron paso entre la multitud, y alguien casi chocó con Jordan: Jamie, el coordinador de eventos, que se aferraba a un portapapeles con pinta de ir a base de cafeína y pánico.
—¡Oh! ¡Jordan! ¡Blake! —La sonrisa de Jamie era radiante pero agobiada—. ¿Lo estáis pasando bien? ¡Genial! ¡Me encanta! Tengo que irme, la cuenta atrás para el encendido es en… —Miró el reloj e hizo un sonido estrangulado—. ¡Dios mío, cinco minutos, adiós!
Se había ido antes de que Jordan pudiera responder y desapareció entre la multitud a una velocidad que auguraba un desastre inminente.
Jordan se rio, y algo cálido se le instaló en el pecho. Jamie recordaba su nombre. Jamie lo había saludado como si fueran amigos, o al menos conocidos con buena onda. Como si Jordan perteneciera a aquel lugar.
Una semana antes, eso le habría parecido imposible.
Jordan había llegado a Hollybrooke sintiéndose como un intruso, como alguien que se había colado en un mundo en el que no pintaba nada.
Y ahora aquí estaba, cogido de la mano de Blake en público, saludado por el personal del complejo, sintiéndose… como en casa.
Vaya.
Siguieron caminando, y Jordan fue captando vislumbres de otras personas que reconocía.
Hayes, el dueño del complejo, estaba cerca del borde del patio con un hombre más joven al que Jordan no reconocía; tenían las cabezas muy juntas, algo tenso en la línea de los hombros de Hayes, pero sus manos se rozaban.
Y Tyler estaba con un tipo mayor que Jordan no había visto antes.
Tyler se reía de algo que el hombre había dicho, con la cara iluminada, y había algo diferente en él.
Algo más suave que el encanto que había proyectado con Jordan.
Todos allí tenían su propia historia. Sus propias complicaciones.
Jordan no era el único que estaba lidiando con algo real.
Llegaron a la barra, donde Nate preparaba bebidas con soltura, los tatuajes moviéndose con cada gesto de sus brazos.
—Hola. —La sonrisa de Nate era relajada, profesional—. ¿Qué os pongo?
—Chocolate caliente —dijo Jordan—. Dos.
—¿Solo chocolate caliente? —Nate enarcó una ceja mirando a Blake—. Puedo ponerle algo. Licor de menta, Baileys, lo que queráis.
—Solo chocolate caliente —confirmó Blake—. Vamos con calma.
—Buena idea. —Nate sirvió con destreza, deslizando las tazas por la barra—. Disfrutad del encendido. Este año promete, Jamie lleva semanas estresado con eso.
—¿Y tú? —preguntó Jordan—. ¿Podrás verlo, o…?
Nate se encogió de hombros mientras cogía otro vaso; un nuevo cliente se acercaba.
—Alguien tiene que servir el champán para el brindis. No pasa nada. Lo veré.
—Pero en Nochebuena… —Jordan sintió una punzada de algo—. Es duro.
—Es el trabajo. —La sonrisa de Nate no flaqueó, pero había algo deliberadamente hueco detrás—. Además, no soy muy navideño. Todo ese rollo romántico de patinar en pareja bajo las estrellas. —Agitó una mano con desdén—. No va conmigo.
Lo dijo como si no fuera nada. Como si trabajar durante las fiestas mientras todos los demás celebraban fuera solo un pequeño inconveniente de agenda.
Pero Jordan reconoció ese tipo concreto de indiferencia, la que costaba mantener.
La que decía «no necesito lo que tienen los demás» de forma tan convincente que casi te lo creías.
—Bueno —dijo Jordan—, si tienes un descanso más tarde, ven a buscarnos. Estaremos por aquí.
Algo cruzó la expresión de Nate —sorpresa, quizá—, rápidamente disimulada.
—Sí. Quizá. —Ya se giraba hacia el siguiente cliente—. Que paséis buena noche, chicos.
Encontraron un sitio cerca del árbol, lo bastante cerca para ver pero lo bastante atrás como para tener algo de espacio. Jordan rodeó la taza caliente con las manos y se apoyó en el costado de Blake.
—Están a punto de encenderlo —dijo Blake, señalando el árbol con la cabeza.
Jordan alzó la vista hacia el enorme pino, todavía oscuro contra el cielo crepuscular. En unos minutos, resplandecería con miles de luces, todos lo celebrarían con vítores y sería oficialmente Nochebuena.
Pensó en la noche anterior. En Blake dentro de él, la voz de Blake en su oído, Blake llamándole «mi chico» como si fuera lo más natural del mundo.
Pensó en despertarse esa mañana enredados el uno en el otro, en los besos perezosos mientras tomaban café, en la forma en que Blake lo miraba como si fuera algo precioso.
Pensó en Alex.
La culpa se había atenuado desde la noche anterior —desde que Blake lo había abrazado y prometido que lo resolverían juntos—, pero no había desaparecido del todo. Seguía ahí, en el pecho de Jordan. Un secreto que le estaba ocultando a su mejor amigo. Una mentira por omisión.
Blake había dicho que se lo contarían a Alex juntos, después de Navidad. Y ese era el plan inteligente. El plan seguro. El plan que le daba a Jordan más tiempo para encontrar las palabras adecuadas, para prepararse para cada posible reacción, para…
Seguir escondiéndose. Seguir teniendo miedo.
Jordan estaba tan jodidamente cansado de tener miedo.
Miró a Blake: las luces de colores que se reflejaban en su cabello, la confianza natural de su postura, cómo había entrado en ese patio con la mano de Jordan en la suya como si no fuera nada. Como si no tuviera nada de qué avergonzarse.
Blake no se escondía. Blake nunca había querido esconderse.
Quizá era hora de que Jordan también dejara de hacerlo.
—Necesito hacer algo —dijo Jordan.
Blake lo miró con una pregunta en los ojos.
—Tengo que hacer una llamada —dijo Jordan, con voz firme aunque el corazón le latía con fuerza—. Antes del encendido del árbol. Antes de... —tragó saliva—. Necesito decírselo a Alex.
Blake se quedó inmóvil.
—Jordan, dijimos que lo haríamos juntos. No tienes que...
—Sé que no tengo que hacerlo —Jordan le apretó la mano—. Quiero hacerlo. Necesito hacerlo.
Blake le estudió el rostro durante un largo momento. Lo que vio hizo que algo se suavizara en su expresión.
—De acuerdo —dijo Blake en voz baja—. Estaré aquí cuando termines.
Jordan asintió. Empezó a alejarse, pero Blake le agarró la muñeca, tiró de él y lo besó —suave, rápido— justo allí, delante de todos.
—Para la suerte —dijo Blake.
A Jordan le ardió la cara, pero estaba sonriendo.
—Vuelvo enseguida.
Encontró un lugar tranquilo detrás del albergue, lejos de las multitudes, donde el ruido de la celebración se desvanecía hasta convertirse en un murmullo distante. Le temblaban las manos mientras sacaba el teléfono.
Hazlo de una vez. Arranca la tirita. Sé valiente por una puñetera vez en tu vida.
—Hola, Alex.
—¡Feliz Nochebuena, perdedor! ¿Cómo está el...? Espera —Alex hizo una pausa—. ¿Por qué suenas raro? Suenas raro. ¿Qué pasa?
—No pasa nada.
—Tienes tu voz de «pasa algo». Te conozco desde hace diez años, tío, conozco tus voces.
Jordan respiró hondo.
—Necesito decirte algo.
—Oh, mierda —la voz de Alex se tiñó de auténtica preocupación—. ¿Estás bien? ¿Mi padre está bien? ¿Ha pasado algo? ¿Te estás muriendo? Jordan, te juro por Dios que si me estás llamando para decirme que te estás muriendo en Nochebuena...
—No me estoy muriendo.
—¿Entonces qué? Me estás asustando.
Jordan cerró los ojos un segundo. Solo dilo.
—Eres mi mejor amigo —dijo Jordan—. Y te he ocultado algo. No es justo, y necesito aclararlo antes de que se complique más.
Alex guardó silencio durante un largo momento.
—De acuerdo. Te escucho.
—Me gusta alguien. Desde hace tiempo. Como... —Jordan soltó una risa hueca—. Mucho tiempo. Años. Un enamoramiento muy, muy fuerte.
—¿De acuerdo? —Alex sonaba confundido—. Eso... no es tan raro. Puedes enamorarte, tío. ¿Es un imbécil? ¿Por eso te pones tan raro? Porque si algún tío te está tratando mal, me planto allí y...
—No es un imbécil. Es... —se le cerró la garganta—. Es genial, en realidad. Es amable, estable, me hace sentir que valgo algo, y lo he deseado tanto tiempo que ya ni recuerdo cómo era antes.
—¿Entonces cuál es el problema? ¡A por él! —Jordan podía oír la sonrisa en la voz de Alex—. Te doy mi bendición ahora mismo, sea quien sea ese tipo misterioso.
—Alex —Jordan respiró hondo—. Es tu padre.