Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 31. Sobre el papel.
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31. Sobre el papel.

Sobre el papel.

Apartamento de Ryder, Manhattan, poco antes de Navidad.

Eran las dos de la madrugada y yo estaba en la cocina de Ryder removiendo una masa.

No porque tuviera que hacerlo ni porque tuviese pendiente algún encargo que se me hubiera olvidado.

No, estaba en la cocina porque Mini-Russo había decidido a la una y media que teníamos hambre, y no de algo normal como una manzana o un trozo de pan, sino de rollos de canela.

Rollos de canela calientes, pegajosos y mantecosos, cubiertos de glaseado de queso crema.

Así que estaba descalza en la cocina, con una de las camisetas de Ryder puesta, amasando una masa de levadura mientras sonaba música a bajo volumen en mi móvil y Manhattan dormía tras los ventanales panorámicos.

No tenía que andar con cuidado para no hacer ruido, porque Ryder se había levantado antes que yo para salir a correr. En plena noche. Aquel hombre estaba loco.

… Lo dice la mujer que se pone a preparar rollos de canela a las dos de la madrugada.

Oí la puerta del apartamento antes de ver a Ryder.

El suave clic de la cerradura, el sonido de unas zapatillas sobre el parqué y después silencio, porque Ryder casi siempre se movía sin hacer ruido.

Apareció ante mí. Cubierto de sudor. La camiseta negra de correr se le pegaba a los hombros, tenía el pelo húmedo y aún respiraba un poco más deprisa de lo normal. Llevaba un AirPod en una oreja y justo entonces se estaba quitando el otro.

Eran las dos de la madrugada y Ryder había salido a correr.

—Estás loco —dije, porque hacía ya mucho que no ocultaba que consideraba su estilo de vida insano y absolutamente autodestructivo.

Ryder se apoyó contra la encimera y cruzó los brazos sobre el pecho. Su mirada me recorrió: el pelo, que llevaba recogido en un moño caótico; su camiseta; mis piernas desnudas; y, finalmente, la isla de la cocina, que parecía haber sufrido la explosión de una bomba de harina.

—Lo dice la mujer que destroza la cocina a las dos de la madrugada —replicó con sequedad.

—Esto es productivo. Estoy creando algo. Tú corres por Manhattan, a oscuras y a cero grados.

—A tres grados —replicó Ryder.

—Ah, tres grados. Entonces es prácticamente primavera.

Puse los ojos en blanco y seguí amasando.

—¿Has vuelto a correr una media maratón?

Fue hasta la nevera, sacó una botella de agua y bebió. Su nuez subió y bajó, y yo me concentré con muchísimo empeño en la masa.

—Has esquivado la pregunta, Cupcake —murmuró Ryder con voz ronca.

—¿Qué pregunta he esquivado? —pregunté, arqueando las cejas.

—La de por qué estás horneando a las dos de la madrugada.

Enroscó el tapón de la botella.

—Eso no era una pregunta, sino una observación —me defendí. Porque no quería responder a esa pregunta bajo ningún concepto.

—Una observación que requiere una explicación —contraatacó Ryder, mirándome expectante.

—Tenía hambre —contesté, encogiéndome de hombros.

—Pues come algo.

—Voy a comer enseguida. Estos rollos de canela, en cuanto estén listos.

—Aún tardarán bastante. Podrías haber comido algo que ya estuviera preparado. Hay fruta. Yogur. El pollo de ayer.

—No quiero pollo, Ryder. Quiero rollos de canela.

—A las dos de la madrugada.

—Sí. A las dos de la madrugada. Algunas personas salen a correr y otras hornean. Todos tenemos nuestras maneras de sobrellevar las cosas —dije entre dientes, tratando de mantener mis emociones bajo control. Cuando Mini-Russo tenía hambre, yo me convertía en un monstruo.

—Hornear no es una forma de sobrellevar las cosas —dijo Ryder con sequedad.

—Correr tampoco, y aun así todas las noches recorres la ciudad como si alguien te persiguiera —repliqué en el mismo tono.

Ryder tensó la mandíbula. Apenas un poco, pero lo vi porque a esas alturas podía leerlo como un libro abierto.

—Es diferente —dijo.

—¿Por qué? ¿Porque es deporte? ¿Porque es sano y disciplinado?

Arranqué un pedazo de masa y lo estampé contra la superficie de trabajo.

—Contigo todo tiene que estar relacionado con la disciplina. Dormir, comer, entrenar. Cuatro horas de sueño. Decenas de kilómetros con este frío. Y después a la oficina como si no hubiera pasado nada. Eso no es disciplina, sino autodestrucción programada.

—Scarlet.

Su voz había bajado de volumen. Era una advertencia.

—¿Qué? Dime que me equivoco —lo provoqué.

—Te equivocas.

—No, no me equivoco, y tú lo sabes.

Me volví hacia él. El corazón me latía demasiado deprisa para tratarse de una discusión sobre salir a correr.

—Te estás castigando. Todas las noches. Y no quieres hablar de ello, así que corres hasta que tu cuerpo está demasiado cansado para sentir. Pero eso no funciona, Ryder. Llegará un momento en que dejará de funcionar. No puedes seguir huyendo eternamente.

Ryder dejó la botella de agua sobre la isla.

—¿Y tú? —preguntó con una voz tan serena que resultaba peligrosa—. Te levantas por las noches para hornear porque no puedes dormir. Llevas semanas inquieta, incapaz de relajarte. ¿Crees que no me doy cuenta?

—Nunca he dicho que no te des cuenta. Te das cuenta de todo. Ese es precisamente el problema —murmuré.

Los músculos de Ryder se tensaron durante un instante.

—El problema es que no me dices por qué.

—Quizá porque no todo es asunto tuyo —sugerí, medio desafiante.

—Eres mi mujer.

Sus palabras me desconcertaron por un momento. Después recuperé la compostura.

—Sobre el papel —contesté, y me arrepentí de inmediato porque no era cierto. Para mí, él era mucho más que una simple firma estampada en un contrato.

Los ojos de Ryder cambiaron y se volvieron más oscuros, más intensos.

—Sobre el papel —repitió. Despacio. Como si saborease las palabras antes de escupírmelas de vuelta.

—Ryder…

—No.

Se apartó de la encimera y dio un paso hacia mí. Después otro.

—Si esto no es más que papel, Scarlet, ¿por qué me miras así?

—No te miro así —repliqué en voz baja, aunque fui incapaz de sostenerle la mirada.

—Sí. Me estás mintiendo.

Abrí la boca, pero no encontré palabras con las que seguir defendiéndome.

Ahora estaba delante de mí. Tan cerca que podía oler el frío de la noche aún pegado a su piel y, bajo él, su loción de afeitar. Todo mi cuerpo reaccionó, y odié que pudiera hacerme callar de aquella forma con un solo paso, con una sola mirada.

—Tú también me mientes —conseguí decir al fin—. ¿Por qué corres todas las noches como un loco?

Ryder inspiró hondo.

—Porque no puedo dormir.

—¿Por qué no? —insistí.

—Porque estás tumbada a mi lado.

Se me cortó la respiración.

Ryder estaba frente a mí con la mirada clavada en mi boca, y el aire entre nosotros estaba tan cargado que creí ver saltar chispas.

—Eso es… —empecé.

—La verdad —terminó él por mí.

Suspiré.

—Eso no ha sido justo.

—Querías la verdad.

—Quería que admitieras que eres un obseso del control que se esconde tras las rutinas, no…

—¿No qué? —Ryder no cedió.

—No esto.

Hice un gesto que abarcaba todo su cuerpo.

—¿Qué es «esto», Scarlet? —insistió, sin apartar la mirada de mí.

Su voz se había vuelto más grave, más áspera, y estaba tan cerca que su pecho casi rozaba el mío.

Veía el pulso latiéndole en el cuello, rápido y fuerte, y sin duda no estaba tan controlado como fingía.

Nunca lo estaba cuando se encontraba tan cerca de mí, y yo lo sabía.

Él sabía que yo lo sabía. Y ese conocimiento era lo más peligroso que había entre nosotros.

—Esto —susurré—. Esta… cosa que hay entre nosotros. Que nunca se acaba.

—¿Por qué tendría que acabarse? —preguntó.

—Porque yo soy yo y tú eres tú. Y son las dos de la madrugada, estoy en tu cocina horneando y tú vuelves de correr. Y, por si fuera poco, ahora mismo nos estamos gritando.

—No estamos gritando.

—No —reconocí—. Esto es peor.

Ryder levantó la mano. Tan despacio que habría podido detenerlo de haber querido, pero ambos sabíamos que no quería.

Sus dedos limpiaron una mancha de harina de mi mejilla.

Después se quedaron allí, sobre mi mandíbula, y su pulgar me rozó el labio inferior.

Mi mente me decía que debía parar, pero mi cuerpo quería algo muy distinto.

—Ryder —exhalé.

—Scarlet —gruñó él.

—Deberíamos…

Me besó.

Con dureza y fiereza. Ryder me besó como si hubiera estado pensando en ello toda la noche, como si durante trece kilómetros no hubiera pensado en nada más que en regresar para hacer justo aquello.

Mi espalda chocó contra el borde de la isla y mis manos se aferraron a su camiseta de correr para atraerlo hacia mí, porque aún no estaba lo bastante cerca.

Su boca sabía a frío y a menta, y sus manos estaban por todas partes. En mi pelo, en mi cintura, sobre mi piel bajo el dobladillo de su camiseta. Jadeé contra su boca porque sus dedos trazaban surcos ardientes.

—Los rollos de canela —murmuré contra sus labios.

—Pueden esperar —susurró con voz ronca, que vibró contra mi cuello porque su boca ya estaba allí, en aquel punto bajo mi oreja que siempre me volvía loca.

Clavé los dedos en sus hombros y traté de recordar por qué habíamos discutido.

No lograba recordarlo.

Ryder me dio la vuelta. Con firmeza, pero sin brusquedad. Apoyó la mano en mi espalda, entre los omóplatos, y me empujó hacia delante. Me sujeté en la isla y el mármol frío bajo mis palmas provocó una descarga que recorrió todo mi cuerpo.

El aliento de Ryder sobre mi nuca hizo que me atravesara otra descarga.

—Sabes que me vuelves loco, ¿verdad? —murmuró con voz ronca junto a mi oído.

—Ya me lo habías dicho —repliqué en voz baja.

—Porque es verdad.

Su cuerpo estaba detrás del mío, cálido y firme, y podía sentir cuánto me deseaba. Mi propio cuerpo respondió con una intensidad que me dejó sin aliento.

Su mano descendió por mi espalda. Más abajo. Sobre la curva de mi trasero. Por la parte posterior del muslo. Después me levantó la camiseta. Despacio, con una lentitud tan dolorosa que contuve el aliento hasta notar la tela alrededor de la cintura.

—Ryder…

Su palma impactó contra mi piel.