2. No analizo.Observo. #2
Me desabroché el cinturón. Scarlet observó cada uno de mis movimientos y, cuando me incliné sobre ella, apoyó una mano en mi pecho. Justo encima del corazón. No sabía si quería sentir mis latidos o si simplemente había ocurrido, pero me quedé inmóvil un instante.
Cuando Scarlet advirtió mi desconcierto, deslizó la mano hacia un lado, hasta mi hombro, y yo exhalé.
Mi mano descendió hasta su entrada; estaba más que preparada para mí.
Así que penetré en ella despacio. Scarlet hundió la cabeza en la almohada y abrió la boca sin emitir sonido alguno. No empecé a moverme de inmediato, sino que esperé hasta que se acostumbró a mí, hasta que su cuerpo se relajó y hasta que me rodeó con las piernas y me atrajo más profundamente.
Entonces me moví. Despacio al principio.
Embestidas profundas y regulares que la hacían estremecerse cada vez.
Sus uñas se clavaron en mi espalda y el dolor era justo el adecuado, justo la clase de pérdida de control que rara vez me permitía, pero que a veces necesitaba.
Durante un instante disfruté de la intimidad, hasta que se volvió excesiva.
La agarré por las muñecas y se las inmovilicé sobre la cabeza, contra la almohada. Scarlet podría haber protestado. En vez de hacerlo, cerró los ojos y se entregó, y la confianza implícita en aquel gesto me golpeó con más fuerza de la esperada.
Aceleré. Con más fuerza. Scarlet se adaptó a mi ritmo y movió las caderas contra mí. Cuando pronuncié su nombre en voz baja y ronca, justo junto a su oído, se aferró a la sábana como si fuera lo único que aún la sostenía.
Scarlet alzó las caderas para sentirme más adentro y el ángulo cambió. Oí cómo se alteraba su respiración. Más rápida. Más superficial. Descontrolada.
Me incliné hacia ella y mis labios le rozaron el lóbulo de la oreja. —Abre los ojos. Quiero que me mires cuando te corras para mí.
Obedeció. Sus ojos encontraron los míos y algo en aquel contacto visual, desnudo, sin aliento y sin barrera alguna entre los dos, hizo que todo resultara más intenso.
—Di mi nombre —exigí con voz ronca.
—Ryder. Se le escapó en un susurro desesperado.
—Otra vez —ordené mientras embestía con más fuerza.
—¡Ryder! Esta vez fue un grito.
Scarlet se corrió por segunda vez y lo sentí en todas partes. Cómo se tensaba su cuerpo, cómo temblaba, cómo repetía mi nombre aunque ya no se lo hubiera pedido. La seguí poco después, con el rostro hundido en su cuello.
Después llegó el silencio.
Rodé hasta quedar boca arriba a su lado.
El edredón estaba en algún lugar a los pies de la cama.
Mi respiración era entrecortada, igual que la de Scarlet.
El techo de la suite era alto, blanco y totalmente anodino, pero lo miré fijamente porque era más fácil que mirar a Scarlet.
Estaba demasiado guapa cuando se quedaba así sin aliento.
—Eso ha sido… —empezó.
—Sí —respondí.
—Aún no había terminado la frase —protestó, medio en serio.
—Querías decir «absurdamente increíble».
—Cierto.
Se rio. En voz baja y agotada, con la cara medio hundida en la almohada. Era un sonido agradable. La clase de sonido que no se podía planear y que, precisamente por eso, era mejor que cualquier cosa planeada.
En algún momento nos quedamos dormidos. Ni idea de cuándo ni de quién fue el primero. Solo sabía que normalmente no me dormía junto a mis aventuras de una noche y que normalmente tampoco apartaba el pelo del rostro de una desconocida.
Normalmente.
***
Luz del sol.
Abrí los ojos y necesité dos segundos para orientarme. Mi cerebro reconstruyó la noche anterior. Hotel Royal Renaissance. La boda de Jaxon, uno de mis mejores amigos. Una noche con una mujer del bar que olía a frambuesas y sabía a azúcar.
Scarlet.
El espacio a mi lado en la cama estaba vacío, pero aún caliente. Desde el baño llegaba el sonido de la ducha.
Cogí el móvil de la mesilla. Las 7:14. Tres mensajes de Marcus. Uno de mi padre. Una reunión a las ocho a la que no podía faltar bajo ningún concepto, porque Harrison Pierce había propuesto personalmente la cita y un no a Pierce equivalía al fin de cualquier negociación.
Me levanté y me vestí. Camisa, traje, corbata.
Con soltura, eficacia y en silencio. La ducha seguía en marcha en el baño y, a través de la puerta cerrada, oía a Scarlet tararear una canción que no conocía, bajito y un poco desafinada.
Podría haber llamado a la puerta. Y podría haberme despedido. Pero entonces me habría metido con ella en la ducha y habría mandado al diablo la reunión con Pierce.
Busqué algo en lo que escribir. Sobre la mesilla había una servilleta del servicio de habitaciones. Saqué un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta.
Escribí mi número en la servilleta. Sin mi nombre. Quien recibía aquel número sabía de quién era.
Dejé la servilleta sobre la mesilla, justo al lado de los pendientes que Scarlet se había quitado antes de dormir y de una lata de cola abierta.
Mierda. Ese no era mi estilo. No volvía a ver a las mujeres después de una aventura de una noche. No por principios, sino porque un segundo encuentro no podía ofrecer nada que el primero no hubiera cubierto ya.
Pero Scarlet había sido diferente. Ni mejor ni peor.
Diferente. Se había sentado en una barra vacía, en medio de una boda abarrotada, y me había explicado que las parejas que elegían Red Velvet probablemente tenían un matrimonio condenado al fracaso y que solo funcionaría en casos excepcionales.
Pero, en esos casos, funcionaría de verdad.
Me había pedido que la besara y había dicho «por favor» como si fuera la primera vez que pronunciaba esa palabra.
Jamás, en toda mi puta vida, había pensado tanto en una mujer.
En el baño cesó el ruido de la ducha. Unos pasos resonaron sobre los azulejos y llegaron hasta la suite.
Me di la vuelta y me marché. Porque, de lo contrario, nunca habría salido de aquella suite.