Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17)
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1. Porque no sabes decir«no».
Porque no sabes decir«no».
Hotel Royal Renaissance, Manhattan, julio.
Las bodas me ponían nerviosa. Lo cual resultaba irónico, teniendo en cuenta que me dedicaba principalmente a hacer tartas de boda.
De manera profesional y a cambio de dinero.
A veces incluso de mucho dinero, cuando la novia exigía en el fondant un brillo determinado que solo existía bajo el ángulo de luz adecuado y me costaba tres noches de sueño.
Pero hacer tartas y estar en una boda eran dos cosas radicalmente distintas.
Podía hacer tartas sola, en mi cocina, descalza, con manchas de frambuesa en el delantal y una lista de reproducción que alternaba entre canciones italianas y Taylor Swift.
Estar en una boda implicaba zapatos. Tacones.
Conversaciones con personas cuyos nombres olvidaba al cabo de treinta segundos. Y bailar.
Era, sin lugar a dudas, la peor bailarina del planeta.
Me encontraba junto a la mesa de los postres —que, todo sea dicho, era mi hábitat natural— observando cómo doscientos invitados se movían al ritmo de la música en la pista de baile.
Para aquella boda, el Hotel Royal Renaissance se había transformado en algo parecido al salón de baile de una novela victoriana, solo que con mejor iluminación y menos tuberculosis.
Las lámparas de araña proyectaban reflejos dorados sobre el suelo de mármol y los exuberantes arreglos florales, mientras la orquesta interpretaba un vals tan pegadizo que por un instante hasta me planteé seguir el ritmo con el pie.
Pero solo por un instante.
Cogí una magdalena de la mesa de los postres. No una cualquiera, sino una rellena de frambuesa y mascarpone, coronada con una pizca de pistacho tostado, que había preparado yo misma. Al fin y al cabo, me dije, el control de calidad formaba parte de mi trabajo.
—Al menos podrías fingir que te lo estás pasando bien —dijo Parsley a mi lado mientras se sujetaba la espalda con ambas manos.
Parsley solo estaba de tres meses, pero parecía de seis porque esperaba gemelos.
Llevaba un vestido verde oscuro cuyo corte ella calificaba de «estratégico», y su barriga sobresalía como un submarino pequeño y decidido que se abría paso entre los invitados.
Ella había organizado aquella boda. Hasta el último detalle, desde los arreglos florales hasta la distribución de las mesas, desde el color de las servilletas hasta la temperatura exacta del champán.
Parsley no era una simple organizadora de bodas.
Parsley era la mejor organizadora de bodas y, además, mi socia.
Porque yo me ocupaba de las tartas y de la parte dulce del bufé, normalmente muy, muy lejos de los eventos. Entregaba las tartas y me marchaba.
—Pero si estoy sonriendo —la corregí con la boca llena.
Parsley resopló.
—Sí, como quien sonríe durante una endodoncia.
Me eché a reír, de verdad esta vez, y Parsley se sumó.
De inmediato, se llevó una mano a la barriga.
—Parece que los gemelos se ponen a saltar en un castillo hinchable cada vez que se me mueve el diafragma.
—Lo siento. A partir de ahora solo irradiaré una energía tranquila y respetuosa con el diafragma.
—Eso sí que sería una novedad.
Le di un mordisco a la magdalena y recorrí el gentío con la mirada. Todos bailaban. Todos reían. Todos parecían saber exactamente cuál era su lugar. Yo era la única que estaba completamente perdida.
Allí estaba, junto a la mesa de los postres, con un vestido que Scarlet me había prestado porque se me daba fatal encontrar conjuntos adecuados para bodas de multimillonarios.
Sin querer, llevé los dedos al pendiente de la oreja izquierda.
Una pequeña lágrima de oro, delicada y antigua.
Había pertenecido a mi bisnonna, y mi nonna me había regalado el par cuando cumplí dieciséis años.
Algún día se los entregaría a mi nieta. En el improbable caso de que alguna vez llegara a tener algo parecido a una vida amorosa de la que pudieran surgir hijos.
—Scar. —Parsley me dio un golpecito—. Viene Tyler.
Levanté la vista. Tyler, el marido de Parsley, que tenía la seguridad suficiente para llevar una cazadora de cuero a una boda, avanzaba entre la multitud hacia nosotras.
Miraba a Parsley como si fuese la única persona de la sala, algo que, tenía que admitirlo, era increíblemente tierno y, al mismo tiempo, me daba un poquito de envidia.
—¿Puedo secuestrar a mi mujer para bailar? —preguntó, tendiéndole la mano a Parsley.
Parsley me miró. Se le notaba que quería bailar, pero también que se sentía mal por dejarme sola junto a la mesa de los postres.
—No te rompas los tobillos —le dije, espantándola con un gesto de la mano—. Yo vigilo las magdalenas. Es un trabajo a jornada completa.
Parsley vaciló.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Sonrió, tomó la mano de Tyler y observé cómo él la conducía con cuidado hasta la pista de baile, con una mano en su espalda y la otra sobre su barriga. Bailaba despacio, casi demasiado despacio para la música, pero al ritmo perfecto para ella.
Y entonces me quedé sola.
Sola en una boda de doscientos invitados que se acercaba a su fin, con una magdalena a medio comer en la mano.
Me acerqué tranquilamente a la barra. No porque quisiera beber algo, sino porque la barra era el único sitio donde una podía sentarse sola sin despertar compasión.
En la barra estabas ocupada. En la barra tenías una copa en la mano y un motivo para estar allí.
En la barra, la soledad era una decisión estética que nadie cuestionaba.
Me dejé caer en uno de los taburetes y saqué el móvil del bolso.
Tenía una llamada perdida de mi hermano. Le devolví la llamada y contestó al segundo tono.
—Hola, sorellina —dijo, y sonreí, como siempre que me llamaba «hermanita»—. ¿Sigues entregada a tu actividad favorita?
—No tengo ni idea de qué hago aquí —repliqué. En italiano, por supuesto, para que nadie de los que estaban cerca entendiera lo que decía.
—¿Así que te has escondido detrás de tus magdalenas? —preguntó Dante, bostezando porque era tarde.
—Casi. Estoy en la barra —respondí—. Pero creo que podré irme pronto.
—¿No podría haberse ocupado Ivy de evitar una rebelión por falta de dulces? —preguntó Dante.
—Me preguntó si podía sustituirla porque tiene una cita a ciegas. —Suspiré—. Y entonces Parsley, que por pura casualidad tenía otro vestido, me preguntó si quería asistir también como invitada. Y, bueno, aquí estoy. —Me encogí de hombros.
—Scarlet —dijo Dante, y por su voz supe que sonreía—. De verdad tienes que aprender a decir «no» de vez en cuando.
Me enderecé, indignada.
—¡Eso no es verdad! ¡Sé decir «no» perfectamente!
—Dime una sola ocasión en la que hayas dicho «no» —me provocó Dante.
Abrí la boca y volví a cerrarla. Después la abrí de nuevo. Pero no salió ningún sonido.
—¿Lo ves? —dijo Dante—. Por eso estás en todas las bodas, en todas las fiestas de cumpleaños y en todas las cenas a las que te invitan aunque no quieras ir. Porque no sabes decir «no».
—Estoy aquí porque Parsley es mi socia y yo he hecho las tartas —me defendí—. Es una obligación profesional. Más o menos.
—La obligación profesional terminó cuando pusieron las tartas sobre la mesa, sorellina. Todo lo que viene después se debe a tu incapacidad para decir «no».
Quería llevarle la contraria. De verdad.
Pero Dante tenía aquel irritante talento para llevar razón.
Seguramente era genético, porque todos mis hermanos lo poseían y todos lo utilizaban exclusivamente en mi contra.
A cambio, yo había heredado la resistencia a la cafeína de nuestro padre: bebía aquel oro negro como otros bebían agua, sin pestañear siquiera.
—¿Sabes qué, hermanito? La próxima vez que alguien quiera sentarse a mi lado en una barra vacía y me pregunte si está libre el sitio, le diré «no» muy, muy alto y claro —dije, de nuevo en italiano. Recorrí con la mirada la barra vacía.
Y en aquel preciso instante, como si el universo hubiese interpretado mis palabras como una invitación personal, alguien se aclaró la garganta a mi lado.
—¿Está libre este sitio?
Levanté la mirada. Y olvidé cómo funcionaba el oxígeno.
A mi lado había un hombre que no tenía derecho a ser tan increíblemente atractivo.
Ni en aquella boda, ni en aquel hotel ni tampoco en aquel planeta.
Era alto y llevaba un traje oscuro que le sentaba tan perfectamente como si se lo hubieran hecho a medida.
Tenía el pelo oscuro, cortado a la moda, y unos ojos de expresión tan seria que me dejaron sin aliento.
Aquel hombre irradiaba una clase de seguridad que hacía imposible saber si una debía sentirse impresionada o intimidada. Ambas cosas, probablemente.
Debía decir que no. Dante me había dicho literalmente treinta segundos antes que mi problema era que no sabía negarme. Tenía la palabra en la punta de la lengua. Bastaba con negar con la cabeza. Así de sencillo.
En vez de eso… asentí y dije:
—Sí, está libre.
—Eres increíble, sorellina —dijo Dante al otro lado de la línea.
—Ciao, hermanito —murmuré antes de colgar.
El hombre se sentó en el taburete contiguo como si lo hubiese reservado. Casi como si la barra hubiese estado esperando únicamente a que él apareciera.
—Ryder —dijo, mirándome.
Solo eso. Solo su nombre. Sin apellido, sin explicaciones y sin charla trivial. Simplemente: Ryder. Como si eso fuera todo cuanto una necesitaba saber sobre él.
—Scarlet —respondí, odiando lo entrecortada que sonó mi voz.
Pidió sin mirar la carta. Dos whiskies solos.
Uno de ellos acabó delante de mí sin que me preguntara siquiera si me gustaba el whisky.
Por lo general, eso me habría molestado.
Por lo general, habría señalado que era perfectamente capaz de decidir qué bebía.
Pero había algo en la forma en que deslizó el vaso hacia mí, sin condescendencia ni aspavientos, sino con tanta naturalidad como si fuese lo más normal del mundo, que me hizo guardar silencio.
—¿No te gustan las bodas? —preguntó.
Parpadeé.
—¿Qué te hace pensar eso?