Buenas vibras 1. Empezar a lo grande
2%
Buenas vibras

Buenas vibras

Por Alys Murray

© inepub.com

1. Empezar a lo grande

Empezar a lo grande

H udson Bailey era tan inútil como mi vibrador.

Estoy segura de que la que hablaba era mi frustración sexual. Sin embargo, recostada contra el cabecero de una cama del hotel Ramada del aeropuerto de Cleveland, eso era lo único en lo que podía pensar.

«Llévate al nuevo a la feria de juguetes sexuales, será divertido», me habían dicho.

Quien me lo dijo fue Clara Mason, mi jefa y dueña de VibraCorp. Clara era una promesa del sector de los juguetes sexuales; atenta, ambiciosa, abierta, trabajadora, comprensiva, perspicaz y competitiva.

Y, en lo que a Hudson Bailey respecta, estaba muy pero que muy equivocada.

No había sido divertido en absoluto. Hudson era nuevo en VibraCorp.

Un autónomo al que habían contratado de forma temporal para que crease el software de nuestro nuevo, maravilloso y secretísimo juguete: la Fantasía.

Según Clara, era de los mejores de su gremio en, no sé, los números o Matrix o el lenguaje binario o lo que fuera que hiciera todo el día de cara al ordenador.

El problema era que no sabía nada del sector.

Cuando informé a Clara de que Hudson era la persona menos indicada para el puesto a todos los niveles menos el más básico, me ofreció una descripción detallada de diez minutos de su currículum, en el que, por lo visto, figuraba el haber rescatado una app de música a punto de quebrar y evitado que colapsase una plataforma multinacional de compraventa de acciones.

Clara nos consideraba afortunadas de contar con él y con sus conocimientos técnicos.

Y no solo eso, sino que su falta de experiencia era una ventaja.

Su perspectiva nueva era justo lo que necesitábamos para llevar ese juguete revolucionario a la excelencia.

Y entonces tendría que haberle dicho que eso eran tonterías.

Tendría que haber insistido para que buscase a otra persona, a quien fuera, pero confiaba en Clara.

Cuando me contrató, dos años antes, me convertí en la segunda empleada de VibraCorp.

Construimos la empresa juntas y diseñamos montones de juguetes.

Tal vez que Hudson Bailey se incorporara no sería tan malo.

Pero fue malo. Terrible.

Durante sus dos primeras semanas en el cargo, no tuvimos muchos motivos para hablar.

Hasta ese momento, nuestro trabajo había estado bastante compartimentado.

Yo lideraba el equipo de ingenieros, que se ocupaba del diseño y la funcionalidad del juguete, mientras que él diseñaba la app y el software que lo controlarían.

Al final, nuestro trabajo se uniría, pero aquel viaje era la primera vez que pasaba tiempo con él.

La cercanía era una tortura. Yo era mi trabajo y me gustaba que las cosas fueran lo menos complicadas y caóticas posible. Eso significaba tratar a todo el mundo con amabilidad, pero con la distancia propia de una relación profesional.

En cambio, Hudson…

Si yo era el polo negativo de un imán, él era el positivo. Si yo era el motor, él era el embrague. Si yo era el paladar, él era la crema de cacahuete que se le queda pegada al comer.

Inseparables.

Aquello parecía El acoplado , ya en sus mejores cines, con las apariciones estelares de: servidora, la ingeniera que hacía todo el trabajo, y Hudson, el personaje secundario que no tenía ni puta idea de qué estaba haciendo allí.

Se le daba bien fingir que esta ba como en su casa, pero había señales que indicaban lo contrario, como cuando nos acercamos a un stand y él le preguntó a una de las actrices porno más famosas del mundo por las especificaciones técnicas del producto que estaba promoviendo porque no la conocía.

O cuando susurró de forma audible: «Es imposible que eso quepa ahí» durante la presentación de un plug anal.

Seguro que la máscara de profesionalidad se me cayó más de una vez durante el fin de semana, que él vio mi frustración.

Por más que intentase esconderla detrás de palabras amables y centrarme en la tarea que me ocupaba, no conseguía mantener del todo a raya mi irritación.

Y el rato que había pasado arrastrándolo como un peso muerto (aunque muy atractivo, todo hay que decirlo) estaba interfiriendo con mi sesión nocturna en solitario.

Tampoco es que Hudson tuviera nada de malo.

No era maleducado ni incomodaba a la gente ni nada de eso.

Al contrario, era… considerado. Tenía ganas de aprender.

Era curioso. Incluso atento. Y, a pesar de lo frustrante que resultaba su falta de experiencia, tenía sus momentos.

Como cuando subimos al avión y me colocó la maleta en el compartimento superior.

O cuan do me había quitado de encima a varios viejos verdes que intentaban ligar conmigo durante los encuentros sociales de la feria.

O  cuando me traía galletas recién hechas cada vez que sacaban una bandeja al vestíbulo del pabellón.

O aquella misma tarde, cuando estaba dando mi discurso de cierre delante de un público lleno de otros ingenieros y, duran te el repaso a las opiniones de la clientela (unas opiniones bastante explícitas con cuantiosas descripciones de orgasmos), lo vi mirarme desde los asientos como si yo fuera un conejito Playboy en un póster de la pared de su cuarto…

, con media erección debajo de los vaqueros.

Joder, ya estaba otra vez. Estaba intentando evitar ese pensamiento. Era el verdadero motivo por el que no estaba siendo capaz de correrme aquella noche. La imagen de Hudson medio empalmado viéndome hablar de sexo.

Me revolví incómoda en la cama. Las sábanas, que me ha­ bían parecido tan lujosas cuando habíamos entrado en el hotel, me rozaban los pezones endurecidos y los muslos expuestos y me recordaban el orgasmo que se me estaba escapando.

—Pfff.

Intentando quitármelo de la cabeza, me crucé de brazos y volví a centrarme. No iba a perder ni un segundo más pensando en él.

Además, era imposible conciliar el sueño así de cachonda. Había que hacer algo al respecto.

Respirando hondo lentamente, volví a echar mano de uno de los patrones de pensamiento que me tranquilizaban:

Problema.

Propuesta de solución.

Comprobación.

Resultado.

Así funcionaba mi cerebro. Daba igual lo que estuviese haciendo y, fuera cual fuese el problema, todo pasaba por el método de ingeniería.

Problema: necesito correrme. No puedo dejar de pensar en Hudson Bailey.

Propuesta de solución: encontrar un modo de dejar de pensar en él y, a la vez, llegar al orgasmo.

Con eso en mente, me dispuse a emprender el paso tres: la comprobación, pero ¿cómo la encaraba?

Con lo atormentada y sudorosa y al borde del orgasmo que había terminado aquella última hora, seguramente necesitaba una ducha, así que empecé por ahí.

Me levanté de la cama de un salto y rebusqué en varias bolsas de regalo que me habían dado a lo largo de la feria. «Plugs anales, pinzas para pezones, paletas de BDSM , Satisfyer…».

—Ah, aquí — musité.

De la bolsa saqué dos productos nuevos de uno de nuestros mayores competidores.

Uno era una copia de la Hitachi Magic Wand, que, dicho así, podría parecer poco memorable.

Sin embargo, ese se podía usar debajo del agua, a diferencia del de Hitachi.

Y el otro era un dildo grueso llamado el Dilatador, que tenía una base con ventosa y era perfecto para las prácticas en solitario.

El cuerpo entero se me despertó mientras limpiaba los juguetes con mi kit en el lavabo. Nada como la anticipación de saber que hay un orgasmo cerca. Me mordí el labio inferior para que mis respiraciones de excitación no resonasen en las paredes de mármol del baño.

Sin embargo, mientras secaba el Dilatador, me asaltó un recuerdo que me dejó inmóvil un momento.

Hudson me había dado el juguete en la fiesta de bienvenida, después de que le tocase en un sorteo. Hizo una mueca incómoda cuando destapó el paquete y me lo ofreció con una vergüenza casi palpable.

—Eh…, por si lo necesitas para un estudio de mercado o lo que sea.

Al cabo de un segundo, el recuerdo ya se estaba distorsionando para convertirse en fantasía. Hudson acariciándome la piel con el grueso dildo… Hudson haciéndome a mí el estudio de mercado.

Dejé caer el dildo en el borde de la encimera del baño.

Que no, joder. Aquello iba totalmente en contra del espíritu del experimento.

Pensar en Hudson era justo el problema que tenía que solucionar, y ese problema no se solucionaba masturbándome fantaseando con él.

Aquello era mala idea. Abortad la misión.

Tenía que irme a la cama, tomarme la melatonina y olvidarme de…

Al tender el brazo hacia el neceser, me rocé el pezón.

—Jo-der.

Me encogí al sentir el contacto. Me aferré a la encimera del lavabo para que no me cedieran las rodillas. Dios, me había puesto más cachonda de lo que pensaba.

El experimento volvía a estar en marcha.

Apreté los muslos un poco más. Todos los pensamientos excepto el de correrme (muy fuerte y enseguida) se esfumaron.

Me miré en el espejo del baño. No era nada del otro mundo. Un cuerpo con curvas. El corte de pelo recto a la altura de los hombros. Los ojos marrones. Pero tenía los pezones duros, listos para que jugasen con ellos, las mejillas sonrojadas y los la bios rosados entreabiertos mientras jadeaba.

Me vino otro pensamiento intrusivo.

«¿Y si Hudson piensa en mí así? ¿Por eso la tenía dura hoy durante la charla? ¿Me imagina así? Maleable, follable».

Tragué con dificultad y me quedé mirando desafiante mi reflejo.

—Hagas lo que hagas —musité—, no pienses en él mientras te masturbas.

«Eres científica, joder. No dejes que te estropee el experimento».

Me llevé una mano al pecho para poder acariciarme el pezón endurecido con el pulgar.

El alivio fue instantáneo, pero también lo fueron las ganas de más.

Abrí el grifo de la ducha a la máxima temperatura y me acaricié la piel mientras esperaba a que el baño se llenase de vapor. El dildo se pegó bien a la pared de la ducha y, a pesar de la humedad que iba en aumento entre mis piernas, le apliqué una cantidad ge nerosa de lubricante.

Cuando me metí bajo la cálida lluvia de la ducha, sentí un cosquilleo en las terminaciones nerviosas, ya crispadas.

La Magic Wand era conocida por los orgasmos instantáneos. Se decía que era el masturbador más potente del mercado, pero incluso yo me sorprendí al encenderlo e ir estimulando mi piel con el cabezal, empezando en el valle entre mis pechos y bajando… y bajando… y bajando…

—¡Oh!

Las primeras vibraciones entre las piernas me pillaron por sorpresa. En la piel habían sido intensas, pero en el coño me hicieron sentir a punto de estallar. No. Quería que aquel orgasmo fuera digno de la hora de preliminares que había tenido que soportar sin querer.

Me detuve y centré la atención en el dildo, que estaba listo para la acción en la pared de la ducha.

Me coloqué ante él, me agaché con el culo en pompa y, poco a poco («Joder, es enorme») lo hundí en mi sexo.

—Sí —siseé disfrutando de la sensación.

Me quedé así, sin mover las caderas y sin volver a llevarme el vibrador al clítoris. El dildo, con su grosor, me llenaba y tocaba en mi interior todo lo que debía.

«Me pregunto si Hudson la tiene así de grande».

El pensamiento salió de la nada. Abrí los ojos de repente.

No. No podía ser. No podía estar poniéndome cachonda por un compañero del trabajo.

Volví a llevarme una mano a los pezones y me centré en ese placer, pero, con cada caricia y pellizco, me imaginaba sus manos explorándome.

Despacio, fui cabalgando el dildo. Seguro que eso me quitaba a Hudson de la cabeza.

Gimoteé mientras el clítoris me palpitaba, suplicando el contacto, rogando que intensificase aquel maravilloso cosquilleo que ya se arremolinaba dentro de mí solo con la penetración.

«Podrías enseñarle muchas cosas sobre sexo. ¿Te imaginas que te viera así, follándote mientras piensas en él?».

Joder, joder. No estaba funcionando. Fueran cuales fuesen los parámetros de mi experimento, mis pensamientos siempre volvían derechitos a él.

Follándome a mí misma no iba a quitarme a Hudson de la cabeza.

Arqueando la espalda con ganas, bajé el vibrador hasta el clítoris.

—¡Ah!

Me estremecí alrededor del dildo. Las vibraciones eran muy fuertes, buenísimas, muy concentradas. No tardaría en correrme.

Pero no dejaba de pensar en Hudson. Sus gemidos entremezclándose con los míos. Él jugando con mi clítoris mientras se me metía muy adentro con cada embestida. Jadeando halagos mientras llenaba de placer cada centímetro de mi cuerpo.

Con cada pensamiento indecente iba subiendo la intensidad de las vibraciones para que el placer cegador borrase a ese hombre, por lo menos durante un segundo o dos.

Pero entonces, cuando me quedé sin aliento, se me acabaron las velocidades de vibración. No podía parar de gemir, no podía contenerlo…

A la mierda. Quería correrme y que el orgasmo fuera delicioso.

Acepté aquella fantasía; me imaginé a Hudson agarrándome las caderas con firmeza, atrayéndome hacia su polla grande, gorda, mientras las vibraciones del masajeador alcanzaban un tono febril. Estaba cada vez más cerca del orgasmo. Mis gemidos resonaban entre las paredes de mármol.

Ya estaba. Iba a correrme. Iba a correrme para él…

Sin poder contenerme, grité:

—¡Hudson!

El orgasmo me alcanzó y todo mi cuerpo se retorció en torno a la polla enterrada en mi sexo. Montando las olas, me aferré a ella hasta que los temblores amainaron y me bajaron las pulsaciones.

Exhausta del esfuerzo, me dejé caer de espaldas más satisfecha de lo que recordaba haber estado en muchísimo tiempo.

—Joder —musité. Apagué la ducha y dejé que el aire frío del baño me devolviera a la realidad.

En mi cabeza, fui atando los cabos sueltos del experimento.

Problema: necesito correrme, no puedo dejar de pensar en Hudson Bailey.

Propuesta de solución: encontrar un modo de dejar de pensar en él y, a la vez, llegar al orgasmo.

Comprobación: me he quedado tonta masturbándome con la artillería más pesada del mercado… y aun así he pensado en él. De hecho, pensar en él me ha dado todavía más morbo.

Resultado: fracaso absoluto. Verlo mañana será muy pero que muy incómodo.